{"id":77577,"date":"2023-06-05T14:24:53","date_gmt":"2023-06-05T12:24:53","guid":{"rendered":"https:\/\/exaudi.org\/?p=77577"},"modified":"2023-06-05T14:24:53","modified_gmt":"2023-06-05T12:24:53","slug":"gaudium-et-spes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/exaudi.org\/es\/gaudium-et-spes\/","title":{"rendered":"Gaudium et Spes"},"content":{"rendered":"<p><i><b>Uni\u00f3n \u00edntima de la Iglesia con la familia humana universal<\/b><\/i><\/p>\n<p>1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los disc\u00edpulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su coraz\u00f3n. La comunidad cristiana est\u00e1 integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Esp\u00edritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvaci\u00f3n para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente \u00edntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia.<\/p>\n<p><i><b>Destinatarios de la palabra conciliar<\/b><\/i><\/p>\n<p>2. Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no s\u00f3lo a los hijos de la Iglesia cat\u00f3lica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos c\u00f3mo entiende la presencia y la acci\u00f3n de la Iglesia en el mundo actual.<\/p>\n<p>Tiene pues, ante s\u00ed la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que \u00e9sta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme seg\u00fan el prop\u00f3sito divino y llegue a su consumaci\u00f3n.<\/p>\n<p><b><i>Al servicio del hombre<\/i><\/b><\/p>\n<p>3. En nuestros d\u00edas, el g\u00e9nero humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evoluci\u00f3n presente del mundo, sobre el puesto y la misi\u00f3n del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino \u00faltimo de las cosas y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas, aclar\u00e1rselos a la luz del Evangelio y poner a disposici\u00f3n del g\u00e9nero humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Esp\u00edritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, coraz\u00f3n y conciencia, inteligencia y voluntad, quien ser\u00e1 el objeto central de las explicaciones que van a seguir.<\/p>\n<p>Al proclamar el Concilio la alt\u00edsima vocaci\u00f3n del hombre y la divina semilla que en \u00e9ste se oculta, ofrece al g\u00e9nero humano la sincera colaboraci\u00f3n de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocaci\u00f3n. No impulsa a la Iglesia ambici\u00f3n terrena alguna. S\u00f3lo desea una cosa: continuar, bajo la gu\u00eda del Esp\u00edritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido.<\/p>\n<p><b>EXPOSICI\u00d3N PRELIMINAR<\/b><\/p>\n<p><b>SITUACI\u00d3N DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY<\/b><\/p>\n<p><b><i>Esperanzas y temores<\/i><\/b><\/p>\n<p>4. Para cumplir esta misi\u00f3n es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la \u00e9poca e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomod\u00e1ndose a cada generaci\u00f3n, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relaci\u00f3n de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dram\u00e1tico que con frecuencia le caracteriza. He aqu\u00ed algunos rasgos fundamentales del mundo moderno.<\/p>\n<p>El g\u00e9nero humano se halla en un per\u00edodo nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades y los hombres con quienes convive. Tan es as\u00ed esto, que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda tambi\u00e9n en la vida religiosa.<\/p>\n<p>Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformaci\u00f3n trae consigo no leves dificultades. As\u00ed mientras el hombre ampl\u00eda extraordinariamente su poder, no siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente m\u00e1s incierto que nunca de s\u00ed mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda sobre la orientaci\u00f3n que a \u00e9sta se debe dar.<\/p>\n<p>Jam\u00e1s el g\u00e9nero humano tuvo a su disposici\u00f3n tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder econ\u00f3mico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicol\u00f3gica. Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin embargo, grav\u00edsimamente dividido por la presencia de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todav\u00eda agudas tensiones pol\u00edticas, sociales, econ\u00f3micas, raciales e ideol\u00f3gicas, y ni siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la comunicaci\u00f3n de las ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos m\u00e1s fundamentales revisten sentidos harto diversos en las distintas ideolog\u00edas. Por \u00faltimo, se busca con insistencia un orden temporal m\u00e1s perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento de los esp\u00edritus.<\/p>\n<p>Afectados por tan compleja situaci\u00f3n, muchos de nuestros contempor\u00e1neos dif\u00edcilmente llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evoluci\u00f3n del mundo. El curso de la historia presente en un desaf\u00edo al hombre que le obliga a responder.<\/p>\n<p><i><b>Cambios profundos<\/b><\/i><\/p>\n<p>5. La turbaci\u00f3n actual de los esp\u00edritus y la transformaci\u00f3n de las condiciones de vida est\u00e1n vinculadas a una revoluci\u00f3n global m\u00e1s amplia, que da creciente importancia, en la formaci\u00f3n del pensamiento, a las ciencias matem\u00e1ticas y naturales y a las que tratan del propio hombre; y, en el orden pr\u00e1ctico, a la t\u00e9cnica y a las ciencias de ella derivadas. El esp\u00edritu cient\u00edfico modifica profundamente el ambiente cultural y las maneras de pensar. La t\u00e9cnica con sus avances est\u00e1 transformando la faz de la tierra e intenta ya la conquista de los espacios interplanetarios.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia humana, ya en cuanto al pasado, por el conocimiento de la historia; ya en cuanto al futuro, por la t\u00e9cnica prospectiva y la planificaci\u00f3n. Los progresos de las ciencias biol\u00f3gicas, psicol\u00f3gicas y sociales permiten al hombre no s\u00f3lo conocerse mejor, sino aun influir directamente sobre la vida de las sociedades por medio de m\u00e9todos t\u00e9cnicos. Al mismo tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atenci\u00f3n a la previsi\u00f3n y ordenaci\u00f3n de la expansi\u00f3n demogr\u00e1fica.<\/p>\n<p>La propia historia est\u00e1 sometida a un proceso tal de aceleraci\u00f3n, que apenas es posible al hombre seguirla. El g\u00e9nero humano corre una misma suerte y no se diversifica ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa as\u00ed de una concepci\u00f3n m\u00e1s bien est\u00e1tica de la realidad a otra m\u00e1s din\u00e1mica y evolutiva, de donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos an\u00e1lisis y nuevas s\u00edntesis.<\/p>\n<p><i><b>Cambios en el orden social<\/b><\/i><\/p>\n<p>6. Por todo ello, son cada d\u00eda m\u00e1s profundos los cambios que experimentan las comunidades locales tradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la tribu, la aldea, otros diferentes grupos, y las mismas relaciones de la convivencia social.<\/p>\n<p>El tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos pa\u00edses a una econom\u00eda de opulencia y transformando profundamente concepciones y condiciones milenarias de la vida social. La civilizaci\u00f3n urbana tiende a un predominio an\u00e1logo por el aumento de las ciudades y de su poblaci\u00f3n y por la tendencia a la urbanizaci\u00f3n, que se extiende a las zonas rurales.<\/p>\n<p>Nuevos y mejores medios de comunicaci\u00f3n social contribuyen al conocimiento de los hechos y a difundir con rapidez y expansi\u00f3n m\u00e1ximas los modos de pensar y de sentir, provocando con ello muchas repercusiones simult\u00e1neas.<\/p>\n<p>Y no debe subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar por varios motivos, cambien su manera de vida.<\/p>\n<p>De esta manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo tiempo la propia\u00a0<i>socializaci\u00f3n<\/i>\u00a0crea nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el adecuado proceso de maduraci\u00f3n de la persona y las relaciones aut\u00e9nticamente personales (<i>personalizaci\u00f3n<\/i>).<\/p>\n<p>Esta evoluci\u00f3n se manifiesta sobre todo en las naciones que se benefician ya de los progresos econ\u00f3micos y t\u00e9cnicos; pero tambi\u00e9n act\u00faa en los pueblos en v\u00edas de desarrollo, que aspiran a obtener para s\u00ed las ventajas de la industrializaci\u00f3n y de la urbanizaci\u00f3n. Estos \u00faltimos, sobre todo los que poseen tradiciones m\u00e1s antiguas, sienten tambi\u00e9n la tendencia a un ejercicio m\u00e1s perfecto y personal de la libertad.<\/p>\n<p><i><b>Cambios psicol\u00f3gicos, morales y religiosos<\/b><\/i><\/p>\n<p>7. El cambio de mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discusi\u00f3n las ideas recibidas. Esto se nota particularmente entre j\u00f3venes, cuya impaciencia e incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia funci\u00f3n en la vida social, desean participar r\u00e1pidamente en ella. Por lo cual no rara vez los padres y los educadores experimentan dificultades cada d\u00eda mayores en el cumplimiento de sus tareas.<\/p>\n<p>Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ah\u00ed una grave perturbaci\u00f3n en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de \u00e9ste.<\/p>\n<p>Las nuevas condiciones ejercen influjo tambi\u00e9n sobre la vida religiosa. Por una parte, el esp\u00edritu cr\u00edtico m\u00e1s agudizado la purifica de un concepto m\u00e1gico del mundo y de residuos supersticiosos y exige cada vez m\u00e1s una adhesi\u00f3n verdaderamente personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido m\u00e1s vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez m\u00e1s numerosas se alejan pr\u00e1cticamente de la religi\u00f3n. La negaci\u00f3n de Dios o de la religi\u00f3n no constituye, como en \u00e9pocas pasadas, un hecho ins\u00f3lito e individual; hoy d\u00eda, en efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso cient\u00edfico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negaci\u00f3n se encuentra expresada no s\u00f3lo en niveles filos\u00f3ficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el arte, la interpretaci\u00f3n de las ciencias humanas y de la historia y la misma legislaci\u00f3n civil. Es lo que explica la perturbaci\u00f3n de muchos.<\/p>\n<p><i><b>Los desequilibrios del mundo moderno<\/b><\/i><\/p>\n<p>8. Una tan r\u00e1pida mutaci\u00f3n, realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, y la misma conciencia agudizada de las antinomias existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios.<\/p>\n<p>Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligencia pr\u00e1ctica moderna y una forma de conocimiento te\u00f3rico que no llega a dominar y ordenar la suma de sus conocimientos en s\u00edntesis satisfactoria. Brota tambi\u00e9n el desequilibrio entre el af\u00e1n por la eficacia pr\u00e1ctica y las exigencias de la conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y a las exigencias de un pensamiento personal y de la misma contemplaci\u00f3n. Surge, finalmente, el desequilibrio entre la especializaci\u00f3n profesional y la visi\u00f3n general de las cosas.<\/p>\n<p>Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las condiciones demogr\u00e1ficas, econ\u00f3micas y sociales, ya a los conflictos que surgen entre las generaciones que se van sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre los dos sexos.<\/p>\n<p>Nacen tambi\u00e9n grandes discrepancias raciales y sociales de todo g\u00e9nero. Discrepancias entre los pa\u00edses ricos, los menos ricos y los pobres. Discrepancias, por \u00faltimo, entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiraci\u00f3n de los pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansi\u00f3n de la propia ideolog\u00eda o los ego\u00edsmos colectivos existentes en las naciones y en otras entidades sociales.<\/p>\n<p>Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y v\u00edctima.<\/p>\n<p><i><b>Aspiraciones m\u00e1s universales de la humanidad<\/b><\/i><\/p>\n<p>9. Entre tanto, se afianza la convicci\u00f3n de que el g\u00e9nero humano puede y debe no s\u00f3lo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde adem\u00e1s establecer un orden pol\u00edtico, econ\u00f3mico y social que est\u00e9 m\u00e1s al servicio del hombre y permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad.<\/p>\n<p>De aqu\u00ed las instantes reivindicaciones econ\u00f3micas de much\u00edsimos, que tienen viva conciencia de que la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia o a una no equitativa distribuci\u00f3n. Las naciones en v\u00eda de desarrollo, como son las independizadas recientemente, desean participar en los bienes de la civilizaci\u00f3n moderna, no s\u00f3lo en el plano pol\u00edtico, sino tambi\u00e9n en el orden econ\u00f3mico, y desempe\u00f1ar libremente su funci\u00f3n en el mundo. Sin embargo, est\u00e1 aumentando a diario la distancia que las separa de las naciones m\u00e1s ricas y la dependencia incluso econ\u00f3mica que respecto de \u00e9stas padecen. Los pueblos hambrientos interpelan a los pueblos opulentos.<\/p>\n<p>La mujer, all\u00ed donde todav\u00eda no lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre. Los trabajadores y los agricultores no s\u00f3lo quieren ganarse lo necesario para la vida, sino que quieren tambi\u00e9n desarrollar por medio del trabajo sus dotes personales y participar activamente en la ordenaci\u00f3n de la vida econ\u00f3mica, social, pol\u00edtica y cultural. Por primera vez en la historia, todos los pueblos est\u00e1n convencidos de que los beneficios de la cultura pueden y deben extenderse realmente a todas las naciones.<\/p>\n<p>Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiraci\u00f3n m\u00e1s profunda y m\u00e1s universal: las personas y los grupos sociales est\u00e1n sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se esfuerzan cada vez m\u00e1s por formar una comunidad universal.<\/p>\n<p>De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y d\u00e9bil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien que est\u00e1 en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que \u00e9l ha desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello se interroga a s\u00ed mismo.<\/p>\n<p><b><i>Los interrogantes m\u00e1s profundos del hombre<\/i><\/b><\/p>\n<p>10. En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno est\u00e1n conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus ra\u00edces en el coraz\u00f3n humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta m\u00faltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atra\u00eddo por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. M\u00e1s a\u00fan, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querr\u00eda llevar a cabo. Por ello siente en s\u00ed mismo la divisi\u00f3n, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son much\u00edsimos los que, tarados en su vida por el materialismo pr\u00e1ctico, no quieren saber nada de la clara percepci\u00f3n de este dram\u00e1tico estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberaci\u00f3n de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra saciar\u00e1 plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significaci\u00f3n propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evoluci\u00f3n del mundo, son cada d\u00eda m\u00e1s numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetraci\u00f3n las cuestiones m\u00e1s fundamentales: \u00bfQu\u00e9 es el hombre? \u00bfCu\u00e1l es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todav\u00eda? \u00bfQu\u00e9 valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? \u00bfQu\u00e9 puede dar el hombre a la sociedad? \u00bfQu\u00e9 puede esperar de ella? \u00bfQu\u00e9 hay despu\u00e9s de esta vida temporal?.<\/p>\n<p>Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Esp\u00edritu Santo a fin de que pueda responder a su m\u00e1xima vocaci\u00f3n y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Se\u00f1or y Maestro. Afirma adem\u00e1s la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su \u00faltimo fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primog\u00e9nito de toda la creaci\u00f3n, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra \u00e9poca.<\/p>\n<p><b>PRIMERA PARTE<\/b><\/p>\n<p><b>LA IGLESIA Y LA VOCACI\u00d3N DEL HOMBRE<\/b><\/p>\n<p><i><b>Hay que responder a las mociones del Esp\u00edritu<\/b><\/i><\/p>\n<p>11. El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Esp\u00edritu del Se\u00f1or, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contempor\u00e1neos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocaci\u00f3n del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones plenamente humanas.<\/p>\n<p>El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan la m\u00e1xima consideraci\u00f3n y enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupci\u00f3n del coraz\u00f3n humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenaci\u00f3n. Por ello necesitan purificaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 piensa del hombre la Iglesia? \u00bfQu\u00e9 criterios fundamentales deben recomendarse para levantar el edificio de la sociedad actual? \u00bfQu\u00e9 sentido \u00faltimo tiene la acci\u00f3n humana en el universo? He aqu\u00ed las preguntas que aguardan respuesta. Esta har\u00e1 ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que aqu\u00e9l forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misi\u00f3n de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO I<\/b><\/p>\n<p><b>LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA<\/b><\/p>\n<p><i><b>El hombre, imagen de Dios<\/b><\/i><\/p>\n<p>12. Creyentes y no creyentes est\u00e1n generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en funci\u00f3n del hombre, centro y cima de todos ellos.<\/p>\n<p>Pero, \u00bfqu\u00e9 es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre s\u00ed mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exalt\u00e1ndose a s\u00ed mismo como regla absoluta o hundi\u00e9ndose hasta la desesperaci\u00f3n. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas dificultades, y, aleccionada por la Revelaci\u00f3n divina, puede darles la respuesta que perfile la verdadera situaci\u00f3n del hombre, d\u00e9 explicaci\u00f3n a sus enfermedades y permita conocer simult\u00e1neamente y con acierto la dignidad y la vocaci\u00f3n propias del hombre.<\/p>\n<p>La Biblia nos ense\u00f1a que el hombre ha sido creado \u00aba imagen de Dios\u00bb, con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido se\u00f1or de la entera creaci\u00f3n visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios. \u00bfQu\u00e9 es el hombre para que t\u00fa te acuerdes de \u00e9l? \u00bfO el hijo del hombre para que te cuides de \u00e9l? Apenas lo has hecho inferior a los \u00e1ngeles al coronarlo de gloria y esplendor. T\u00fa lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti debajo de sus pies (<i>Ps<\/i>\u00a08, 5-7).<\/p>\n<p>Pero Dios no cre\u00f3 al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (<i>Gen<\/i>\u00a0l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresi\u00f3n primera de la comuni\u00f3n de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su \u00edntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Dios, pues, nos dice tambi\u00e9n la Biblia,\u00a0<i>mir\u00f3 cuanto hab\u00eda hecho, y lo juzg\u00f3 muy bueno<\/i>\u00a0(<i>Gen<\/i>\u00a01,31).<\/p>\n<p><b><i>El pecado<\/i><\/b><\/p>\n<p>13. Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigaci\u00f3n del demonio, en el propio exordio de la historia, abus\u00f3 de su libertad, levant\u00e1ndose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su est\u00fapido coraz\u00f3n y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelaci\u00f3n divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su coraz\u00f3n, comprueba su inclinaci\u00f3n al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinaci\u00f3n a su fin \u00faltimo, y tambi\u00e9n toda su ordenaci\u00f3n tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los dem\u00e1s y con el resto de la creaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Es esto lo que explica la divisi\u00f3n \u00edntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dram\u00e1tica, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. M\u00e1s todav\u00eda, el hombre se nota incapaz de dome\u00f1ar con eficacia por s\u00ed solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Se\u00f1or vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renov\u00e1ndole interiormente y expulsando al pr\u00edncipe de este mundo (cf.\u00a0<i>Io<\/i>\u00a012,31), que le reten\u00eda en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidi\u00e9ndole lograr su propia plenitud.<\/p>\n<p>A la luz de esta Revelaci\u00f3n, la sublime vocaci\u00f3n y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simult\u00e1neamente su \u00faltima explicaci\u00f3n.<\/p>\n<p><b><i>Constituci\u00f3n del hombre<\/i><\/b><\/p>\n<p>14. En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condici\u00f3n corporal, es una s\u00edntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su m\u00e1s alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el \u00faltimo d\u00eda. Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebeli\u00f3n del cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como part\u00edcula de la naturaleza o como elemento an\u00f3nimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su coraz\u00f3n, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde \u00e9l personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en s\u00ed mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones f\u00edsicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad m\u00e1s profunda de la realidad.