13 abril, 2026

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Carta apostólica: Diseñar nuevos mapas de esperanza

Carta Apostólica del Papa León XIV en el LX Aniversario de la Gravissimum Educationis

Carta apostólica: Diseñar nuevos mapas de esperanza

El Papa León XIV firma esta carta apostólica para conmemorar los 60 años de la declaración conciliar “Gravissimum Educationis”, señalando que la educación no es una actividad secundaria, sino parte central de la misión evangelizadora de la Iglesia.

En medio de un mundo con profundos cambios —digitalización, fragmentación social, crisis educativas— la Iglesia llama a “dibujar nuevas mapas de esperanza”: renovar los métodos, abrir nuevos caminos, pero sin renunciar a la fidelidad al Evangelio.

El documento invita a comunidades educativas, familias, instituciones eclesiales y civiles a un compromiso renovado: formar personas integrales, culturas del encuentro, y una pedagogía que responda a los desafíos de esta época.

Contexto y motivación

  • La declaración conciliar Gravissimum Educationis (28 octubre 1965) estableció que la educación es derecho de cada persona, y la familia es la primera escuela de humanidad.
  • Hoy, seis décadas después, el Papa reconoce que el legado sigue siendo “sorprendentemente vigente” ante retos como la exclusión educativa, conflictos, migraciones y desigualdades.
  • La frase “dibujar nuevas mappe di speranza” resume la urgencia: no basta con conservar lo hecho; hay que innovar ante los “signos de los tiempos”.

Puntos clave del documento

  1. La educación como esperanza activa
    La educación cristiana no es solo instrucción, sino una apuesta por la dignidad humana —formar para la verdad, para la libertad, para el bien común—.

  2. Integralidad de la persona
    No se trata únicamente de competencias o productividad, sino de educar a la persona “toda entera”: dimensión espiritual, intelectual, afectiva, corporal y social.

  3. Fe y razón, cultura y vida
    El Papa subraya que la verdad religiosa no es un accesorio de la educación: el diálogo entre fe y razón es constitutivo de una educación auténtica.

  4. Familia, comunidad educativa, subsidiariedad

    • La familia es la primera escuela; la escuela recogida dentro de una alianza con la familia y la comunidad.

    • La subsidiariedad destaca: los distintos contextos locales, la cooperación entre instituciones, reconocen responsabilidades propias.

  5. Contemplación del Creador y cuidado de la casa común
    Se vincula la educación al cuidado del medio ambiente, a formas de vida sobrias y sostenibles, a la justicia ecológica como dimensión educativa.

  6. Tecnología, digitalización y nuevos espacios
    Frente a la digitalización vertiginosa, el Papa advierte: la tecnología puede enriquecer, pero no reemplazar lo humano. Formación docente, uso ético de la IA, y comunidad educativa viva son claves.

  7. Una “costellazione educativa”
    La metáfora de constelación habla de redes plurales —escuelas, universidades, movimientos, plataformas digitales— que juntos orientan hacia el bien común, sin uniformidad, valorando la diversidad.

  8. Nuevo mandato: tres prioridades añadidas

    • Vida interior: espacios de silencio, oración, discernimiento.

    • Digitalización humana: formarse para que la tecnología esté al servicio de la persona.

    • Paz “desarmada y desarmante”: educar para la reconciliación, el diálogo, los puentes, no los muros.

Significado e implicaciones

  • Este documento reafirma que para la Iglesia católica la educación no es mera preparación laboral, sino misión de humanidad: “no reducir a la persona a un perfil de competencias”.

  • En un contexto global de cambios acelerados, la carta ofrece una brújula: un “mapa” para navegar las aguas de la educación en el siglo XXI desde una perspectiva cristiana.

  • Invita a que todas las instituciones educativas —desde parroquias hasta universidades— reconsideren su papel en la transformación social: inclusión, justicia, sostenibilidad, tecnología con rostro humano.

  • También supone un desafío concreto para los países y las comunidades: acceder a la educación de calidad, garantizarla para los más vulnerables, no aceptar que la educación sea privilegio.

La carta “Disegnare nuove mappe di speranza” es más que un homenaje al pasado: es un llamado al futuro. La Iglesia invita a que la comunidad educativa asuma una misión renovada: construir puentes, formar ciudadanos para el bien común, no dejar a nadie atrás, educar con profundidad en un mundo fragmentado. En ese sentido, traza una visión educativa que trasciende generaciones, culturas y contextos tecnológicos —una visión de esperanza: “ser stell nel mondo” (lucir como estrellas en el mundo) para llevar la palabra de vida.

