El amor de Dios no se puede explicar, solo se puede experimentar
La experiencia del amor divino y la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana
El Padre Ángel Espinosa de los Monteros nos ofrece en este artículo una invitación poderosa a vivir la fe no como una idea abstracta, sino como un encuentro personal y transformador. A través de ejemplos cotidianos y teológicos, nos recuerda que hay realidades —como el amor de Dios, el amor humano profundo o ciertas vocaciones— que escapan a la explicación racional y solo se comprenden al experimentarlas directamente.
Comienza comparando el amor de Dios con el amor entre personas: muchas veces nos preguntamos “¿qué le vio a esa persona?” cuando vemos uniones que, a simple vista, parecen improbables. No se trata de lo físico o lo evidente, sino de algo interior que solo quien lo vive percibe. De igual modo, vocaciones como la medicina, las matemáticas o la contabilidad exigen una experiencia personal de gozo y sentido; sin ella, parecen incomprensibles o incluso repulsivas. Lo mismo ocurre con la fe: ¿qué hace que alguien pase media hora de rodillas ante el Santísimo Sacramento? Para el que no lo ha experimentado, puede parecer una pérdida de tiempo frente a otras obras de caridad. Sin embargo, el Padre Ángel defiende que hay carismas distintos: incluso la Madre Teresa de Calcuta, dedicada a los más pobres, mantenía una hora diaria de adoración eucarística.
Un punto central de la reflexión es el jueves eucarístico, día dedicado a conmemorar la Última Cena. El sacerdote explica por qué el jueves ocupa un lugar especial en la devoción católica: no es un capricho litúrgico, sino que responde directamente a lo que ocurrió en el Cenáculo. Jesús expresó un deseo ardiente: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros”. Preparó todo con solemnidad única, instituyó la Eucaristía, el sacerdocio, el mandamiento nuevo del amor (“amaos unos a otros”) y el lavado de pies como signo de servicio. Aquella noche también incluyó anuncios dolorosos: la traición de Judas, las negaciones de Pedro —pero con la promesa esperanzadora: “Cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos”—, mostrando la misericordia infinita de Cristo.
Este jueves nos invita a revivir el Cenáculo y Getsemaní en la hora santa: primero, contemplar a Jesús partiendo el pan y dando el cáliz; después, acompañarlo en la agonía mientras carga los pecados del mundo. El Padre Ángel enfatiza que la Eucaristía, instituida ese día, sigue sosteniendo a la Iglesia tras 2000 años, con milagros eucarísticos que continúan ocurriendo en todo el mundo. Menciona a Carlo Acutis (ya canonizado en el contexto de esta transcripción), quien dedicó su corta vida a recopilar y difundir cientos de estos milagros —no solo los famosos como Lanciano, Bolsena o Siena, sino muchos más—, para que especialmente los jóvenes conocieran la realidad viva de la presencia de Cristo.
Finalmente, el mensaje se convierte en un compromiso práctico y afectivo: asistir a Misa diaria cuando sea posible, participar en adoración eucarística (especialmente los jueves), vivir el domingo con fervor pleno, hacer Viacrucis los viernes y, sobre todo, cultivar una relación personal con Jesús. No se trata de cumplir preceptos, sino de pasar de ser un discípulo más a ser un verdadero amigo de Cristo. El Padre Ángel cierra con su característica frase: “Hagamos todo el bien que podamos y que Dios los bendiga siempre”.
Esta reflexión nos deja una invitación clara: el amor de Dios, como la Eucaristía, no se entiende con la mente sola; se vive, se adora, se experimenta. En un mundo acelerado, detenerse ante el Santísimo cada jueves puede ser el camino para descubrir qué “vio” Jesús en cada uno de nosotros y responder con un amor agradecido y comprometido.

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