18 abril, 2026

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El desierto y la bioética personalista

Dirigible (Capra, 1931) y Arenas de muerte (Hathaway, 1957)

El desierto y la bioética personalista

“A Santiago León Arroyo Prats, cuya carita hoy ya nos ha iluminado”.

Tanto Dirigible (Capra, 1931)[1] como Arenas de muerte (Hathaway, 1957)[2] nos muestran que cuando las personas vivimos situaciones extremas, reluce para nosotros la sabiduría de la vida que nos permite reordenar nuestra jerarquía de valores y nuestro orden en el amor. La aspiración a lo utilitario, el acaparamiento de cosas, reduce nuestra capacidad para la amistad y para el amor. Una buena dosis de desierto nos puede favorecer en la verdadera fuente de alegría que acompaña una bioética personalista: el reconocimiento del otro como persona.

¿El desierto y la bioética?

Nuestro comentario sobre Dirigible  (“Dirigible”)  la última de las película de Frank Capra que componen la llamada trilogía de la técnica o de la aventura —tras Submarine (“Submarino”, 1928)[3] y Flight (“Águilas”, 1929)[4]— arranca con un interrogante. No serán pocos los que se pregunten: ¿qué relación puede establecerse entre la bioética y el desierto? Si uno sigue atentamente la trama diseñada por Capra, comprobará que sólo cuando los protagonistas se ven arrojados al desierto —uno polar, en la Antártida— conseguirán redirigir sus coordenadas vitales. Dan freno a la ebriedad a la que les había sometido su excesiva pasión por los avances tecnológicos y recuperan la prioridad del reconocimiento de las personas en el amor, la norma personalista.

Veintiséis años después, otro director con frecuentes preocupaciones personalistas como Henry Hathaway supo poner en pantalla otro dilema análogo protagonizado por dos estrellas míticas como John Wayne —en el papel de Joe January, un hombre atrapado por su alcoholismo—, y Sophia Loren en el de Dita, una joven de alterne, en el que experimentarán una intensa redención, esta vez en el desierto del Sáhara. De nuevo, el principio personalista que permite que las personas nos veamos con la dignidad que nos corresponde, emerge en circunstancia en principio nada favorables para el bienestar, pero completamente propicias para el renacimiento de lo mejor de las personas.

Creemos que la lectura paralela de ambas películas permite extraer su significado más profundo.

La rivalidad de la carrera por la técnica y los desafíos del corazón

Comencemos con Dirigible. La trama nos muestra a dos amigos, de nuevo Jack Holt —esta vez como Jack Bradon, el comandante del globo aerostático o dirigible— y Ralph Graves– en el papel de ‘Frisky’ Pierce, un exhibicionista piloto de avión. La rivalidad entre ellos es doble. Una abierta y la otra secreta. La primera consiste en que ambos aspiran a ser quienes acompañen al explorador Louis Rondelle (Hobart Bosworth) para que sea el primer hombre en llegar al Polo Sur en la Antártida. La segunda es con respecto a Helen (Fay Wray), la esposa de “Frisky”: Jack está secretamente enamorado de ella, que con frecuencia siente que su esposo no le hace el menor caso. El despecho de la joven abre las puertas a que ella pudiera divorciase y abrir a Jack su oportunidad.

El contexto en el que se mueven Bradon y Pierce es el del entusiasmo por la tecnología. Como en Submarine y en Flight una parte nada menor del protagonismo de la película la desarrollan los artefactos: los globos aerostáticos, los aeroplanos. Sus proezas son seguidas por el público y los periódicos como emblemas de un progreso que avanza a ojos vista a paso agigantados.

Especialmente Frisky está tan absorto por sus éxitos que parece haber olvidado la prioridad vital que su esposa debería tener en su vida. Magistralmente lo explicó Dietrich von Hildebrand:

La particularidad categorial del amor esponsalicio, su carácter de decisión, su peculiar entrega, el regalo del corazón que supone, son cosas que entrañan la exigencia de ocupar el primer lugar en el corazón del amante. Ni siquiera se trata tan solo de un derecho, sino que ese tipo de amor contiene formalmente la tendencia a estar en primer lugar. Esperamos de Romeo que ame a Julieta más que a nadie… [E]l amor esponsalicio, por su misma particularidad categorial, tiene en sí mismo el derecho legítimo al primer lugar, derecho que, normalmente, mientras el amor está en esplendor, está garantizado de forma espontánea[5].

En un primer momento y gracias a un adelante técnico que Capra muestra con todo detalle —el acoplamiento del aeroplano a la parte inferir del globo, a modo de cómo se enhebra una aguja— parece que los dos amigos van a poder colaborar en la expedición. Pero Helen interviene. Angustiada por volver a perder la compañía de Frisky una larga temporada y consciente del cariño que el comandante le profesa, suplica a Jack que lo impida. El jefe del globo accede y finge motivos de rivalidad para despedir al piloto.

