28 mayo, 2026

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«El mundo tiene más que nunca sed de esperanza»

El Papa León XIV repasa el éxito del Jubileo ante el Dicasterio para la Evangelización y advierte de que la "crisis de fe" en Occidente deriva en una preocupante "indiferencia religiosa"

«El mundo tiene más que nunca sed de esperanza»

En la Sala del Consistorio, el Papa León XIV recibió este jueves a los participantes de la Sesión Plenaria del Dicasterio para la Evangelización. Durante su alocución, el Pontífice trazó las líneas maestras para el futuro de la Iglesia tras el éxito multitudinario del Año Santo y analizó con crudeza, pero con optimismo, los desafíos de la fe en un mundo hiperconectado y consumista.

Un balance histórico del Jubileo

El Papa comenzó su intervención expresando un profundo agradecimiento por la labor organizativa del Dicasterio durante el Jubileo del año pasado. En un momento distendido del discurso, el propio Pontífice consultó las cifras definitivas de asistencia: «¿Dicen 30 millones? ¡Más de 33 millones de peregrinos!», exclamó, destacando no solo el esfuerzo logístico y la «feliz acogida» de la ciudad de Roma, sino especialmente la «sobreabundancia de dones» y la intensa dimensión espiritual que se replicó en todas las Iglesias locales del mundo.

La crisis del sentido en Occidente

El eje central del discurso se enfocó en el diagnóstico de la sociedad actual, particularmente en los países occidentales. León XIV alertó sobre una «crisis de fe» que, combinada con factores socioculturales, ha generado una «difundida indiferencia religiosa» donde la fe parece haber perdido relevancia para muchos.

«El peligro subyacente es que llegue a faltar el respiro para aquello que hay de más propiamente humano, es decir, la búsqueda de sentido», advirtió el Santo Padre, señalando que las grandes preguntas existenciales quedan hoy sin respuesta ante el avance de una cultura tecnológica que pretende, de forma ilusoria, resolver cada necesidad.

Para el Pontífice, la respuesta a este escenario no pasa por estructuras rígidas ni por buscar el aplauso social, sino por volver al núcleo del Evangelio. En este sentido, invitó a retomar la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco, recordando que el anuncio de la fe debe ser «cristocéntrico y querigmático», basado en un encuentro personal capaz de transformar vidas.

El reto de conectar con los jóvenes

Uno de los puntos más analizados por el Papa fue la ruptura en la transmisión de la fe entre generaciones. León XIV describió una «pobreza espiritual» en los más jóvenes, provocada por el clima de las «sociedades hipermediáticas», donde la prisa y el consumo reducen la capacidad de buscar la verdad con paciencia y sentido crítico.

Sin embargo, lejos del pesimismo, constató que existe una fuerte demanda de espiritualidad en las nuevas generaciones, como se demostró en el Jubileo de los jóvenes. «La nueva generación no tiene prejuicios respecto al Evangelio», afirmó, asegurando que cuando lo descubren, desean profundizar en él porque perciben que es el secreto de la felicidad.

Una Iglesia que atrae por su testimonio

Hacia el final de su discurso, el Santo Padre hizo un llamamiento a la coherencia de vida y a la santidad como la herramienta de evangelización más potente, citando palabras de Benedicto XVI sobre la necesidad de hombres que hagan a Dios creíble a través de una fe iluminada. Asimismo, instó a las parroquias a cuidar el post-bautismo de los catecúmenos y la confirmación de los jóvenes, ofreciendo espacios de crecimiento real basados en el amor y el servicio mutuo.

«No es ciertamente aguando los contenidos y ablandando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo, sino testimoniando con humildad y valentía el camino, la verdad y la vida», concluyó el Papa antes de impartir su bendición.

Discurso completo:

DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

A LOS PARTICIPANTES EN LA SESIÓN PLENARIA DEL DICASTERIO PARA LA EVANGELIZACIÓN

SECCIÓN PARA LAS CUESTIONES FUNDAMENTALES DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL MUNDO

Sala del Consistorio

Jueves, 28 de mayo de 2026

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ¡La paz sea con vosotros!