<\/p>\n<p><i><b>Dignidad de la inteligencia, verdad y sabidur\u00eda<\/b><\/i><\/p>\n<p>15. Tiene raz\u00f3n el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material. Con el ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad ha realizado grandes avances en las ciencias positivas, en el campo de la t\u00e9cnica y en la esfera de las artes liberales. Pero en nuestra \u00e9poca ha obtenido \u00e9xitos extraordinarios en la investigaci\u00f3n y en el dominio del mundo material. Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad m\u00e1s profunda. La inteligencia no se ci\u00f1e solamente a los fen\u00f3menos. Tiene capacidad para alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a consecuencia del pecado est\u00e9 parcialmente oscurecida y debilitada.<\/p>\n<p>Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse por medio de la sabidur\u00eda, la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la b\u00fasqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por ella, el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.<\/p>\n<p>Nuestra \u00e9poca, m\u00e1s que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabidur\u00eda para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no forman hombres m\u00e1s instruidos en esta sabidur\u00eda. Debe advertirse a este respecto que muchas naciones econ\u00f3micamente pobres, pero ricas en esta sabidur\u00eda, pueden ofrecer a las dem\u00e1s una extraordinaria aportaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Con el don del Esp\u00edritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio del plan divino.<\/p>\n<p><i><b>Dignidad de la conciencia moral<\/b><\/i><\/p>\n<p>16. En lo m\u00e1s profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que \u00e9l no se dicta a s\u00ed mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los o\u00eddos de su coraz\u00f3n, advirti\u00e9ndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su coraz\u00f3n, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual ser\u00e1 juzgado personalmente. La conciencia es el n\u00facleo m\u00e1s secreto y el sagrario del hombre, en el que \u00e9ste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto m\u00e1s \u00edntimo de aqu\u00e9lla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del pr\u00f3jimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los dem\u00e1s hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la p\u00e9rdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el h\u00e1bito del pecado.<\/p>\n<p><i><b>Grandeza de la libertad<\/b><\/i><\/p>\n<p>17. La orientaci\u00f3n del hombre hacia el bien s\u00f3lo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contempor\u00e1neos ensalzan con entusiasmo. Y con toda raz\u00f3n. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisi\u00f3n para que as\u00ed busque espont\u00e1neamente a su Creador y, adhiri\u00e9ndose libremente a \u00e9ste, alcance la plena y bienaventurada perfecci\u00f3n. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre act\u00fae seg\u00fan su conciencia y libre elecci\u00f3n, es decir, movido e inducido por convicci\u00f3n interna personal y no bajo la presi\u00f3n de un ciego impulso interior o de la mera coacci\u00f3n externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elecci\u00f3n del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la m\u00e1xima eficacia a esta ordenaci\u00f3n a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendr\u00e1 que dar cuanta de su vida ante el tribunal de Dios seg\u00fan la conducta buena o mala que haya observado.<\/p>\n<p><i><b>El misterio de la muerte<\/b><\/i><\/p>\n<p>18. El m\u00e1ximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disoluci\u00f3n progresiva del cuerpo. Pero su m\u00e1ximo tormento es el temor por la desaparici\u00f3n perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adi\u00f3s definitivo. La semilla de eternidad que en s\u00ed lleva, por se irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la t\u00e9cnica moderna, por muy \u00fatiles que sea, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la pr\u00f3rroga de la longevidad que hoy proporciona la biolog\u00eda no puede satisfacer ese deseo del m\u00e1s all\u00e1 que surge ineluctablemente del coraz\u00f3n humano.<\/p>\n<p>Mientras toda imaginaci\u00f3n fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelaci\u00f3n divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado m\u00e1s all\u00e1 de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana ense\u00f1a que la muerte corporal, que entr\u00f3 en la historia a consecuencia del pecado, ser\u00e1 vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvaci\u00f3n perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comuni\u00f3n de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liber\u00e1ndolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en s\u00f3lidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comuni\u00f3n con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, d\u00e1ndonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera.<\/p>\n<p><i><b>Formas y ra\u00edces del ate\u00edsmo<\/b><\/i><\/p>\n<p>19. La raz\u00f3n m\u00e1s alta de la dignidad humana consiste en la vocaci\u00f3n del hombre a la uni\u00f3n con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al di\u00e1logo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo cre\u00f3, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y s\u00f3lo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se conf\u00eda por entero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy d\u00eda se desentienden del todo de esta \u00edntima y vital uni\u00f3n con Dios o la niegan en forma expl\u00edcita. Es este ate\u00edsmo uno de los fen\u00f3menos m\u00e1s graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>La palabra \u00abate\u00edsmo\u00bb designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuesti\u00f3n teol\u00f3gica a un an\u00e1lisis metodol\u00f3gico tal, que reputa como in\u00fatil el propio planteamiento de la cuesti\u00f3n. Muchos, rebasando indebidamente los l\u00edmites sobre esta base puramente cient\u00edfica o, por el contrario, rechazan sin excepci\u00f3n toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa m\u00e1s, a lo que parece, la afirmaci\u00f3n del hombre que la negaci\u00f3n de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuesti\u00f3n de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religiosos. Adem\u00e1s, el ate\u00edsmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicaci\u00f3n indebida del car\u00e1cter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados pr\u00e1cticamente como suced\u00e1neos de Dios. La misma civilizaci\u00f3n actual, no en s\u00ed misma, pero s\u00ed por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios.<\/p>\n<p>Quienes voluntariamente pretenden apartar de su coraz\u00f3n a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, tambi\u00e9n los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ate\u00edsmo, considerado en su total integridad, no es un fen\u00f3meno originario, sino un fen\u00f3meno derivado de varias causas, entre las que se debe contar tambi\u00e9n la reacci\u00f3n cr\u00edtica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religi\u00f3n cristiana. Por lo cual, en esta g\u00e9nesis del ate\u00edsmo pueden tener parte no peque\u00f1a los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educaci\u00f3n religiosa, o con la exposici\u00f3n inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado m\u00e1s bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religi\u00f3n.<\/p>\n<p><b><i>El ate\u00edsmo sistem\u00e1tico<\/i><\/b><\/p>\n<p>20. Con frecuencia, el ate\u00edsmo moderno reviste tambi\u00e9n la forma sistem\u00e1tica, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el af\u00e1n de autonom\u00eda humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ate\u00edsmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de s\u00ed mismo, el \u00fanico art\u00edfice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, seg\u00fan ellos, con el reconocimiento del Se\u00f1or, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmaci\u00f3n de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso t\u00e9cnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.<\/p>\n<p>Entre las formas del ate\u00edsmo moderno debe mencionarse la que pone la liberaci\u00f3n del hombre principalmente en su liberaci\u00f3n econ\u00f3mica y social. Pretende este ate\u00edsmo que la religi\u00f3n, por su propia naturaleza, es un obst\u00e1culo para esta liberaci\u00f3n, porque, al orientar el esp\u00edritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartar\u00eda al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio pol\u00edtico del Estado, atacan violentamente a la religi\u00f3n, difundiendo el ate\u00edsmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presi\u00f3n que tiene a su alcance el poder p\u00fablico.<\/p>\n<p><i><b>Actitud de la Iglesia ante el ate\u00edsmo<\/b><\/i><\/p>\n<p>21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a la raz\u00f3n y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata grandeza.<\/p>\n<p>Quiere, sin embargo, conocer las causas de la negaci\u00f3n de Dios que se esconden en la mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados por el ate\u00edsmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los motivos del ate\u00edsmo deben ser objeto de serio y m\u00e1s profundo examen.<\/p>\n<p>La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfecci\u00f3n. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la uni\u00f3n con Dios y a la participaci\u00f3n de su felicidad. Ense\u00f1a adem\u00e1s la Iglesia que la esperanza escatol\u00f3gica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que m\u00e1s bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones grav\u00edsimas -es lo que hoy con frecuencia sucede-, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Todo hombre resulta para s\u00ed mismo un problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos m\u00e1s importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema s\u00f3lo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos m\u00e1s altos y a una b\u00fasqueda m\u00e1s humilde de la verdad.<\/p>\n<p>El remedio del ate\u00edsmo hay que buscarlo en la exposici\u00f3n adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovaci\u00f3n y purificaci\u00f3n propias bajo la gu\u00eda del Esp\u00edritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos m\u00e1rtires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impuls\u00e1ndolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmaci\u00f3n de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con esp\u00edritu un\u00e1nime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad.<\/p>\n<p>La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ate\u00edsmo, reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificaci\u00f3n de este mundo, en el que viven en com\u00fan. Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero di\u00e1logo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminaci\u00f3n entre creyentes y no creyentes que algunas autoridades pol\u00edticas, negando los derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para los creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo tambi\u00e9n un templo a Dios. E invita cort\u00e9smente a los ateos a que consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.<\/p>\n<p>La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje est\u00e1 de acuerdo con los deseos m\u00e1s profundos del coraz\u00f3n humano cuando reivindica la dignidad de la vocaci\u00f3n del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos m\u00e1s altos. Su mensaje, lejos de empeque\u00f1ecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano. Lo \u00fanico que puede llenar el coraz\u00f3n del hombre es aquello que \u00abnos hiciste, Se\u00f1or, para ti, y nuestro coraz\u00f3n est\u00e1 inquieto hasta que descanse en ti\u00bb.<\/p>\n<p><b><i>Cristo, el Hombre nuevo<\/i><\/b><\/p>\n<p>22. En realidad, el misterio del hombre s\u00f3lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Ad\u00e1n, el primer hombre, era figura del que hab\u00eda de venir, es decir, Cristo nuestro Se\u00f1or, Cristo, el nuevo Ad\u00e1n, en la misma revelaci\u00f3n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocaci\u00f3n. Nada extra\u00f1o, pues, que todas las verdades hasta aqu\u00ed expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.<\/p>\n<p>El que es\u00a0<i>imagen de Dios invisible<\/i>\u00a0(<i>Col<\/i>\u00a01,15) es tambi\u00e9n el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Ad\u00e1n la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En \u00e9l, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada tambi\u00e9n en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnaci\u00f3n se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabaj\u00f3 con manos de hombre, pens\u00f3 con inteligencia de hombre, obr\u00f3 con voluntad de hombre, am\u00f3 con coraz\u00f3n de hombre. Nacido de la Virgen Mar\u00eda, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.<\/p>\n<p>Cordero inocente, con la entrega lib\u00e9rrima de su sangre nos mereci\u00f3 la vida. En El Dios nos reconcili\u00f3 consigo y con nosotros y nos liber\u00f3 de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Ap\u00f3stol: El Hijo de Dios\u00a0<i>me am\u00f3 y se entreg\u00f3 a s\u00ed mismo por m\u00ed<\/i>\u00a0(<i>Gal<\/i>\u00a02,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, adem\u00e1s abri\u00f3 el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.<\/p>\n<p>El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primog\u00e9nito entre muchos hermanos, recibe\u00a0<i>las primicias del Esp\u00edritu<\/i>\u00a0(<i>Rom<\/i>\u00a08,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Esp\u00edritu, que es\u00a0<i>prenda de la herencia<\/i>\u00a0(<i>Eph<\/i>\u00a01,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue\u00a0<i>la redenci\u00f3n del cuerpo<\/i>\u00a0(<i>Rom<\/i>\u00a08,23). Si el Esp\u00edritu de Aquel que resucit\u00f3 a Jes\u00fas de entre los muertos habita en vosotros, el que resucit\u00f3 a Cristo Jes\u00fas de entre los muertos dar\u00e1 tambi\u00e9n vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Esp\u00edritu que habita en vosotros (<i>Rom<\/i>\u00a08,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegar\u00e1, corroborado por la esperanza, a la resurrecci\u00f3n.<\/p>\n<p>Esto vale no solamente para los cristianos, sino tambi\u00e9n para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo coraz\u00f3n obra la gracia de modo invisible. Cristo muri\u00f3 por todos, y la vocaci\u00f3n suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Esp\u00edritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de s\u00f3lo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.<\/p>\n<p>Este es el gran misterio del hombre que la Revelaci\u00f3n cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucit\u00f3; con su muerte destruy\u00f3 la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Esp\u00edritu:\u00a0<i>Abba!,\u00a1Padre!<\/i><\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO II<\/b><\/p>\n<p><b>LA COMUNIDAD HUMANA<\/b><\/p>\n<p><i><b>Prop\u00f3sito del Concilio<\/b><\/i><\/p>\n<p>23. Entre los principales aspectos del mundo actual hay que se\u00f1alar la multiplicaci\u00f3n de las relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera a este desarrollo el moderno progreso t\u00e9cnico. Sin embargo, la perfecci\u00f3n del coloquio fraterno no est\u00e1 en ese progreso, sino m\u00e1s hondamente en la comunidad que entre las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto de su plena dignidad espiritual. La Revelaci\u00f3n cristiana presta gran ayuda para fomentar esta comuni\u00f3n interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una m\u00e1s profunda comprensi\u00f3n de las leyes que regulan la vida social, y que el Creador grab\u00f3 en la naturaleza espiritual y moral del hombre.<\/p>\n<p>Como el Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha expuesto ampliamente la doctrina cristiana sobre la sociedad humana, el Concilio se limita a recordar tan s\u00f3lo algunas verdades fundamentales y exponer sus fundamentos a la luz de la Revelaci\u00f3n. A continuaci\u00f3n subraya ciertas consecuencias que de aqu\u00e9llas fluyen, y que tienen extraordinaria importancia en nuestros d\u00edas.<\/p>\n<p><b><i>\u00cdndole comunitaria de la vocaci\u00f3n humana seg\u00fan el plan de Dios<\/i><\/b><\/p>\n<p>24. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre s\u00ed con esp\u00edritu de hermanos. Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el linaje humano y para poblar toda la haz de la tierra (<i>Act<\/i>\u00a017,26), y todos son llamados a un solo e id\u00e9ntico fin, esto es, Dios mismo.<\/p>\n<p>Por lo cual, el amor de Dios y del pr\u00f3jimo es el primero y el mayor mandamiento. La Sagrada Escritura nos ense\u00f1a que el amor de Dios no puede separarse del amor del pr\u00f3jimo: &#8230;\u00a0<i>cualquier otro precepto en esta sentencia se resume : Amar\u00e1s al pr\u00f3jimo como a ti mismo &#8230; El amor es el cumplimiento de la ley\u00a0<\/i>(<i>Rom<\/i>\u00a013,9-10; cf.\u00a0<i>1 Io<\/i>\u00a04,20). Esta doctrina posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificaci\u00f3n asimismo creciente del mundo.<\/p>\n<p>M\u00e1s a\u00fan, el Se\u00f1or, cuando ruega al Padre que\u00a0<i>todos sean uno, como nosotros tambi\u00e9n somos uno<\/i>\u00a0(<i>Io<\/i>\u00a017,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la raz\u00f3n humana, sugiere una cierta semejanza entre la uni\u00f3n de las personas divinas y la uni\u00f3n de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, \u00fanica criatura terrestre a la que Dios ha amado por s\u00ed mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de s\u00ed mismo a los dem\u00e1s.<\/p>\n<p><i><b>Interdependencia entre la persona humana y la sociedad<\/b><\/i><\/p>\n<p>25. La \u00edndole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad est\u00e1n mutuamente condicionados. porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a trav\u00e9s del trato con los dem\u00e1s, de la reciprocidad de servicios, del di\u00e1logo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocaci\u00f3n.<\/p>\n<p>De los v\u00ednculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos, como la familia y la comunidad pol\u00edtica, responden m\u00e1s inmediatamente a su naturaleza profunda; otros, proceden m\u00e1s bien de su libre voluntad. En nuestra \u00e9poca, por varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias; de aqu\u00ed nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de derecho p\u00fablico como de derecho privado. Este fen\u00f3meno, que recibe el nombre de socializaci\u00f3n, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y para garantizar sus derechos.<\/p>\n<p>Mas si la persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su vocaci\u00f3n, incluida la religiosa, recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin embargo, negar que las circunstancias sociales en que vive y en que est\u00e1 como inmersa desde su infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal. Es cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad social proceden en parte de las tensiones propias de las estructuras econ\u00f3micas, pol\u00edticas y sociales. Pero proceden, sobre todo, de la soberbia y del ego\u00edsmo humanos, que trastornan tambi\u00e9n el ambiente social. Y cuando la realidad social se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal desde su nacimiento, encuentra nuevos est\u00edmulos para el pecado, los cuales s\u00f3lo pueden vencerse con denodado esfuerzo ayudado por la gracia.<\/p>\n<p><i><b>La promoci\u00f3n del bien com\u00fan<\/b><\/i><\/p>\n<p>26. La interdependencia, cada vez m\u00e1s estrecha, y su progresiva universalizaci\u00f3n hacen que el bien com\u00fan -esto es, el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro m\u00e1s pleno y m\u00e1s f\u00e1cil de la propia perfecci\u00f3n- se universalice cada vez m\u00e1s, e implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el g\u00e9nero humano. Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las leg\u00edtimas aspiraciones de los dem\u00e1s grupos; m\u00e1s a\u00fan, debe tener muy en cuenta el bien com\u00fan de toda la familia humana.<\/p>\n<p>Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo que \u00e9ste necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el vestido, la vivienda, el derecho a la libre elecci\u00f3n de estado ya fundar una familia, a la educaci\u00f3n, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada informaci\u00f3n, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la protecci\u00f3n de la vida privada y a la justa libertad tambi\u00e9n en materia religiosa.<\/p>\n<p>El orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. El propio Se\u00f1or lo advirti\u00f3 cuando dijo que el s\u00e1bado hab\u00eda sido hecho para el hombre, y no el hombre para el s\u00e1bado. El orden social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada d\u00eda m\u00e1s humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovaci\u00f3n de los esp\u00edritus y a profundas reformas de la sociedad.<\/p>\n<p>El Esp\u00edritu de Dios, que con admirable providencia gu\u00eda el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evoluci\u00f3n. Y, por su parte, el fermento evang\u00e9lico ha despertado y despierta en el coraz\u00f3n del hombre esta irrefrenable exigencia de la dignidad.<\/p>\n<p><i><b>El respeto a la persona humana<\/b><\/i><\/p>\n<p>27. Descendiendo a consecuencias pr\u00e1cticas de m\u00e1xima urgencia, el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma de cada uno, sin excepci\u00f3n de nadie, debe considerar al pr\u00f3jimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se despreocup\u00f3 por completo del pobre L\u00e1zaro.