La crisis personal y la prueba extrema del desierto

Una tormenta hace que fracase la aventura hacia la Antártida del dirigible. Es entonces cuando Frisky consigue una nueva oportunidad con Rondelle, en la que ya no interviene Jack. Helen se deja llevar por la desesperación y opta por abandonar a Frisky y por comenzar una relación con Jack, mientras su esposo busca el Polo Sur, con vistas a un inminente divorcio en París. La situación de los tres personajes es de completa desestructuración: Frisky insensible a las necesidades de su esposa actúa como la desvinculación de un soltero;  Helen se siente liberada de la fidelidad matrimonial y abre la puerta al adulterio; Jack se deja arrastra a cometer una doble traición con Frisky, como amigo y como esposo.

Esa profunda crisis personal va a transformarse por mediación del desierto de la Antártida. Allí, el piloto y sus compañeros sufren un accidente, a causa de la excesiva confianza de Frisky en sus habilidades. A partir de ahí el joven asiste al heroísmo anónimo de sus compañeros, en evidente contraste con los vítores y alabanzas que sus proezas arrancaban de los aficionados al aviación.  La situación se vuelve tan extrema que se queda sin vista, por el impacto del blanco de la nieve, y cae postrado, al haber perdido la orientación.

Mientras Helen y Jack, que estaban con los planes de divorcio de ella y posterior boda, leen en la prensa el percance de Frisky. Ella le ruega que olvide viejos rencores y vaya en su ayuda. Así lo hace y precisamente da con él en la dramática situación en la que se encuentra. Al subir al avión, el piloto y él se reconcilian y capra pone todas las piezas en su sitio con un recurso magistral. Frisky llevaba en su bolsillo una carta de Helen que debía abrir sólo en el momento de su triunfo, que sigue cerrada. Le pide a Jack que la lea, porque él continúa ciego. El comandante capta que lo que le comunica es su voluntad de dejarle para casarse con él. Pero rápidamente cambia lo que lee a su amigo: que Helen le ama profundamente y que quiere volver a reunirse con él. Frisky lo escucha muy feliz. Pero cuando le pide la carta para conservarla, Jack hace como que se le vuela por la venta. El joven dice que no importa que ha aprendido de memoria las frase de Helen.

La situación extrema ha hecho cambiar a los personajes. La lectura de la carta es un primer signo de confirmación que se completa cuando regresan a Estados Unidos. Frisky no acude al desfile de aclamación, en el que queda Jack en solitario recibiendo los agasajos. El piloto acude a reunirse con su mujer, renunciando a lo demás. Le agradece lo que escribió en la carta, que Jack le leyó y ahora se lo repite. Helen hace suyas esas palabras y su reconciliación se hace total.

El desierto, la situación extrema ha permitido a todos encontrase con su auténtica persona. No la que espera la redención de la técnica, sino la que la encuentra cuando se sabe entregar de verdad, en la amistad o en el matrimonio.

Una redención de personajes más deteriorados

Legend of the Lost planteó un paralelo proceso de redención, pero con personajes mucho más deteriorados. Un médico, Paul Bonnard, ha acudido a Tombuctú para buscar un guía que le conduzca por el desierto del Sáhara. Quiere encontrar la ciudad de Ofir donde su padre descubrió un tesoro fabuloso, aunque la falta de noticias de él hace pensar que ha muerto. Emprende la búsqueda guiado por el mejor experto, Joe January (John Wayne)  —a decir del prefecto de policía del enclave (Kurt Jaznar)—. Paul trata con respecto a Dita (Sofia Loren), una chica de alterne del lugar, a la que perdona haberle robado el reloj. Pasan la noche hablando juntos y ella quiere unirse a la expedición por el respeto que ha recibido del trato del médico.  Aunque sobre todo Joe se opone, ella lo consigue más adelante, al alcanzarlos gracias a una caravana de tuareg del desierto.

El trayecto va marcado por las tensiones entre los tres. Joe espeta a Paul que dos hombres y una mujer son un problema en cualquier mundo civilizado. Pero poco a poco, el guía va cambiando su actitud hacia Dita. Sus insultos del principio van desapareciendo y consigue tratarla con consideración. En cambio Paul, que había sido impecable con ella, va a experimentar un cambio radical. Cuando llegan a la ciudad y comprueba que su padre ha muerto asesinado, se le cae su figura. No era un hombre heroico que iba a emplear los beneficios del tesoro para un asilo de huérfanos, sino un hombre común que lo iba a gastar todo en una mujer. Cuando ella le fue infiel con el guía, se produjo una confrontación en la que murieron los tres.