Eminentísimos, Excelentísimos, queridos hermanos y hermanas:

Es una alegría para mí encontrarme con vosotros al concluir la Sesión Plenaria del Dicasterio para la Evangelización – Sección para las Cuestiones Fundamentales de la Evangelización en el Mundo. La circunstancia me ofrece una oportunidad para compartir algunas consideraciones que conciernen a la vida de la Iglesia, sobre todo para los años que tenemos por delante.

En primer lugar, sin embargo, deseo expresar mi más vivo agradecimiento por el gran trabajo realizado por el Dicasterio durante el Jubileo del año pasado. Hemos vivido un tiempo de gracia que ha visto llegar a Roma a millones de peregrinos. ¿Cuál era el número final, cuántos eran? Dicen 30 millones… [le comunican el dato] ¡Más de 33 millones! Tal evento ha requerido un gran esfuerzo organizativo, que se ha manifestado en una feliz acogida en los diferentes frentes y, sobre todo, en la atención a la dimensión espiritual por la sobreabundancia de dones que el Señor ha derramado sobre los creyentes.

La meta de la Puerta Santa de las cuatro Basílicas Papales no ha impedito que el Año Santo fuera intensamente vivido en las Iglesias locales. En todo el mundo la esperanza se ha convertido en la protagonista de la vida cristiana. La insistencia que se ha puesto en la “hermana más pequeña”, que, casi sin dejarlo ver, arrastra a las dos mayores, la fe y la caridad, necesita ser todavía anunciada y vivida con intensidad y convicción. El mundo tiene más que nunca sed de esperanza. Desea vivir en la paz y en la certeza de que el empeño por construir una ciudad digna de los hijos de Dios no solo es posible sino real, porque está imbuido de una esperanza que ofrece objetivos verdaderos, no ilusorios. No interrumpamos, pues, este anuncio, sostenido por la promesa del Señor Jesús de permanecer siempre con nosotros; este se hace visible en el testimonio que estamos llamados a ofrecer para ser discípulos fieles a su palabra (cf. Mt 28,18-20).

La evangelización pide seguir siendo la motivación fundamental de toda acción de la Iglesia universal y de las comunidades locales; solo así la fe misma es redescubierta siempre de nuevo en su belleza y expresa al mejor de los modos su credibilidad. El anuncio del Evangelio, que infunde esperanza, no es una propuesta utópica: es un testimonio que atrae en cuanto manifiesta la llamada al amor y a la verdad.

No podemos subestimar que, sobre todo en los países de Occidente, la crisis de la fe, junto a otros factores socioculturales, ha dado lugar a una difundida indiferencia religiosa. La fe, para muchos, aparece como ya no relevante para la propia vida. El peligro subyacente, no siempre percibido en su gravedad, es que llegue a faltar el respiro para aquello que hay de más propiamente humano, es decir, la búsqueda de sentido. Las grandes cuestiones existenciales quedan sin respuesta, mientras se propaga una cultura tecnológica que debería responder a cada exigencia.

También en tal contexto, el encuentro con Cristo es capaz de devolver plenitud de significado y de valor a la vida de las personas, y la Iglesia redescubre la perenne actualidad del mandato que recibió del Señor resucitado. Nadie puede sustituirla en esta misión, tan urgente como necesaria para asegurar fundamentos confiables al futuro de la humanidad, para que sea un futuro de paz, de justicia, de libertad, de fraternidad.

Como surgió en el Consistorio del pasado enero, la Exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco sigue «representando un punto de referencia decisivo: ella no introduce simplemente nuevos contenidos, sino que recentra todo en el querigma como corazón de la identidad cristiana y eclesial» (Carta a los Cardenales, 22 de abril de 2026). Invito por tanto también a vosotros a retomar Evangelii gaudium en vuestro trabajo a todos los niveles, para promover una misión «cristocéntrica y querigmática, que nace de un encuentro con Cristo capaz de transformar la vida» (ibíd.).