<\/p>\n<p>En nuestra \u00e9poca principalmente urge la obligaci\u00f3n de acercarnos a todos y de servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado de todos, o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o de ese desterrado, o de ese hijo ileg\u00edtimo que debe aguantar sin raz\u00f3n el pecado que \u00e9l no cometi\u00f3, o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la palabra del Se\u00f1or:\u00a0<i>Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mi me lo hicisteis<\/i>. (<i>Mt<\/i>\u00a025,40).<\/p>\n<p>No s\u00f3lo esto. Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o f\u00edsicas, los conatos sistem\u00e1ticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostituci\u00f3n, la trata de blancas y de j\u00f3venes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas pr\u00e1cticas y otras parecidas son en s\u00ed mismas infamantes, degradan la civilizaci\u00f3n humana, deshonran m\u00e1s a sus autores que a sus v\u00edctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador.<\/p>\n<p><b><i>Respeto y amor a los adversarios<\/i><\/b><\/p>\n<p>28. Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, pol\u00edtica e incluso religiosa, deben ser tambi\u00e9n objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto m\u00e1s humana y caritativa sea nuestra comprensi\u00f3n \u00edntima de su manera de sentir, mayor ser\u00e1 la facilidad para establecer con ellos el di\u00e1logo.<\/p>\n<p>Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. M\u00e1s a\u00fan, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando est\u00e1 desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa. Dios es el \u00fanico juez y escrutador del coraz\u00f3n humano. Por ello, nos proh\u00edbe juzgar la culpabilidad interna de los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>La doctrina de Cristo pide tambi\u00e9n que perdonemos las injurias. El precepto del amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley: \u00abHab\u00e9is o\u00eddo que se dijo: \u00abAmar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo y aborrecer\u00e1s a tu enemigo\u00bb. Pero yo os digo : \u00abAmad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad por lo que os persiguen y calumnian\u00bb\u00bb (<i>Mt<\/i>\u00a05,43-44).<\/p>\n<p><i><b>La igualdad esencial entre los hombres y la justicia social<\/b><\/i><\/p>\n<p>29. La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocaci\u00f3n y de id\u00e9ntico destino.<\/p>\n<p>Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad f\u00edsica y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminaci\u00f3n en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condici\u00f3n social, lengua o religi\u00f3n, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no est\u00e9n todav\u00eda protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educaci\u00f3n y a una cultura iguales a las que se conceden al hombre.<\/p>\n<p>M\u00e1s a\u00fan, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situaci\u00f3n social m\u00e1s humana y m\u00e1s justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades econ\u00f3micas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional.<\/p>\n<p>Las instituciones humanas, privadas o p\u00fablicas, esfu\u00e9rcense por ponerse al servicio de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energ\u00eda contra cualquier esclavitud social o pol\u00edtica y respeten, bajo cualquier r\u00e9gimen pol\u00edtico, los derechos fundamentales del hombre. M\u00e1s a\u00fan, estas instituciones deben ir respondiendo cada vez m\u00e1s a las realidades espirituales, que son las m\u00e1s profundas de todas, aunque es necesario todav\u00eda largo plazo de tiempo para llegar al final deseado.<\/p>\n<p><b><i>Hay que superar la \u00e9tica individualista<\/i><\/b><\/p>\n<p>30. La profunda y r\u00e1pida transformaci\u00f3n de la vida exige con suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupaci\u00f3n frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con una \u00e9tica meramente individualista. El deber de justicia y caridad se cumple cada vez m\u00e1s contribuyendo cada uno al bien com\u00fan seg\u00fan la propia capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, as\u00ed p\u00fablicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre. Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales. No s\u00f3lo esto; en varios pa\u00edses son muchos los que menosprecian las leyes y las normas sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad. Algunos subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las referentes a la higiene o las normas de la circulaci\u00f3n, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del pr\u00f3jimo.<\/p>\n<p>La aceptaci\u00f3n de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas por todos como uno de los principales deberes del hombre contempor\u00e1neo. Porque cuanto m\u00e1s se unifica el mundo, tanto m\u00e1s los deberes del hombre rebasan los l\u00edmites de los grupos particulares y se extiende poco a poco al universo entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en s\u00ed mismo y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.<\/p>\n<p><i><b>Responsabilidad y participaci\u00f3n<\/b><\/i><\/p>\n<p>31. Para que cada uno pueda cultivar con mayor cuidado el sentido de su responsabilidad tanto respecto a s\u00ed mismo como de los varios grupos sociales de los que es miembro, hay que procurar con suma diligencia una m\u00e1s amplia cultura espiritual, vali\u00e9ndose para ello de los extraordinarios medios de que el g\u00e9nero humano dispone hoy d\u00eda. Particularmente la educaci\u00f3n de los j\u00f3venes, sea el que sea el origen social de \u00e9stos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres y mujeres que no s\u00f3lo sean personas cultas, sino tambi\u00e9n de generoso coraz\u00f3n, de acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra \u00e9poca.<\/p>\n<p>Pero no puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia dignidad y respondan a su vocaci\u00f3n, entreg\u00e1ndose a Dios ya los dem\u00e1s. La libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por una vida demasiado f\u00e1cil, se encierra como en una dorada soledad. Por el contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre s\u00ed las multiformes exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive.<\/p>\n<p>Es necesario por ello estimular en todos la voluntad de participar en los esfuerzos comunes. Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida p\u00fablica. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la situaci\u00f3n real de cada pa\u00eds y el necesario vigor de la autoridad p\u00fablica. Para que todos los ciudadanos se sientan impulsados a participar en la vida de los diferentes grupos de integran el cuerpo social, es necesario que encuentren en dichos grupos valores que los atraigan y los dispongan a ponerse al servicio de los dem\u00e1s. Se puede pensar con toda raz\u00f3n que el porvenir de la humanidad est\u00e1 en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.<\/p>\n<p><i><b>El Verbo encarnado y la solidaridad humana<\/b><\/i><\/p>\n<p>32. Dios cre\u00f3 al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios \u00abha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexi\u00f3n alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente\u00bb. Desde el comienzo de la historia de la salvaci\u00f3n, Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino tambi\u00e9n a cuanto miembros de una determinada comunidad. A los que eligi\u00f3 Dios manifestando su prop\u00f3sito, denomin\u00f3\u00a0<i>pueblo suyo<\/i>\u00a0(<i>Ex<\/i>\u00a03,7-12), con el que adem\u00e1s estableci\u00f3 un pacto en el monte Sina\u00ed.<\/p>\n<p>Esta \u00edndole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. Asisti\u00f3 a las bodas de Can\u00e1, baj\u00f3 a la casa de Zaqueo, comi\u00f3 con publicanos y pecadores. Revel\u00f3 el amor del Padre y la excelsa vocaci\u00f3n del hombre evocando las relaciones m\u00e1s comunes de la vida social y sirvi\u00e9ndose del lenguaje y de las im\u00e1genes de la vida diaria corriente. Someti\u00e9ndose voluntariamente a las leyes de su patria, santific\u00f3 los v\u00ednculos humanos, sobre todo los de la familia, fuente de la vida social. Eligi\u00f3 la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra.<\/p>\n<p>En su predicaci\u00f3n mand\u00f3 claramente a los hijos de Dios que se trataran como hermanos. Pidi\u00f3 en su oraci\u00f3n que todos sus disc\u00edpulos fuesen uno. M\u00e1s todav\u00eda, se ofreci\u00f3 hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor amor que este de dar uno la vida por sus amigos (<i>Io<\/i>\u00a015,13). Y orden\u00f3 a los Ap\u00f3stoles predicar a todas las gentes la nueva ang\u00e9lica, para que la humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor.<\/p>\n<p>Primog\u00e9nito entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Esp\u00edritu, una nueva comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben despu\u00e9s de su muerte y resurrecci\u00f3n, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente seg\u00fan la variedad de dones que se les hayan conferido.<\/p>\n<p>Esta solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel d\u00eda en que llegue su consumaci\u00f3n y en que los hombres, salvador por la gracia, como familia amada de Dios y de Cristo hermano, dar\u00e1n a Dios gloria perfecta.<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO III:<\/b><\/p>\n<p><b>LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO<\/b><\/p>\n<p><i><b>Planteamiento del problema<\/b><\/i><\/p>\n<p>33. Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en perfeccionar su vida; pero en nuestros d\u00edas, gracias a la ciencia y la t\u00e9cnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, con ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y haciendo una \u00fanica comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran n\u00famero de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el g\u00e9nero humano, surgen entre los hombres muchas preguntas. \u00bfQu\u00e9 sentido y valor tiene esa actividad? \u00bfCu\u00e1l es el uso que hay que hacer de todas estas cosas? \u00bfA qu\u00e9 fin deben tender los esfuerzos de individuos y colectividades? La Iglesia, custodio del dep\u00f3sito de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuesti\u00f3n, desea unir la luz de la Revelaci\u00f3n al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por la humanidad.<\/p>\n<p><i><b>Valor de la actividad humana<\/b><\/i><\/p>\n<p>34. Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en s\u00ed mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibi\u00f3 el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a s\u00ed la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo.<\/p>\n<p>Esta ense\u00f1anza vale igualmente para los quehaceres m\u00e1s ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para s\u00ed y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con raz\u00f3n pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia.<\/p>\n<p>Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, est\u00e1n, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto m\u00e1s se acrecienta el poder del hombre, m\u00e1s amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificaci\u00f3n del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.<\/p>\n<p><i><b>Ordenaci\u00f3n de la actividad humana<\/b><\/i><\/p>\n<p>35. La actividad humana, as\u00ed como procede del hombre, as\u00ed tambi\u00e9n se ordena al hombre. Pues \u00e9ste con su acci\u00f3n no s\u00f3lo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a s\u00ed mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal superaci\u00f3n, rectamente entendida, es m\u00e1s importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale m\u00e1s por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr m\u00e1s justicia, mayor fraternidad y un m\u00e1s humano planteamiento en los problemas sociales, vale m\u00e1s que los progresos t\u00e9cnicos. Pues dichos progresos pueden ofrecer, como si dij\u00e9ramos, el material para la promoci\u00f3n humana, pero por s\u00ed solos no pueden llevarla a cabo.<\/p>\n<p>Por tanto, est\u00e1 es la norma de la actividad humana: que, de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al aut\u00e9ntico bien del g\u00e9nero humano y permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar \u00edntegramente su plena vocaci\u00f3n.<\/p>\n<p><i><b>La justa autonom\u00eda de la realidad terrena<\/b><\/i><\/p>\n<p>36. Muchos de nuestros contempor\u00e1neos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculaci\u00f3n entre la actividad humana y la religi\u00f3n, sufra trabas la autonom\u00eda del hombre, de la sociedad o de la ciencia.<\/p>\n<p>Si por autonom\u00eda de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente leg\u00edtima esta exigencia de autonom\u00eda. No es s\u00f3lo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que adem\u00e1s responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creaci\u00f3n, todas las cosas est\u00e1n dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodolog\u00eda particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigaci\u00f3n met\u00f3dica en todos los campos del saber, si est\u00e1 realizada de una forma aut\u00e9nticamente cient\u00edfica y conforme a las normas morales, nunca ser\u00e1 en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. M\u00e1s a\u00fan, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, est\u00e1 llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la leg\u00edtima autonom\u00eda de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias pol\u00e9micas, indujeron a muchos a establecer una oposici\u00f3n entre la ciencia y la fe.<\/p>\n<p>Pero si\u00a0<i>autonom\u00eda de lo temporal<\/i>\u00a0quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo dem\u00e1s, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religi\u00f3n, escucharon siempre la manifestaci\u00f3n de la voz de Dios en el lenguaje de la creaci\u00f3n. M\u00e1s a\u00fan, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida.<\/p>\n<p><b><i>Deformaci\u00f3n de la actividad humana por el pecado<\/i><\/b><\/p>\n<p>37. La Sagrada Escritura, con la que est\u00e1 de acuerdo la experiencia de los siglos, ense\u00f1a a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre tambi\u00e9n encierra, sin embargo, gran tentaci\u00f3n, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarqu\u00eda de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran m\u00e1s que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya \u00e1mbito de una aut\u00e9ntica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad est\u00e1 amenazando con destruir al propio g\u00e9nero humano.<\/p>\n<p>A trav\u00e9s de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los or\u00edgenes del mundo, durar\u00e1, como dice el Se\u00f1or, hasta el d\u00eda final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y s\u00f3lo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer o\u00edr la voz del Ap\u00f3stol cuando dice: No quer\u00e1is vivir conforme a este mundo (<i>Rom<\/i>\u00a012,2); es decir, conforme a aquel esp\u00edritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres.<\/p>\n<p>A la hora de saber c\u00f3mo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrecci\u00f3n de Cristo y encauzar por caminos de perfecci\u00f3n todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el ego\u00edsmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Esp\u00edritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. D\u00e1ndole gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de esp\u00edritu, entra de veras en posesi\u00f3n del mundo como quien nada tiene y es due\u00f1o de todo:\u00a0<i>Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios<\/i>\u00a0(<i>I Cor<\/i>\u00a03,22-23).<\/p>\n<p><b><i>Perfecci\u00f3n de la actividad humana en el misterio pascual<\/i><\/b><\/p>\n<p>38. El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne y habitando en la tierra, entr\u00f3 como hombre perfecto en la historia del mundo, asumi\u00e9ndola y recapitul\u00e1ndola en s\u00ed mismo. El es quien nos revela\u00a0<i>que Dios es amor<\/i>\u00a0(<i>1 Io<\/i>\u00a04,8), a la vez que nos ense\u00f1a que la ley fundamental de la perfecci\u00f3n humana, es el mandamiento nuevo del amor. As\u00ed, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas in\u00fatiles. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla \u00fanicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos ense\u00f1a con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia. Constituido Se\u00f1or por su resurrecci\u00f3n, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Esp\u00edritu en el coraz\u00f3n del hombre, no s\u00f3lo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo tambi\u00e9n con ese deseo aquellos generosos prop\u00f3sitos con los que la familia humana intenta hacer m\u00e1s llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin. Mas los dones del Esp\u00edritu Santo son diversos: si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana, a otros los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y as\u00ed preparen la materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera, para que, con la abnegaci\u00f3n propia y el empleo de todas las energ\u00edas terrenas en pro de la vida, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se convertir\u00e1n en oblaci\u00f3n acepta a Dios.<\/p>\n<p>El Se\u00f1or dej\u00f3 a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comuni\u00f3n fraterna y la degustaci\u00f3n del banquete celestial.<\/p>\n<p><i><b>Tierra nueva y cielo nuevo<\/b><\/i><\/p>\n<p>39. Ignoramos el tiempo en que se har\u00e1 la consumaci\u00f3n de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qu\u00e9 manera se transformar\u00e1 el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos ense\u00f1a que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el coraz\u00f3n humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitar\u00e1n en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupci\u00f3n, se revestir\u00e1 de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se ver\u00e1n libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios cre\u00f3 pensando en el hombre.<\/p>\n<p>Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a s\u00ed mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino m\u00e1s bien avivar, la preocupaci\u00f3n de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios.<\/p>\n<p>Pues los bienes de la dignidad humana, la uni\u00f3n fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, despu\u00e9s de haberlos propagado por la tierra en el Esp\u00edritu del Se\u00f1or y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: \u00abreino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz\u00bb. El reino est\u00e1 ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Se\u00f1or, se consumar\u00e1 su perfecci\u00f3n.<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO IV<\/b><\/p>\n<p><b>MISI\u00d3N DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPOR\u00c1NEO<\/b><\/p>\n<p><i><b>Relaci\u00f3n mutua entre la Iglesia y el mundo<\/b><\/i><\/p>\n<p>40. Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la comunidad humana, sobre el sentido profundo de la actividad del hombre, constituye el fundamento de la relaci\u00f3n entre la Iglesia y el mundo, y tambi\u00e9n la base para el mutuo di\u00e1logo. Por tanto, en este cap\u00edtulo, presupuesto todo lo que ya ha dicho el Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto de consideraci\u00f3n la misma Iglesia en cuanto que existe en este mundo y vive y act\u00faa con \u00e9l.<\/p>\n<p>Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Esp\u00edritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatol\u00f3gica y de salvaci\u00f3n, que s\u00f3lo en el mundo futuro podr\u00e1 alcanzar plenamente. Est\u00e1 presente ya aqu\u00ed en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocaci\u00f3n de formar en la propia historia del g\u00e9nero humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Se\u00f1or. Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y enriquecida por ellos, esta familia ha sido \u00abconstituida y organizada por Cristo como sociedad en este mundo\u00bb y est\u00e1 dotada de \u00ablos medios adecuados propios de una uni\u00f3n visible y social\u00bb. De esta forma, la Iglesia, \u00abentidad social visible y comunidad espiritual\u00bb, avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su raz\u00f3n de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios.<\/p>\n<p>Esta compenetraci\u00f3n de la ciudad terrena y de la ciudad eterna s\u00f3lo puede percibirse por la fe; m\u00e1s a\u00fan, es un misterio permanente de la historia humana que se ve perturbado por el pecado hasta la plena revelaci\u00f3n de la claridad de los hijos de Dios. Al buscar su propio fin de salvaci\u00f3n, la Iglesia no s\u00f3lo comunica la vida divina al hombre, sino que adem\u00e1s difunde sobre el universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significaci\u00f3n mucho m\u00e1s profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido m\u00e1s humano al hombre a su historia.<\/p>\n<p>La Iglesia cat\u00f3lica de buen grado estima mucho todo lo que en este orden han hecho y hacen las dem\u00e1s Iglesias cristianas o comunidades eclesi\u00e1sticas con su obra de colaboraci\u00f3n. Tiene asimismo la firme persuasi\u00f3n de que el mundo, a trav\u00e9s de las personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus cualidades y actividades, puede ayudarla mucho y de m\u00faltiples maneras en la preparaci\u00f3n del Evangelio. Exp\u00f3nense a continuaci\u00f3n algunos principios generales para promover acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en todo aquello que en cierta manera es com\u00fan a la Iglesia y al mundo.