18 marzo, 2026

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Crisis de santos. Estáse ardiendo el mundo: Tiempos recios, santos necesarios

Resurgen las palabras de Santa Teresa como diagnóstico y llamada: el mundo arde… y necesita amigos fuertes de Dios

Crisis de santos. Estáse ardiendo el mundo: Tiempos recios, santos necesarios

Hace unos días fui invitado a comer en casa de una familia. Durante la conversación, mencioné una frase de Santa Teresa que me parecía evidente: «Estáse ardiendo el mundo». Me sorprendió descubrir que era el único en la mesa que la compartía. Los adolescentes allí presentes, de unos 15 años, no entendían de qué incendio hablaba. Para ellos, el mundo está como siempre: con los problemas habituales que recuerdan en sus cortas vidas. Algunos adultos, por su parte, defendían que estamos mejor que nunca: más calidad de vida, más tecnología, más bienes de consumo… ¿De qué incendio hablamos?

Esa visión relativista, que identifica felicidad con bienestar material, olvida un dato clave: la enfermedad profunda del alma contemporánea. Porque sí, si Santa Teresa viviera hoy, repetiría esa frase. Estáse ardiendo el mundo. No como condena, sino como diagnóstico sociológico. Estos son algunos síntomas que cualquier sociólogo honesto reconocería:

Deseos de mala calidad

Vivimos de placeres fugaces y estímulos constantes que nos dejan vacíos, como los que generan las adicciones. O perseguimos éxitos que, aunque más nobles, caducan igual. Todo debe ser constantemente actualizado para seguir sintiéndonos valiosos. Nunca es suficiente.

Relación y amor degradados

Ya no hablamos solo de matrimonios rotos, sino de la ausencia de vínculos estables. Las relaciones esporádicas, el seguimiento en redes como sustituto de la amistad real, el individualismo rampante… todo apunta a una pobreza interior que impide compartir algo verdaderamente valioso con otros.

Pérdida de trascendencia

Emmanuel Todd lo llama «cristianismo cero»: la fe, que fue el alma de la civilización occidental, ha desaparecido del debate público. Sin una referencia a lo trascendente, todo se desestructura. No hay jerarquía de valores, no hay sentido ni para el placer ni para el dolor. Vivimos centrados en lo útil, en lo que nos conviene, como animales.

Tristeza generalizada

Nuestra época está marcada por enfermedades del alma: depresión, ansiedad, burnout. Especialmente entre los jóvenes. Y sí, hay más psicólogos, más psiquiatras, más terapias… pero menos sentido.

Frente a esto, Santa Teresa añadía otra frase inolvidable: «Estos son tiempos recios que necesitan amigos fuertes de Dios». Lo mismo que afirmaba san Josemaría: las crisis del mundo son crisis de santos. Y esta frase se puede leer de dos maneras:

  • Las crisis se deben a la ausencia de santos.
  • Las crisis son ocasión para que surjan santos.

La historia se repite… cada cinco siglos

A lo largo de los siglos, cuando la vida cristiana se ha relajado, han surgido reformas espirituales que la han revitalizado. En el siglo VI, San Benito y el monacato. En el XI, los cistercienses. En el XVI, los trapenses. Cada cinco siglos, un nuevo fuego.

Hoy, cinco siglos después, quizá no necesitamos tanto un nuevo reformador del monacato como un despertador de la santidad laical. Santos en el mundo. Santos en la calle. Santos con camiseta y móvil.

Laicos santos: la gran reforma pendiente

Ojalá llegue el día en que celebremos en el misal a Santa Lucía, influencer. San Luis, piloto. Santa Mónica, futbolista. Porque la gran reforma de nuestro tiempo no es huir del mundo, sino santificarlo desde dentro.

Lo decía McIntyre: «estamos esperando un nuevo San Benito». Pero tal vez lo que esperamos es un ejército silencioso de laicos santos. No para opinar, condenar o asustarse frente al mundo, como tertulianos. Sino para vivir con coherencia, amar con autenticidad, orar con profundidad.

Porque en cada reforma de la historia hubo santos que no se propusieron cambiar nada… salvo a sí mismos. Y Dios hizo el resto.

Sí, estáse ardiendo el mundo. Pero no es tiempo de lamentarse. Es tiempo de santidad. Tiempo de amigos fuertes de Dios.

Luis Herrera Campo

Nací en Burgos, donde vivo. Soy sacerdote del Opus Dei.