Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar
Hegel excluye Siberia de la Historia Universal; Dostoyevski la convierte en lugar de salvación
A primera vista me entusiasmó el título del ensayo de László Földényi, Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar (Galaxia Gutenberg, 2026, Kindle Android versión). Su lectura llenó mis expectativas con creces. Las continuas referencias que Földényi hace a las Memorias del subsuelo de Dostoyevski y las Lecciones de Historia Universal de Hegel acompañaron la lectura del ensayo.
La visión de Földényi sobre Hegel me parece certera. No es una glosa a la idea de historia del filósofo, es más bien una crítica al racionalismo idealista de Hegel, con finura filosófica y literaria. Hegel, fiel a su sistema circular en donde lo real es racional y lo racional es real, construye una historia universal a su medida, atrapando a la realidad en su sistema. Lo que escapa al sistema, lo excluye por irracional. “La interpretación hegeliana de la historia -anota Földényi- subordina todo lo «divino» a lo que está bajo control humano. En definitiva, todo lo remite tácitamente al ámbito de la política, y un síntoma de ello es el hecho de buscar la explicación de todo. Incluso de aquello que no la tiene. Obedeciendo al proceso moderno de secularización, no busca lo divino ilimitado oculto tras la política, sino todo lo contrario: en todo momento trata de interpretar lo divino ilimitado (o sea, lo que resulta incontrolable para la mente humana) desde puntos de vista políticos (p. 15)”. En realidad, el Dios de Hegel, sobra en su sistema filosófico, como bien se lo hicieron notar sus mismos discípulos. Es el hombre hegeliano quien ocupa el lugar de Dios.
El desencuentro entre Hegel y Dostoyevski se produce en Siberia. Hegel empieza las lecciones de historia universal anunciando a su auditorio que “primero hemos de dejar de lado la vertiente norte, Siberia. Se halla fuera del ámbito de nuestro estudio. Las características del país no le permiten ser un escenario para la cultura histórica ni crear una forma propia en la historia universal» (p. 6)”. Siberia no reúne las cualidades para formar parte de la historia racional que predica. Es la Siberia que en esos años habitaba Dostoyevski, destacado como soldado. De un plumazo, ni Siberia ni él formaban parte de la historia universal. Es verdad, Siberia alberga horrores y precariedad, pero no solo existe ese lado oscuro. Dice: “¡Fue una gran felicidad para mí: Siberia y los trabajos forzados! Dicen que aquello es terrible e indignante, se habla de una indignación justificada… ¡vaya estupidez! Sólo allí empecé a vivir de manera feliz y saludable, sólo allí me comprendí a mí mismo… a Cristo… al hombre ruso, y sólo allí tuve la sensación de ser ruso, de ser hijo del pueblo ruso. ¡Mis mejores pensamientos surgieron en aquel entonces y ahora sólo vuelven, aunque nunca con la misma claridad!» (p. 23). Hegel y Dostoyevski se mueven en diversa longitud de onda.
Dostoyevski escribió en su Memorias del subsuelo (1864): «Sobre la historia universal se puede decir cualquier cosa, todo cuanto se le ocurra a la imaginación más desvariada. Lo único que no puede decirse es que sea racional. La primera palabra ya nos quedaría atascada en la garganta». Sí, basta ver la historia universal, la de muy atrás y la próxima, para percatarnos que la historia no se mueve por leyes dialécticas como lo sostenía Hegel y, después, el mismo Marx. La historia racionalista hegeliana y marxista se comporta como olas que revientan necesariamente en la orilla del mar. No hay lugar para la libertad ni para la biografía personal de los seres humanos con sus gozos y dolores. El determinismo lógico no deja espacio a la esperanza, a lo maravilloso, a lo milagroso.
La crítica de Földényi alcanza a la misma modernidad en tanto ésta reduce todo el acontecer humano a nivel de problema -así lo diría Gabriel Marcel-, es decir, un asunto que, con la ayuda de la técnica, acabaría por resolverse. No habría nada que escape al dominio de la capacidad humana: saber es poder. Todo tendría solución. La felicidad no estaría en el más allá, el paraíso es aquí, ahora. “Nos encontramos -afirma Földényi- en un mundo que empieza a convertirse en controlable de una manera total y sin permitir ningún resquicio, tal como esperaba el Creador. Posee atributos divinos, aunque se caracteriza precisamente por la falta —o la ausencia— cada vez más evidente de Dios (p. 31)”. Aumentan los sistemas, pero la felicidad sigue siendo esquiva. El control, la sobrerregulación no consiguen el paraíso. La frialdad de los procesos identifica huellas dactilares, pero no captan los dramas, llantos y gozos de los seres humanos de carne y hueso.
Una vez más, como señalaba Benedicto XVI, tenemos el gran reto de ampliar la racionalidad y no quedarnos en el sólo cálculo lógico. Hemos de recuperar la integridad del ser humano e insistir en la dignidad personal: cada persona es un todo. En este camino, para sentir y tocar lo humano Dostoyevski es un buen mentor.

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