<\/p>\n<p><i><b>Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre<\/b><\/i><\/p>\n<p>41. El hombre contempor\u00e1neo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmaci\u00f3n crecientes de sus derechos. Como a la Iglesia se ha confiado la manifestaci\u00f3n del misterio de Dios, que es el fin \u00faltimo del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad m\u00e1s profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia que s\u00f3lo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones m\u00e1s profundas del coraz\u00f3n humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos. Sabe tambi\u00e9n que el hombre, atra\u00eddo sin cesar por el Esp\u00edritu de Dios, nunca jam\u00e1s ser\u00e1 del todo indiferente ante el problema religioso, como los prueban no s\u00f3lo la experiencia de los siglos pasados, sino tambi\u00e9n m\u00faltiples testimonios de nuestra \u00e9poca. Siempre desear\u00e1 el hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acci\u00f3n y de su muerte. La presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas; pero es s\u00f3lo Dios, quien cre\u00f3 al hombre a su imagen y lo redimi\u00f3 del pecado, el que puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelaci\u00f3n en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez m\u00e1s en su propia dignidad de hombre.<\/p>\n<p>Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del incesante cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan sin moderaci\u00f3n alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en \u00faltima instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisi\u00f3n; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos. Esto corresponde a la ley fundamental de la econom\u00eda cristiana. Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente, tambi\u00e9n Se\u00f1or de la historia humana y de la historia de la salvaci\u00f3n, sin embargo, en esta misma ordenaci\u00f3n divina, la justa autonom\u00eda de lo creado, y sobre todo del hombre, no se suprime, sino que m\u00e1s bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella consolidada.<\/p>\n<p>La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la \u00e9poca actual, que est\u00e1 promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del esp\u00edritu evang\u00e9lico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonom\u00eda. Acecha, en efecto, la tentaci\u00f3n de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino, la dignidad humano no se salva; por el contrario, perece.<\/p>\n<p><i><b>Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana<\/b><\/i><\/p>\n<p>42. La uni\u00f3n de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios.<\/p>\n<p>La misi\u00f3n propia que Cristo confi\u00f3 a su Iglesia no es de orden pol\u00edtico, econ\u00f3mico o social. El fin que le asign\u00f3 es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misi\u00f3n religiosa derivan funciones, luces y energ\u00edas que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana seg\u00fan la ley divina. M\u00e1s a\u00fan, donde sea necesario, seg\u00fan las circunstancias de tiempo y de lugar, la misi\u00f3n de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia u otras semejantes.<\/p>\n<p>La Iglesia reconoce, adem\u00e1s, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre todo la evoluci\u00f3n hacia la unidad, el proceso de una sana socializaci\u00f3n civil y econ\u00f3mica. La promoci\u00f3n de la unidad concuerda con la misi\u00f3n \u00edntima de la Iglesia, ya que ella es \u00aben Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la uni\u00f3n \u00edntima con Dios y de la unidad de todo el g\u00e9nero humano\u00bb. Ense\u00f1a as\u00ed al mundo que la genuina uni\u00f3n social exterior procede de la uni\u00f3n de los esp\u00edritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Esp\u00edritu Santo. Las energ\u00edas que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida pr\u00e1ctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con medios puramente humanos.<\/p>\n<p>Como, por otra parte, en virtud de su misi\u00f3n y naturaleza, no est\u00e1 ligada a ninguna forma particular de civilizaci\u00f3n humana ni a sistema alguno pol\u00edtico, econ\u00f3mico y social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un v\u00ednculo estrech\u00edsimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que \u00e9stas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir tal misi\u00f3n. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y tambi\u00e9n a todos los hombres, a que con este familiar esp\u00edritu de hijos de Dios superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las justas asociaciones humanas.<\/p>\n<p>El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de justo se encuentra en las variad\u00edsimas instituciones fundadas ya o que incesantemente se fundan en la humanidad. Declara, adem\u00e1s, que la Iglesia quiere ayudar y fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa y puede conciliarse con su misi\u00f3n propia. Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier r\u00e9gimen pol\u00edtico que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien com\u00fan.<\/p>\n<p><i><b>Ayuda que la Iglesia, a trav\u00e9s de sus hijos,<br \/>\nprocura prestar al dinamismo humano<\/b><\/i><\/p>\n<p>43. El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el esp\u00edritu evang\u00e9lico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aqu\u00ed ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un motivo que les obliga al m\u00e1s perfecto cumplimiento de todas ellas seg\u00fan la vocaci\u00f3n personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que \u00e9sta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los m\u00e1s graves errores de nuestra \u00e9poca. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprend\u00edan con vehemencia semejante esc\u00e1ndalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo personalmente conminaba graves penas contra \u00e9l. No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el pr\u00f3jimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvaci\u00f3n. Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerci\u00f3 el artesanado, al\u00e9grense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una s\u00edntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, cient\u00edfico o t\u00e9cnico, con los valores religiosos, bajo cuya alt\u00edsima jerarqu\u00eda todo coopera a la gloria de Dios.<\/p>\n<p>Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares. Cuando act\u00faan, individual o colectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos. Gustosos colaboren con quienes buscan id\u00e9nticos fines. Conscientes de las exigencias de la fe y vigorizados con sus energ\u00edas, acometan sin vacilar, cuando sea necesario, nuevas iniciativas y ll\u00e9venlas a buen t\u00e9rmino. A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientaci\u00f3n e impulso espiritual,. Pero no piensen que sus pastores est\u00e1n siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente soluci\u00f3n concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es \u00e9sta su misi\u00f3n. Cumplen m\u00e1s bien los laicos su propia funci\u00f3n con la luz de la sabidur\u00eda cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio.<\/p>\n<p>Muchas veces suceder\u00e1 que la propia concepci\u00f3n cristiana de la vida les inclinar\u00e1 en ciertos casos a elegir una determinada soluci\u00f3n. Pero podr\u00e1 suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intenci\u00f3n de ambas partes, muchos tienen f\u00e1cilmente a vincular su soluci\u00f3n con el mensaje evang\u00e9lico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le est\u00e1 permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un di\u00e1logo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien com\u00fan.<\/p>\n<p>Los laicos, que desempe\u00f1an parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente est\u00e1n obligados a cristianizar el mundo, sino que adem\u00e1s su vocaci\u00f3n se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana.<\/p>\n<p>Los Obispos, que han recibido la misi\u00f3n de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen, juntamente con sus sacerdotes, el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio. Recuerden todos los pastores, adem\u00e1s, que son ellos los que con su trato y su trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia, que es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje cristiano. Con su vida y con sus palabras, ayudados por los religiosos y por sus fieles, demuestren que la Iglesia, aun por su sola presencia, portadora de todos sus dones, es fuente inagotable de las virtudes de que tan necesitado anda el mundo de hoy. Capac\u00edtense con insistente af\u00e1n para participar en el di\u00e1logo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opini\u00f3n. Tengan sobre todo muy en el coraz\u00f3n las palabras del Concilio: \u00abComo el mundo entero tiende cada d\u00eda m\u00e1s a la unidad civil, econ\u00f3mica y social, conviene tanto m\u00e1s que los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la gu\u00eda de los Obispos y del Sumo Pont\u00edfice, eviten toda causa de dispersi\u00f3n, para que todo el g\u00e9nero humano venga a la unidad de la familia de Dios\u00bb.<\/p>\n<p>Aunque la Iglesia, pro la virtud del Esp\u00edritu Santo, se ha mantenido como esposa fiel de su Se\u00f1or y nunca ha cesado de ser signo de salvaci\u00f3n en el mundo, sabe, sin embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos sus miembros, cl\u00e9rigos o laicos, fieles al esp\u00edritu de Dios. Sabe tambi\u00e9n la Iglesia que a\u00fan hoy d\u00eda es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes est\u00e1 confiado el Evangelio. Dejando a un lado el juicio de la historia sobre estas deficiencias, debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y combatirlas con m\u00e1xima energ\u00eda para que no da\u00f1en a la difusi\u00f3n del Evangelio. De igual manera comprende la Iglesia cu\u00e1nto le queda a\u00fan por madurar, por su experiencia de siglos, en la relaci\u00f3n que debe mantener con el mundo. Dirigida por el Esp\u00edritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de \u00abexhortar a sus hijos a la purificaci\u00f3n y a la renovaci\u00f3n para que brille con mayor claridad la se\u00f1al de Cristo en el rostro de la Iglesia\u00bb.<\/p>\n<p><b><i>Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno<\/i><\/b><\/p>\n<p>44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evoluci\u00f3n hist\u00f3rica del g\u00e9nero humano.<\/p>\n<p>La experiencia del pasado, el progreso cient\u00edfico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer m\u00e1s a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan tambi\u00e9n a la Iglesia. Esta, desde el comienzo de su historia, aprendi\u00f3 a expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada pueblo y procur\u00f3 ilustrarlo adem\u00e1s con el saber filos\u00f3fico. Procedi\u00f3 as\u00ed a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptaci\u00f3n de la predicaci\u00f3n de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelizaci\u00f3n. Porque as\u00ed en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan r\u00e1pidamente y tanto var\u00edan los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la raz\u00f3n \u00edntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los te\u00f3logos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Esp\u00edritu Santo, las m\u00faltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma m\u00e1s adecuada.<\/p>\n<p>La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, se\u00f1al de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece tambi\u00e9n, con la evoluci\u00f3n de la vida social, no porque le falte en la constituci\u00f3n que Cristo le dio elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma constituci\u00f3n, para expresarla de forma m\u00e1s perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condici\u00f3n. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida econ\u00f3mico-social, de la vida pol\u00edtica, as\u00ed nacional como internacional, proporciona no peque\u00f1a ayuda, seg\u00fan el plan divino, tambi\u00e9n a la comunidad eclesial, ya que \u00e9sta depende asimismo de las realidades externas. M\u00e1s a\u00fan, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todav\u00eda de provecho la oposici\u00f3n y aun la persecuci\u00f3n de sus contrarios.<\/p>\n<p><b><i>Cristo, alfa y omega<\/i><\/b><\/p>\n<p>45. La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo m\u00faltiple ayuda, s\u00f3lo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvaci\u00f3n de toda la humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana al tiempo de su peregrinaci\u00f3n en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es \u00absacramento universal de salvaci\u00f3n\u00bb, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre.<\/p>\n<p>El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarn\u00f3 para que, Hombre perfecto, salvar\u00e1 a todos y recapitulara todas las cosas. El Se\u00f1or es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilizaci\u00f3n, centro de la humanidad, gozo del coraz\u00f3n humano y plenitud total de sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre resucit\u00f3, exalt\u00f3 y coloc\u00f3 a su derecha, constituy\u00e9ndolo juez de vivos y de muertos. Vivificados y reunidos en su Esp\u00edritu, caminamos como peregrinos hacia la consumaci\u00f3n de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: \u00abRestaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra\u00bb (<i>Eph<\/i>\u00a01,10).<\/p>\n<p>He aqu\u00ed que dice el Se\u00f1or: \u00abVengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno seg\u00fan sus obra. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el \u00faltimo, el principio y el fin\u00bb (<i>Apoc<\/i>\u00a022,12-13).<\/p>\n<p><b>SEGUNDA PARTE<\/b><\/p>\n<p><b>ALGUNOS PROBLEMAS M\u00c1S URGENTES<\/b><\/p>\n<p><b><i>Introducci\u00f3n<\/i><\/b><\/p>\n<p>46. Despu\u00e9s de haber expuesto la gran dignidad de la persona humana y la misi\u00f3n, tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo entero, el Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la atenci\u00f3n de todos sobre algunos problemas actuales m\u00e1s urgentes que afectan profundamente al g\u00e9nero humano.<\/p>\n<p>Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar principalmente las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana, la vida econ\u00f3mico-social y pol\u00edtica, la solidaridad de la familia de los pueblos y la paz. Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que brota de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en la b\u00fasqueda de soluci\u00f3n a tantos y tan complejos problemas.<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO I<\/b><\/p>\n<p><b>DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA<\/b><\/p>\n<p><i><b>El matrimonio y la familia en el mundo actual<\/b><\/i><\/p>\n<p>47. El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana est\u00e1 estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misi\u00f3n; de ellos esperan, adem\u00e1s, los mejores resultados y se afanan por promoverlos.<\/p>\n<p>Sin embargo, la dignidad de esta instituci\u00f3n no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que est\u00e1 oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es m\u00e1s, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el ego\u00edsmo, el hedonismo y los usos il\u00edcitos contra la generaci\u00f3n. Por otra parte, la actual situaci\u00f3n econ\u00f3mico, social-psicol\u00f3gica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia. En determinadas regiones del universo, finalmente, se observan con preocupaci\u00f3n los problemas nacidos del incremento demogr\u00e1fico. Todo lo cual suscita angustia en las conciencias. Y, sin embargo, un hecho muestra bien el vigor y la solidez de la instituci\u00f3n matrimonial y familiar: las profundas transformaciones de la sociedad contempor\u00e1nea, a pesar de las dificultades a que han dado origen, con much\u00edsima frecuencia manifiestan, de varios modos, la verdadera naturaleza de tal instituci\u00f3n.<\/p>\n<p>Por tanto el Concilio, con la exposici\u00f3n m\u00e1s clara de algunos puntos capitales de la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los cristianos y a todos los hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la intr\u00ednseca dignidad del estado matrimonial y su valor eximio.<\/p>\n<p><i><b>El car\u00e1cter sagrado del matrimonio y de la familia<\/b><\/i><\/p>\n<p>48. Fundada por el Creador y en posesi\u00f3n de sus propias leyes, la \u00edntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los c\u00f3nyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. As\u00ed, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una instituci\u00f3n confirmada por la ley divina. Este v\u00ednculo sagrado, en atenci\u00f3n al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisi\u00f3n humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuaci\u00f3n del g\u00e9nero humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su \u00edndole natural, la instituci\u00f3n del matrimonio y el amor conyugal est\u00e1n ordenados por s\u00ed mismos a la procreaci\u00f3n y a la educaci\u00f3n de la prole, con las que se ci\u00f1en como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (<i>Mt<\/i>\u00a019,6), con la uni\u00f3n \u00edntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez m\u00e1s plenamente. Esta \u00edntima uni\u00f3n, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.<\/p>\n<p>Cristo nuestro Se\u00f1or bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que est\u00e1 formado a semejanza de su uni\u00f3n con la Iglesia. Porque as\u00ed como Dios antiguamente se adelant\u00f3 a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, as\u00ed ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Adem\u00e1s, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo am\u00f3 a la Iglesia y se entreg\u00f3 por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acci\u00f3n salv\u00edfica de la Iglesia para conducir eficazmente a los c\u00f3nyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misi\u00f3n de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, est\u00e1n fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misi\u00f3n conyugal y familiar, imbuidos del esp\u00edritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez m\u00e1s a su propia perfecci\u00f3n y a su mutua santificaci\u00f3n, y , por tanto, conjuntamente, a la glorificaci\u00f3n de Dios.<\/p>\n<p>Gracias precisamente a los padres, que preceder\u00e1n con el ejemplo y la oraci\u00f3n en familia, los hijos y aun los dem\u00e1s que viven en el c\u00edrculo familiar encontrar\u00e1n m\u00e1s f\u00e1cilmente el camino del sentido humano, de la salvaci\u00f3n y de la santidad. En cuanto a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la funci\u00f3n de padre y de madre, realizar\u00e1n concienzudamente el deber de la educaci\u00f3n, principalmente religiosa, que a ellos, sobre todo, compete.<\/p>\n<p>Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificaci\u00f3n de los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la confianza corresponder\u00e1n a los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos, los asistir\u00e1n en las dificultades de la existencia y en la soledad, aceptada con fortaleza de \u00e1nimo, ser\u00e1 honrada por todos. La familia har\u00e1 part\u00edcipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. As\u00ed es como la familia cristiana, cuyo origen est\u00e1 en el matrimonio, que es imagen y participaci\u00f3n de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestar\u00e1 a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la aut\u00e9ntica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperaci\u00f3n amorosa de todos sus miembros.<\/p>\n<p><i><b>Del amor conyugal<\/b><\/i><\/p>\n<p>49. Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor \u00fanico. Muchos contempor\u00e1neos nuestros exaltan tambi\u00e9n el amor aut\u00e9ntico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras seg\u00fan las costumbres honestas de los pueblos y las \u00e9pocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del esp\u00edritu y de ennoblecerlas como elementos y se\u00f1ales espec\u00edficas de la amistad conyugal. El Se\u00f1or se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de s\u00ed mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; m\u00e1s a\u00fan, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinaci\u00f3n puramente er\u00f3tica, que, por ser cultivo del ego\u00edsmo, se desvanece r\u00e1pida y lamentablemente.<\/p>\n<p>Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acci\u00f3n propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen \u00edntima y castamente entre s\u00ed son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don rec\u00edproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de \u00e9l todo adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia tambi\u00e9n claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Se\u00f1or. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocaci\u00f3n cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivar\u00e1n la firmeza en el amor, la magnanimidad de coraz\u00f3n y el esp\u00edritu de sacrificio, pidi\u00e9ndolos asiduamente en la oraci\u00f3n.