Documento completo:

CARTA APOSTÓLICA

DISEÑAR NUEVOS MAPAS DE ESPERANZA

DEL PAPA LEÓN XIV CON MOTIVO DEL
60º ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN CONCILIAR
GRAVISSIMUM EDUCATIONIS

1. Prólogo

1.1. Trazar nuevos mapas de esperanza. El 28 de octubre de 2025 se cumple el 60º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis sobre la extrema importancia y actualidad de la educación en la vida de la persona humana. Con ese texto, el Concilio Vaticano II recordó a la Iglesia que la educación no es una actividad secundaria, sino que forma la propia trama de la evangelización: es la manera concreta en que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación y cultura. Hoy, frente a cambios rápidos y a incertidumbres desorientadoras, esa herencia muestra una resistencia sorprendente. Allí donde las comunidades educativas se dejan guiar por la palabra de Cristo, no retroceden, sino que se lanzan adelante; no levantan muros, sino que construyen puentes. Reaccionan con creatividad, abriendo nuevas posibilidades para la transmisión del conocimiento y del sentido en la escuela, la universidad, la formación profesional y cívica, la pastoral escolar y juvenil, y en la investigación, porque el Evangelio no envejece sino que hace «todas las cosas nuevas» (Ap 21,5). Cada generación lo escucha como novedad que regenera. Cada generación es responsable del Evangelio y del descubrimiento de su poder seminal y multiplicador.

1.2. Vivimos en un entorno educativo complejo, fragmentado y digitalizado. Por ello es prudente detenerse y recuperar la mirada sobre la “cosmología de la paideia cristiana”: una visión que, a lo largo de los siglos, ha sabido renovarse a sí misma e inspirar positivamente todas las facetas polifacéticas de la educación. Desde sus orígenes, el Evangelio ha generado “constelaciones educativas”: experiencias humildes y fuertes a la vez, capaces de leer los tiempos, de custodiar la unidad entre fe y razón, entre pensamiento y vida, entre conocimiento y justicia. Han sido, en la tormenta, ancla de salvación; y en la calma, vela desplegada. Faro en la noche para guiar la navegación.

1.3. La Declaración Gravissimum educationis no ha perdido fuerza. Desde su recepción ha surgido un firmamento de obras y carismas que todavía hoy orienta el camino: escuelas y universidades, movimientos e institutos, asociaciones laicales, congregaciones religiosas y redes nacionales e internacionales. Juntos, estos cuerpos vivos han consolidado un patrimonio espiritual y pedagógico capaz de atravesar el siglo XXI y responder a los desafíos más apremiantes. Este patrimonio no está rígido: es una brújula que sigue indicando la dirección y hablando de la belleza del viaje. Las expectativas de hoy no son menores que las que la Iglesia enfrentó hace sesenta años. De hecho, se han ampliado y complejizado. Frente a los millones de niños en el mundo que aún no tienen acceso a la educación primaria, ¿cómo no actuar? Ante las dramáticas situaciones de emergencia educativa provocadas por guerras, migraciones, desigualdades y diversas formas de pobreza, ¿cómo no sentir la urgencia de renovar nuestro compromiso? La educación —como recordé en mi Exhortación Apostólica Dilexi te— «es una de las expresiones más altas de la caridad cristiana». El mundo necesita esta forma de esperanza.

2. Una historia dinámica

2.1. La historia de la educación católica es historia del Espíritu en acción. La Iglesia, «madre y maestra», no por supremacía, sino por servicio: genera en la fe y acompaña en el crecimiento de la libertad, asumiendo la misión del Divino Maestro para que todos «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Los estilos educativos que se han sucedido muestran una visión del hombre como imagen de Dios, llamado a la verdad y al bien, y un pluralismo de métodos al servicio de esa llamada. Los carismas educativos no son fórmulas rígidas: son respuestas originales a las necesidades de cada época.

