Card. Fernández Artime: Sólo la presencia de Jesús resucitado lo transforma todo
Homilía Emmo Card. Ángel Fernández Artime
A las 17 horas de esta tarde, en la Basílica Vaticana, ha tenido lugar una celebración eucarística en sufragio del Romano Pontífice Francisco, en el octavo día del Novendiali.
La Concelebración estuvo presidida por Su Eminencia el Card. Ángel Fernández Artime, S.D.B., ex Pro-Prefecto del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.
Publicamos a continuación la transcripción de la homilía pronunciada por Su Eminencia el Card. Ángel Fernández Artime, S.D.B., pronunciada durante la Santa Misa:
***
Queridísimas hermanas y hermanos
San Alfonso María de Ligorio enseña que rezar por los difuntos es la mayor obra de caridad. Cuando ayudamos materialmente al prójimo, compartimos bienes efímeros, pero cuando rezamos por ellos, lo hacemos con bienes eternos. El Santo Cura de Ars, patrono universal de los sacerdotes, vivía de manera similar.
Orar por los difuntos significa, por tanto, amar a los que han muerto, y eso es lo que estamos haciendo ahora por el Papa Francisco, reunidos como Pueblo de Dios, junto a los pastores y especialmente esta tarde con una presencia muy significativa de consagrados y consagradas.
El Santo Padre Francisco se siente muy querido por el Pueblo de Dios y sabe que los miembros de las distintas expresiones de la vida consagrada también le quieren; rezan por su ministerio, por la persona del Papa, por la Iglesia, por el mundo.
En este tercer Domingo de Pascua todo nos invita a alegrarnos, a exultar. El motivo es el Señor resucitado y la presencia del Espíritu Santo. San Atanasio afirma que Jesucristo resucitado hace de la vida del hombre una fiesta continua. Y por eso los Apóstoles -y Pedro el primero entre ellos- no tienen miedo de la cárcel, ni de las amenazas, ni de volver a ser perseguidos. Y, de hecho, declaran con valentía y franqueza: «De esto somos testigos, como lo es también el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen».
Me pregunto -dijo el Papa Francisco, en una de sus catequesis sobre este mismo pasaje- de dónde sacaron los primeros discípulos la fuerza para este testimonio suyo. No sólo eso, sino de dónde les vino la alegría y el coraje del anuncio, a pesar de los obstáculos y la violencia».
Está claro que sólo la presencia, junto a ellos, del Señor resucitado y la acción del Espíritu Santo pueden explicar este hecho. Su fe se basaba en una experiencia tan fuerte y personal de Cristo, muerto y resucitado, que no tenían miedo de nada ni de nadie. «Hoy, como ayer, los hombres y mujeres de la generación actual tienen una gran necesidad de encontrarse con el Señor y con su mensaje liberador de salvación», dijo san Juan Pablo II, con ocasión del Jubileo de la vida consagrada, el 2 de febrero de 2000, dirigiéndose a los religiosos y religiosas de todo el mundo, y añadió: «He podido darme cuenta del valor de vuestra presencia profética para todo el pueblo cristiano y reconozco con gusto, también en esta ocasión, el ejemplo de generosa entrega evangélica que ofrecen innumerables hermanos y hermanas vuestros, que a menudo trabajan en situaciones difíciles. Se entregan sin reservas, en nombre de Cristo, al servicio de los pobres, de los marginados y de los últimos».
Hermanos y hermanas, es verdad que todos nosotros, toda esta asamblea de bautizados, estamos llamados a ser testigos del Señor Jesús, muerto y resucitado. Pero no es menos cierto que nosotros, consagrados y consagradas, hemos recibido esta vocación, esta llamada al discipulado que nos pide dar testimonio del primado de Dios con toda nuestra vida. Esta misión es especialmente importante cuando -como en muchas partes del mundo hoy- experimentamos la ausencia de Dios u olvidamos su centralidad con demasiada facilidad. Entonces podemos asumir y hacer nuestro el programa de San Benito Abad, resumido en la máxima «no anteponer nada al amor de Cristo».
Fue el Santo Padre Benedicto XVI quien nos interpeló de este modo: dentro del Pueblo de Dios, las personas consagradas son como centinelas que disciernen y anuncian la vida nueva ya presente en nuestra historia.
Estamos llamados, por razón de nuestro Bautismo y profesión religiosa, a testimoniar que sólo Dios da plenitud a la existencia humana y que, en consecuencia, nuestra vida debe ser signo elocuente de la presencia del Reino de Dios para el mundo de hoy.
Estamos, pues, llamados a ser en el mundo un signo creíble y luminoso del Evangelio y de sus paradojas. Sin conformarnos con la mentalidad de este siglo, sino transformándonos y renovando continuamente nuestro compromiso.
En el Evangelio escuchamos que el Resucitado esperaba a sus discípulos a la orilla del mar. El relato dice que cuando todo parecía acabado, fracasado, el Señor se hizo presente, salió al encuentro de los suyos, que -llenos de alegría- pudieron exclamar por boca del discípulo amado por Jesús: «Es el Señor». En esta expresión captamos el entusiasmo de la fe pascual, llena de alegría y asombro, que contrasta vivamente con el desconcierto, el desaliento, el sentimiento de impotencia presentes hasta entonces en el alma de los discípulos.
Sólo la presencia de Jesús resucitado lo transforma todo: las tinieblas son vencidas por la luz; el trabajo inútil vuelve a ser fecundo y prometedor; la sensación de cansancio y abandono deja paso a un nuevo impulso y a la certeza de que Él está con nosotros.
Lo que sucedió a los primeros y privilegiados testigos del Señor puede y debe convertirse en un programa de vida para todos nosotros.
El Papa Francisco dijo en el Año de la Vida Consagrada: «Espero que despertéis al mundo, porque la nota que caracteriza a la vida consagrada es la profecía». Y nos pidió que seamos testigos del Señor como Pedro y los Apóstoles, incluso ante la incomprensión del Sanedrín de antaño o del areópago impío de hoy. Nos pedía que fuéramos como el centinela que vigila durante la noche y sabe cuándo amanece. Nos pedía que tuviéramos un corazón y un espíritu suficientemente puros y libres para reconocer a las mujeres y a los hombres de hoy, a nuestros hermanos y hermanas, especialmente a los más pobres, a los últimos, a los descartados, porque en ellos está el Señor, y para que con nuestra pasión por Dios, por el Reino y por la humanidad, fuéramos capaces, como Pedro, de responder al Señor: «¡Señor, tú lo sabes todo! Tú sabes que te amo».
Que María, Madre de la Iglesia, nos conceda a todos la gracia de ser hoy discípulos misioneros, testigos de su Hijo en esta Iglesia suya que -bajo la guía del Espíritu Santo- vive en la esperanza, porque el Señor resucitado está con nosotros hasta el final de los tiempos. Amén
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