¿Es éticamente sostenible una sociedad que desatiende el cuidado de sus ciudadanos más vulnerables? Los filmes que exploran la precariedad visibilizan cómo la desprotección social constituye una forma de violencia estructural que genera una doble exclusión: no solo se priva a la ciudadanía más frágil de recursos materiales, sino de su condición de interlocutores válidos. Desde la bioética contemporánea, la vulnerabilidad no se define solo como una fragilidad intrínseca del ser humano, sino también por las condiciones inducidas por el entorno y, particularmente, por la falta de responsabilidad colectiva y respuesta política e institucional que atentan contra la dignidad personal, la justicia distributiva y los derechos humanos. En este sentido, el cine español y europeo con una fuerte impronta humanista y social tiende a retratar el repliegue y las fisuras del Estado de bienestar, capturando en las últimas décadas con una precisión luminosa el momento en que una vida ordinaria se asoma al precipicio de la exclusión. Las miradas fílmicas operan aquí como un canal de restitución, devolviendo el protagonismo, la palabra y la complejidad humana a quienes son sistemáticamente silenciados por las agendas políticas y mediáticas. Además, muestran al espectador que cuando el Estado renuncia a responder a la intemperie y el capital borra cualquier rastro de solidaridad, las leyes del mercado se convierten en el poder soberano de decidir qué vidas merecen estabilidad y cuáles quedan expuestas a la marginalidad, el descarte, la enfermedad o la muerte.[1]

Rostros en los márgenes

Para entender el convulso panorama actual que ha ido cociéndose en las últimas décadas, es casi obligatorio acudir al clásico español Los lunes al sol (2002), de Fernando León de Aranoa. Este filme retrata magistralmente la muerte civil y el vacío existencial de personas maduras a quienes el sistema de protección social etiqueta de manera prematura como excedentes, quebrando la promesa del Estado de bienestar del  empleo estable. A través de sus protagonistas, la película encarna distintos matices de una crisis existencial donde la pérdida del trabajo asalariado desmantela la identidad social y la autoestima del individuo. Santa (Javier Bardem) —con una rebeldía trágica y mordaz— intenta sabotear la humillación cotidiana y preserva una dignidad precaria. A su lado, José (Luis Tosar), aparece como un hombre carcomido por la frustración masculina de ver mermada su condición de proveedor y cuya estabilidad depende del duro trabajo en una conservera de su esposa, Ana (Nieve de Medina).  Lino (José Ángel Egido) encarna el reflejo más cruel al teñirse las canas en los baños públicos en un intento desesperado por sortear las dinámicas excluyentes del mercado. Finalmente, la trágica figura de Amador (Celso Bugallo) anticipa la marginación absoluta en su caída hacia el alcoholismo y la soledad.

El cine español registra en Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo, el sufrimiento de Rocío (Natalia de Molina), una joven madre soltera que lucha en un riguroso e invisible silencio por mantener a su hijo Adrián (Jaime López). Sin trabajo, sin prestaciones sociales y acumulando meses de impago del alquiler, Rocío encarna la vulnerabilidad inducida por un entorno hostil y una alarmante falta de responsabilidad colectiva. La película muestra la crudeza cotidiana de quien carece de mínimos vitales para sobrevivir y de la oportunidad para desarrollar una vida en condiciones dignas. Rocío, acorralada por el fantasma inminente del desahucio, se convierte en el vivo retrato del descarte social, donde el miedo a pedir ayuda por temor a perder la custodia de su hijo refleja una profunda desconfianza hacia unas instituciones públicas percibidas como punitivas en lugar de protectoras.

El colapso del sistema habitacional encuentra su reflejo más crudo en el filme del director Juan Diego Botto En los márgenes (2022), un relato coral a contrarreloj que expone el drama humano y social de los desahucios. Aquí, la vulnerabilidad adquiere el rostro de Azucena (Penélope Cruz), una madre coraje que dispone de apenas veinticuatro horas para no perder su hogar, personificando la angustia extrema y la pérdida de control sobre la propia vida. A su lado, Rafa (Luis Tosar), un abogado y activista obsesionado con detener estas ejecuciones, encarna la solidaridad comunitaria que intenta suplir el repliegue del Estado de bienestar. El tenso escenario visibiliza cómo la vivienda, en muchas ocasiones, deja de ser un derecho garantizado para reducirse a un activo financiero y cómo la desprotección social opera como una forma de violencia institucional que empuja a las familias trabajadoras hacia el descarte.

Esta lógica depredadora y de gentrificación articula de manera desgarradora La deuda (2025), de Daniel Guzmán. En esta cinta, la vulnerabilidad se desplaza hacia la vejez desamparada a través de Antonia (Rosario García), una anciana dependiente de más de 80 años que comparte su vida con Lucas (Daniel Guzmán), un hombre de 47 años atrapado en el desempleo estructural. Su convivencia, sostenida por el afecto mutuo y los cuidados, se resquebraja por completo cuando un fondo de inversión adquiere su modesto edificio con el único fin de convertirlo en apartamentos turísticos. Al enfrentarse a la inminente amenaza del desahucio y ante la ausencia de un escudo social protector, Lucas inicia una trágica huida hacia adelante. Desesperado por conseguir dinero rápido para salvar su hogar, toma una decisión errónea y clandestina que desencadena consecuencias fatales y un profundo conflicto ético marcado por la culpa. En esta encrucijada, la vivienda deja de ser un derecho humano para reducirse a una fría mercancía, demostrando cómo el mercado deshumaniza a las generaciones más frágiles y las empuja hacia la precariedad y la invisibilidad forzosas.

