Cuantificar la vida, una forma de errar
Cuando la vida no se mide en números, sino en rostros e historias
Unos feligreses abuelos, de vez en cuando. se ven acompañados, en misa, de la familia de uno de sus hijos, que al igual que los abuelos son familia muy numerosa. Acabada la celebración , me vivieron a saludar y se me ocurrió preguntarles cuántos hermanos eran. El papá se dirigió a la mayor, de nueve años y le repitió la pregunta a ella sola. La niña, en un alarde de valor, entre tímida y despistada, dijo: “varios” El papá se enfadó con ella y le recordó la lección de matemáticas que habían estado repasando hacía poco. Eran ocho hermanos. Pero la niña nos miró con cara de hablar un tema extraño: la cantidad numérica de hermanos.
Seguro, que, si le hubiera pedido, como hermana mayor, que me presentara sus hermanos, me hubiera nombrado a los siete.
Para mí, era destacable, una cantidad grande de niños, de la misma familia. El número era lo más llamativo, ocho hijos. Por lo que pude comprobar, pera ellos el número no indica nada especial, ni significativo.
El número nos permite clasificar, ordenar, controlar. Quien numera, puede hacer cálculos, clasificar y controlar. Y eso nos da la tranquilidad de poseer y dominar.
Cuándo uno pasa a ser un número, pierde lo característico que lo define. A veces en los centros hospitalarios, penitenciarios, militares, o escolares, los sujetos son un número, abstracto e intercambiable. Contar es anonimizar.
Incluso la labor pastoral también se cuantifica; el número de fieles, de celebraciones litúrgicas, de comuniones repartidas, de alumnos en catequesis.
La productividad de nuestra vocación se mide por el número de respuestas positivas a la acción emprendida.
Mark Twain popularizó una expresión, achacándosela a Benjamín Disraeli: “hay tres tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas”
No pretendo desarrollar teorías sobre las matemáticas. Pero vengo dándole vueltas al malestar de nuestra cultura, a la frustración que genera el cuantificar y compararnos con otros. Siendo así que, tras pretender el éxito, nos cuesta compartir las derrotas. Educados para ganar, hemos hecho de la pérdida un tabú. ¿A quién le podemos explicar sin temor nuestros fracasos?
León XIV, en la misa del jubileo de la Juventud, recordó que la fragilidad no es un “tabú” que se debe evitar, sino parte de nosotros que no hemos sido hechos para una vida donde todo es firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el don, en el amor.
Disponemos de medios, estamos más preparados, pero aumenta la depresión o insatisfacción, tanto en jóvenes como en mayores. Estos días se ha escrito mucho sobre las causas del suicidio. Les remito al artículo anterior. Pero más que buscar las causas, las cuales responden a múltiples factores, creo el toque de alerta nos debiera llevar a buscar una vida más sana, desde el punto de vista psicológico. Una de las cosas que nos genera tensión es el medir cuantitativamente la vida. Cuando, es cierto que el número puede ayudar a falsear la realidad. En mi noviciado éramos cinco novicios. Uno, de ello, sin darnos cuenta, empezó a desarrollar una enfermedad psiquiátrica, que poco después, fuera del noviciado se desarrolló, con un fatal desenlace.
El equipo de formadores carecía de la formación suficiente para detectar el problema. La convivencia llegó a ser muy problemática. El maestro de novicios, ante la dificultad, nos impuso obligatoriamente juntarnos durante una hora diaria, para así mejorar el ambiente comunitario. Eligió, que tras la comida del medio día, acabadas las tareas, nos juntásemos en la sala de recreo. Una hora cada día. No sabemos si era un castigo, o una terapia, o un reto.
Efectivamente, de tres a cuatro dela tarde, durante sesenta minutos exactos, nos sentábamos en silencio esperando que finalizara la hora para ir cada uno a sus aposentos. De vez en cuando alguien ponía disco para escuchar música. El disco podía repetirse, que nadie le prestaba atención. Fueron miles de minutos invertidos en mejorar la convivencia, pero con resultado totalmente infructuoso. Por más días que pasábamos juntos, las relaciones, sobre todo en aquella hora de recreo eran frías, congeladas como el hielo. No dependía de la cantidad de minutos que estábamos juntos. Hubiera sido mejor invertir el tiempo en observar para comprender mejor. Contemplar realmente el problema. A cualquiera le hubiera llamado la atención que cuatro jóvenes, en el tiempo de recreo no se dirigieran la palabra y no precisamente porque estuviéramos rezando. Parecía la sala de espera de un terrorífico dentista.