2.2. En los primeros siglos, los Padres del desierto enseñaron la sabiduría con parábolas y apotegmas; redescubrieron el camino de lo esencial, la disciplina del lenguaje y la custodia del corazón; transmitieron una pedagogía de la mirada que reconoce a Dios en todas partes. San Agustín, al insertar la sabiduría bíblica en la tradición grecorromana, comprendió que el maestro auténtico despierta el deseo de la verdad y educa la libertad para leer los signos y escuchar la voz interior. El Monacato mantuvo esta tradición en los lugares más recónditos, donde durante décadas se estudiaron, comentaron y enseñaron las obras clásicas; sin este trabajo silencioso al servicio de la cultura, muchas obras maestras no habrían llegado hasta nuestros días. «Del corazón de la Iglesia» nacieron luego las primeras universidades, que desde sus orígenes se revelaron como «un centro incomparable de creatividad y de irradiación del saber para el bien de la humanidad». En sus aulas, el pensamiento especulativo encontró en la mediación de las Órdenes Mendicantes la posibilidad de estructurarse sólidamente y avanzar hasta las fronteras de las ciencias. No pocas congregaciones religiosas dieron los primeros pasos en estos campos del saber, enriqueciendo de manera pedagógicamente innovadora y socialmente visionaria la educación.

2.3. La educación católica se ha expresado de muchas formas. En la Ratio Studiorum la riqueza de la tradición escolar se fusiona con la espiritualidad ignaciana, adaptando un programa de estudios tan articulado como interdisciplinario y abierto a la experimentación. En la Roma del siglo XVII, San José de Calasanz abrió escuelas gratuitas para los pobres, intuyendo que alfabetización y cálculo son dignidad antes que competencia. En Francia, San Juan Bautista de La Salle, al «darse cuenta de la injusticia causada por la exclusión de los hijos de obreros y campesinos del sistema educativo», fundó los Hermanos de las Escuelas Cristianas. A comienzos del siglo XIX, también en Francia, San Marcelino Champagnat se dedicó «con todo el corazón, en una época en que el acceso a la educación seguía siendo privilegio de pocos, a la misión de educar y evangelizar a los niños y jóvenes». De manera similar, San Juan Bosco, con su “método preventivo”, transformó la disciplina en razonabilidad y proximidad. Mujeres valientes, como Vicenta María López y Vicuña, Francesca Cabrini, Josefina Bakhita, María Montessori, Katharine Drexel o Elizabeth Ann Seton, abrieron caminos para niñas, migrantes y los últimos. Reafirmo lo que declaré claramente en Dilexi te: «La educación de los pobres, para la fe cristiana, no es un favor, sino un deber». Esta genealogía de concreción testimonia que, en la Iglesia, la pedagogía nunca es teoría descarnada, sino carne, pasión e historia.

3. Una tradición viva

3.1. La educación cristiana es obra coral: nadie educa solo. La comunidad educativa es un “nosotros” donde convergen docentes, estudiantes, familias, personal administrativo y de servicio, pastores y la sociedad civil para generar vida. Este “nosotros” evita que el agua se estanque en el pantano del “siempre se ha hecho así” y la obliga a fluir, nutrir e irrigar. El fundamento sigue siendo el mismo: la persona, imagen de Dios (Gn 1,26), capaz de verdad y relación. Por eso, la cuestión de la relación entre fe y razón no es un capítulo opcional: «la verdad religiosa no es solo una parte, sino una condición del conocimiento general». Estas palabras de San John Henry Newman —que en este Jubileo del Mundo Educativo tengo la alegría de declarar copatrón de la misión educativa de la Iglesia junto con Santo Tomás de Aquino— son una invitación a renovar el compromiso con un conocimiento intelectualmente responsable y riguroso, pero profundamente humano. Hay que evitar caer en un iluminismo de una fides que hace par con la ratio exclusivamente. Es necesario recuperar una visión empática y abierta para entender mejor cómo se comprende hoy el hombre y desarrollar su enseñanza. Por eso no se deben separar deseo y corazón del conocimiento: sería fracturar a la persona. La universidad y la escuela católica son lugares donde las preguntas no se silencian y la duda no se prohíbe sino que se acompaña. Allí, el corazón dialoga con el corazón, y el método es el de la escucha que reconoce al otro como bien, no como amenaza. Cor ad cor loquitur fue el lema cardenalicio de San John Henry Newman, tomado de una carta de San Francisco de Sales: «La sinceridad del corazón y no la abundancia de palabras, toca el corazón de los hombres».