Gran atención merece la fuerte petición de espiritualidad que, sobre todo en los jóvenes, se abre paso y que se expresó de manera evidente con ocasión del Jubileo de los jóvenes. La nueva generación no tiene prejuicios respecto al Evangelio; al contrario, muchos, cuando lo redescubren, desean conocerlo mejor, porque perciben que en él se esconde el secreto para ser verdaderamente felices. Estoy seguro de que vuestro Dicasterio está particularmente atento a esta demanda que nuestros contemporáneos plantean con cada vez mayor insistencia, y que requiere una respuesta creíble y coherente. La evangelización no confía en la eficiencia de las estructuras o en la relevancia social, ni tampoco en el consenso que se pueda recibir en algún momento. Lo que permanece esencial es más bien tener confianza en la guía del Espíritu Santo, seguir los caminos que Él indica para conducir a muchos a Cristo, a su palabra que salva, a su amor que renueva la vida.

La evangelización debe medirse hoy, de modo particular, también con las mutadas condiciones y dinámicas en la transmisión de la fe de generación en generación. En algunas regiones del mundo esta transmisión casi se ha interrumpido, y esto requiere la capacidad de hacerse cargo de nuevos desafíos. Las causas de tal situación son conocidas y múltiples; lo que resulta de ello es, de todos modos, en las jóvenes generaciones, una “pobreza” espiritual, una carencia de motivaciones y de herramientas para poder madurar en plena libertad aquella adhesión de fe que da sentido a la vida. Gracias a Dios son numerosas y variadas, en todo el mundo, las experiencias mediante las cuales las comunidades cristianas, las asociaciones, los movimientos, los grupos eclesiales encuentran a los jóvenes, los escuchan y dialogan con ellos. El clima cultural difundido en las sociedades hipermediáticas y consumistas reduce la capacidad de aprender con paciencia y de realizar con esfuerzo un camino de búsqueda personal de la verdad, con perseverancia y sentido crítico. Cada mensaje corre el riesgo de ser percibido como una opinión entre tantas otras.

La transmisión de la fe, en tal contexto, pasa necesariamente a través del encuentro con personas y comunidades que expresan la alegría de la fe cristiana y la coherencia de un estilo de vida evangélico. No es ciertamente aguando los contenidos y ablandando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo, sino testimoniando con humildad y valentía “el camino, la verdad y la vida” que ha convertido y santificado a tantas personas. Como afirmaba Benedicto XVI: «Lo que necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan a Dios creíble en este mundo. […] Necesitamos hombres que tengan la mirada recta hacia Dios, aprendiendo de allí la verdadera humanidad. Necesitamos hombres cuyo intelecto esté iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Solo a través de hombres que son tocados por Dios, Dios puede regresar entre los hombres» (La Europa de Benedicto en la crisis de las culturas, Siena 2005, 63-64). La santidad de vida, por lo tanto, permanece siempre como la forma más convincente de la belleza de la fe cristiana que supera los tiempos y se propone a cada cultura.

Quisiera también deciros una palabra respecto a la catequesis, que califica de modo determinante la vida de la Iglesia en su compromiso formativo y de transmisión de la fe. Una atención peculiar es debida para con los catecúmenos, que en número cada vez más significativo piden el Bautismo. El gozoso servicio de la comunidad al acoger y acompañar a los catecúmenos no puede concluir con la celebración del Sacramento. Parecida responsabilidad requiere la tarea sucesiva, es decir, la de ofrecer un ambiente en el cual encuentren correspondencia las expectativas que han llevado a adherirse a Cristo y a su Iglesia. El deber de mantener viva la opción de fe realizada con el Bautismo comporta, en particular para las comunidades parroquiales, la exigencia de tender siempre a la medida alta de la vida cristiana (cf. S. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), para asegurar a los nuevos bautizados un espacio de crecimiento coherente, fruto de relaciones interpersonales vividas en el amor y en el servicio mutuo.

Semejante cuidado debe reservarse a los muchachos y a las muchachas que reciben el sacramento de la Confirmación. Aliento las múltiples iniciativas que los acompañan en la continuación del camino de fe para su crecimiento humano y cristiano. Tales propuestas se hacen verdaderamente eficaces por la atención dirigida a cada uno de ellos personalmente, reflejo del amor único y personal del Señor.

Queridísimos, os agradezco vuestro servicio a mi ministerio y a toda la Iglesia y, encomendándoos a la Virgen María, perfecta discípula y misionera del Evangelio, os acompaño con mi bendición. ¡Gracias!

Exaudi Redacción

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