Acompañamiento espiritual
Como un bordón en el camino
No siempre perdemos el norte cuando todo va mal.
A veces lo perdemos cuando todo parece ir bien.
Avanzamos. La agenda funciona. Las prioridades están ordenadas. Cumplimos objetivos. Entregamos resultados.
La imagen encaja.
Y, sin embargo, algo dentro no descansa.
Deberíamos estar satisfechos. Pero estamos inquietos.
Esa inquietud nos desconcierta porque llega justo cuando todo parece encajar.
Algo nos interroga por dentro: ¿por qué el éxito no nos da paz?
¿Y si no fuera realmente éxito?
El éxito en el error es el peor de los fracasos.
No es falta de interés. Tampoco falta de rectitud.
Corremos mucho, pero hemos perdido la orientación.
Nuestra brújula interior emite señales de alarma.
¿Por qué esos ruidos interiores cuando todo encaja por fuera?
¿Por qué la necesidad constante de aprobación?
¿Por qué la insatisfacción inmediata después del logro?
Los aplausos no alimentan el alma.
Son voraces.
Dejan frío.
Falta el para qué.
El hilo de la aguja.
El sentido que ordena.
Avanzamos mucho, pero estamos aturdidos.
Y cada vez más lejos de nosotros mismos.
Ni el dinero ni el triunfo logran la plenitud que anhelamos.

La cultura del rendimiento nos ha enseñado a correr.
A optimizar.
A producir.
Pero casi nadie nos ha enseñado a discernir.
Discernir no es dudar sin rumbo.
Es preguntarnos con honestidad hacia dónde apuntamos realmente.
Es distinguir qué guía nuestras decisiones cuando nadie nos está mirando.
En esta tarea nadie puede sustituirnos.
Pueden acompañarnos, orientarnos, ayudarnos a leer la realidad.
Pero el timón del barco lo llevamos nosotros.
El acompañamiento no invade nuestra libertad y nunca elimina la responsabilidad personal ante Dios y ante la propia conciencia.
Dios quiere amigos, no súbditos.
Nos quiere libres.
Libérrimos y diversos.
El acompañamiento espiritual, bien entendido, nos ayuda
- a relativizar lo accesorio,
- a ordenar los afectos,
- a ensanchar la libertad interior para seguir las mociones del Espíritu Santo,
- a tomar distancia de nuestro propio “cuadro personal”,
- a distinguir entre buena intención y rectitud de intención, que no siempre coinciden. Nuestro potencial —nuestra santidad— no es propiedad privada.
Es un sueño de Dios concretado en cada uno de nosotros.
Es misión. “Para servir, servir”. Se nos ha dado esa misión para sostener, construir y mejorar el entorno.
Cuando el talento se encierra en el yo, se deteriora.
Cuando se entrega, se ordena. La pregunta honesta es esta:
¿Nuestro crecimiento hace el aire más respirable a nuestro alrededor?
– En la familia.
– En el trabajo.
– En la comunidad.
– En la sociedad que habitamos. Pero una brújula desorientada no se corrige sola.
No señala el norte por intuición. “Ni ojo vio ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le aman”. dice San Pablo (1Corintios 2-9)
El cielo no es evasión.
Es destino.
Es el sentido último de nuestra vida. Y casi nunca se alcanza en solitario. La fe nunca fue individualismo.
Siempre fue camino acompañado.Pedro negó.
Se quebró.
Se desorientó.
No sabía quién era después del error.Jesús no lo descartó.
No le ofreció un manual de autoayuda.
Le había hecho , con anterioridad, una pregunta decisiva: “¿Me amas?”
Y luego solo le miró.
El amor volvió a ser el norte.
Ahí comienza el verdadero acompañamiento espiritual:
alguien que camina con nosotros,
alguien que relee nuestra historia a la luz del Amor más grande,
el que da la vida por sus amigos.
Aceptar acompañamiento no es debilidad.
Es humildad inteligente.
Es reconocer que el norte no lo inventamos nosotros.
Pero no basta con ser acompañados.
Tenemos que cargar con nosotros mismos.
La Cuaresma es tiempo de reorientación.
Cuarenta días para recolocar lo esencial en el centro.
Para revisar qué ocupa realmente el primer lugar.
El acompañamiento espiritual nos ayuda, con plena libertad,
a crecer en el conocimiento de nosotros mismos
y a avanzar en la identificación con Cristo.
A traducir la fe en decisiones concretas.
A renovar fuerzas.
A servir mejor.
El crecimiento espiritual auténtico siempre desemboca en misión.
No vamos al cielo solos.
Esta Cuaresma no volverá.
Es una ocasión concreta para buscar un acompañamiento real,
definir un objetivo espiritual medible,
vincular cada talento a una forma concreta de servicio
y revisar si servimos… o si solo buscamos aprobación.
El norte no se improvisa.
Se ratifica cada día.
Se consolida en la coherencia.
Dios no nos quiere impecables.
No necesita nuestros éxitos.
Quiere un corazón disponible.
Busca fecundidad, no exhibición.
Nos levanta para enviarnos.
El acompañamiento inicia la reconstrucción.
La gracia la sostiene.
Nuestras decisiones la consolidan.
El servicio la expande.
Cuando el potencial se convierte en misión, el aire cambia.
La familia respira.
El trabajo se humaniza.
La sociedad se oxigena.
Y entonces sí.
Levantamos el vuelo.
No más alto que otros.
Más libres.
Hoy vuelve la pregunta decisiva:
¿Lo que hacemos hoy nos lleva a donde queremos estar mañana?
El héroe no deja de mirar el destino. Tiene claro “el porqué y el para qué”
Hoy es siempre un buen momento.
¡Buen camino!
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