3.2. Educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad. La especificidad, profundidad y amplitud de la acción educativa es esa obra —tan misteriosa como real— de «hacer florecer el ser […] es cuidar del alma», como se lee en la Apología de Sócrates de Platón (30a–b). Es un “oficio de promesas”: se promete tiempo, confianza, competencia; se promete justicia y misericordia, se promete el valor de la verdad y el bálsamo de la consolación. Educar es una tarea de amor que se transmite de generación en generación, cosiendo el tejido desgarrado de las relaciones y devolviendo a las palabras el peso de la promesa: «Cada hombre es capaz de la verdad; sin embargo, el camino se hace mucho más llevadero cuando se avanza con la ayuda del otro». La verdad se busca en comunidad.

4. La brújula de Gravissimum educationis

4.1. La declaración conciliar Gravissimum educationis reafirma el derecho de todos a la educación e indica a la familia como primera escuela de humanidad. La comunidad eclesial está llamada a sostener ambientes que integren fe y cultura, respeten la dignidad de todos y dialoguen con la sociedad. El documento advierte sobre toda reducción de la educación a un entrenamiento funcional o a un instrumento económico: la persona no es un “perfil de competencias”, no se reduce a un algoritmo previsible, sino que es un rostro, una historia, una vocación.

4.2. La formación cristiana abarca a toda la persona: espiritual, intelectual, afectiva, social y corporal. No enfrenta lo práctico con lo teórico, ni la ciencia con el humanismo, ni la técnica con la conciencia; por el contrario, pide que la profesionalidad esté habitada por la ética, y que la ética no sea palabra abstracta sino práctica cotidiana. La educación no mide su valor únicamente por la eficiencia: lo mide por la dignidad, la justicia y la capacidad de servir al bien común. Esta visión antropológica integral debe permanecer como eje de la pedagogía católica. Siguiendo el pensamiento de San John Henry Newman, se opone a un enfoque meramente mercantilista que hoy a menudo obliga a medir la educación en términos de funcionalidad y utilidad práctica.

4.3. Estos principios no son recuerdos del pasado. Son estrellas fijas. Indican que la verdad se busca juntos; que la libertad no es capricho, sino respuesta; que la autoridad no es dominio, sino servicio. En el contexto educativo no se debe «levantar la bandera de poseer la verdad, ni en el análisis de los problemas ni en su resolución». Es más importante «saber acercarse que dar una respuesta apresurada sobre por qué sucedió algo o cómo superarlo. El objetivo es aprender a afrontar los problemas, que siempre son diferentes, porque cada generación es nueva, con nuevos desafíos, sueños y preguntas». La educación católica tiene la tarea de reconstruir la confianza en un mundo marcado por conflictos y temores, recordando que somos hijos y no huérfanos: de esta conciencia nace la fraternidad.

5. La centralidad de la persona

5.1. Poner a la persona en el centro significa educar con la mirada larga de Abraham (Gn 15,5): descubrir el sentido de la vida, la dignidad inalienable y la responsabilidad hacia los demás. La educación no es solo transmisión de contenidos, sino aprendizaje de virtudes. Se forman ciudadanos capaces de servir y creyentes capaces de testimoniar, hombres y mujeres más libres, no más solos. La formación no se improvisa. Recuerdo con afecto los años en la querida Diócesis de Chiclayo, visitando la Universidad Católica San Toribio de Mogrovejo, y las oportunidades que tuve de dirigirme a la comunidad académica diciendo: «No se nace profesional; cada camino universitario se construye paso a paso, libro a libro, año a año, sacrificio tras sacrificio».

5.2. La escuela católica es un entorno donde fe, cultura y vida se entrelazan. No es simplemente una institución, sino un ambiente vivo en el que la visión cristiana permea cada disciplina e interacción. Los educadores tienen una responsabilidad que va más allá del contrato laboral: su testimonio vale tanto como su enseñanza. Por ello, la formación de los docentes —científica, pedagógica, cultural y espiritual— es decisiva. En la misión educativa común es necesario un camino de formación compartido, «inicial y permanente, capaz de captar los desafíos educativos del presente y de proporcionar herramientas más efectivas para enfrentarlos. Esto implica en los educadores disposición al aprendizaje y al desarrollo del conocimiento, renovación y actualización metodológica, así como formación espiritual, religiosa y compartida». No bastan actualizaciones técnicas: es necesario custodiar un corazón que escucha, una mirada que alienta y una inteligencia que discierne.

