Dejémonos flechar por la vulnerabilidad de Cristo durante este tiempo de Adviento
Un Adviento auténtico más allá del ruido navideño. Por Yohan García
Muchos estamos acostumbrados al ruido, las decoraciones y los preparativos de las festividades de noviembre y diciembre. Estamos atentos a los especiales de nuestras tiendas favoritas o tenemos en mente la cena navideña. Estamos listos para ver nuestras películas favoritas de Navidad y escuchar los villancicos que no dejan de sonar en la radio. A veces logramos hacer una breve pausa durante el tiempo de Adviento, pero lo experimentamos desde la superficie. En la mayoría de los casos nos olvidamos de la verdadera razón por la cual celebramos la Navidad.
Deseo que en esta temporada de Adviento podamos experimentar la vulnerabilidad en toda su totalidad para así poder encarnar a Cristo en nuestros corazones y a la vez encarnar los sufrimientos y las esperanzas de los más pobres y vulnerables. Como señala el Santo Padre León XIV en su Exhortación Apostólica, Dilexi Te:
Dios es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte. Con una mirada misericordiosa y el corazón lleno de amor, Él se dirigió a sus criaturas, haciéndose cargo de su condición humana y, por tanto, de su pobreza. Precisamente para compartir los límites y las fragilidades de nuestra naturaleza humana, Él mismo se hizo pobre, nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez de un niño colocado en un pesebre y en la extrema humillación de la cruz, allí compartió nuestra pobreza radical, que es la muerte. (n. 16)

Que esta temporada de Adviento el amor misericordioso de Dios nos transforme pero que no sea una transformación de empoderamiento ni de protagonismo, más bien, que sea una transformación que nos haga sentirnos vulnerables pues en esta vulnerabilidad es que podemos ver y recibir al Dios que se hizo uno entre nosotros, en la pequeñez, en lo sencillo, en lo humilde, en la cruz, en la periferia.
Hace un par de años tuve la dicha de dirigir un retiro de Adviento en las Montañas de los Apalaches. Fue una verdadera experiencia de transformación porque a medida que avanzaba el avión hacia lo desconocido, el Señor me fue despojando de mis credenciales y seguridades. Un poco antes de dar salida recibí la noticia de que los organizadores habían contratado policías privados para garantizar mi seguridad y la de los participantes del retiro. La situación no tenía que ver nada con el tema del retiro. Se trataba de mi historia personal; venía un inmigrante a una zona rural del estado de Tennessee. Un pueblo lleno de armas de fuego y opiniones negativas en contra de los inmigrantes.
A pesar de los riesgos, acepté seguir adelante con el plan de dirigir el retiro de Adviento. Pues dice la Escritura: “Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en una gran nación” (Gen 46,3).
Llegué a las Montañas de los Apalaches siendo un completo desconocido y eso me hizo sentirme sumamente vulnerable. Sin embargo, fui transformado a través de un pueblo que me acogió desde el primer momento. Me hicieron sentir en casa lejos de mi propio hogar. Fui transformado a través de encuentros con personas que se hicieron presentes en mi camino. Me dieron de probar una hospitalidad radical que nunca antes había experimentado. Tanto los hispanos como los no hispanos me acogieron como uno de ellos.
Salí a caminar por las calles del pueblo de Erwin, Tennessee. Conocí a muchas personas; muchas de ellas con un acento diferente, pero único y muy lindo. Personas blancas que me saludaron con una sonrisa y miradas que transforman. Personas que conocí durante la iluminación del árbol de Navidad y que al siguiente día fueron a vivir el retiro de Adviento que había preparado. Mientras dirigía el retiro y miraba los rostros de los participantes caí en la conclusión de que ellos me estaban dando a mí el retiro. Donde hubo desconfianza, ellos me mostraron el amor misericordioso de Dios a través de gestos de cercanía y acogida. Con ellos aprendí que todos tenemos prejuicios escondidos, los cuales pueden ser transformados solo si experimentamos la vulnerabilidad de Cristo.
En efecto, el Santo Padre León XIV nos recuerda en Dilexi Te:
En esta perspectiva, aparece claramente la necesidad de que «todos nos dejemos evangelizar» por los pobres, y que todos reconozcamos «la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos». Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres. (n. 102)
El tiempo de Adviento es un camino de preparación y transformación lleno de esperanza y alegría. Sin embargo, ¿Cómo podemos recibir al Señor si aún no reconocemos su presencia en el rostro de los pobres y más vulnerables? ¿Cómo podemos abrir nuestros corazones para recibir a Cristo si aún el otro es un completo extraño en nuestras vidas? ¿Cómo podemos abrir nuestros corazones si aún sentimos desconfianza por el otro? ¿Cómo podemos escuchar la voz del Salvador del mundo si estamos más enfocados en las vanidades de la vida?
Henri Jozef Machiel Nouwen solía decir “El Señor viene, siempre viene. Cuando tengas oídos para oír y ojos para ver, lo reconocerás en cualquier momento de tu vida. La vida es Adviento; la vida es reconocer la venida del Señor”.
Ojalá que en esta temporada de Adviento podamos experimentar el ser vulnerables para así reconocer el paso de Dios en nuestras vidas. Dejémonos flechar por la vulnerabilidad de Cristo para así poder ser transformados por su amor misericordioso.
Yohan García se desempeña como profesor a tiempo parcial en el Instituto de Estudios Pastorales de la Universidad de Loyola Chicago. García también se desempeña como gerente de Educación sobre la Doctrina Social de la Iglesia en el Secretariado de Justicia y Paz de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos; como asesor y formador de la Conferencia de Vida Rural Católica; como miembro de la Mesa Virtual de Migración y Fronteras en las Américas de Catholic Theological Ethics in the World Church; como miembro de la Junta Directiva de la Alianza de Líderes de Fe Hispanos de Virginia; y como asesor de la Comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación de los Misioneros Católicos de Glenmary.
Yohan es originario de Puebla, México y emigró a los Estados Unidos en el 2003 en busca de una mejor vida. Obtuvo un asociado en Manejo de Empresas del Borough of Manhattan Community College, una licenciatura en Ciencias Políticas de Hunter College y una maestría en Ética y Sociedad de la Universidad de Fordham.

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