El día que la Ópera encontró su alma en la Mezquita-Catedral: Un viaje de la Pasión a la Gloria
Ante una audiencia que desbordó las naves de la Catedral de Córdoba, el ciclo "Dios en la Ópera" transformó los grandes dramas de la historia de la música en una poderosa oración colectiva por la Pascua.
El pasado 9 de mayo, la penumbra sagrada de la Mezquita-Catedral de Córdoba no solo se llenó de incienso y silencio, sino de una vibración humana y divina a la vez. El Cabildo Catedral de Córdoba, en su apuesta por la cultura y la evangelización, acogió la segunda entrega del ciclo «Dios en la Ópera: Edición de Pascua», un evento que logró el «lleno total» y que fue posible gracias a la colaboración de la Fundación Cultural Herrera Oria y la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP).
La belleza como puente hacia lo eterno
El Padre Fernando Cruz-Conde, canónigo de la Catedral, despejó en su bienvenida cualquier duda sobre la unión de estos dos mundos: «A alguien le puede sorprender que Dios esté en la ópera, pero Dios está en todas partes». Según sus palabras, mientras que en la ópera aparecen las pasiones que nos definen, también emergen momentos de grandeza que nos enseñan qué significa ser verdaderamente humanos. «A través del camino de la belleza nos es más fácil acceder a Dios», subrayó.

Un elenco de primer nivel
Bajo la dirección artística y los comentarios de Javier Otero de Navascués, el programa fue interpretado por voces de prestigio internacional vinculadas a la Ópera de Navarra:
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Sabina Puértolas (Soprano)
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Alejandro del Cerro (Tenor)
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José Antonio López (Barítono)
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Mariola Riberas (Pianista)
Juntos recorrieron un repertorio que entrelazó fragmentos bíblicos con las partituras de Gounod, Rossini, Puccini, Mozart, Verdi y Wagner.
De la «dulce llama» al optimismo de Fígaro
El programa fue un recorrido por las emociones del alma. Desde el anhelo de felicidad de Julieta (Gounod), cuya «dulce llama» se comparó con la alegría de la Resurrección, hasta el desbordante optimismo de Fígaro en «El Barbero de Sevilla». La famosa cabatina del barbero sirvió para recordar la alegría del servicio al prójimo: «Nada hay más grato que disfrutar haciendo el bien, sirviendo a los demás».

El amor que lo transforma todo
El clímax emocional llegó con el romanticismo de «La Bohème» de Puccini. El dúo entre Rodolfo y Mimí recordó que el amor es mucho más que un sentimiento pasajero; es el motor que transforma y une a las personas. Del mismo modo, la alegría de la vida quedó patente con el dúo de Papageno y Papagena de Mozart, una oda a la familia y la confianza en el futuro.
Al alba venceré: La victoria sobre la muerte
El concierto avanzó hacia la intensidad de «La Traviata» y el arrepentimiento de «Tannhäuser», pero fue el «Nessun Dorma» de Turandot el que mejor sintetizó el mensaje pascual. El príncipe Calaf espera el amanecer con la certeza de la victoria: «Al alba venceré». En el contexto del templo cordobés, ese grito se transformó en una proclama de fe: al tercer día, Cristo vence.

Un broche de oro espiritual
Para finalizar, tras la tensión acumulada, el público pudo interiorizar la experiencia con el suave «Soave sia il viento» de Mozart, antes de estallar en el gran final: el espectacular fragmento de «Cavalleria Rusticana» de Mascagni. Con el grito de «Regina Coeli», el concierto culminó celebrando que el Señor ha resucitado, abriendo la esperanza de una vida eterna.
Este encuentro no fue solo un concierto; fue, en palabras de los organizadores, una oportunidad para «rezar, orar y elevar el alma a Dios» a través de la excelencia artística en uno de los escenarios más impresionantes del mundo.
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