5.3. La familia sigue siendo el primer lugar educativo. Las escuelas católicas colaboran con los padres, no los reemplazan, porque «el deber de la educación, sobre todo religiosa, corresponde a ellos antes que a nadie». La alianza educativa requiere intencionalidad, escucha y corresponsabilidad. Se construye mediante procesos, herramientas y evaluaciones compartidas. Es esfuerzo y bendición: cuando funciona, genera confianza; cuando falta, todo se vuelve más frágil.

6. Identidad y subsidiariedad

6.1. Ya Gravissimum educationis reconocía la importancia del principio de subsidiariedad y que las circunstancias varían según los diferentes contextos eclesiales locales. El Concilio Vaticano II articuló sin embargo el derecho a la educación y sus principios fundamentales como universalmente válidos. Destacó las responsabilidades tanto de los padres como del Estado. Consideró un «derecho sagrado» ofrecer una formación que permita a los estudiantes «valorar los valores morales con recta conciencia» y pidió a las autoridades civiles respetar dicho derecho. Además, advirtió contra la subordinación de la educación al mercado laboral y a las lógicas a menudo duras e inhumanas de las finanzas.

6.2. La educación cristiana se presenta como una coreografía. Dirigiéndose a universitarios en la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, mi difunto predecesor Papa Francisco dijo: «Sean protagonistas de una nueva coreografía que ponga a la persona humana en el centro; sean coreógrafos de la danza de la vida». Formar a la persona “en su totalidad” significa evitar compartimentos estancos. La fe, cuando es verdadera, no es una “materia” añadida, sino aliento que oxigena todo lo demás. Así, la educación católica se convierte en levadura en la comunidad humana: genera reciprocidad, supera reduccionismos y abre a la responsabilidad social. Hoy, la tarea es atreverse a un humanismo integral que habite las preguntas de nuestro tiempo sin perder la fuente.

7. La contemplación de la Creación

7.1. La antropología cristiana está en la base de un estilo educativo que promueve respeto, acompañamiento personalizado, discernimiento y desarrollo de todas las dimensiones humanas. Entre ellas, no es secundario un afán espiritual, que se realiza y fortalece también a través de la contemplación de la Creación. Este aspecto no es nuevo en la tradición filosófica y teológica cristiana, donde el estudio de la naturaleza también tenía como propósito demostrar las huellas de Dios (vestigia Dei) en nuestro mundo. En las Collationes in Hexaemeron, San Buenaventura de Bagnoregio escribe que «el mundo entero es una sombra, un sendero, una huella. Es el libro escrito desde fuera (Ez 2,9), porque en cada criatura hay un reflejo del modelo divino, aunque mezclado con oscuridad. El mundo es, por tanto, un sendero semejante a la opacidad mezclada con luz; en este sentido, es un camino. Así como un rayo de luz que entra por una ventana se colorea según los diferentes colores de los vidrios, el rayo divino se refleja de manera distinta en cada criatura y adquiere propiedades diferentes». Esto también aplica en la plasticidad de la enseñanza calibrada a los distintos caracteres, que de todos modos convergen en la belleza de la Creación y su cuidado. Requiere proyectos educativos «inter- y transdisciplinarios ejercidos como sabiduría y creatividad».

7.2. Olvidar nuestra humanidad común ha generado fracturas y violencias; y cuando la tierra sufre, los pobres sufren más. La educación católica no puede callar: debe unir justicia social y justicia ambiental, promover la sobriedad y estilos de vida sostenibles, formar conciencias capaces de elegir no solo lo conveniente, sino lo justo. Cada pequeño gesto —evitar desperdicios, elegir con responsabilidad, defender el bien común— es alfabetización cultural y moral.

7.3. La responsabilidad ecológica no se agota en datos técnicos. Son necesarios, pero no suficientes. Se necesita una educación que involucre mente, corazón y manos; hábitos nuevos, estilos comunitarios, prácticas virtuosas. La paz no es ausencia de conflicto: es fuerza suave que rechaza la violencia. Una educación para la paz «desarmada y desarmante» enseña a deponer las armas de la palabra agresiva y la mirada que juzga, para aprender el lenguaje de la misericordia y la justicia reconciliada.

