El origen del «mundo»
Cómo la vida temprana configura la relación entre la persona y su entorno
El desarrollo humano comienza mucho antes de que el niño sea consciente de sí mismo, en un diálogo constante y profundo con su entorno que modela no solo su biología, sino también su mundo interior. Este artículo explora cómo, desde las primeras etapas de la vida —incluso antes del nacimiento—, la interacción entre el bebé y su ambiente configura progresivamente su sistema nervioso, su afectividad y su modo de estar en el mundo. A través del concepto de “urdimbre primaria”, se revela la importancia decisiva de los vínculos tempranos y del entorno familiar en la formación de la persona, abriendo una reflexión que trasciende lo meramente biológico para adentrarse también en la dimensión espiritual del desarrollo humano.
Para que pueda establecer una adecuada relación con su entorno, es necesario que todo animal sea adecuadamente estimulado. Ello pasa por una oportuna variación y riqueza estimúlica, en virtud de lo cual sus sentidos fisiológicos, así como sus pautas motoras y su capacidad de representarse el entorno se irá desarrollando oportunamente, todo lo cual irá a una con la configuración y el perfilado de los distintos procesos nerviosos que subyacen. Lo propio cabe decir en nuestro caso: el bebé (incluso en su etapa más temprana siendo feto, y también posteriormente, siendo niño) debe ser debidamente estimulado para su adecuado desarrollo, y así estar en disposición de alcanzar un comportamiento óptimo. Aunque en nuestro caso el asunto es más complejo, por entrar en juego factores de carácter espiritual que van más allá de los estrictamente biológicos.
En la relación con su entorno, el bebé no se queda pasivamente expuesto a toda esa noticia que le viene de fuera, sino que de alguna manera ‘responde a ella’: se da una interacción continua entre el bebé y el entorno según unas pautas de asimilación y de respuesta que, poco a poco, se van estableciendo en virtud de las vivencias que vaya teniendo; todo lo cual tendrá su correspondiente correlato nervioso. ¿Cómo se va dando este proceso? En el desarrollo ontogenético de la nueva persona que viene a la vida se van generando sus estructuras fisiológicas en virtud de la información genética, estructuras que, para su constitución, solicitan continuamente recursos de su entorno que se puede identificar con el cuerpo de la madre en el caso del feto, y con el ambiente familiar en el caso del bebé y del niño (independientemente de que el ambiente familiar también pueda afectar al feto). Se da aquí una circularidad interesante, que será especialmente relevante cuando el feto nazca, sobre todo durante sus primeros meses y años de vida: por un lado, el organismo en despliegue está ávido de recursos, los cuales provienen de su entorno; y, por el otro, la constitución de ese mismo organismo dependerá de esos recursos recibidos. Poco a poco, las estructuras del bebé se van desarrollando genéticamente y configurando en función de todo lo recibido; un desarrollo que influirá a la vez en el modo de recibir los futuros recursos de manera que, a la luz de su riqueza y de su calidad, así se irán configurando progresivamente sus estructuras nerviosas y, con ellas, su personalidad.
¿Qué tipo de recursos son los que se necesitan? En primer lugar, biológicos; pero no sólo biológicos: conforme el organismo se desarrolla, se posibilita la recepción de otro tipo de noticia de carácter espiritual que, al principio, es eminentemente afectiva. Lo cual posee su justificación en el hecho de que las estructuras cerebrales que primeramente se consolidan son las troncoencefálicas y las subcorticales, íntimamente ligadas a las dinámicas vegetativa y afectiva del recién nacido. Toda esta configuración neurofisiológica inicial es lo que Rof Carballo denomina urdimbre primaria. No se trata de que hay ya una estructura configurada, una urdimbre, que luego se configure de una u otra manera, sino de que, en virtud del despliegue orgánico y de la relación con el entorno, la urdimbre se irá constituyendo de una u otra manera, que es algo muy diferente. Desde esta perspectiva ―dice Rof en Urdimbre afectiva y enfermedad― «la urdimbre primaria se nos muestra ahora, por tanto, como una transferencia de pautas receptoras, de esquemas captativos del excesivamente rico mundo en torno» (Rof Carballo, 1999: 313).
Las relaciones del bebé con su entorno, por tanto, contribuyen a configurar su urdimbre primaria, y a la vez esa urdimbre primaria en consolidación va a establecer el modo en que el bebé se pueda relacionar con su entorno. Se da así un proceso de retroalimentación, en virtud del cual el bebé, a la vez que creciendo él mismo, irá construyendo su mundo. Un mundo que, en buena medida, será análogo al de sus padres, pero no del todo, dada la originalidad personal de cada cual. La energía vital que vibra en el fondo de toda persona, el impulso a existir y a desarrollarse, necesita, está ávida de un mundo, es decir, de una cierta ordenación de su entorno. No se puede comprender a la persona sin su mundo. Si la persona es ese ser que nace inacabado en buena medida, y que ese acabamiento se da gracias al conjunto de relaciones transaccionales con sus padres y con sus semejantes, constituyendo así su urdimbre primaria, el mundo sería la otra cara de la moneda, formando una unidad indisoluble en la existencia de cada uno de nosotros.
Este mundo no tiene que ver únicamente con una representación del entorno: porque el bebé no sólo aprende a percibirlo y a representárselo, sino que también aprende a situarse y a moverse en él; asimila una ordenación no sólo cognitiva sino también afectiva y axiológica, que no es otra cosa que el precipitado de su interacción personal con la ordenación que sus padres expresan mediante el entramado familiar, con el que el bebé se encuentra al nacer. Todo esto ocurre en complejidad creciente, a una con el desarrollo fisiológico del cuerpo del bebé y, sobre todo, de su sistema nervioso: si, por una parte, las distintas partes del organismo se van desarrollando y se van integrando en un todo, por la otra, ello va de la mano con la coordinación nerviosa y la configuración encefálica: junto con el desarrollo de sus estructuras se van estableciendo nuevas redes de conexión integrándose lo somático con lo emocional, lo cognitivo y lo motor, en un cúmulo de nuevas vías que irán de la mano con las experiencias vividas por el bebé en su entorno tanto personal como físico. Así, el mundo del bebé se va configurando en virtud de las relaciones interhumanas propiciadas por sus padres o figuras parentales, recibiendo una manera, un estilo, no sólo de percibir, sino también de sentir, de actuar, de valorar, es decir, de situarse en su existencia. Todo ello es internalizado por el niño en su urdimbre, una internalización mucho más radical que la que más tarde pueda propiciar una educación al uso, y que le afectará sin duda a su personalidad y al modo en que se pueda relacionar con su entorno, así como al modo en que recibirá dicha educación al uso.
Alfredo Esteve Martín . Grupo de Investigación ‘Emoción, Cognición, Acción’ . Universidad Católica de Valencia

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