<\/p>\n<p>Se apreciar\u00e1 m\u00e1s hondamente el genuino amor conyugal y se formar\u00e1 una opini\u00f3n p\u00fablica sana acerca de \u00e9l si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armon\u00eda en el mutuo amor y en el cuidado por la educaci\u00f3n de sus hijos y si participan en la necesaria renovaci\u00f3n cultural, psicol\u00f3gica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los j\u00f3venes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, funci\u00f3n y ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. As\u00ed, educados en el culto de la castidad, podr\u00e1n pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio.<\/p>\n<p><i><b>Fecundidad del matrimonio<\/b><\/i><\/p>\n<p>50. El matrimonio y el amor conyugal est\u00e1n ordenados por su propia naturaleza a la procreaci\u00f3n y educaci\u00f3n de la prole. Los hijos son, sin duda, el don m\u00e1s excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres. El mismo Dios, que dijo: \u00abNo es bueno que el hombre est\u00e9 solo\u00bb (<i>Gen<\/i>\u00a02,18), y que \u00abdesde el principio &#8230; hizo al hombre var\u00f3n y mujer\u00bb (<i>Mt<\/i>\u00a019,4), queriendo comunicarle una participaci\u00f3n especial en su propia obra creadora, bendijo al var\u00f3n y a la mujer diciendo: \u00abCreced y multiplicaos\u00bb (<i>Gen<\/i>\u00a01,28). De aqu\u00ed que el cultivo aut\u00e9ntico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de \u00e9l deriva, sin dejar de lado los dem\u00e1s fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de esp\u00edritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia.<\/p>\n<p>En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misi\u00f3n, los c\u00f3nyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus int\u00e9rpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplir\u00e1n su misi\u00f3n y con d\u00f3cil reverencia hacia Dios se esforzar\u00e1n ambos, de com\u00fan acuerdo y com\u00fan esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todav\u00eda por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuanta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en \u00faltimo t\u00e9rmino, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina misma, d\u00f3ciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta aut\u00e9nticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a la perfecci\u00f3n genuinamente humana del mismo. As\u00ed, los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia cultivando el esp\u00edritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfecci\u00f3n en Cristo cuando con generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misi\u00f3n procreadora. Entre los c\u00f3nyuges que cumplen de este modo la misi\u00f3n que Dios les ha confiado, son dignos de menci\u00f3n muy especial los que de com\u00fan acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole m\u00e1s numerosa para educarla dignamente.<\/p>\n<p>Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreaci\u00f3n, sino que la propia naturaleza del v\u00ednculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole requieren que tambi\u00e9n el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste, progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la descendencia, tan deseada muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como intimidad y comuni\u00f3n total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.<\/p>\n<p><b><i>El amor conyugal debe compaginarse<br \/>\ncon el respeto a la vida humana<\/i><\/b><\/p>\n<p>51. El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el n\u00famero de hijos, al manos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la educaci\u00f3n de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan quedan en peligro.<\/p>\n<p>Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; m\u00e1s a\u00fan, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicci\u00f3n verdadera entre las leyes divinas de la transmisi\u00f3n obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.<\/p>\n<p>Pues Dios, Se\u00f1or de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misi\u00f3n de conservar la vida, misi\u00f3n que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepci\u00f3n ha de ser salvaguardada con el m\u00e1ximo cuidado; el aborto y el infanticidio son cr\u00edmenes abominables. La \u00edndole sexual del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados seg\u00fan la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisi\u00f3n de la vida, la \u00edndole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intenci\u00f3n y apreciaci\u00f3n de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen \u00edntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreaci\u00f3n, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es l\u00edcito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la regulaci\u00f3n de la natalidad.<\/p>\n<p>Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misi\u00f3n de transmitirla no se limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo nivel, sino que siempre mira el destino eterno de los hombres.<\/p>\n<p><i><b>El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos<\/b><\/i><\/p>\n<p>52. La familia es escuela del m\u00e1s rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misi\u00f3n se requieren un clima de ben\u00e9vola comunicaci\u00f3n y uni\u00f3n de prop\u00f3sitos entre los c\u00f3nyuges y una cuidadosa cooperaci\u00f3n de los padres en la educaci\u00f3n de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formaci\u00f3n de los hijos; pero tambi\u00e9n debe asegurarse el cuidado de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los ni\u00f1os menores, sin dejar por eso a un lado la leg\u00edtima promoci\u00f3n social de la mujer. La educaci\u00f3n de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocaci\u00f3n, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si \u00e9ste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y econ\u00f3micas adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los j\u00f3venes con prudentes consejos, que ellos deben o\u00edr con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacci\u00f3n directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada persona.<\/p>\n<p>As\u00ed, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabidur\u00eda y a armonizar los derechos de las personas con las dem\u00e1s exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de considerar obligaci\u00f3n suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad p\u00fablica y favorecer la prosperidad dom\u00e9stica. Hay que salvaguardar el derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos. Se debe proteger con legislaci\u00f3n adecuada y diversas instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos que desgraciadamente carecen del bien de una familia propia.<\/p>\n<p>Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia as\u00ed con el testimonio de la propia vida como con la acci\u00f3n concorde con los hombres de buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satisfar\u00e1n las necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiempos. Para obtener este fin ayudar\u00e1n mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta conciencia moral de los hombres y la sabidur\u00eda y competencia de las personas versadas en las ciencias sagradas.<\/p>\n<p>Los cient\u00edficos, principalmente los bi\u00f3logos, los m\u00e9dicos, los soci\u00f3logos y los psic\u00f3logos, pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si se esfuerzan por aclarar m\u00e1s a fondo, con estudios convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenaci\u00f3n de la procreaci\u00f3n humana.<\/p>\n<p>Pertenece a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia, fomentar la vocaci\u00f3n de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos medios pastorales, con la predicaci\u00f3n de la palabra de Dios, con el culto lit\u00fargico y otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en las dificultades y confortarlos en la caridad para que formen familias realmente espl\u00e9ndidas.<\/p>\n<p>Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondr\u00e1n todo el empe\u00f1o posible en instruir a los j\u00f3venes y a los c\u00f3nyuges mismos, principalmente a los reci\u00e9n casados, en la doctrina y en la acci\u00f3n y en formarlos para la vida familiar, social y apost\u00f3lica.<\/p>\n<p>Los propios c\u00f3nyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cari\u00f1o, modo de pensar id\u00e9ntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocaci\u00f3n por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Se\u00f1or con su muerte y resurrecci\u00f3n revel\u00f3 al mundo.<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO II<\/b><\/p>\n<p><b>EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL<\/b><\/p>\n<p><b><i>Introducci\u00f3n<\/i><\/b><\/p>\n<p>53. Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana, naturaleza y cultura se hallen unidas estrech\u00edsimamente.<\/p>\n<p>Con la palabra\u00a0<i>cultura<\/i>\u00a0se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace m\u00e1s humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a trav\u00e9s del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el g\u00e9nero humano.<\/p>\n<p>De aqu\u00ed se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto hist\u00f3rico y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido sociol\u00f3gico y etnol\u00f3gico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas. Estilos de vida com\u00fan diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen en la distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar la religi\u00f3n, de comportarse, de establecer leyes e instituciones jur\u00eddicas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. As\u00ed, las costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana. As\u00ed tambi\u00e9n es como se constituye un medio hist\u00f3rico determinado, en el cual se inserta el hombre de cada naci\u00f3n o tiempo y del que recibe los valores para promover la civilizaci\u00f3n humana.<\/p>\n<p><b>Secci\u00f3n I.- La situaci\u00f3n de la cultura en el mundo actual<\/b><\/p>\n<p><b><i>Nuevos estilos de vida<\/i><\/b><\/p>\n<p>54. Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto social y cultural han cambiado profundamente, tanto que se puede hablar con raz\u00f3n de una nueva \u00e9poca de la historia humana. Por ello, nuevos caminos se han abierto para perfeccionar la cultura y darle una mayor expansi\u00f3n. Caminos que han sido preparados por el ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas, incluidas las sociales; por el desarrollo de la t\u00e9cnica, y tambi\u00e9n por los avances en el uso y recta organizaci\u00f3n de los medios que ponen al hombre en comunicaci\u00f3n con los dem\u00e1s. De aqu\u00ed provienen ciertas notas caracter\u00edsticas de la cultura actual: Las ciencias exactas cultivan al m\u00e1ximo el juicio cr\u00edtico; los m\u00e1s recientes estudios de la psicolog\u00eda explican con mayor profundidad la actividad humana; las ciencias hist\u00f3ricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo el aspecto de su mutabilidad y evoluci\u00f3n; los h\u00e1bitos de vid ay las costumbres tienden a uniformarse m\u00e1s y m\u00e1s; la industrializaci\u00f3n, la urbanizaci\u00f3n y los dem\u00e1s agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura (cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada uno con creciente amplitud los tesoros de las diferentes formas de cultura, y as\u00ed poco a poco se va gestando una forma m\u00e1s universal de cultura, que tanto m\u00e1s promueve y expresa la unidad del g\u00e9nero humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades de las diversas culturas.<\/p>\n<p><b><i>El hombre, autor de la cultura<\/i><\/b><\/p>\n<p>55. Cada d\u00eda es mayor el n\u00famero de los hombres y mujeres, de todo grupo o naci\u00f3n, que tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la cultura de su comunidad. En todo el mundo crece m\u00e1s y m\u00e1s el sentido de la autonom\u00eda y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme importancia para la madurez espiritual y moral del g\u00e9nero humano. Esto se ve m\u00e1s claro si fijamos la mirada en la unificaci\u00f3n del mundo y en la tarea que se nos impone de edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera somos testigos de que est\u00e1 naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia.<\/p>\n<p><b><i>Dificultades y tareas actuales en este campo<\/i><\/b><\/p>\n<p>56. En esta situaci\u00f3n no hay que extra\u00f1arse de que el hombre, que siente su responsabilidad en orden al progreso de la cultura, alimente una m\u00e1s profunda esperanza, pero al mismo tiempo note con ansiedad las m\u00faltiples antinomias existentes, que \u00e9l mismo debe resolver:<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 debe hacerse para que la intensificaci\u00f3n de las relaciones entre las culturas, que deber\u00eda llevar a un verdadero y fructuoso di\u00e1logo entre los diferentes grupos y naciones, no perturbe la vida de las comunidades, no eche por tierra la sabidur\u00eda de los antepasados ni ponga en peligro el genio propio de los pueblos?<\/p>\n<p>\u00bfDe qu\u00e9 forma hay que favorecer el dinamismo y la expansi\u00f3n de la nueva cultura sin que perezca la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? Esto es especialmente urgente all\u00ed donde la cultura, nacida del enorme progreso de la ciencia y de la t\u00e9cnica se ha de compaginar con el cultivo del esp\u00edritu, que se alimenta, seg\u00fan diversas tradiciones, de los estudios cl\u00e1sicos.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo la tan r\u00e1pida y progresiva dispersi\u00f3n de las disciplinas cient\u00edficas puede armonizarse con la necesidad de formar su s\u00edntesis y de conservar en los hombres la facultades de la contemplaci\u00f3n y de la admiraci\u00f3n, que llevan a la sabidur\u00eda?<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 hay que hacer para que todos los hombres participen de los bienes culturales en el mundo, si al mismo tiempo la cultura de los especialistas se hace cada vez m\u00e1s inaccesible y compleja?<\/p>\n<p>\u00bfDe qu\u00e9 manera, finalmente, hay que reconocer como leg\u00edtima la autonom\u00eda que reclama para s\u00ed la cultura, sin llegar a un humanismo meramente terrestre o incluso contrario a la misma religi\u00f3n?<\/p>\n<p>En medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura humana, de tal manera que cultive equilibradamente a la persona humana \u00edntegra y ayude a los hombres en las tareas a cuyo cumplimiento todos, y de modo principal los cristianos, est\u00e1n llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.<\/p>\n<p><b>Secci\u00f3n 2.- Algunos principios para la sana promoci\u00f3n de la cultura<\/b><\/p>\n<p><b><i>La fe y la cultura<\/i><\/b><\/p>\n<p>57. Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba, lo cual en nada disminuye, antes por el contrario, aumenta, la importancia de la misi\u00f3n que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la edificaci\u00f3n de un mundo m\u00e1s humano. En realidad, el misterio de la fe cristiana ofrece a los cristianos valiosos est\u00edmulos y ayudas para cumplir con m\u00e1s intensidad su misi\u00f3n y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa actividad que sit\u00faa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera vocaci\u00f3n del hombre.<\/p>\n<p>El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los recursos t\u00e9cnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser morada digna de toda la familia humana y cuando conscientemente asume su parte en la vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios, manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y perfeccionar la creaci\u00f3n, y al mismo tiempo se perfecciona a s\u00ed mismo; m\u00e1s a\u00fan, obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los hermanos.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, el hombre, cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosof\u00eda, la historia, las matem\u00e1ticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes, puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los conceptos m\u00e1s altos de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor universal, y as\u00ed sea iluminada mejor por la maravillosa Sabidur\u00eda, que desde siempre estaba con Dios disponiendo todas las cosas con El, jugando en el orbe de la tierra y encontrando sus delicias en estar entre los hijos de los hombres.<\/p>\n<p>Con todo lo cual es esp\u00edritu humano, m\u00e1s libre de la esclavitud de las cosas, puede ser elevado con mayor facilidad al culto mismo y a la contemplaci\u00f3n del Creador. M\u00e1s todav\u00eda, con el impulso de la gracia se dispone a reconocer al Verbo de Dios, que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitular todo en El, estaba en el mundo como luz verdadera que ilumina a todo hombre (Io 1,9).<\/p>\n<p>Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la t\u00e9cnica, las cuales, debido a su m\u00e9todo, no pueden penetrar hasta las \u00edntimas esencias de las cosas, puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el m\u00e9todo de investigaci\u00f3n usado por estas disciplinas se considera sin raz\u00f3n como la regla suprema para hallar toda la verdad. Es m\u00e1s, hay el peligro de que el hombre, confiado con exceso en los inventos actuales, crea que se basta a s\u00ed mismo y deje de buscar ya cosas m\u00e1s altas.<\/p>\n<p>Sin embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos necesarios de la cultura contempor\u00e1nea ni deben hacernos caer en la tentaci\u00f3n de no reconocer los valores positivos de \u00e9sta. Entre tales valores se cuentan: el estudio de las ciencias y la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones cient\u00edficas, la necesidad de trabajar conjuntamente en equipos t\u00e9cnicos, el sentido de la solidaridad internacional, la conciencia cada vez m\u00e1s intensa de la responsabilidad de los peritos para la ayuda y la protecci\u00f3n de los hombres, la voluntad de lograr condiciones de vida m\u00e1s aceptables para todos, singularmente para los que padecen privaci\u00f3n de responsabilidad o indigencia cultural. Todo lo cual puede aportar alguna preparaci\u00f3n para recibir el mensaje del Evangelio, la cual puede ser informada con la caridad divina por Aquel que vino a salvar el mundo.<\/p>\n<p><b><i>M\u00faltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura<\/i><\/b><\/p>\n<p>58. M\u00faltiples son los v\u00ednculos que existen entre el mensaje de salvaci\u00f3n y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestaci\u00f3n de s\u00ed mismo en el Hijo encarnado, habl\u00f3 seg\u00fan los tipos de cultura propios de cada \u00e9poca.<\/p>\n<p>De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicaci\u00f3n a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebraci\u00f3n lit\u00fargica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles.<\/p>\n<p>Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinci\u00f3n de \u00e9pocas y regiones, no est\u00e1 ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o naci\u00f3n alguna, a alg\u00fan sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradici\u00f3n y consciente a la vez de la universalidad de su misi\u00f3n, puede entrar en comuni\u00f3n con las diversas formas de cultura; comuni\u00f3n que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas.<\/p>\n<p>La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, ca\u00eddo, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducci\u00f3n permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entra\u00f1as las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. As\u00ed, la Iglesia, cumpliendo su misi\u00f3n propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida la lit\u00fargica, educa al hombre en la libertad interior.<\/p>\n<p><i><b>Hay que armonizar diferentes valores en el seno de las culturas<\/b><\/i><\/p>\n<p>59. Por las razones expuestas, la Iglesia recuerda a todos que la cultura debe estar subordinada a la perfecci\u00f3n integral de la persona humana, al bien de la comunidad y de la sociedad humana entera. Por lo cual es preciso cultivar el esp\u00edritu de tal manera que se promueva la capacidad de admiraci\u00f3n, de intuici\u00f3n, de contemplaci\u00f3n y de formarse un juicio personal, as\u00ed como el poder cultivar el sentido religioso, moral y social.<\/p>\n<p>Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y social del hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse y de una leg\u00edtima autonom\u00eda en el obrar seg\u00fan sus propios principios. Tiene, por tanto, derecho al respeto y goza de una cierta inviolabilidad, quedando evidentemente a salvo los derechos de la persona y de la sociedad, particular o mundial, dentro de los l\u00edmites del bien com\u00fan.<\/p>\n<p>El sagrado S\u00ednodo, recordando lo que ense\u00f1\u00f3 el Concilio Vaticano I, declara que \u00abexisten dos \u00f3rdenes de conocimiento\u00bb distintos, el de la fe y el de la raz\u00f3n; y que la Iglesia no proh\u00edbe que \u00ablas artes y las disciplinas humanas gocen de sus propios principios y de su propio m\u00e9todo&#8230;, cada una en su propio campo\u00bb, por lo cual, \u00abreconociendo esta justa libertad\u00bb, la Iglesia afirma la autonom\u00eda leg\u00edtima de la cultura humana, y especialmente la de las ciencias.<\/p>\n<p>Todo esto pide tambi\u00e9n que el hombre, salvados el orden moral y la com\u00fan utilidad, pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opini\u00f3n, lo mismo que practicar cualquier ocupaci\u00f3n, y, por \u00faltimo, que se le informe verazmente acerca de los sucesos p\u00fablicos.<\/p>\n<p>A la autoridad p\u00fablica compete no el determinar el car\u00e1cter propio de cada cultura, sino el fomentar las condiciones y los medios para promover la vida cultural entre todos aun dentro de las minor\u00edas de alguna naci\u00f3n. Por ello hay que insistir sobre todo en que la cultura, apartada de su propio fin, no sea forzada a servir al poder pol\u00edtico o econ\u00f3mico.