Deprimirse, ¿pecado de omisión?
“Bienaventurados los que sufren”
El Papa León XIV ha abordado la tristeza como una de las enfermedades de nuestro tiempo, una dolencia espiritual y emocional que afecta a personas de todas las edades y condiciones. La tristeza, según el Papa, es un sentimiento de precariedad y profunda desesperación que invade el espacio interior y parece prevalecer sobre cualquier impulso de alegría. Esta tristeza le quita sentido y vigor a la vida, convirtiéndola en un viaje sin rumbo. Pueden encontrar la reflexión entera en la catequesis del 22 de octubre pasado.
A pesar de que muchos santos vivieron la noche oscura, desde san Juan de la Cruz, el gran maestro de espiritualidad que acuña el término, hasta contemporáneos como santa Teresa de Calcuta, la tristeza y la depresión sigue considerándose, si no pecado, falta de fe. Aunque la santa Teresa, compañera de camino del santo reformador, tenía el dicho de “un santo triste, es un triste santo”.
Los que tendemos a la tristeza estamos presionados por el positivismo reinante que nos hace sentir bichos raros, nos sentimos torpes o ineptos en el manejo de las emociones y por ende pecadores al no usar de la fe para solucionar todos los motivos de la tristeza y vivir alegres. Pareciéramos poco creyentes puesto que la fe no nos sirve para salir del atolladero de la congoja. ¿Quién hace entender qué la fe no es útil o inútil? Esos parámetros mercantilistas de las cosas útiles o inútiles son peligrosos cuando se habla de la vida en sí.
El tema da para mucho, desde el estudio de las diferentes sensibilidades espirituales, hasta la percepción de la realidad.
El caso es que a la tristeza se suele añadir la condena implícita del entorno que condena la falta de alegría. “estás así porque quieres, o porque no adoptas tal o cual solución” ¿Quién es capaz de tolerar la ansiedad, que nos contagia, el que está apenado? Ante el sufrimiento que nos pudiera provocar su pena, solemos defendernos reprimiendo su expresión dolorosa o negativa. “No digas eso” o más frecuente aún, cualquiera se ve capaz de diagnosticar o de recetar libros, charlas o sustancias milagrosas. A veces funcionan. Depende de la capacidad de sugestión del que ayuda. Debemos de tener en cuenta que en los ensayos clínicos los experimentos a doble ciego, donde se usa el placebo, éste también obtiene un porcentaje de éxitos.
Va bien que alguien nos facilite la expresión de los sentimientos. Pero el recrearse en la frustración o sentimientos negativos, es reforzar la pena ayudando a que se cronifique. Muchos grupos de autoayuda usan un lenguaje en el que se complacen en el sufrimiento reforzando la ruptura con la realidad. De ahí que los asociados, miembros de grupos entorno a unas dolencias, enfermedades concretas o pérdidas de seres queridos, suelen sentirse bien, entre ellos que se auto comprenden, siendo el resto de la sociedad unos extraños.
Me he permitido señalar cinco puntos que, si bien no eliminan el sufrir, ayudan a sobrellevarlo.
Hablo como depresivo. Entre los síntomas no motores del Parkinson está también la depresión, ansiedad o tristeza.
El primero es tolerar mi estado de ánimo. No añadir la culpabilidad de sentirse mal. Grandes santos y personajes de la historia también han padecido la tristeza. La aceptación de uno mismo es difícil. La aceptación desde Dios que me quiere como soy, a pesar de mis fracasos, es más fácil.
El segundo es expresar el malestar si se puede. Hay días grises, aunque salga el sol. Pasan. Los sufridores tenemos mucha resistencia. Los que temen sufrir huyen del sufrimiento a veces de manera peligrosa como pueden ser las adicciones.
Tercero, si hay medicación, no seamos reacios. El medicamento no crea la enfermedad. Con ayuda se lucha mejor, aunque ninguna pastilla soluciona problemas.
Cuarto. No esperar a estar bien para hacer lo que queremos hacer: salir, viajar, etc. Quizás nunca se esté bien del todo. Basta con que tengamos un mínimo de empuje. Paso a paso. Por ejemplo, arreglarnos para salir a la calle, aunque no salgamos. Pero no arreglarnos es garantizar el encierro,
Quinto, o primero, la oración, meditación. Además de la liturgia diaria, la oración de la serenidad, o la de la confianza de Charles de Focault nos puede ayudar. El santo Padre, en la catequesis mencionada habla del itinerario de los discípulos de Emaús.
Pero quisiera ir más allá para combatir el positivismo obsesivo que tanto daño nos hace tanto a los tristes como a los alegres.
El exceso de optimismo nos puede hacer pasar por alto riesgos que nos harán fracasar. Cuántos negocios o planes de vida se ven frustrados por ignorar riesgos.
Así también el mostrar solamente la cara feliz de la vida evitando el conflicto hace que los problemas ni se planteen ni se resuelvan.
La soledad también se da en el positivismo. Es el síndrome del payaso que hace reír, aunque llore por dentro, sumiéndose una tremenda soledad.
Pero, lo que parece más paradójico, es ser más optimistas no mejora nuestro desempeño, como cabría suponer. Esta fue la conclusión de otro estudio realizado en las Universidades de Utah y California en la que se comparó el rendimiento de un grupo de personas más optimistas con el de otro grupo con ideas realistas y pesimistas. Al final, las personas más positivas no tuvieron un desempeño superior al resto, lo que significa que el optimismo no siempre se traduce en mejores resultados.
De hecho, es probable que en muchas ocasiones el exceso de positivismo termine influyendo negativamente en el rendimiento. Esto porque además de afectar nuestras expectativas y toma de decisión, puede hacernos sobrevalorar nuestras capacidades y hacer que incluso nos sintamos frustrados por no conseguir lo que nos proponemos.

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