La monja que no temió a los fusiles: El último acto de amor de «Aguchita» en la selva peruana
En medio del terror de los años 90, una mujer de 70 años decidió que un vaso de agua y una sonrisa eran más fuertes que el odio. Esta es la historia de la primera beata mártir del Perú
A principios de la década de los 90, la localidad de La Florida, en la selva central del Perú, no era el paraíso verde que uno imaginaría. Era un «pueblo cementerio». El silencio no era de paz, sino de miedo. Sendero Luminoso dominaba las sombras, reclutando niños y sembrando cadáveres en las plazas. En ese escenario de pesadilla, donde hasta el más valiente huía, un grupo de mujeres decidió quedarse. Entre ellas estaba la hermana Agustina Rivas, conocida por todos como Aguchita.
Una vida de servicio entre tofis y balas
Aguchita no era una estratega militar ni una líder política. Era una religiosa de las Hermanas del Buen Pastor que, a sus 68 años, cumplió el sueño de su vida: ser misionera en la selva. Su «arma» contra la violencia era la cotidianidad. Mientras el terrorismo intentaba dividir al pueblo, ella unía a las mujeres enseñándoles repostería y cuidando a los niños.
“Ella no negaba un vaso de agua ni alimentos a nadie”, recuerdan los pobladores. Para Aguchita, no había bandos; solo había hijos de Dios. Incluso cuando la violencia llamaba a la puerta, ella respondía con caramelos de café y pan recién horneado.
El 27 de septiembre: El sacrificio final
La tragedia ocurrió una tarde de 1990. Aguchita estaba enseñando a un grupo de niñas a preparar tofis cuando una columna terrorista irrumpió en el pueblo. Con una serenidad sobrehumana, la hermana intentó incluso invitar a una de las jóvenes atacantes a dejar las armas y aprender a cocinar con ellas: «No seas así, hijita… mejor aprende a hacer esto, ven con nosotros».
La respuesta fueron insultos y una orden de ejecución. Aguchita fue llevada a la plaza principal junto a otros cinco líderes locales. Fue la última en morir. Una pared en La Florida aún conserva los agujeros de los proyectiles, mudos testigos de una bala que atravesó su cerebro pero no pudo extinguir su legado.
Más que una mártir, un faro de esperanza
Hoy, la tumba de Aguchita es un lugar de peregrinación. En 2021 fue beatificada, convirtiéndose en un símbolo de resistencia pacífica. Pero su impacto no es solo religioso. Su muerte se convirtió en una «semilla de esperanza» que ha multiplicado la labor social en la zona.
Las Hermanas del Buen Pastor continúan su trabajo en comunidades nativas como Alto Yurinaki, empoderando a mujeres con talleres y educación. Como dicen quienes la conocieron: «El amor fue más fuerte que el terror». Aguchita demostró que, aunque las rosas del mal intenten cubrirlo todo, las «rosas del bien» —como ella llamaba a sus actos de caridad— siempre terminan floreciendo entre las grietas de la historia.
¿Sabías que…? Junto a su memorial se recuerdan también a los laicos que murieron con ella, como las hermanas Efigenia y Jesús Marín, quienes murieron abrazadas por un mismo disparo, recordándonos que en la selva peruana, la fe y la solidaridad fueron la única luz en la oscuridad del terrorismo.

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