<\/p>\n<p><b><br \/>\nSecci\u00f3n 3.- Algunas obligaciones m\u00e1s urgentes de los cristianos respecto a la cultura<\/b><\/p>\n<p><i><b>El reconocimiento y ejercicio efectivo<br \/>\ndel derecho personal a la cultura<\/b><\/i><\/p>\n<p>60. Hoy d\u00eda es posible liberar a much\u00edsimos hombres de la miseria de la ignorancia. Por ello, uno de los deberes m\u00e1s propios de nuestra \u00e9poca, sobre todo de los cristianos, es el de trabajar con ah\u00ednco para que tanto en la econom\u00eda como en la pol\u00edtica, as\u00ed en el campo nacional como en el internacional, se den las normas fundamentales para que se reconozca en todas partes y se haga efectivo el derecho a todos a la cultura, exigido por la dignidad de la persona, sin distinci\u00f3n de raza, sexo, nacionalidad, religi\u00f3n o condici\u00f3n social. Es preciso, por lo mismo, procurar a todos una cantidad suficiente de bienes culturales, principalmente de los que constituyen la llamada cultura \u00abb\u00e1sica\u00bb, a fin de evitar que un gran n\u00famero de hombres se vea impedido, por su ignorancia y por su falta de iniciativa, de prestar su cooperaci\u00f3n aut\u00e9nticamente humana al bien com\u00fan.<\/p>\n<p>Se debe tender a que quienes est\u00e1n bien dotados intelectualmente tengan la posibilidad de llegar a los estudios superiores; y ello de tal forma que, en la medida de lo posible, puedan desempe\u00f1ar en la sociedad las funciones, tareas y servicios que correspondan a su aptitud natural y a la competencia adquirida. As\u00ed podr\u00e1n todos los hombres y todos los grupos sociales de cada pueblo alcanzar el pleno desarrollo de su vida cultural de acuerdo con sus cualidades y sus propias tradiciones.<\/p>\n<p>Es preciso, adem\u00e1s, hacer todo lo posible para que cada cual adquiera conciencia del derecho que tiene a la cultura y del deber que sobre \u00e9l pesa de cultivarse a s\u00ed mismo y de ayudar a los dem\u00e1s. Hay a veces situaciones en la vida laboral que impiden el esfuerzo de superaci\u00f3n cultural del hombre y destruyen en \u00e9ste el af\u00e1n por la cultura. Esto se aplica de modo especial a los agricultores y a los obreros, a los cuales es preciso procurar tales condiciones de trabajo, que, lejos de impedir su cultura humana, la fomenten. Las mujeres ya act\u00faan en casi todos los campos de la vida, pero es conveniente que puedan asumir con plenitud su papel seg\u00fan su propia naturaleza. Todos deben contribuir a que se reconozca y promueva la propia y necesaria participaci\u00f3n de la mujer en la vida cultural.<\/p>\n<p><i><b>La educaci\u00f3n para la cultura \u00edntegra del hombre<\/b><\/i><\/p>\n<p>61. Hoy d\u00eda es m\u00e1s dif\u00edcil que antes sintetizar las varias disciplinas y ramas del saber. Porque, al crecer el acervo y la diversidad de elementos que constituyen la cultura, disminuye al mismo tiempo la capacidad de cada hombre para captarlos y armonizarlos org\u00e1nicamente, de forma que cada vez se va desdibujando m\u00e1s la imagen del hombre universal. Sin embargo, queda en pie para cada hombre el deber de conservar la estructura de toda la persona humana, en la que destacan los valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y fraternidad; todos los cuales se basan en Dios Creador y han sido sanados y elevados maravillosamente en Cristo.<\/p>\n<p>La madre nutricia de esta educaci\u00f3n es ante todo la familia: en ella los hijos, en un clima de amor, aprenden juntos con mayor facilidad la recta jerarqu\u00eda de las cosas, al mismo tiempo que se imprimen de modo como natural en el alma de los adolescentes formas probadas de cultura a medida que van creciendo.<\/p>\n<p>Para esta misma educaci\u00f3n las sociedades contempor\u00e1neas disponen de recursos que pueden favorecer la cultura universal, sobre todo dada la creciente difusi\u00f3n del libro y los nuevos medios de comunicaci\u00f3n cultural y social. Pues con la disminuci\u00f3n ya generalizada del tiempo de trabajo aumentan para muchos hombres las posibilidades. Empl\u00e9ense los descansos oportunamente para distracci\u00f3n del \u00e1nimo y para consolidar la salud del esp\u00edritu y del cuerpo, ya sea entreg\u00e1ndose a actividades o a estudios libres, ya a viajes por otras regiones (turismo), con los que se afina el esp\u00edritu y los hombres se enriquecen con el mutuo conocimiento; ya con ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas. Cooperen los cristianos tambi\u00e9n para que las manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de esp\u00edritu cristiano.<\/p>\n<p>Todas estas posibilidades no pueden llevar la educaci\u00f3n del hombre al pleno desarrollo cultural de s\u00ed mismo, si al mismo tiempo se descuida el preguntarse a fondo por el sentido de la cultura y de la ciencia para la persona humana.<\/p>\n<p><i><b>Acuerdo entre la cultura humana y la educaci\u00f3n cristiana<\/b><\/i><\/p>\n<p>62. Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre de dificultades al compaginar la cultura con la educaci\u00f3n cristiana.<\/p>\n<p>Estas dificultades no da\u00f1an necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden estimular la mente a una m\u00e1s cuidadosa y profunda inteligencia de aqu\u00e9lla. Puesto que los m\u00e1s recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia y de la filosof\u00eda suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias pr\u00e1cticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teol\u00f3gicas. Por otra parte, los te\u00f3logos, guardando los m\u00e9todos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, est\u00e1n invitados a buscar siempre un modo m\u00e1s apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su \u00e9poca; porque una cosa es el dep\u00f3sito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado. Hay que reconocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no s\u00f3lo los principios teol\u00f3gicos, sino tambi\u00e9n los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psicolog\u00eda y en sociolog\u00eda, llevando as\u00ed a los fieles y una m\u00e1s pura y madura vida de fe.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n la literatura y el arte son, a su modo, de gran importancia para la vida de la Iglesia. En efecto, se proponen expresar la naturaleza propia del hombre, sus problemas y sus experiencias en el intento de conocerse mejor a s\u00ed mismo y al mundo y de superarse; se esfuerzan por descubrir la situaci\u00f3n del hombre en la historia y en el universo, por presentar claramente las miserias y las alegr\u00edas de los hombres, sus necesidades y sus recurso, y por bosquejar un mejor porvenir a la humanidad. As\u00ed tienen el poder de elevar la vida humana en las m\u00faltiples formas que \u00e9sta reviste seg\u00fan los tiempos y las regiones.<\/p>\n<p>Por tanto, hay que esforzarse para los artistas se sientan comprendidos por la Iglesia en sus actividades y, gozando de una ordenada libertad, establezcan contactos m\u00e1s f\u00e1ciles con la comunidad cristiana. Tambi\u00e9n las nuevas formas art\u00edsticas, que convienen a nuestros contempor\u00e1neos seg\u00fan la \u00edndole de cada naci\u00f3n o regi\u00f3n, sean reconocidas por la Iglesia. Rec\u00edbanse en el santuario, cuando elevan la mente a Dios, con expresiones acomodadas y conforme a las exigencias de la liturgia.<\/p>\n<p>De esta forma, el conocimiento de Dios se manifiesta mejor y la predicaci\u00f3n del Evangelio resulta m\u00e1s transparente a la inteligencia humana y aparece como embebida en las condiciones de su vida.<\/p>\n<p>Vivan los fieles en muy estrecha uni\u00f3n con los dem\u00e1s hombres de su tiempo y esfu\u00e9rcense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresi\u00f3n es la cultura. Compaginen los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los m\u00e1s recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la ense\u00f1anza de la doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de esp\u00edritu de las ciencias y de los diarios progresos de la t\u00e9cnica; as\u00ed se capacitar\u00e1n para examinar e interpretar todas las cosas con \u00edntegro sentido cristiano.<\/p>\n<p>Los que se dedican a las ciencias teol\u00f3gicas en los seminarios y universidades, emp\u00e9\u00f1ense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo en com\u00fan sus energ\u00edas y puntos de vista. la investigaci\u00f3n teol\u00f3gica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un m\u00e1s pleno conocimiento de la fe. Esta colaboraci\u00f3n ser\u00e1 muy provechosa para la formaci\u00f3n de los ministros sagrados, quienes podr\u00e1n presentar a nuestros contempor\u00e1neos la doctrina de la Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo, de forma m\u00e1s adaptada al hombre contempor\u00e1neo y a la vez m\u00e1s gustosamente aceptable por parte de ellos. M\u00e1s a\u00fan, es de desear que numerosos laicos reciban una buena formaci\u00f3n en las ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen\u00a0<i>ex profeso<\/i>\u00a0a estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan llevar a buen t\u00e9rmino su tarea debe reconocerse a los fieles, cl\u00e9rigos o laicos, la justa libertad de investigaci\u00f3n, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera de ver en los ampos que son de su competencia.<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO III<\/b><\/p>\n<p><b>LA VIDA ECON\u00d3MICO-SOCIAL<\/b><\/p>\n<p><b><i>Algunos aspectos de la vida econ\u00f3mica<\/i><\/b><\/p>\n<p>63. Tambi\u00e9n en la vida econ\u00f3mico-social deben respetarse y promoverse la dignidad de la persona humana, su entera vocaci\u00f3n y el bien de toda la sociedad. Porque el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida econ\u00f3mico- social.<\/p>\n<p>La econom\u00eda moderna, como los restantes sectores de la vida social, se caracteriza por una creciente dominaci\u00f3n del hombre sobre la naturaleza, por la multiplicaci\u00f3n e intensificaci\u00f3n de las relaciones sociales y por la interdependencia entre ciudadanos, asociaciones y pueblos, as\u00ed como tambi\u00e9n por la cada vez m\u00e1s frecuente intervenci\u00f3n del poder p\u00fablico. Por otra parte, el progreso en las t\u00e9cnicas de la producci\u00f3n y en la organizaci\u00f3n del comercio y de los servicios han convertido a la econom\u00eda en instrumento capaz de satisfacer mejor las nuevas necesidades acrecentada de la familia humana.<\/p>\n<p>Sin embargo, no faltan motivos de inquietud. Muchos hombres, sobre todo en regiones econ\u00f3micamente desarrolladas, parecen garza por la econom\u00eda, de tal manera que casi toda su vida personal y social est\u00e1 como te\u00f1ida de cierto esp\u00edritu economista tanto en las naciones de econom\u00eda colectivizada como en las otras. En un momento en que el desarrollo de la vida econ\u00f3mica, con tal que se le dirija y ordene de manera racional y humana, podr\u00eda mitigar las desigualdades sociales, con demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y a veces hasta un retroceso en las condiciones de vida de los m\u00e1s d\u00e9biles y un desprecio de los pobres. Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aun en los pa\u00edses menos desarrollados, viven en la opulencia y malgastan sin consideraci\u00f3n. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras unos pocos disponen de un poder ampl\u00edsimo de decisi\u00f3n, muchos carecen de toda iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana.<\/p>\n<p>Tales desequilibrios econ\u00f3micos y sociales se producen tanto entre los sectores de la agricultura, la industria y los servicios, por un parte, como entre las diversas regiones dentro de un mismo pa\u00eds. Cada d\u00eda se agudiza m\u00e1s la oposici\u00f3n entre las naciones econ\u00f3micamente desarrolladas y las restantes, lo cual puede poner en peligro la misma paz mundial.<\/p>\n<p>Los hombres de nuestro tiempo son cada d\u00eda m\u00e1s sensibles a estas disparidades, porque est\u00e1n plenamente convencidos de que la amplitud de las posibilidades t\u00e9cnicas y econ\u00f3micas que tiene en sus manos el mundo moderno puede y debe corregir este lamentable estado de cosas. Por ello son necesarias muchas reformas en la vida econ\u00f3mico-social y un cambio de mentalidad y de costumbres en todos. A este fin, la Iglesia, en el transcurso de los siglos, a la luz del Evangelio, ha concretado los principios de justicia y equidad, exigidos por la recta raz\u00f3n, tanto en orden a la vida individual y social como en orden a la vida internacional, y los ha manifestado especialmente en estos \u00faltimos tiempos. El Concilio quiere robustecer estos principios de acuerdo con las circunstancias actuales y dar algunas orientaciones, referentes sobre todo a las exigencias del desarrollo econ\u00f3mico.<\/p>\n<p><b>Secci\u00f3n I.- El desarrollo econ\u00f3mico<\/b><\/p>\n<p><i><b>Ley fundamental del desarrollo: el servicio del hombre<\/b><\/i><\/p>\n<p>64. Hoy m\u00e1s que nunca, para hacer frente al aumento de poblaci\u00f3n y responder a las aspiraciones m\u00e1s amplias del g\u00e9nero humano, se tiende con raz\u00f3n a un aumento en la producci\u00f3n agr\u00edcola e industrial y en la prestaci\u00f3n de los servicios. Por ello hay que favorecer el progreso t\u00e9cnico, el esp\u00edritu de innovaci\u00f3n, el af\u00e1n por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptaci\u00f3n de los m\u00e9todos productivos, el esfuerzo sostenido de cuantos participan en la producci\u00f3n; en una palabra, todo cuanto puede contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamental de esta producci\u00f3n no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuanta sus necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinci\u00f3n de raza o continente. De esta forma, la actividad econ\u00f3mica debe ejercerse siguiendo sus m\u00e9todos y leyes propias, dentro del \u00e1mbito del orden moral, para que se cumplan as\u00ed los designios de Dios sobre el hombre.<\/p>\n<p><b><i>El desarrollo econ\u00f3mico, bajo el control humano<\/i><\/b><\/p>\n<p>65. El desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre. No debe quedar en manos de unos pocos o de grupos econ\u00f3micamente poderosos en exceso, ni tampoco en manos de una sola comunidad pol\u00edtica o de ciertas naciones m\u00e1s poderosas. Es preciso, por el contrario, que en todo nivel, el mayor n\u00famero posible de hombres, y en el plano internacional el conjunto de las naciones, puedan tomar parte activa en la direcci\u00f3n del desarrollo. Asimismo es necesario que las iniciativas espont\u00e1neas de los individuos y de sus asociaciones libres colaboren con los esfuerzos de las autoridades p\u00fablicas y se coordinen con \u00e9stos de forma eficaz y coherente.<\/p>\n<p>No se puede confiar el desarrollo ni al solo proceso casi mec\u00e1nico de la acci\u00f3n econ\u00f3mica de los individuos ni a la sola decisi\u00f3n de la autoridad p\u00fablica. Por este motivo hay que calificar de falsas tanto las doctrinas que se oponen a las reformas indispensables en nombre de una falsa libertad como las que sacrifican los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organizaci\u00f3n colectiva de la producci\u00f3n.<\/p>\n<p>Recuerden, por otra parte, todos los ciudadanos el deber y el derecho que tienen, y que el poder civil ha de reconocer, de contribuir, seg\u00fan sus posibilidades, al progreso de la propia comunidad. En los pa\u00edses menos desarrollados, donde se impone el empleo urgente de todos los recursos, ponen en grave peligro el bien com\u00fan los que retienen sus riquezas improductivamente o los que -salvado el derecho personal de emigraci\u00f3n- privan a su comunidad de los medios materiales y espirituales que \u00e9sta necesita.<\/p>\n<p><b><i>Han de eliminarse las enormes desigualdades econ\u00f3mico-sociales<\/i><\/b><\/p>\n<p>66. Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que, dentro del respeto a los derechos de las personas y a las caracter\u00edsticas de cada pueblo, desaparezcan lo m\u00e1s r\u00e1pidamente posible las enormes diferencias econ\u00f3micas que existen hoy, y frecuentemente aumentan, vinculadas a discriminaciones individuales y sociales. De igual manera, en muchas regiones, teniendo en cuanta las peculiares dificultades de la agricultura tanto en la producci\u00f3n como en la venta de sus bienes, hay que ayudar a los labradores para que aumenten su capacidad productiva y comercial, introduzcan los necesarios cambios e innovaciones, consigan una justa ganancia y no queden reducidos, como sucede con frecuencia, a la situaci\u00f3n de ciudadanos de inferior categor\u00eda. Los propios agricultores, especialmente los j\u00f3venes, apl\u00edquense con af\u00e1n a perfeccionar su t\u00e9cnica profesional, sin la que no puede darse el desarrollo de la agricultura.<\/p>\n<p>La justicia y la equidad exigen tambi\u00e9n que la movilidad, la cual es necesaria en una econom\u00eda progresiva, se ordene de manera que se eviten la inseguridad y la estrechez de vida del individuo y de su familia. Con respecto a los trabajadores que, procedentes de otros pa\u00edses o de otras regiones, cooperan en el crecimiento econ\u00f3mico de una naci\u00f3n o de una provincia, se ha de evitar con sumo cuidado toda discriminaci\u00f3n en materia de remuneraci\u00f3n o de condiciones de trabajo. Adem\u00e1s, la sociedad entera, en particular los poderes p\u00fablicos, deben considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de producci\u00f3n; deben ayudarlos para que traigan junto a s\u00ed a sus familiares, se procuren un alojamiento decente, y a favorecer su incorporaci\u00f3n a la vida social del pa\u00eds o de la regi\u00f3n que los acoge. Sin embargo, en cuanto sea posible, deben crearse fuentes de trabajo en las propias regiones.<\/p>\n<p>En las econom\u00edas en per\u00edodo de transici\u00f3n, como sucede en las formas nuevas de la sociedad industrial, en las que, v.gr., se desarrolla la autonom\u00eda, en necesario asegurar a cada uno empleo suficiente y adecuado: y al mismo tiempo la posibilidad de una formaci\u00f3n t\u00e9cnica y profesional congruente. D\u00e9bense garantizar la subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por raz\u00f3n de enfermedad o de edad, se ven aquejados por graves dificultades.<\/p>\n<p><b>Secci\u00f3n 2.- Algunos principios reguladores del conjunto de la vida econ\u00f3mico-social<\/b><\/p>\n<p><i><b>Trabajo, condiciones de trabajo, descanso<\/b><\/i><\/p>\n<p>67. El trabajo humano que se ejerce en la producci\u00f3n y en el comercio o en los servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida econ\u00f3mico, pues estos \u00faltimos no tienen otro papel que el de instrumentos.<\/p>\n<p>Pues el trabajo humano, aut\u00f3nomo o dirigido, procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la somete a su voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de subsistencia; por \u00e9l el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creaci\u00f3n divina. No s\u00f3lo esto. Sabemos que, con la oblaci\u00f3n de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobre eminente laborando con sus propias manos en Nazaret. De aqu\u00ed se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, as\u00ed como tambi\u00e9n el derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, seg\u00fan sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente. Por \u00faltimo, la remuneraci\u00f3n del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, as\u00ed como las condiciones de la empresa y el bien com\u00fan.<\/p>\n<p>La actividad econ\u00f3mica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los hombres; por ello es injusto e inhumano organizarlo y regularlo con da\u00f1o de algunos trabajadores. Es, sin embargo, demasiado frecuente tambi\u00e9n hoy d\u00eda que los trabajadores resulten en cierto sentido esclavos de su propio trabajo. Lo cual de ning\u00fan modo est\u00e1 justificado por las llamadas leyes econ\u00f3micas. El conjunto del proceso de la producci\u00f3n debe, pues, ajustarse a las necesidades de la persona y a la manera de vida de cada uno en particular, de su vida familiar, principalmente por lo que toca a las madres de familia, teniendo siempre en cuanta el sexo y la edad. Ofr\u00e9zcase, adem\u00e1s, a los trabajadores la posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el \u00e1mbito mismo del trabajo. Al aplicar, con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus fuerzas, disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente que les permita cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. M\u00e1s a\u00fan, tengan la posibilidad de desarrollar libremente las energ\u00edas y las cualidades que tal vez en su trabajo profesional apenas pueden cultivar.<\/p>\n<p><i><b>Participaci\u00f3n en la empresa y en la organizaci\u00f3n<br \/>\ngeneral de la econom\u00eda.<\/b><\/i>\u00a0<b><i>Conflictos laborales<\/i><\/b><\/p>\n<p>68. En las empresas econ\u00f3micas son personas las que se asocian, es decir, hombres libres y aut\u00f3nomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en cuanta las funciones de cada uno, propietarios, administradores, t\u00e9cnicos, trabajadores, y quedando a salvo la unidad necesaria en la direcci\u00f3n, se ha de promover la activa participaci\u00f3n de todos en la gesti\u00f3n de la empresa, seg\u00fan formas que habr\u00e1 que determinar con acierto. Con todo, como en muchos casos no es a nivel de empresa, sino en niveles institucionales superiores, donde se toman las decisiones econ\u00f3micas y sociales de las que depende el porvenir de los trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores participar tambi\u00e9n en semejantes decisiones por s\u00ed mismos o por medio de representantes libremente elegidos.