El desván de mi abuela
Recuerdos, herencia y el valor de ordenar el corazón
Terminando las vacaciones, fui a casa de mi abuela. Ella, desde hace ya unos años no está aquí, se fue al cielo. Y nosotros, los que nos quedamos, vamos poco a poco, tomando consciencia de que ya no va a volver.
Su casa sigue aparentemente, en lo grande, intacta. Los mismos muebles, armarios, camas, cuadros y vajillas… y nosotros de vez en cuando vamos a pasar unos días allí juntos, en familia.
Muchas veces en el silencio de la casa es como si ella fuera a aparecer por el pasillo con su sonrisa y con ese andar tan característico de mujer hecha a sí misma que se puso la vida por montera y que, con mucha fortaleza y tesón, luchó por su familia.
Mi abuela, tiene un desván. Un lugar al que me encantaba entrar cuando era pequeña y la imaginación era esa herramienta fundamental de los juegos infantiles. Allí podías encontrar de todo y para una niña era como un parque de atracciones temático dirigido a la creación de cuentos e historias.
Había mucha memoria almacenada en ese espacio. Memoria de una familia, de muchas personas que ya no estaban. De una época pasada. De una tradición.
En este último viaje, volví al desván. Ya no es tan grande como me parecía. Ya no tiene tantas cosas como antes, pero sigue desprendiendo ese perfume familiar que te envuelve cuando entras. Una fragancia que hace que sea inevitable el tomar unos minutos de silencio para adentrarte en el espacio con mucho respeto. Diría que, incluso, casi descalzarte.
Es como si hubiera un cartel que te dijera: Atención silencio, entras en el lugar de la memoria.
Pensaba en esto. En hacer memoria y en lo importante que es. Pensaba en los recuerdos almacenados. En mi abuela y en su vida, y en todo el amor que nos dio, que es precisamente lo que nos dejó. Una vida entregada en el servicio a la familia y en la valentía de no rendirse nunca. Pensaba en la herencia con forma de amor y de fe que me ha dejado, y un enorme sentimiento de agradecimiento hacía vibrar mi corazón. Una herencia que nada tiene que ver con todos los enseres y cosas que dejó en su desván.
Un amor dado en vida que se ha quedado impregnado en mí y que es capaz de conmoverme cada vez que la recuerdo.
Y pensaba en mi herencia. En eso que quiero dejar a mis hijos y, espero, que nietos. A mis sobrinos, a mi hermana y a esas amigas que tienen ese título, aunque no compartamos sangre.
La respuesta es tan clara y tan sencilla… una huella como la de mi abuela, cuyo corazón poco tenía que ver con el desorden propio de un desván o con el polvo que se suele acumular allí.
Y ahí, creo que está la clave: en ordenar tu corazón para dejar los espacios necesarios a lo esencial. El ordo amoris de San Agustín.
Quizá, nos ocupamos mucho del orden en casa. De tener todo muy colocado, bien decorado y preciosísimo. Pero ¿y el corazón? ¿está ordenado?
Porque a veces puede parecerse a un desván en el que se van guardando cosas y cosas sin orden y sin intención. Un conglomerado de afanes, de afectos y deseos que es bueno colocar y ordenar.
Conocerte a ti mismo y saber realmente cuáles son esos anhelos que guían tus acciones es crucial para que la vida pueda ser vivida coherentemente. Para que hable de ti y no de otra persona. Para que haya espacio para lo importante. Porque donde está tu tesoro también estará tu corazón.
Es un hecho que la vida que llevamos de prisas y de inmediatez, no nos ayuda a hacer una limpieza profunda, y es por ello, que, ante el ruido de nuestra rutina, sea fácil caer en el automatismo y en el desorden.
Encontrar ese espacio para parar a mirar tu interior más profundo es fundamental para caer en la cuenta de dónde realmente está puesto y de qué está lleno. Para pasar el plumero y quitar el polvo si lo hubiera. Para ordenar las prioridades y poner lo importante en el lugar de lo importante. Para dar el tiempo, ese bien tan escaso y preciado, a lo esencial, que tiene mucho que ver con las personas y poco con las cosas materiales.
En definitiva, para contemplar tu corazón y que no sea un desván.
Porque esa herencia que perdurará en nuestros seres queridos poco tendrá que ver con el tener. Igual que lo único que irá en nuestra maleta cuando iniciemos el viaje más importante de nuestra vida, será el amor que hayamos dado. Ese amor hecho vida. Encarnado en pequeños y grandes gestos. En lo ordinario, en lo poco. En lo que nadie ve y cuando nadie te ve.
Ayer fui al cine a ver la película “Solo Javier”, la cual te recomiendo 100%. En ella se cuenta la historia de una persona real, de carne y hueso, que descubrió que su corazón estaba hecho para algo más grande que las riquezas materiales. Que testimonió con su vida cómo esa felicidad que todos anhelamos nada tiene que ver con el tener.
Sentada en el sofá de mi casa miro al Sagrado Corazón que encontré hace un tiempo dentro de una maleta en el desván de mi abuela y le pido que me ayude a cuidar y ordenar mi corazón. A deshacerme de aquello que me pesa. A vaciarme de ese orgullo y respetos humanos que tanto espacio me quitan. A abrazar mi vulnerabilidad sin miedo y a amar mucho.
Y por pedir, confieso que me encantaría tener un desván tan bonito y lleno de historia como el de mi abuela.

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