8. Una constelación educativa

8.1. Hablo de “constelación” porque el mundo educativo católico es una red viva y plural: escuelas parroquiales y colegios, universidades e institutos superiores, centros de formación profesional, movimientos, plataformas digitales, iniciativas de service-learning y pastorales escolares, universitarias y culturales. Cada “estrella” tiene su propia luminosidad, pero todas juntas trazan una ruta. Donde en el pasado hubo rivalidad, hoy pedimos a las instituciones que converjan: la unidad es nuestra fuerza más profética.

8.2. Las diferencias metodológicas y estructurales no son lastres, sino recursos. La pluralidad de carismas, bien coordinada, compone un marco coherente y fecundo. En un mundo interconectado, la dinámica se desarrolla en dos niveles: local y global. Se necesitan intercambios de docentes y estudiantes, proyectos comunes entre continentes, reconocimiento mutuo de buenas prácticas, cooperación académica y misionera. El futuro nos exige aprender a colaborar más, a crecer juntos.

8.3. Las constelaciones reflejan sus luces en un universo infinito. Como en un caleidoscopio, sus colores se entrelazan creando nuevas variaciones cromáticas. Así ocurre en las instituciones educativas católicas, abiertas al encuentro y escucha con la sociedad civil, autoridades políticas y administrativas, así como con representantes de sectores productivos y laborales. Con ellas se colabora activamente para compartir y mejorar los caminos educativos, de modo que la teoría se sostenga con la práctica y la experiencia. La historia enseña que nuestras instituciones acogen a estudiantes y familias no creyentes o de otras religiones, pero deseosos de una educación verdaderamente humana. Por esta razón —como ya ocurre— se continúan promoviendo comunidades educativas participativas, donde laicos, religiosos, familias y estudiantes comparten la responsabilidad de la misión educativa junto a instituciones públicas y privadas.

9. Navegando nuevos espacios

9.1. Hace sesenta años, Gravissimum educationis abrió una temporada de confianza: animó a actualizar métodos y lenguajes. Hoy esta confianza se mide en el entorno digital. Las tecnologías deben servir a la persona, no sustituirla; deben enriquecer el proceso de aprendizaje, no empobrecer las relaciones ni las comunidades. Una universidad o escuela católica sin visión corre el riesgo de un eficientismo sin alma y de la estandarización del saber, que termina siendo empobrecimiento espiritual.

9.2. Para habitar estos espacios se necesita creatividad pastoral: fortalecer la formación docente también en el plano digital; valorar la enseñanza activa; promover service-learning y ciudadanía responsable; evitar toda tecnofobia. Nuestra actitud hacia la tecnología no puede ser hostil, porque «el progreso tecnológico forma parte del plan de Dios para la creación». Pero requiere discernimiento sobre diseño didáctico, evaluación, plataformas, protección de datos y acceso equitativo. Ningún algoritmo puede reemplazar lo que hace humana a la educación: poesía, ironía, amor, arte, imaginación, alegría del descubrimiento y educación al error como oportunidad de crecimiento.

9.3. El punto decisivo no es la tecnología, sino el uso que hagamos de ella. La inteligencia artificial y los entornos digitales deben orientarse a proteger la dignidad, la justicia y el trabajo; deben gobernarse con criterios de ética pública y participación; deben acompañarse con reflexión teológica y filosófica a la altura. Las universidades católicas tienen un papel decisivo: ofrecer “diaconía de la cultura”, menos cátedras y más mesas donde sentarse juntos, sin jerarquías innecesarias, para tocar las heridas de la historia y buscar, en el Espíritu, saberes que nazcan de la vida de los pueblos.

10. La estrella polar del Pacto Educativo

10.1. Entre las estrellas que orientan el camino está el Pacto Educativo Global. Con gratitud recibo esta herencia profética confiada por el Papa Francisco. Es una invitación a hacer alianza y red para educar en la fraternidad universal. Sus siete caminos siguen siendo nuestra base: poner a la persona en el centro; escuchar a niños y jóvenes; promover la dignidad y plena participación de las mujeres; reconocer a la familia como primera educadora; abrirse a la acogida y la inclusión; renovar la economía y la política al servicio del hombre; cuidar la casa común. Estas “estrellas” han inspirado escuelas, universidades y comunidades educativas en el mundo, generando procesos concretos de humanización.