<\/p>\n<p>Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el derecho de los obreros a fundar libremente asociaciones que representen aut\u00e9nticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta ordenaci\u00f3n de la vida econ\u00f3mica, as\u00ed como tambi\u00e9n el derecho de participar libremente en las actividades de las asociaciones sin riesgo de represalias. Por medio de esta ordenada participaci\u00f3n, que est\u00e1 unida al progreso en la formaci\u00f3n econ\u00f3mica y social, crecer\u00e1 m\u00e1s y m\u00e1s entre todos el sentido de la responsabilidad propia, el cual les llevar\u00e1 a sentirse colaboradores, seg\u00fan sus medios y aptitudes propias, en la tarea total del desarrollo econ\u00f3mico y social y del logro del bien com\u00fan universal.<\/p>\n<p>En caso de conflictos econ\u00f3mico-sociales, hay que esforzarse por encontrarles soluciones pac\u00edficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero di\u00e1logo entre las partes, sin embargo, en la situaci\u00f3n presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. B\u00fasquense, con todo, cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el di\u00e1logo conciliatorio.<\/p>\n<p><b><i>Los bienes de la tierra est\u00e1n destinados a todos los hombres<\/i><\/b><\/p>\n<p>69. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la \u00e9gida de la justicia y con la compa\u00f1\u00eda de la caridad. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones leg\u00edtimas de los pueblos seg\u00fan las circunstancias diversas y variables, jam\u00e1s debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que leg\u00edtimamente posee como exclusivamente suyas, sino tambi\u00e9n como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a \u00e9l solamente, sino tambi\u00e9n a los dem\u00e1s. Por lo dem\u00e1s, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para s\u00ed mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde. Es \u00e9ste el sentir de los Padres y de los doctores de la Iglesia, quienes ense\u00f1aron que los hombres est\u00e1n obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no s\u00f3lo con los bienes superfluos. Quien se halla en situaci\u00f3n de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para s\u00ed. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acord\u00e1ndose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, seg\u00fan las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por s\u00ed mismos.<\/p>\n<p>En sociedades econ\u00f3micamente menos desarrolladas, el destino com\u00fan de los bienes est\u00e1 a veces en parte logrado por un conjunto de costumbres y tradiciones comunitarias que aseguran a cada miembro los bienes absolutamente necesarios. Sin embargo, elim\u00ednese el criterio de considerar como en absoluto inmutables ciertas costumbres si no responden ya a las nuevas exigencias de la \u00e9poca presente; pero, por otra parte, conviene no atentar imprudentemente contra costumbres honestas que, adaptadas a las circunstancias actuales, pueden resultar muy \u00fatiles. De igual manera, en las naciones de econom\u00eda muy desarrollada, el conjunto de instituciones consagradas a la previsi\u00f3n y a la seguridad social puede contribuir, por su parte, al destino com\u00fan de los bienes. Es necesario tambi\u00e9n continuar el desarrollo de los servicios familiares y sociales, principalmente de los que tienen por fin la cultura y la educaci\u00f3n. Al organizar todas estas instituciones debe cuidarse de que los ciudadanos no vayan cayendo en una actitud de pasividad con respecto a la sociedad o de irresponsabilidad y ego\u00edsmo.<\/p>\n<p><i><b>Inversiones y pol\u00edtica monetaria<\/b><\/i><\/p>\n<p>70. Las inversiones deben orientarse a asegurar posibilidades de trabajo y beneficios suficientes a la poblaci\u00f3n presente y futura. Los responsables de las inversiones y de la organizaci\u00f3n de la vida econ\u00f3mica, tanto los particulares como los grupos o las autoridades p\u00fablicas, deben tener muy presentes estos fines y reconocer su grave obligaci\u00f3n de vigilar, por una parte, a fin de que se provea de lo necesario para una vida decente tanto a los individuos como a toda la comunidad, y, por otra parte, de prever el futuro y establecer un justo equilibrio entre las necesidades actuales del consumo individual y colectivo y las exigencias de inversi\u00f3n para la generaci\u00f3n futura. T\u00e9nganse, adem\u00e1s, siempre presentes las urgentes necesidades de las naciones o de las regiones menos desarrolladas econ\u00f3micamente. En materia de pol\u00edtica monetaria cu\u00eddese no da\u00f1ar al bien de la propia naci\u00f3n o de las ajenas. T\u00f3mense precauciones para que los econ\u00f3micamente d\u00e9biles no queden afectados injustamente por los cambios de valor de la moneda.<\/p>\n<p><b><i>Acceso a la propiedad y dominio de los bienes<\/i><\/b>.<br \/>\n<i><b>Problema de los latifundios<\/b><\/i><\/p>\n<p>71. La propiedad, como las dem\u00e1s formas de dominio privado sobre los bienes exteriores, contribuye a la expresi\u00f3n de la persona y le ofrece ocasi\u00f3n de ejercer su funci\u00f3n responsable en la sociedad y en la econom\u00eda. Es por ello muy importante fomentar el acceso de todos, individuos y comunidades, a alg\u00fan dominio sobre los bienes externos.<\/p>\n<p>La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonom\u00eda personal y familiar y deben ser considerados como ampliaci\u00f3n de la libertad humana. Por \u00faltimo, al estimular el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen una de las condiciones de las libertades civiles.<\/p>\n<p>Las formas de este dominio o propiedad son hoy diversas y se diversifican cada d\u00eda m\u00e1s. Todas ellas, sin embargo, contin\u00faan siendo elemento de seguridad no despreciable aun contando con los fondos sociales, derechos y servicios procurados por la sociedad. Esto debe afirmarse no s\u00f3lo de las propiedades materiales, sino tambi\u00e9n de los bienes inmateriales, como es la capacidad profesional.<\/p>\n<p>El derecho de propiedad privada no es incompatible con las diversas formas de propiedad p\u00fablica existentes. El paso de bienes a la propiedad p\u00fablica s\u00f3lo puede ser hecha por la autoridad competente de acuerdo con las exigencias del bien com\u00fan y dentro de los l\u00edmites de este \u00faltimo, supuesta la compensaci\u00f3n adecuada. A la autoridad p\u00fablica toca, adem\u00e1s, impedir que se abuse de la propiedad privada en contra del bien com\u00fan.<\/p>\n<p>La misma propiedad privada tiene tambi\u00e9n, por su misma naturaleza, una \u00edndole social, cuyo fundamento reside en el destino com\u00fan de los bienes. Cuando esta \u00edndole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasi\u00f3n de ambiciones y graves des\u00f3rdenes, hasta el punto de que se da pretexto a sus impugnadores para negar el derecho mismo.<\/p>\n<p>En muchas regiones econ\u00f3micamente menos desarrolladas existen posesiones rurales extensas y aun extens\u00edsimas mediocremente cultivadas o reservadas sin cultivo para especular con ellas, mientras la mayor parte de la poblaci\u00f3n carece de tierras o posee s\u00f3lo parcelas irrisorias y el desarrollo de la producci\u00f3n agr\u00edcola presenta caracteres de urgencia. No raras veces los braceros o los arrendatarios de alguna parte de esas posesiones reciben un salario o beneficio indigno del hombre, carecen de alojamiento decente y son explotados por los intermediarios. Viven en la m\u00e1s total inseguridad y en tal situaci\u00f3n de inferioridad personal, que apenas tienen ocasi\u00f3n de actuar libre y responsablemente, de promover su nivel de vida y de participar en la vida social y pol\u00edtica. Son, pues, necesarias las reformas que tengan por fin, seg\u00fan los casos, el incremento de las remuneraciones, la mejora de las condiciones laborales, el aumento de la seguridad en el empleo, el est\u00edmulo para la iniciativa en el trabajo; m\u00e1s todav\u00eda, el reparto de las propiedades insuficientemente cultivadas a favor de quienes sean capaces de hacerlas valer. En este caso deben asegur\u00e1rseles los elementos y servicios indispensables, en particular los medios de educaci\u00f3n y las posibilidades que ofrece una justa ordenaci\u00f3n de tipo cooperativo. Siempre que el bien com\u00fan exija una expropiaci\u00f3n, debe valorarse la indemnizaci\u00f3n seg\u00fan equidad, teniendo en cuanta todo el conjunto de las circunstancias.<\/p>\n<p><i><b>La actividad econ\u00f3mico-social y el reino de Cristo<\/b><\/i><\/p>\n<p>72. Los cristianos que toman parte activa en el movimiento econ\u00f3mico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, conv\u00e9nzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia que son absolutamente necesarias, respeten en la acci\u00f3n temporal la justa jerarqu\u00eda de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida, as\u00ed la individual como la social, quede saturada con el esp\u00edritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el esp\u00edritu de la pobreza.<\/p>\n<p>Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en \u00e9ste un amor m\u00e1s fuerte y m\u00e1s puro para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiraci\u00f3n de la caridad.<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO IV<\/b><\/p>\n<p><b>LA VIDA EN LA COMUNIDAD POL\u00cdTICA<\/b><\/p>\n<p><b><i>La vida p\u00fablica en nuestros d\u00edas<\/i><\/b><\/p>\n<p>73. En nuestra \u00e9poca se advierten profundas transformaciones tambi\u00e9n en las estructuras y en las instituciones de los pueblos como consecuencia de la evoluci\u00f3n cultural, econ\u00f3mica y social de estos \u00faltimos. Estas transformaciones ejercen gran influjo en la vida de la comunidad pol\u00edtica principalmente en lo que se refiere a los derechos y deberes de todos en el ejercicio de la libertad pol\u00edtica y en el logro del bien com\u00fan y en lo que toca a las relaciones de los ciudadanos entre s\u00ed y con la autoridad p\u00fablica.<\/p>\n<p>La conciencia m\u00e1s viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del mundo surja el prop\u00f3sito de establecer un orden pol\u00edtico-jur\u00eddico que proteja mejor en la vida p\u00fablica los derechos de la persona, como son el derecho de libre reuni\u00f3n, de libre asociaci\u00f3n, de expresar las propias opiniones y de profesar privada y p\u00fablicamente la religi\u00f3n. Porque la garant\u00eda de los derechos de la persona es condici\u00f3n necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa p\u00fablica.<\/p>\n<p>Con el desarrollo cultural, econ\u00f3mico y social se consolida en la mayor\u00eda el deseo de participar m\u00e1s plenamente en la ordenaci\u00f3n de la comunidad pol\u00edtica. En la conciencia de muchos se intensifica el af\u00e1n por respetar los derechos de las minor\u00edas, sin descuidar los deberes de \u00e9stas para con la comunidad pol\u00edtica; adem\u00e1s crece por d\u00edas el respeto hacia los hombres que profesan opini\u00f3n o religi\u00f3n distintas; al mismo tiempos e establece una mayor colaboraci\u00f3n a fin de que todos los ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan hacer uso efectivo de los derechos personales.<\/p>\n<p>Se reprueban tambi\u00e9n todas las formas pol\u00edticas, vigentes en ciertas regiones, que obstaculizan la libertad civil o religiosa, multiplican las v\u00edctimas de las pasiones y de los cr\u00edmenes pol\u00edticos y desv\u00edan el ejercicio de la autoridad en la prosecuci\u00f3n del bien com\u00fan, para ponerla al servicio de un grupo o de los propios gobernantes.<\/p>\n<p>La mejor manera de llagar a una pol\u00edtica aut\u00e9nticamente humana es fomentar el sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien com\u00fan y robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza verdadera de la comunidad pol\u00edtica y al fin, recto ejercicio y l\u00edmites de los poderes p\u00fablicos.<\/p>\n<p><i><b>Naturaleza y fin de la comunidad pol\u00edtica<\/b><\/i><\/p>\n<p>74. Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comunidad civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida plenamente humana y perciben la necesidad de una comunidad m\u00e1s amplia, en la cual todos conjuguen a diario sus energ\u00edas en orden a una mejor procuraci\u00f3n del bien com\u00fan. Por ello forman comunidad pol\u00edtica seg\u00fan tipos institucionales varios. La comunidad pol\u00edtica nace, pues, para buscar el bien com\u00fan, en el que encuentra su justificaci\u00f3n plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien com\u00fan abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfecci\u00f3n.<\/p>\n<p>Pero son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad pol\u00edtica, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes. A fin de que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la comunidad pol\u00edtica, es indispensable una autoridad que dirija la acci\u00f3n de todos hacia el bien com\u00fan no mec\u00e1nica o desp\u00f3ticamente, sino obrando principalmente como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno.<\/p>\n<p>Es, pues, evidente que la comunidad pol\u00edtica y la autoridad p\u00fablica se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinaci\u00f3n del r\u00e9gimen pol\u00edtico y la designaci\u00f3n de los gobernantes se dejen a la libre designaci\u00f3n de los ciudadanos.<\/p>\n<p>S\u00edguese tambi\u00e9n que el ejercicio de la autoridad pol\u00edtica, as\u00ed en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los l\u00edmites del orden moral para procurar el bien com\u00fan -concebido din\u00e1micamente- seg\u00fan el orden jur\u00eddico leg\u00edtimamente establecido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos est\u00e1n obligados en conciencia a obedecer. De todo lo cual se deducen la responsabilidad, la dignidad y la importancia de los gobernantes.<\/p>\n<p>Pero cuando la autoridad p\u00fablica, rebasando su competencia, oprime a los ciudadanos, \u00e9stos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien com\u00fan; les es l\u00edcito, sin embargo, defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de tal autoridad, guardando los l\u00edmites que se\u00f1ala la ley natural y evang\u00e9lica.<\/p>\n<p>Las modalidades concretas por las que la comunidad pol\u00edtica organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los poderes p\u00fablicos pueden ser diferentes, seg\u00fan el genio de cada pueblo y la marcha de su historia. Pero deben tender siempre a formar un tipo de hombre culto, pac\u00edfico y ben\u00e9volo respecto de los dem\u00e1s para provecho de toda la familia humana.<\/p>\n<p><i><b>Colaboraci\u00f3n de todos en la vida p\u00fablica<\/b><\/i><\/p>\n<p>75. Es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras pol\u00edtico-jur\u00eddicas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminaci\u00f3n alguna y con perfecci\u00f3n creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en la fijaci\u00f3n de los fundamentos jur\u00eddicos de la comunidad pol\u00edtica, en el gobierno de la cosa p\u00fablica, en la determinaci\u00f3n de los campos de acci\u00f3n y de los l\u00edmites de las diferentes instituciones y en la elecci\u00f3n de los gobernantes. Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el derecho y al mismo tiempo el deber que tienen de votar con libertad para promover el bien com\u00fan. La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa p\u00fablica y aceptan las cargas de este oficio.<\/p>\n<p>Para que la cooperaci\u00f3n ciudadana responsable pueda lograr resultados felices en el curso diario de la vida p\u00fablica, es necesario un orden jur\u00eddico positivo que establezca la adecuada divisi\u00f3n de las funciones institucionales de la autoridad pol\u00edtica, as\u00ed como tambi\u00e9n la protecci\u00f3n eficaz e independiente de los derechos. Recon\u00f3zcanse, resp\u00e9tense y promu\u00e9vanse los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, as\u00ed como su ejercicio, no menos que los deberes c\u00edvicos de cada uno. Entre estos \u00faltimos es necesario mencionar el deber de aportar a la vida p\u00fablica el concurso material y personal requerido por el bien com\u00fan. Cuiden los gobernantes de no entorpecer las asociaciones familiares, sociales o culturales, los cuerpos o las instituciones intermedias, y de no privarlos de su leg\u00edtima y constructiva acci\u00f3n, que m\u00e1s bien deben promover con libertad y de manera ordenada. Los ciudadanos por su parte, individual o colectivamente, eviten atribuir a la autoridad pol\u00edtica todo poder excesivo y no pidan al Estado de manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupaciones sociales.<\/p>\n<p>A consecuencia de la complejidad de nuestra \u00e9poca, los poderes p\u00fablicos se ven obligados a intervenir con m\u00e1s frecuencia en materia social, econ\u00f3mica y cultural para crear condiciones m\u00e1s favorables, que ayuden con mayor eficacia a los ciudadanos y a los grupos en la b\u00fasqueda libre del bien completo del hombre. Seg\u00fan las diversas regiones y la evoluci\u00f3n de los pueblos, pueden entenderse de diverso modo las relaciones entre la socializaci\u00f3n y la autonom\u00eda y el desarrollo de la persona. Esto no obstante, all\u00ed donde por razones de bien com\u00fan se restrinja temporalmente el ejercicio de los derechos, restabl\u00e9zcase la libertad cuanto antes una vez que hayan cambiado las circunstancias. De todos modos, es inhumano que la autoridad pol\u00edtica caiga en formas totalitarias o en formas dictatoriales que lesionen los derechos de la persona o de los grupos sociales.<\/p>\n<p>Cultiven los ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero sin estrechez de esp\u00edritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de toda la familia humana, unida por toda clase de v\u00ednculos entre las razas, pueblos y naciones.<\/p>\n<p>Los cristianos todos deben tener conciencia de la vocaci\u00f3n particular y propia que tienen en la comunidad pol\u00edtica; en virtud de esta vocaci\u00f3n est\u00e1n obligados a dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien com\u00fan, as\u00ed demostrar\u00e1n tambi\u00e9n con los hechos c\u00f3mo pueden armonizarse la autoridad y la libertad, la iniciativa personal y la necesaria solidaridad del cuerpo social, las ventajas de la unidad combinada con la provechosa diversidad. El cristiano debe reconocer la leg\u00edtima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente su manera de ver. Los partidos pol\u00edticos deben promover todo lo que a su juicio exige el bien com\u00fan; nunca, sin embargo, est\u00e1 permitido anteponer intereses propios al bien com\u00fan.<\/p>\n<p>Hay que prestar gran atenci\u00f3n a la educaci\u00f3n c\u00edvica y pol\u00edtica, que hoy d\u00eda es particularmente necesaria para el pueblo, y, sobre todo para la juventud, a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misi\u00f3n en la vida de la comunidad pol\u00edtica. Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan dif\u00edcil y tan noble que es la pol\u00edtica, prep\u00e1rense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio inter\u00e9s y de toda ganancia venal. Luchen con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresi\u00f3n, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido pol\u00edtico; cons\u00e1grense con sinceridad y rectitud, m\u00e1s a\u00fan, con caridad y fortaleza pol\u00edtica, al servicio de todos.<\/p>\n<p><b><i>La comunidad pol\u00edtica y la Iglesia<\/i><\/b><\/p>\n<p>76. Es de suma importancia, sobre todo all\u00ed donde existe una sociedad plural\u00edstica, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad pol\u00edtica y la Iglesia y distinguir netamente entre la acci\u00f3n que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a t\u00edtulo personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acci\u00f3n que realizan, en nombre de la Iglesia, en comuni\u00f3n con sus pastores.<\/p>\n<p>La Iglesia, que por raz\u00f3n de su misi\u00f3n y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad pol\u00edtica ni est\u00e1 ligada a sistema pol\u00edtico alguno, es a la vez signo y salvaguardia del car\u00e1cter trascendente de la persona humana.<\/p>\n<p>La comunidad pol\u00edtica y la Iglesia son independientes y aut\u00f3nomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso t\u00edtulo, est\u00e1n al servicio de la vocaci\u00f3n personal y social del hombre. Este servicio lo realizar\u00e1n con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto m\u00e1s sana y mejor sea la cooperaci\u00f3n entre ellas, habida cuesta de las circunstancias de lugar y tiempo. El hombre, en efecto, no se limita al solo horizonte temporal, sino que, sujeto de la historia humana, mantiene \u00edntegramente su vocaci\u00f3n eterna. La Iglesia, por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez m\u00e1s el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada naci\u00f3n y entre las naciones. Predicando la verdad evang\u00e9lica e iluminando todos los sectores de la acci\u00f3n humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve tambi\u00e9n la libertad y la responsabilidad pol\u00edticas del ciudadano.<\/p>\n<p>Cuando los ap\u00f3stoles y sus sucesores y los cooperadores de \u00e9stos son enviados para anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, en el ejercicio de su apostolado se apoyan sobre el poder de Dios, el cual muchas veces manifiesta la fuerza del Evangelio en la debilidad de sus testigos. Es preciso que cuantos se consagran al ministerio de la palabra de Dios utilicen los caminos y medios propios del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas cosas de los medios que la ciudad terrena utiliza.