Cardenal Arizmendi: Sin familia no hay futuro
Un llamado urgente ante la caída de la natalidad: la familia como pilar indispensable para el futuro social y humano
El cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofrece a los lectores de Exaudi su artículo.
HECHOS
Las estadísticas oficiales de nuestra patria indican que hay un progresivo descenso en la natalidad. Muchos jóvenes ya no quieren casarse, para seguir sintiéndose libres; y si se casan, no quieren tener hijos; prefieren animales como mascotas. Esta es una realidad no sólo moral, sino social y económica, pues si no hay hijos, aumenta el número de ancianos, faltan manos para el trabajo y no alcanza el dinero para pagar las pensiones.
Hace años, viajando a Roma con escala en París, me tocó como compañero de asiento un empresario francés, que regresaba después de atender asuntos en varias empresas que tenía en América Latina. Me decía que insistiera a los mexicanos proteger la familia como un gran tesoro, porque en Francia ya se había perdido y cada día llegaban más extranjeros a ocupar el lugar de los franceses. Lo mismo pasa en otros países de Europa, que están perdiendo su identidad cultural.
Me llamaba la atención que el Papa Francisco en varias ocasiones insistía a los europeos a tener hijos, para salvar la sociedad. Eso vale para otros países. Por ello la afirmación de que sin familia no hay futuro.
ILUMINACION
El Papa León XIV, en una catequesis reciente de los miércoles, recordando lo expresado por el Concilio Vaticano II en su Constitución Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo, dijo:
“El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar…, como íntima comunidad conyugal de vida y amor. Se reconoce el fundamento de esta unión en el pacto conyugal, entendido como el acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente. La donación recíproca del hombre y de la mujer, «de modo que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6), motiva la exigencia de la plena fidelidad y de la indisoluble unidad de los cónyuges; y encuentra una expresión viva en la procreación y en la educación de los hijos. Reflejo de la Trinidad divina, el amor conyugal y parental, a través del Sacramento del matrimonio, se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo, para que los cónyuges puedan amarse el uno a la otra como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella.
El amor conyugal no se limita al atractivo erótico —que también forma parte de él—, sino que abarca toda la voluntad de los esposos, reavivando su afecto y expresándose mediante sentimientos y gestos de ternura. Este amor abarca el bien de toda la persona del hombre y de la mujer, iguales en dignidad; impregna toda la vida de los cónyuges y encuentra expresión en los actos exclusivamente propios del matrimonio. La especial intimidad de los esposos significa el amor integral de persona a persona, favorece el don recíproco y enriquece su mutua alegría.
La fecundidad del amor conyugal, además, se expresa en la procreación de los hijos, el don más excelente del matrimonio. Transmitiendo y educando la vida humana, que nunca debe ser descartada, los esposos se convierten en cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Llamados a esta responsabilidad humana y cristiana, deben regirse por un juicio recto por lo que se refiere a su propio bien y al de sus hijos, ya nacidos o todavía por venir. Este juicio que, en último término, los esposos deben formar personalmente ante Dios, exige que su conciencia se ajuste a la ley divina, interpretada por el Magisterio de la Iglesia a la luz del Evangelio.
La vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado, rechazando el aborto y el infanticidio; y que los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia.
La enseñanza de la Gaudium et spes sobre la comunidad conyugal y familiar llega así a subrayar la función social de la familia, que define como escuela del más rico humanismo y fundamento de la sociedad, recordando a todos aquellos que tienen responsabilidades sociales, especialmente en el ámbito político y cultural, el deber de contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia” (21-X-2026).
ACCIONES
Cuidemos nuestras familias. Que no haya tantas separaciones sin motivos graves. Que el amor conyugal ayude con madurez humana y cristiana a superar los problemas que nunca faltan. Que los jóvenes se animen a casarse y formar una familia con hijos, según su conciencia cristiana y sus posibilidades.

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