Aprender a querer
El arte de amar y conectar desde el corazón para transformar tus relaciones y tu hogar
Tenemos un corazón capaz de querer, de conmoverse con otras personas… La vida es un aprendizaje en este sentido. Todos necesitamos sentirnos queridos para desarrollarnos bien, y aprender a querer a los que tenemos cerca.
«El hombre es una criatura con un misterio en su corazón que es más grande que él mismo», apunta Hans Urs Von Balthasar.
¿Y qué es el corazón? Quizá se pueda decir que es el “centro neurálgico” de cada persona, su centro más íntimo y personal. La “sede” de la persona.
Lo que más nos llena son las buenas relaciones con otros: que nos comprendan y escuchen, que nos tengan en cuenta, el trato amable con otras personas, los detalles de cariño y afecto… etc. Cada uno necesita sentirse querido: es una necesidad básica importante.
Es preciso poner el corazón, además de la cabeza, en el encuentro con los demás. Que todos notemos y sintamos ese cariño, artífice del buen desarrollo personal. Es decir, en cuanto persona, llamada a algo noble, a algo grande.
Cada uno poseemos una capacidad de amar y de alegrar enorme, que debemos poner «en marcha» a nuestro alrededor. Aprendemos a amar en el seno de la propia familia, desde bien pequeños, gracias al amor recíproco de nuestros padres: origen de la vida, y fuente de crecimiento personal a lo largo del tiempo. Nunca está de más ese cariño, al contrario.
En el hogar, mediante las conversaciones, se aprende a escuchar, a comprender, a sentir empatía, construyendo relaciones verdaderamente humanas. Teniendo en cuenta los sentimientos y afectos de los demás, para luego ayudarse mejor entre todos.
Así se desarrolla esa sensibilidad y comprensión, a la par que la personalidad, y se aprende a querer con un corazón grande donde caben todos, empezando por el que está al lado.
Cuando uno se siente de veras querido, se fortalece y se «ilumina» por dentro, y es capaz de actuar de forma excelente, darlo todo y rubricar lo mejor de él, pensando en los demás.
Tener en cuenta el corazón es muy relevante: el centro y raíz de la persona. Su núcleo íntimo. El soporte de la personalidad, expresa Ortega. Venimos con unas preferencias y unos anhelos del corazón de bondad y belleza. La dignidad personal es muy alta. Incomparable a otras realidades. En el corazón se ponderan las cosas, da armonía a las diversas facultades y facetas de la personalidad. Cada persona «vale» lo que vale su corazón, y «pesa» lo que ama. Ya lo decía Agustín de Hipona…
Un gran pensador, que ha dejado un inmenso legado, J.H. Newman, da mucha relevancia al corazón y a la imaginación. Uno de sus lemas es: «el corazón habla al corazón”. Hay que saber escuchar, comprender, empatizar y conectar con otras personas. Mucho más en familia, primera y principal “escuela” afectiva y emocional. Donde se guardan gratos recuerdos que alegran.
Y la importancia de la imaginación: un medio para el conocimiento de la realidad. Newman decía que la imaginación es una potencia interior que se nos ha regalado, quizá la más importante, capaz de dar vida a las ideas, de contemplar y «real-izar» la realidad, Es decir, de “izarla”, de levantarla, para poder conocerla. También es una capacidad imprescindible para comprender las realidades inmateriales: lo que no vemos, tocamos, pero atisbamos. Nuestra mente puede imaginar un concepto que nunca hemos visto para intentar aprehender esa realidad, con el corazón. No sólo con el intelecto…
Podemos dar buen uso a esa imaginación, capaz de combinar elementos de forma creativa, enfocada en cuidar a las personas que tenemos cerca, especialmente en familia.
La imaginación conecta con la afectividad y el corazón. Los afectos están en nuestra vida, impregnan la realidad, y hablan al corazón. Y éste es el nexo de unión con la imaginación. Apunta este autor: «al corazón se llega habitualmente, no a través de la razón, sino de la imaginación». Por eso, si queremos llegar al corazón de una persona, usar la imaginación, pensar cómo se encuentra, qué necesita, qué sueños tiene…, cómo atenderle y ayudarle. Y cómo a ella le gusta ser querida…, a “su” modo
El corazón habla directo al corazón. Se activa y resuena con otro corazón: empatiza y se conmueve. Las personas mejoramos con el trato personal, al pensar en los otros y ofrecer ese cariño que tenemos en potencia, cual semilla que ha de expandirse y dar fruto. Las fronteras del corazón son inexpugnables…, con el amor se dilatan, crecen, y embellecen a esa persona. Y ayudan a los demás, haciendo un mundo más acogedor, más noble, más humano.

Qué importante conocer y tener en cuenta estos aspectos de lo más íntimo del ser humano, y hacerlos vibrar de forma armónica. Con cada uno, a su estilo. Adivinar el lenguaje que más le “llega» a esa persona en concreto.
Y es más, Pascal nos advierte que el corazón tiene sus razones que la razón no entiende… Es un mundo valioso, genuinamente humano, por explorar, preservar y cultivar.
Cultivarlo es aprender a valorarlo y ponerlo en lo que vale la pena, con afectos nobles que nos engrandecen y mejoran. Porque, esta potencia humana desea belleza, que es el esplendor de lo verdadero, de lo bueno; lo que nos atrae e ilumina la vida entera. Y hacia donde queremos mirar… Sentimos su llamada interior, esos anhelos del alma que no cesan.
La sabiduría innata del corazón nos ayuda a relacionarnos, a pensar en los otros, a ser mejores, a conquistar una personalidad más plena. Y como consecuencia seremos más felices.
Una forma de cuidar todo esto es mediante los pequeños detalles, que nos dan “el pulso” de ese cariño.
Cuando se quiere de verdad, se expresa en lo cotidiano. Y hay distintas formas de hacerlo: con palabras, afectos, amistad, pequeños gestos y delicadezas a lo largo del día, para que el otro, los otros, se sientan a gusto y queridos.
Porque, si uno se siente querido es capaz de madurar, mejorar, y lograr su mejor personalidad. Y darse generosamente. Por eso es muy necesario demostrar el afecto, el cariño, y es una forma de que el otro sienta su grandeza como persona, y pueda volar bien alto, con sueños de eternidad…
Y sólo queriendo de forma incondicional, tal como es la otra persona, sin pretender que sea perfecta, o a “nuestro modo”, le ayudamos a ser ella misma. Y, partiendo de sus talentos y cualidades, podrá mejorar.
Uno es dichoso en la medida en que se preocupa de los demás con un amor auténtico, de calidad. Por eso cuidar los detalles: son los que “hacen” ambiente de familia, lo que transforma una vivienda fría en un verdadero hogar, alegre, donde se está muy a gusto, y se tienen ganas de volver.
Que seamos sembradores de paz y optimismo donde nos encontremos. Que nadie se vaya de nuestra presencia sin notar esa sonrisa abierta, que nace del corazón, ese cariño atento a lo concreto. El “calor” que producen esos pequeñas atenciones hace que esas personas se sientan valoradas y desplieguen su maravilloso potencial.
Por tanto, pensar cada día qué gestos y detalles concretos vamos a tener con quienes convivimos. De esta forma, con esas pequeñas acciones, día a día, vamos haciendo hábitos y virtudes de generosidad, empatía, servicio…, construyendo relaciones entrañables donde es más agradable estar, y más fácil luchar por dar lo mejor de cada uno.

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