El Papa: El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz
Palabras del Papa en el Ángelus
A las 12 del mediodía de hoy, XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, el Santo Padre León XIV se asomó a la ventana de su estudio, en el Palacio Apostólico del Vaticano, para rezar el Ángelus con los fieles y los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.
El Papa nos recuerda que el perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz.
A continuación publicamos las palabras del Papa durante el Ángelus.
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Palabras del Papa
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy el Evangelio (cf. Mt 18,21-35) nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y lo atestiguó hasta en la cruz, donde oró al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
En el pasaje de hoy, Pedro interroga al Maestro precisamente sobre este tema: «Señor —le pregunta—, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). Sus palabras revelan un corazón generoso: el número siete, de hecho, simboliza en la Biblia la plenitud, y “perdonar siete veces” significa perdonar con gran generosidad. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá: «No te digo que hasta siete veces —afirma—, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.
Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador cuenta la parábola de un siervo que tenía, una deuda tan grande con su señor, que era prácticamente imposible de pagar. Aunque por pura misericordia, había obtenido la condonación no había mostrado la misma piedad hacia uno de sus compañeros, y por eso fue reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).
Con estas palabras, Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias y desencadenan guerras.
Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol. El mismo san Pedro lo experimentó en varias ocasiones a lo largo de su vida; en particular cuando, tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrárselo resucitado a orillas del lago, escuchó una única pregunta: «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21,15), acompañada de una invitación: «Sígueme» (v. 19). Exactamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, supondrá para el primero de los apóstoles la confirmación de su misión.
Pidamos, pues, a la Virgen María, Madre de la Misericordia, que nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Hace dos días se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos de América. Renuevo mi oración por quienes perdieron la vida y por quienes continúan llevando consigo las heridas de aquel trágico día. En un tiempo en el que los conflictos y la violencia afligen a tantos hermanos y hermanas nuestros, invito a todos a rezar para que el Señor conceda al mundo el don de la paz.
El recuerdo del trágico acontecimiento de hace veinticinco años nos impulsa a renovar nuestro compromiso por la paz, ante todo mediante la oración, que confiamos a la intercesión de la Virgen María.
Y ahora, saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos.
Doy la bienvenida a los grupos procedentes de São Paulo, Brasil, y a los llegados de diversos países.
Saludo a los miembros de la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo, residentes en Roma, al grupo del Oratorio Salesiano de Chieri, a los fieles de Dolianova, en Cerdeña, y a los peregrinos llegados desde Asís por la Vía de San Francisco.
Saludo a la “Familia Bellunesa”, junto con la Escuela de Erechim, en Brasil; así como a los motociclistas reunidos para manifestarse en favor de la paz y de la vida.
A todos les deseo un feliz domingo.
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