15 octubre, 2026

Síguenos en

¿Cuándo empieza la función, Dios mío? El peligro mortal de vivir con el freno de mano puesto

O cómo dejar de hacer de teloneros de nuestra propia existencia y descubrir que la santidad no viene con subtítulos ni en alta definición

¿Cuándo empieza la función, Dios mío? El peligro mortal de vivir con el freno de mano puesto

¿Alguna vez ha tenido la sensación de que su vida es como esos tráileres de cine que prometen la superproducción del siglo… pero usted lleva cuarenta años viendo anuncios? Levanten la mano los que estén esperando que llegue «el momento definitivo» para empezar a vivir de verdad. ¡Tranquilos, no empujen, que cabemos todos!

Vivimos instalados en el fascinante y agotador Síndrome de la Vida en Pausa. Un estado mental donde creemos firmemente que la vida real —esa donde uno por fin sonríe en technicolor, tiene paz interior, la cuenta corriente saneada y los calcetines siempre emparejados— comenzará después. Después de aprobar la oposición, después de que los niños dejen de usar pañales (y empiecen a la universidad, que es cuando realmente empieza el drama), después de que baje la inflación, o simplemente… el próximo lunes.

Pero, ojo, mientras esperamos que arranque la función principal, se nos va pasando la vida en el ambicioso intento de comprar palomitas. Y claro, el Señor, que nos mira desde el Cielo con paciencia franciscana y una sonrisa socarrona, debe pensar: «Hijo mío, te he dado un billete de primera clase para el tren del presente y tú te has empeñado en viajar en el andén esperando que pase el expreso de tus fantasías».

La gran trampa: ¿Y si el ensayo general era la obra?

San Josemaría Escrivá de Balaguer, con esa chispa de buen humor santo que tanto le caracterizaba, insistía en que la santidad no es para marcianos ni para héroes de capa y espada, sino que se amasa en la cocina, fregando platos, contestando correos con cara de póker o aguantando al cuñado en Nochebuena. ¡Ahí es nada!

Sin embargo, nosotros preferimos posponer la gratitud. Pensamos que ser feliz consiste en acumular paletas de triunfos futuros. «Cuando tenga más tiempo, seré más paciente», nos decimos. Mentira cochina. El que no es paciente haciendo colas en el supermercado, tampoco lo será cuando esté jubilado en una playa paradisíaca; simplemente se quejará de que la arena está demasiado caliente.

La trampa consiste en creer que Dios habita únicamente en las grandes catedrales o en los momentos cumbres de éxtasis espiritual. Olvidamos que el Verbo se encarnó, es decir, se metió de hociico en lo cotidiano. Jesús no pasó su infancia esperando a cumplir los treinta para empezar a «hacer cosas importantes»; redimió el mundo mientras clavaba tablas de madera y barría serrín en el taller de Nazaret. ¡Menudo plan de pensiones divino!

🛑 Examen de conciencia express (Con café y sin anestesia)

Antes de seguir leyendo y para evitar que se nos caiga la cara de vergüenza santa, tómese un segundo para responderse a sí mismo (sin trampas, que Dios ve el historial de navegación):

  1. ¿Cuántas veces esta semana ha dicho la frase «cuando tenga tiempo…» como excusa para no disfrutar de lo que tiene delante? (Se vale suspender, pero no disimular).
  2. Si el Ángel de la Guarda tuviera que hacer un resumen de su día de ayer, ¿diría que usted vivió como alguien que agradece el regalo de hoy, o como un inspector de aduanas esperando a que llegue el cargamento del mañana?
  3. ¿Le da tanta pereza la santidad ordinaria que prefiere soñar con ser mártir en el circo romano antes que aguantar con una sonrisa al compañero de oficina que huele a café recalentado?

La santidad del café con leche y el semáforo en rojo

La espiritualidad católica auténtica tiene los pies bien anclados en el barro. No es un manual de autoayuda barato que te anima a «fluir con el cosmos», sino una llamada vibrante a amar la realidad tal y como es, con sus goteras, sus facturas y sus lunes por la mañana.

El presente es el único lugar donde Dios nos espera. No en el pasado (que ya está absuelto) ni en el futuro (que pertenece a la infinita providencia divina y a los meteorólogos). Si seguimos esperando a que las circunstancias sean perfectas para empezar a vivir con agradecimiento, nos pasará como aquel que esperaba a que el río dejara de llevar agua para cruzarlo: seco, aburrido y con los zapatos impecables, pero sin haber cruzado a la otra orilla.

Así que, querido lector, cierre por un momento los ojos al agobio del «tengo que llegar a todo», respire hondo y dé gracias por este preciso instante. Sí, este mismo en el que está leyendo esto, tal vez con el café frío y un dolor de espalda leve. Dios está ahí, agazapado entre lo rutinario, esperando que le digas: «Señor, no sé muy bien qué hacer con este día, pero prometo vivirlo entero, sin pausas ni subtítulos, porque es el único que me has regalado».

A fin de cuentas, la eternidad no es más que un martes sin fin… pero con mejor compañía. ¡A vivir toca, que el Reino de los Cielos no se abrió para espectadores aburridos!

Miguel Morales Gabriel

Soy un jubilado empresario católico, esposo devoto, padre esforzado, abuelo cariñoso y amigo leal; fundador de su empresa familiar donde lideró con integridad durante décadas generando empleo y desarrollo local, siempre guiado por su fe, la solidaridad comunitaria y el amor incondicional a su esposa, hijos y nietos, viviendo con el lema de servir con humildad.