La decepción le hace desear los favores de Dita a la fuerza y ella se opone. Joe la defiende y comienza a comprobar lo que ha supuesto para la joven la pesadilla de hombres que abusaran de ella o compraran sus servicios. Temeroso de que Joe y Dita hagan con él lo que los otros hicieron con su padre, huye al desierto sin que ellos lo sepan. Cuando lo descubren van en su búsqueda, lo encuentran casi muerto, pero en un descuido de Joe se levanta y le apuñala. Dita lo abate con una pistola, y queda junto a Joe herido, hasta que cuanto más desesperada parecía la situación, aparece una caravana que los rescata.

Antes de que esto ocurra, hemos visto el proceso de redención de Joe y Dita. Mientras caminaban extenuados por el desierto, en un momento ella se recuesta, considera que está horrible y él acerca sus labios. La joven le dice que le ha besado como nunca lo había hecho. El joven le contesta que siempre deseó hacerlo así. Cuando Joe ya está herido, confiesa a Dita que no le guarda rencor a Paul. Que gracias a su locura, ellos se han podido encontrar como nunca lo habían hecho antes. Y que merecía la pena acabar de ese modo.

Conclusión: la belleza del arte y del cine para liberarse de lo utilitario

En 1931, la civilización occidental que salía de la crisis del 29 podía poner todas las esperanzas en la tecnología y olvidar el crecimiento humano. En 1957 el bienestar podía funcionar como narcótico que hiciese olvidar lo nuclear de vida humana.

Ambas películas representan ayer y hoy la necesidad de horizontes que van más allá de lo utilitario, porque esa es la verdadera sabiduría de vivir de la que se nutre la bioética personalista.

El arte está llamado a sacar a las personas de las trampas de lo que empequeñecen sus aspiraciones, señalaba Emmanuel Mounier.

El hombre no está hecho para la utilidad, sino para Dios, es decir, para lo inutilizable. Lo mejor de sí mismo reside en esa necesidad primordial, su verdadero pan cotidiano: el desarrollo de una vida interior en el seno de una vida comunitaria. La vida según el arte y según la poesía es una de las dimensiones esenciales de esa actividad desinteresada, cosa que debemos afirmar… contra el utilitarismo invasor. Todo hombre debería participar en esa clase de vida dedicando gran parte de sí mismo y de su tiempo.[6]

Algo que particularmente ha podido hacer el cine al finalizar el siglo XX y en los comienzos del tercer milenio.

Todavía queda por saber si las deformaciones del hombre no son más superficiales de lo que se cree, si una fresca fuente de gracia no brota en cada corazón para quien quisiera alcanzarlo. El éxito de ciertas películas de alta calidad en las salas más populares, sería una indicación positiva de esto que decimos. El público es más incapaz frecuentemente de descubrir el mal gusto, que de mostrar su júbilo ante la buena calidad. Y, para referirnos al arte que está más a su alcance, no creo, si alguna gracia imprevisible inundara de buenas películas los cines, que estas se vieran vacías de repente.[7]

Estas es la fuente fresca que cultiva el personalismo fílmico y que gustosamente se pone al servicio de la bioética personalista.

Gracia Prats-Arolas . Profesora e investigadora en Filosofía y Cine . Universidad Católica de Valencia

Jose Alfredo Peris-Cancio . Profesor e investigador en Filosofía y Cine . Miembro del Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

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 [1] https://www.youtube.com/watch?v=vHheQLT6NYc

[2] https://www.youtube.com/watch?v=nXch2JweY8Q

[3] https://www.observatoriobioetica.org/2025/05/la-alianza-entre-amistad-reconocimiento-del-otro-y-tecnologia-en-submarine-1928/10004059

[4] https://www.observatoriobioetica.org/2025/08/fracaso-humano-tecnologia-y-redencion-en-flight-aguilas1929-de-frank-capra/10004668

[5] Von Hildebrand, D. (1998). La esencia del amor. Barañáin (Navarra): Eunsa, p. 416.

[6] Mounier, E. (1992). «Prefacio a una rehabilitación del arte y del artista». En E. Mounier,

Obras Completas I (págs. 291-305). Salamanca: Sígueme, p. 292.

[7] Ibidem.

Observatorio de Bioética UCV

El Observatorio de Bioética se encuentra dentro del Instituto Ciencias de la vida de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” . En el trasfondo de sus publicaciones, se defiende la vida humana desde la fecundación a la muerte natural y la dignidad de la persona, teniendo como objetivo aunar esfuerzos para difundir la cultura de la vida como la define la Evangelium Vitae.