23 febrero, 2026

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Rosa Montenegro

Voces

23 febrero, 2026

4 min

Domine, ¿Quo Vadis?

El martirio silencioso de nuestro tiempo

Domine, ¿Quo Vadis?

¿Y si nos lo encontrásemos hoy, al subir al tren, con la cruz a cuestas? En nuestra rutina diaria. Tal vez desde un cartel en el metro.

Y si le hiciéramos la misma pregunta que Pedro, no desde la curiosidad, sino desde la inquietud que nace cuando algo dentro ya no encaja.

  • Domine, ¿quo vadis? le preguntas
  • Vuelvo a Roma. Vuelvo a la cruz. Te contesta, mirándote a los ojos sin reproche.

Ante una generación que huye, parece que huye el que camina en sentido contrario. Porque la masa —siempre tranquilizadora— nos convence de que vamos bien solo porque vamos todos “xuntiños”.

Pero no todo lo compartido orienta.

No todo lo consensuado es verdad.

La Iglesia naciente sufrió persecución sangrienta. La Iglesia de hoy padece algo más difícil de detectar y, por eso, más peligroso: una sedación espiritual progresiva y silenciosa.

Nos podemos convertir en “zombis” resultado de un “fentanilo” invisible inyectado en las venas de Occidente.

Entonces ardían las hogueras. Hoy se apagan las conciencias. No se combate la fe: se la vuelve irrelevante.

No se persigue abiertamente. Se anestesia. Se diluye. Se sustituye por valores genéricos, compatibles con todo, incapaces de incomodar a nadie. Seguimos funcionando, produciendo, opinando, pero hemos perdido lucidez interior: esa claridad que permite distinguir el camino cuando todo se relativiza.

La tradición cuenta que Cristo, cargando con la cruz, sale al encuentro de Pedro que huye. No hay reproche en su respuesta. Hay amor. Hay respeto. Y hay dirección.

La Redención fue consumada en un momento histórico, pero se actualiza cada día: en cada altar, en cada Misa, en cada libertad que decide no huir.

El problema no es la hostilidad del mundo. Es el olvido de la promesa lo que nos confunde. Pedro no puede huir de la misión recibida. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», le fue dicho. Y su gran tentación no es la persecución, sino la retirada, el abandono silencioso. El olvido del corazón.

Hoy el liderazgo espiritual —también el del Papa, pero no solo— se ejerce en un clima distinto: no hay fuego, pero hay confusión doctrinal; cansancio moral, ruido constante; no quema, desorienta. Y lo que desorienta termina desgastando.

Aquí el peligro no es equivocarse. Es dejar de mirar la meta. Olvidar el para qué y el porqué. Cristo no es solo camino; es también destino cierto.

Cuando todo se relativiza, no se nos pide más velocidad, sino más reposo interior. Custodiar el sentido se convierte en un acto de resistencia.

¿Quo vadis? no pregunta por estrategias ni por tácticas. Pregunta por fidelidad. Por coherencia entre lo que decimos creer y la dirección real de nuestra vida.

Vivimos instalados en una sensación de crisis permanente, absorbidos por el vértigo, succionados por el “tornado social”. Pero la crisis más grave es otra:

  • Vivir la fe a distancia, sin implicar la vida.
  • Esperar que otros decidan, que otros se expongan, que otros paguen el precio.

La misión no se delega. Es tiempo nuestro. Y es el mejor tiempo, porque no tenemos otro. Cada época tiene su modo de testimoniar. El nuestro no es espectacular, pero sí exigente.

La fidelidad hoy no es épica. Es silenciosa. Se juega en lo pequeño:

  • aceptar límites no elegidos,
  • sostener una verdad que no cotiza,
  • renunciar a una versión más cómoda de uno mismo.

No hay relato para eso. No hay aplauso. Pero ahí se decide todo.

Nuestro tiempo no siempre fabrica mártires visibles. Genera un martirio “de alfilerazos diarios”:

  • la coherencia que no se exhibe,
  • la cruz que no se muestra,
  • la perseverancia sin reconocimiento.
  • Esa palabra hiriente que no pronuncias.

Y, sin embargo, no todo es invierno. En medio de la confusión brota una primavera inesperada:

  • Jóvenes que buscan verdad sin cinismo.
  • Artistas que vuelven a hablar de belleza, de herida, de sentido.
  • Creadores que no predican, pero abren grietas por donde entra la luz.

No hay nostalgia en ellos. Hay carencia. Hay hambre. Y donde hay hambre, Dios vuelve a pasar.

Pedro vuelve a Roma sin garantías. No vuelve a ganar. Vuelve a entregarse. El cristianismo no está sostenido por hombres perfectos, sino por hombres y mujeres perdonados que ya no negocian con la verdad para salvarse.

La redención no borra la herida. La fecunda. Y la convierte en lugar de encuentro.

Domine, ¿quo vadis?

No es una pregunta oscura. Es una pregunta luminosa y peligrosa. Porque obliga a elegir.

El cielo no se conquista de una vez. Se decide cada día. Casi siempre, en silencio, en la entrega de la “puntada pequeña” en el tapiz de nuestra vida.

Volver es volver al origen cada día.

Comenzar y recomenzar

es el estilo de los mártires de hoy.

***

NOTAS

  1. Cuaadro de Annibale Carracci sobre la aparición de Cristo a san Pedro en la Vía Appia.
  2. “xuntiños”: todos juntos (en gallego)
  3. Película “Quo Vadis” versión 1951

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.