Observar, contemplar, escuchar, son acciones que no se llevan bien con las prisas, requieren tiempo, pero no minutos. No escuchamos tres minutos, escuchamos lo que me dices, o lo que no me dices, tu historia y tu versión de la historia.
El jefe de psiquiatría de un gran hospital me derivaba pacientes con duelo crónico. Es cierto que los resultados de la intervención en el grupo de duelo eran buenos. Un día, en que nos encontramos y pudimos conversar me felicitó por los resultados. Sin falsa humildad le respondí que él estaba más preparado que un servidor. La diferencia es que yo les dedicaba tiempo, se sentían escuchados y podíamos trabajar el problema. A lo que me dio la razón. En su caso, lo máximo que podía dedicar a un paciente eran veinte minutos. Pero yo le respondí que, precisamente, optimizar los recursos, es invertir bien el tiempo de terapia, para que ésta sea efectiva. Mantener el problema, o el trauma, porque no hay tiempo, y gastar medicamentos y años manteniendo el malestar, es todavía más improductivo que invertir tiempo de calidad en la terapia de inicio.
Se ha hablado también estos días de la soledad del sacerdote, y de los fracasos que debe encajar sólo. El estilo cuantificador, nos lleva a sentirnos suspendidos ante la falta de resultados. Lo agrava el hecho de que cuando nos juntamos, lejos de compartir penas, nos dedicamos a exponer éxitos maquillando el vacío. Pudiera parecer muchas veces, las reuniones de clero, como el grupo de niños, que compiten por ver quien tiene más cromos, o que papá o mamá es más extraordinario. Con lo cual nos dedicamos a proyectar imágenes de éxito. Nos olvidamos con facilidad del crucificado y de la cruz.
El papa León, que se nos está revelando como un papa sabio, ante los miles de jóvenes, en la jornada de la juventud trató precisamente de la fragilidad, recordó que el Salmo 90 también “nos propone la imagen de la hierba que brota; por la mañana florece” y luego “por la tarde, es segada y se seca”. Son dos referencias fuertes, “quizá un poco impactantes”- aseguró, pero que no deben asustarnos, “como si fueran argumentos ‘tabú’, que se deben evitar», pues “la fragilidad de la que hablan, en efecto, forma parte de la maravilla que somos”. De hecho, la naturaleza se regenera constantemente, de sus debilidades, sequías donde los tallos delgados se rompen y secan, inviernos vulnerables en los que todo parece muerto, para luego en primavera renacer “en mil colores”.
También nosotros, queridos amigos, somos así; hemos sido hechos para esto. No para una vida donde todo es firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el don, en el amor. Y por eso aspiramos continuamente a un “más” que ninguna realidad creada nos puede dar; sentimos una sed tan grande y abrasadora, que ninguna bebida de este mundo puede saciar. No engañemos nuestro corazón ante esta sed, buscando satisfacerla con sucedáneos ineficaces. Más bien, escuchémosla.
Pero las consecuencias más duras de cuantificar la vida, se dan cuando los parámetros de productividad se aplican a las personas. Cuando una persona sin recursos que vive de la mendicidad es tratada peor que una mascota por sus semejantes. Nada tienes nada vales.
¿Cuánto vale una persona? Les parecerá la pregunta macabra y demencial. Pero qué nos sugieren las frases tan repetidas por los ancianos y enfermos: “para lo que hago en este mundo, que venga Dios y me lleve”, “ya no sirvo para nada”, “soy un estorbo”. Se cuantifican a sí mismos y se auto marginan. Más que la eutanasia, se está implantando la eugenesia, una limpieza de improductivos, de “defectuosos”. Casi no nacen niños trisómicos, con síndrome de Down. Entre los ocho hermanos había uno de los pequeños, con esta característica.
La cuantificación del valor de la vida nos lleva a la cultura del descarte, que decía el papa Francisco.
Ante los envites de la cuantificación, ante las preguntas y respuestas sobre nuestros éxitos o fracasos, podríamos responder como Andrea la hermana mayor de esa familia muy numerosa. No darnos por enterados de la pregunta. Lo importante no es el número sino la identidad. I la identidad no depende de la productividad. El hermano con más honores de esta familia es Maxi, nacido el 14 de agosto, festividad de san Maximiliano Kolbe. Falleció a los pocos días de nacer. Su bautizo en el hospital lo vivieron como una fiesta. Nació a la vida cristiana para no morir. Quizás aquí vino la dificultad de la niña al responder a la pregunta que le hice sobe el número de hermanos. Incluir o no a Maxi en la cifra. Lo mejor fue responder “varios”.

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