10.2. Sesenta años después de Gravissimum educationis y cinco años después del Pacto, la historia nos interpela con nueva urgencia. Los cambios rápidos y profundos exponen a niños, adolescentes y jóvenes a vulnerabilidades inéditas. No basta conservar: hay que relanzar. Pido a todas las realidades educativas inaugurar una temporada que hable al corazón de las nuevas generaciones, recomponiendo conocimiento y sentido, competencia y responsabilidad, fe y vida. El Pacto forma parte de una más amplia Constelación Educativa Global: carismas e instituciones, aunque diversos, crean un diseño unitario y luminoso que orienta los pasos en la oscuridad del tiempo presente.

10.3. A los siete caminos añado tres prioridades. La primera se refiere a la vida interior: los jóvenes buscan profundidad; se necesitan espacios de silencio, discernimiento y diálogo con la conciencia y con Dios. La segunda se refiere al digital humano: formemos para el uso prudente de las tecnologías y de la IA, poniendo a la persona antes del algoritmo y armonizando inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica. La tercera se refiere a la paz desarmada y desarmante: eduquemos en lenguajes no violentos, reconciliación, puentes y no muros; «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9) se convierta en método y contenido del aprender.

10.4. Somos conscientes de que la red educativa católica posee una capilaridad única. Se trata de una constelación que alcanza todos los continentes, con especial presencia en áreas de bajos ingresos: una promesa concreta de movilidad educativa y justicia social. Esta constelación exige calidad y coraje: calidad en el diseño pedagógico, en la formación docente y en la gobernanza; coraje para garantizar acceso a los más pobres, apoyar a familias frágiles, promover becas y políticas inclusivas. La gratuidad evangélica no es retórica: es estilo de relación, método y objetivo. Donde el acceso a la educación sigue siendo privilegio, la Iglesia debe abrir puertas e inventar caminos, porque “perder a los pobres” equivale a perder la escuela misma. Esto también aplica a la universidad: la mirada inclusiva y el cuidado del corazón salvan de la estandarización; el espíritu de servicio reaviva la imaginación y enciende nuevamente el amor.

11. Nuevos mapas de esperanza

11.1. En el sexagésimo aniversario de Gravissimum educationis, la Iglesia celebra una fecunda historia educativa, pero también se enfrenta al imperativo de actualizar sus propuestas a la luz de los signos de los tiempos. Las constelaciones educativas católicas son una imagen inspiradora de cómo tradición y futuro pueden entrelazarse sin contradicciones: una tradición viva que se extiende hacia nuevas formas de presencia y servicio. Las constelaciones no se reducen a concatenaciones neutras y planas de experiencias diversas. En lugar de cadenas, atrevámonos a pensar en constelaciones, en su entrelazado lleno de maravilla y despertar. En ellas reside la capacidad de navegar los desafíos con esperanza y revisión valiente, sin perder fidelidad al Evangelio. Somos conscientes de las dificultades: la hiper-digitalización puede fragmentar la atención; la crisis de relaciones puede herir la psique; la inseguridad social y las desigualdades pueden apagar el deseo. Y, sin embargo, aquí la educación católica puede ser faro: no refugio nostálgico, sino laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Trazar nuevos mapas de esperanza: esta es la urgencia del mandato.

11.2. Pido a las comunidades educativas: desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada. Como Dios dijo a Abraham, «Mira al cielo y cuenta las estrellas» (Gn 15,5): sepan preguntarse hacia dónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación viene antes de la opinión, la persona antes del programa. No desperdicien tiempo ni oportunidades: «citando una expresión agustiniana: nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del cual debemos aprovechar antes de que se nos escape». En conclusión, queridos hermanos y hermanas, hago mía la exhortación del Apóstol Pablo: «Deben brillar como astros en el mundo, sosteniendo en alto la palabra de la vida» (Fil 2,15-16).

11.3. Confío este camino a la Virgen María, Sedes Sapientiae, y a todos los santos educadores. Pido a Pastores, consagrados, laicos, responsables de instituciones, docentes y estudiantes: sean servidores del mundo educativo, coreógrafos de la esperanza, buscadores incansables de sabiduría, artífices creíbles de expresiones de belleza. Menos etiquetas, más historias; menos enfrentamientos estériles, más sinfonía en el Espíritu. Entonces nuestra constelación no solo brillará, sino que orientará: hacia la verdad que libera (cf. Jn 8,32), hacia la fraternidad que consolida la justicia (cf. Mt 23,8), hacia la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5).

Basilica de San Pedro, 27 de octubre de 2025
Víspera del sexagésimo aniversario

LEÓN PP. XIV

Exaudi Redacción

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