22 marzo, 2026

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Cómo mejorar cuando tu soberbia y pereza te susurran “¿Para qué?”

Para esos momentos en que no tienes ni pizca de ganas de mejorar… y ni siquiera te das cuenta de que lo necesitas

Cómo mejorar cuando tu soberbia y pereza te susurran “¿Para qué?”

Porque sí, Dios puede mover hasta el corazón más “da igual” del planeta.

Imagina la escena: estás en tu sofá espiritual, coronado por la soberbia (“yo ya soy bastante bueno, gracias”), con la pereza como mayordomo personal que te trae palomitas y te dice “mañana, o nunca, total da igual”. ¿Mejorar? Ja. ¿Darme cuenta de que debo mejorar? Ni loco. ¿Actitud? Cero. Suena familiar, ¿verdad? Pues bienvenido al club de los humanos normales… y a la solución más divertida, profunda y eficaz que existe: una mirada profunda a ti mismo.

Empecemos por el diagnóstico, porque la Iglesia no se anda con rodeos. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1866) lista sin piedad a los pecados capitales: “Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza”. Sí, la pereza está ahí, al lado de la soberbia, porque ambas son jefas de una banda: generan un montón de pecadillos secundarios y, lo peor, te convencen de que todo está “bien así”.

La soberbia es la reina del engaño. Como dice el Eclesiástico (10,15): “El principio de todo pecado es la soberbia”. Analíticamente es brutal: te infla el ego hasta que no ves tus defectos. Eres como el fariseo de la parábola (Lc 18,9-14) que ora “gracias porque no soy como los demás…”. Tú no eres soberbio, claro… tú simplemente “tienes razón en todo”. Resultado: no te das cuenta de que necesitas mejorar porque, según tu versión de la realidad, ya eres la versión premium de ti mismo.

Y la pereza (o acedía espiritual, que suena más elegante pero duele igual) remata la faena. El Catecismo lo explica con precisión quirúrgica en el n. 2733: “Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón”. Traducción divertida: es esa voz interna que dice “rezar hoy… nah, mejor Netflix” o “confesarme… uf, mañana”. No es flojera física; es flojera del alma que rechaza el gozo que viene de Dios. Y cuando se junta con la soberbia, el cóctel es letal: “No necesito mejorar porque soy genial… y aunque no lo fuera, tampoco me apetece intentarlo”.

Aquí viene la parte profunda y analítica: ¿cómo carambas mejoras si no quieres mejorar y ni siquiera te das cuenta? La respuesta es deliciosamente paradójica: no empiezas tú. Empieza la gracia. San Agustín lo gritaba en sus Confesiones: “Señor, danos lo que mandas y manda lo que quieras”. O sea, si tu voluntad está en modo “off”, pídele a Dios que te dé hasta las ganas de tener ganas. Es como hackear tu propio cerebro con oración.

Paso práctico y cero místico-fantástico (porque la Iglesia es realista):

  1. Admite que no admites nada (humildad 101). Reza aunque sea con cero fe: “Señor, soy un soberbio perezoso y ni siquiera me importa… pero Tú sí que te importas. Ayúdame”. El Catecismo (n. 2733) lo confirma: el remedio contra la acedía es “la fe, la conversión y la vigilancia del corazón”. No necesitas sentirlo. Solo hacerlo.
  2. Examen de conciencia express (5 minutos, ni excusas). Cada noche, aunque tu soberbia te diga “para qué”, pregúntate: ¿dónde me he creído mejor que los demás hoy? ¿Dónde he dejado de lado lo bueno por pereza? Es el truco de san Ignacio: la soberbia odia que la miren a la cara.
  3. Sacramentos: el shortcut divino. La confesión es el reset anti-soberbia (te obliga a decir “sí, fallé”). La Eucaristía es el antídoto contra la pereza (recibes la fuerza de Cristo, no la tuya). No hace falta que “quieras” con pasión. Ve aunque sea por inercia. La gracia actúa primero; tus sentimientos, después.
  4. Pequeños actos de diligencia (la virtud opuesta a la pereza, según la tradición católica). Levántate 5 minutos antes y reza un Padre Nuestro. Lee un versículo de la Biblia aunque te aburra. La soberbia te dirá “eso es para santos”; tú respóndele con una sonrisa: “Pues hoy empiezo siendo un santo en miniatura”.

Lo más gracioso y profundo de todo: Dios no espera a que tengas actitud. Él la crea. Como dice el papa Francisco en sus catequesis sobre los vicios, la humildad es la gran antagonista de la soberbia: “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (cf. 1 Pe 5,5). Y esa gracia es como un virus bueno: entra por la rendija más pequeña (una oración floja, una confesión a regañadientes) y termina cambiando todo.

Así que sí, puedes mejorar aunque no quieras. De hecho, ese es el punto de partida favorito de Dios: el “no quiero” del hombre es el “¡por fin!” del Cielo. Levántate del sofá espiritual, di un “Ave María” aunque sea con cara de fastidio… y deja que la gracia haga el resto. Al final, te reirás recordando lo ridículo que era creer que podías seguir siendo el rey de tu pereza para siempre.

Porque la mejor versión de ti no la construyes tú solo. La construye Él… y te invita a colaborar con una sonrisa. ¿Te animas? (Aunque no te animes… igual Él ya está trabajando).

Patricia Jiménez Ramírez

Soy una mujer comprometida con mi familia, con una sólida experiencia empresarial y una profunda dedicación al hogar. Durante años trabajé en diversos entornos empresariales, liderando equipos y gestionando proyectos de impacto. Sin embargo, en los últimos años he tomado la decisión de centrarme en mi hogar y dedicar más tiempo a mi marido e hijos, quienes son mi mayor prioridad. Mi experiencia en el ámbito empresarial me ha brindado valiosas habilidades en gestión del tiempo, organización, liderazgo y resolución de problemas, que ahora aplico en mi vida familiar para fomentar un ambiente armonioso y saludable para todos