Esta deriva deshumanizadora no es solo una anomalía democrática española, sino el síntoma de una crisis estructural global. En el marco del cine europeo, las filmografías de Ken Loach y de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne borran la idílica idea de Europa como el bastión de los derechos sociales y los valores humanistas. A través de la kafkiana burocracia británica retratada en Yo, Daniel Blake (2016) —donde un carpintero enfermo, encarnado por Dave Johns, se ve atrapado en un laberinto administrativo que le deniega el subsidio básico— Loach expone la insensibilidad de la maquinaria estatal y la crueldad institucional. Por su parte, los realizadores belgas recurren a personajes que luchan en los márgenes de la supervivencia. En Rosetta (1999), una joven interpretada por Émilie Dequenne recurre a la ferocidad desesperada por conseguir cualquier empleo que le garantice un techo y una vida normal. Y en Dos días, una noche (2014), los Dardenne retratan cómo Sandra (Marion Cotillard) se ve obligada, tras salir de una depresión, a rogar a sus propios compañeros que renuncien a una prima de mil euros para evitar un despido que abocaría a la familia a perder su modesta vivienda.

Al exponer estas despiadadas lógicas, el cine demuestra que, bajo el mandato del libre mercado, las dinámicas de precarización de la vida son idénticas en todo el continente, convirtiendo la vulnerabilidad en una condición transnacional.

Valoración bioética

El análisis del panorama descrito desde el cine y la bioética personalista no es un mero ejercicio académico, sino una urgencia inapelable. Esta corriente sitúa a la persona humana como un valor absoluto y un fin en sí misma, poseedora de una dignidad intrínseca e inalienable que no puede subordinarse a intereses económicos o especulativos.[2] En consecuencia, el desamparo y la exclusión habitacional no son variables macroeconómicas, sino agresiones directas a la integridad del ser humano, que quiebran su autonomía y destruyen el espacio indispensable para el cuidado, la salud y el desarrollo de la vida, particularmente la familiar.[3]

Esta herida ética adquiere una dolorosa vigencia al mirar la realidad de España, sumida en un clima social y político convulso en torno a la crisis de la vivienda y los salarios escasos que impiden su adquisición o el pago de alquileres desorbitados. El goteo incesante de desahucios expone una grave contradicción moral. Los casos dramáticos que han copado el debate público actúan como llamadas de atención frente a un sistema que prioriza la rentabilidad financiera por encima de las personas más frágiles. Cuando la ciudadanía responde con masivas manifestaciones y acampadas de protesta urbana, lo que expresa en las calles es un grito de supervivencia y una exigencia de justicia distributiva frente a un poder político interesado en ventajas electorales. El trabajo, los salarios y la vivienda, concebidos desde el personalismo como el soporte material básico de la dignidad personal, están siendo reducidos a un mero objeto de mercantilización que arroja a familias trabajadoras, ancianos vulnerables y jóvenes a un desamparo cronificado. No obstante, desde la misma mirada, esta urgencia exige también una advertencia firme contra el riesgo de la instrumentalización. La desesperación de quienes lo han perdido todo o temen perderlo no debe convertirse en un arma arrojadiza de la contienda partidista, ni en un escenario para la manipulación ideológica. Convertir el drama humano en mera propaganda o en un campo de batalla electoral no solo pervierte la legitimidad del reclamo social, sino que comete una nueva infracción ética: cosificar a la persona vulnerable, despojándola de su dolor real para transformarla en un simple instrumento de confrontación política.

Daniel Innerarity recuerda que las sociedades son espacios de diversidad, no exentos de antagonismo y conflicto. Lo inquietante es si, pese a esto, existe algún límite a partir del cual ya no tenemos una sociedad diversa, sino fragmentada, insoportablemente desigual, disfuncional y herida.[4] Hay evidentes diferencias entre el desacuerdo productivo y lo que estamos viviendo actualmente. En última instancia, recordar los rostros, las historias y los nombres que hay detrás de cada dramático desahucio despoja a la crisis de su fría coraza estadística. El sufrimiento real de estas familias provoca lo que el sociólogo James M. Jasper define como un auténtico shock moral: una sacudida visceral e inesperada que quiebra la normalidad cotidiana y despierta una profunda indignación colectiva.[5] Al rescatar la identidad de los afectados frente a la despersonalización del sistema, este shock se convierte en un potente catalizador ético que impulsa la acción y la exigencia de justicia. El dolor de los más vulnerables nos interpela a todos a atender a la intemperie social como único camino para reconstruir el tejido de una sociedad fragmentada y un mundo más humano.

Amparo Aygües . Master Universitario en Bioética por la Universidad Católica de Valencia . Miembro del Observatorio de Bioética

***

[1] Esposito, R. (2006). Bíos: Biopolítica y filosofía. Amorrortu.

[2] Spaemann, R. (2010). Personas, Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”. Eunsa.

[3] Naciones Unidas. (1991). Observación general Nº 4: El derecho a una vivienda adecuada (Art. 11, párr. 1 del Pacto). Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

[4] Innerarity, D. (2023). La libertad democrática. Galaxia Gutemberg

[5] Jasper, J. M. (1997). The art of moral protest: Culture, biography, and creativity in social movements. University of Chicago Press.