<\/p>\n<p>Ciertamente, las realidades temporales y las realidades sobrenaturales est\u00e1n estrechamente unidas entre s\u00ed, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales en cuanto su propia misi\u00f3n lo exige. No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios dados por el poder civil; m\u00e1s a\u00fan, renunciar\u00e1 al ejercicio de ciertos derechos leg\u00edtimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empa\u00f1ar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposici\u00f3n. Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con aut\u00e9ntica libertad, ense\u00f1ar su doctrina social, ejercer su misi\u00f3n entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden pol\u00edtico, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvaci\u00f3n de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos seg\u00fan la diversidad de tiempos y de situaciones.<\/p>\n<p>Con su fiel adhesi\u00f3n al Evangelio y el ejercicio de su misi\u00f3n en el mundo, la Iglesia, cuya misi\u00f3n es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad humana, consolida la paz en la humanidad para gloria de Dios<\/p>\n<p><b>CAP\u00cdTULO V<\/b><\/p>\n<p><b>EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCI\u00d3N<br \/>\nDE LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS<\/b><\/p>\n<p><b><i>Introducci\u00f3n<\/i><\/b><\/p>\n<p>77. En estos \u00faltimos a\u00f1os, en los que a\u00fan perduran entre los hombres la aflicci\u00f3n y las angustias nacidas de la realidad o de la amenaza de una guerra, la universal familia humana ha llegado en su proceso de madurez a un momento de suprema crisis. Unificada paulatinamente y ya m\u00e1s consciente en todo lugar de su unidad, no puede llevar a cabo la tarea que tiene ante s\u00ed, es decir, construir un mundo m\u00e1s humano para todos los hombres en toda la extensi\u00f3n de la tierra, sin que todos se conviertan con esp\u00edritu renovado a la verdad de la paz. De aqu\u00ed proviene que el mensaje evang\u00e9lico, coincidente con los m\u00e1s profundos anhelos y deseos del g\u00e9nero humano, luzca en nuestros d\u00edas con nuevo resplandor al proclamar bienaventurados a los constructores de la paz, porque ser\u00e1n llamados hijos de Dios (<i>Mt<\/i>\u00a05,9).<\/p>\n<p>Por esto el Concilio, al tratar de la nobil\u00edsima y aut\u00e9ntica noci\u00f3n de la paz, despu\u00e9s de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente llamamiento a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor y a aportar los medios de la paz.<\/p>\n<p><b><i>Naturaleza de la paz<\/i><\/b><\/p>\n<p>78. La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemon\u00eda desp\u00f3tica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (<i>Is<\/i>\u00a032, 7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una m\u00e1s perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien com\u00fan del g\u00e9nero humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, est\u00e1 cometido a continuos cambios; por eso la paz jam\u00e1s es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de s\u00ed mismo y vigilancia por parte de la autoridad leg\u00edtima.<\/p>\n<p>Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicaci\u00f3n espont\u00e1nea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme prop\u00f3sito de respetar a los dem\u00e1s hombres y pueblos, as\u00ed como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. As\u00ed, la paz es tambi\u00e9n fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.<\/p>\n<p>La paz sobre la tierra, nacida del amor al pr\u00f3jimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Pr\u00edncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del g\u00e9nero humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, despu\u00e9s del triunfo de su resurrecci\u00f3n, ha infundido el Esp\u00edritu de amor en el coraz\u00f3n de los hombres.<\/p>\n<p>Por lo cual, se llama insistentemente la atenci\u00f3n de todos los cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad (<i>Eph<\/i>\u00a04,15), se unan con los hombres realmente pac\u00edficos para implorar y establecer la paz.<\/p>\n<p>Movidos por el mismo Esp\u00edritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa, que, por otra parte, est\u00e1n al alcance incluso de los m\u00e1s d\u00e9biles, con tal que esto sea posible sin lesi\u00f3n de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad.<\/p>\n<p>En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazar\u00e1 el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden tambi\u00e9n reportar la victoria sobre la violencia hasta la realizaci\u00f3n de aquella palabra: De sus espadas forjar\u00e1n arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantar\u00e1n ya m\u00e1s la espada una contra otra y jam\u00e1s se llevar\u00e1 a cabo la guerra (<i>Is<\/i>\u00a02,4).<\/p>\n<p><b>Secci\u00f3n I.- Obligaci\u00f3n de evitar la guerra<\/b><\/p>\n<p><i><b>Hay que frenar la crueldad de las guerras<\/b><\/i><\/p>\n<p>79. A pesar de que las guerras recientes han tra\u00eddo a nuestro mundo da\u00f1os grav\u00edsimos materiales y morales, todav\u00eda a diario en algunas zonas del mundo la guerra contin\u00faa sus devastaciones. Es m\u00e1s, al emplear en la guerra armas cient\u00edficas de todo g\u00e9nero, su crueldad intr\u00ednseca amenaza llevar a los que luchan a tal barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados. La complejidad de la situaci\u00f3n actual y el laberinto de las relaciones internaciones permiten prolongar guerras disfrazadas con nuevos m\u00e9todos insidiosos y subversivos. En muchos casos se admite como nuevo sistema de guerra el uso de los m\u00e9todos del terrorismo.<\/p>\n<p>Teniendo presente esta postraci\u00f3n de la humanidad el Concilio pretende recordar ante todo la vigencia permanente del derecho natural de gentes y de sus principios universales. La misma conciencia del g\u00e9nero humano proclama con firmeza, cada vez m\u00e1s, estos principios. Los actos, pues, que se oponen deliberadamente a tales principios y las \u00f3rdenes que mandan tales actos, son criminales y la obediencia ciega no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos con los que met\u00f3dicamente se extermina a todo un pueblo, raza o minor\u00eda \u00e9tnica: hay que condenar con energ\u00eda tales actos como cr\u00edmenes horrendos; se ha de encomiar, en cambio, al m\u00e1ximo la valent\u00eda de los que no temen oponerse abiertamente a los que ordenan semejantes cosas.<\/p>\n<p>Existen sobre la guerra y sus problemas varios tratados internacionales, suscritos por muchas naciones, para que las operaciones militares y sus consecuencias sean menos inhumanas; tales son los que tratan del destino de los combatientes heridos o prisioneros y otros por el estilo. Hay que cumplir estos tratados; es m\u00e1s, est\u00e1n obligados todos, especialmente las autoridades p\u00fablicas y los t\u00e9cnicos en estas materias, a procurar cuanto puedan su perfeccionamiento, para que as\u00ed se consiga mejor y m\u00e1s eficazmente atenuar la crueldad de las guerras. Tambi\u00e9n parece razonable que las leyes tengan en cuenta, con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo servir a la comunidad humana de otra forma.<\/p>\n<p>Desde luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pac\u00edficos de la diplomacia, no se podr\u00e1 negar el derecho de leg\u00edtima defensa a los gobiernos. A los jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de gobierno les incumbe el deber de proteger la seguridad de los pueblos a ellos confiados, actuando con suma responsabilidad en asunto tan grave. Pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia b\u00e9lica no legitima cualquier uso militar o pol\u00edtico de ella. Y una vez estallada lamentablemente la guerra, no por eso todo es l\u00edcito entre los beligerantes.<\/p>\n<p>Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, consid\u00e9rense instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempe\u00f1ando bien esta funci\u00f3n contribuyen realmente a estabilizar la paz.<\/p>\n<p><i><b>La guerra total<\/b><\/i><\/p>\n<p>80. El horror y la maldad de la guerra se acrecientan inmensamente con el incremento de las armas cient\u00edficas. Con tales armas, las operaciones b\u00e9licas pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas, las cuales, por tanto, sobrepasan excesivamente los l\u00edmites de la leg\u00edtima defensa. Es m\u00e1s, si se empleasen a fondo estos medios, que ya se encuentran en los dep\u00f3sitos de armas de las grandes naciones, sobrevendr\u00eda la matanza casi plena y totalmente rec\u00edproca de parte a parte enemiga, sin tener en cuanta las mil devastaciones que parecer\u00edan en el mundo y los perniciosos efectos nacidos del uso de tales armas.<\/p>\n<p>Todo esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva. Sepan los hombres de hoy que habr\u00e1n de dar muy seria cuanta de sus acciones b\u00e9licas. Pues de sus determinaciones presentes depender\u00e1 en gran parte el curso de los tiempos venideros.<\/p>\n<p>Teniendo esto es cuenta, este Concilio, haciendo suyas las condenaciones de la guerra mundial expresadas por los \u00faltimos Sumos Pont\u00edfices, declara:<\/p>\n<p>Toda acci\u00f3n b\u00e9lica que tienda indiscriminadamente a la destrucci\u00f3n de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones.<\/p>\n<p>El riesgo caracter\u00edstico de la guerra contempor\u00e1nea est\u00e1 en que da ocasi\u00f3n a los que poseen las recientes armas cient\u00edficas para cometer tales delitos y con cierta inexorable conexi\u00f3n puede empujar las voluntades humanas a determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jam\u00e1s suceda en el futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aqu\u00ed piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ej\u00e9rcito, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad.<\/p>\n<p><i><b>La carrera de armamentos<\/b><\/i><\/p>\n<p>81. Las armas cient\u00edficas no se acumulan exclusivamente para el tiempo de guerra. Puesto que la seguridad de la defensa se juzga que depende de la capacidad fulminante de rechazar al adversario, esta acumulaci\u00f3n de armas, que se agrava por a\u00f1os, sirve de manera ins\u00f3lita para aterrar a posibles adversarios. Muchos la consideran como el m\u00e1s eficaz de todos los medios para asentar firmemente la paz entre las naciones.<\/p>\n<p>Sea lo que fuere de este sistema de disuasi\u00f3n, conv\u00e9nzanse los hombres de que la carrera de armamentos, a la que acuden tantas naciones, no es camino seguro para conservar firmemente la paz, y que el llamado equilibrio de que ella proviene no es la paz segura y aut\u00e9ntica. De ah\u00ed que no s\u00f3lo no se eliminan las causas de conflicto, sino que m\u00e1s bien se corre el riesgo de agravarlas poco a poco. Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no se pueden remediar suficientemente tantas miserias del mundo entero. En vez de resta\u00f1ar verdadera y radicalmente las disensiones entre las naciones, otras zonas del mundo quedan afectadas por ellas. Hay que elegir nuevas rutas que partan de una renovaci\u00f3n de la mentalidad para eliminar este esc\u00e1ndalo y poder restablecer la verdadera paz, quedando el mundo liberado de la ansiedad que le oprime.<\/p>\n<p>Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de armamentos es la plaga m\u00e1s grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable. Hay que temer seriamente que, si perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos medios ya prepara.<\/p>\n<p>Advertidos de las calamidades que el g\u00e9nero humano ha hecho posibles, empleemos la pausa de que gozamos, concedida de lo Alto, para, con mayor conciencia de la propia responsabilidad, encontrar caminos que solucionen nuestras diferencias de un modo m\u00e1s digno del hombre. La Providencia divina nos pide insistentemente que nos liberemos de la antigua esclavitud de la guerra. Si renunci\u00e1ramos a este intento, no sabemos a d\u00f3nde nos llevar\u00e1 este mal camino por el que hemos entrado.<\/p>\n<p><b><i>Prohibici\u00f3n absoluta de la guerra.<\/i><\/b><br \/>\n<b><i>La acci\u00f3n internacional para evitar la guerra<\/i><\/b><\/p>\n<p>82. Bien claro queda, por tanto, que debemos procurar con todas nuestras fuerzas preparar un \u00e9poca en que, por acuerdo de las naciones, pueda ser absolutamente prohibida cualquier guerra. Esto requiere el establecimiento de una autoridad p\u00fablica universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Pero antes de que se pueda establecer tan deseada autoridad es necesario que las actuales asociaciones internacionales supremas se dediquen de lleno a estudiar los medios m\u00e1s aptos para la seguridad com\u00fan. La paz ha de nacer de la mutua confianza de los pueblos y no debe ser impuesta a las naciones por el terror de las armas; por ello, todos han de trabajar para que la carrera de armamentos cese finalmente, para que comience ya en realidad la reducci\u00f3n de armamentos, no unilateral, sino simult\u00e1nea, de mutuo acuerdo, con aut\u00e9nticas y eficaces garant\u00edas.<\/p>\n<p>No hay que despreciar, entretanto, los intentos ya realizados y que a\u00fan se llevan a cabo para alejar el peligro de la guerra. M\u00e1s bien hay que ayudar la buena voluntad de much\u00edsimos que, aun agobiados por las enormes preocupaciones de sus altos cargos, movidos por el grav\u00edsimo deber que les acucia, se esfuerzan, por eliminar la guerra, que aborrecen, aunque no pueden prescindir de la complejidad inevitable de las cosas. Hay que pedir con insistencia a Dios que les d\u00e9 fuerzas para perseverar en su intento y llevar a cabo con fortaleza esta tarea de sumo amor a los hombres, con la que se construye virilmente la paz. Lo cual hoy exige de ellos con toda certeza que ampl\u00eden su mente m\u00e1s all\u00e1 de las fronteras de la propia naci\u00f3n, renuncien al ego\u00edsmo nacional ya a la ambici\u00f3n de dominar a otras naciones, alimenten un profundo respeto por toda la humanidad, que corre ya, aunque tan laboriosamente, hacia su mayor unidad.<\/p>\n<p>Acerca de los problemas de la paz y del desarme, los sondeos y conversaciones diligente e ininterrumpidamente celebrados y los congresos internacionales que han tratado de este asunto deben ser considerados como los primeros pasos para solventar temas tan espinosos y serios, y hay que promoverlos con mayor urgencia en el futuro para obtener resultados pr\u00e1cticos. Sin embargo, hay que evitar el confiarse s\u00f3lo en los conatos de unos pocos, sin preocuparse de la reforma en la propia mentalidad. Pues los que gobiernan a los pueblos, que son garantes del bien com\u00fan de la propia naci\u00f3n y al mismo tiempo promotores del bien de todo el mundo, dependen enormemente de las opiniones y de los sentimientos de las multitudes. Nada les aprovecha trabajar en la construcci\u00f3n de la paz mientras los sentimientos de hostilidad, de menos precio y de desconfianza, los odios raciales y las ideolog\u00edas obstinadas, dividen a los hombres y los enfrentan entre s\u00ed. Es de suma urgencia proceder a una renovaci\u00f3n en la educaci\u00f3n de la mentalidad y a una nueva orientaci\u00f3n en la opini\u00f3n p\u00fablica. Los que se entregan a la tarea de la educaci\u00f3n, principalmente de la juventud, o forman la opini\u00f3n p\u00fablica, tengan como grav\u00edsima obligaci\u00f3n la preocupaci\u00f3n de formar las mentes de todos en nuevos sentimientos pac\u00edficos. Tenemos todos que cambiar nuestros corazones, con los ojos puestos en el orbe entero y en aquellos trabajos que toso juntos podemos llevar a cabo para que nuestra generaci\u00f3n mejore.<\/p>\n<p>Que no nos enga\u00f1e una falsa esperanza. Pues, si no se establecen en el futuro tratados firmes y honestos sobre la paz universal una vez depuestos los odios y las enemistades, la humanidad, que ya est\u00e1 en grave peligro, aun a pesar de su ciencia admirable, quiz\u00e1 sea arrastrada funestamente a aquella hora en la que no habr\u00e1 otra paz que la paz horrenda de la muerte. Pero, mientras dice todo esto, la Iglesia de Cristo, colocada en medio de la ansiedad de hoy, no cesa de esperar firmemente. A nuestra \u00e9poca, una y otra vez, oportuna e importunamente, quiere proponer el mensaje apost\u00f3lico:\u00a0<i>Este es el tiempo aceptable<\/i>\u00a0para que cambien los corazones,\u00a0<i>\u00e9ste es el d\u00eda de la salvaci\u00f3n<\/i>.<\/p>\n<p><b>Secci\u00f3n 2.- Edificar la comunidad internacional<\/b><\/p>\n<p><i><b>Causas y remedios de las discordias<\/b><\/i><\/p>\n<p>83. Para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Entre esas causas deben desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de \u00e9stas provienen de las excesivas desigualdades econ\u00f3micas y de la lentitud en la aplicaci\u00f3n de las soluciones necesarias. Otras nacen del deseo de dominio y del desprecio por las personas, y, si ahondamos en los motivos m\u00e1s profundos, brotan de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y dem\u00e1s pasiones ego\u00edstas. Como el hombre no puede soportar tantas deficiencias en el orden, \u00e9stas hacen que, aun sin haber guerras, el mundo est\u00e9 plagado sin cesar de luchas y violencias entre los hombres. Como, adem\u00e1s, existen los mismos males en las relaciones internacionales, es totalmente necesario que, para vencer y prevenir semejantes males y para reprimir las violencias desenfrenadas, las instituciones internacionales cooperen y se coordinen mejor y m\u00e1s firmemente y se estimule sin descanso la creaci\u00f3n de organismos que promuevan la paz.<\/p>\n<p><i><b>La comunidad de las naciones y las instituciones internacionales<\/b><\/i><\/p>\n<p>84. Dados los lazos tan estrechos y recientes de mutua dependencia que hoy se dan entre todos los ciudadanos y entre todos los pueblos de la tierra, la b\u00fasqueda certera y la realizaci\u00f3n eficaz del bien com\u00fan universal exigen que la comunidad de las naciones se d\u00e9 a s\u00ed misma un ordenamiento que responda a sus obligaciones actuales, teniendo particularmente en cuanta las numerosas regiones que se encuentran a\u00fan hoy en estado de miseria intolerable.<\/p>\n<p>Para lograr estos fines, las instituciones de la comunidad internacional deben, cada una por su parte, proveer a las diversas necesidades de los hombres tanto en el campo de la vida social, alimentaci\u00f3n, higiene, educaci\u00f3n, trabajo, como en m\u00faltiples circunstancias particulares que surgen ac\u00e1 y all\u00e1; por ejemplo, la necesidad general que las naciones en v\u00edas de desarrollo sienten de fomentar el progreso, de remediar en todo el mundo la triste situaci\u00f3n de los refugiados o ayudar a los emigrantes y a sus familias.<\/p>\n<p>Las instituciones internacionales, mundiales o regionales ya existentes son benem\u00e9ritas del g\u00e9nero humano. Son los primeros conatos de echar los cimientos internaciones de toda la comunidad humana para solucionar los grav\u00edsimos problemas de hoy, se\u00f1aladamente para promover el progreso en todas partes y evitar la guerra en cualquiera de sus formas. En todos estos campos, la Iglesia se goza del esp\u00edritu de aut\u00e9ntica fraternidad que actualmente florece entre los cristianos y los no cristianos, y que se esfuerza por intensificar continuamente los intentos de prestar ayuda para suprimir ingentes calamidades.<\/p>\n<p><i><b>La cooperaci\u00f3n internacional en el orden econ\u00f3mico<\/b><\/i><\/p>\n<p>85. La actual uni\u00f3n del g\u00e9nero humano exige que se establezca tambi\u00e9n una mayor cooperaci\u00f3n internacional en el orden econ\u00f3mico. Pues la realidad es que, aunque casi todos los pueblos han alcanzado la independencia, distan mucho de verse libres de excesivas desigualdades y de toda suerte de inadmisibles dependencias, as\u00ed como de alejar de s\u00ed el peligro de las dificultades internas.<\/p>\n<p>El progreso de un pa\u00eds depende de los medios humanos y financieros de que dispone. Los ciudadanos deben prepararse, pro medio de la educaci\u00f3n y de la formaci\u00f3n profesional, al ejercicio de las diversas funciones de la vida econ\u00f3mica y social. Para esto se requiere la colaboraci\u00f3n de expertos extranjeros que en su actuaci\u00f3n se comporten no como dominadores, sino como auxiliares y cooperadores. La ayuda material a los pa\u00edses en v\u00edas de desarrollo no podr\u00e1 prestarse si no se operan profundos cambios en las estructuras actuales del comercio mundial. Los pa\u00edses desarrollados deber\u00e1n prestar otros tipos de ayuda, en forma de donativos, pr\u00e9stamos o inversi\u00f3n de capitales; todo lo cual ha de hacerse con generosidad y sin ambici\u00f3n por parte del que ayuda y con absoluta honradez por parte del que recibe tal ayuda.<\/p>\n<p>Para establecer un aut\u00e9ntico orden econ\u00f3mico universal hay que acabar con las pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el af\u00e1n de dominaci\u00f3n pol\u00edtica, los c\u00e1lculos de car\u00e1cter militarista y las maquinaciones para difundir e imponer las ideolog\u00edas. Son muchos los sistemas econ\u00f3micos y sociales que hoy se proponen; es de desear que los expertos sepan encontrar en ellos los principios b\u00e1sicos comunes de un sano comercio mundial. Ello ser\u00e1 f\u00e1cil si todos y cada uno deponen sus prejuicios y se muestran dispuestos a un di\u00e1logo sincero.<\/p>\n<p><i><b>Algunas normas oportunas<\/b><\/i><\/p>\n<p>86. Para esta cooperaci\u00f3n parecen oportunas las normas siguientes:<\/p>\n<p>a) Los pueblos que est\u00e1n en v\u00edas de desarrollo entiendan bien que han de buscar expresa y firmemente, como fin propio del progreso, la plena perfecci\u00f3n humana de sus ciudadanos. Tengan presente que el progreso surge y se acrecienta principalmente por medio del trabajo y la preparaci\u00f3n de los propios pueblos, progreso que debe ser impulsado no s\u00f3lo con las ayudas exteriores, sino ante todo con el desenvolvimiento de las propias fuerzas y el cultivo de las dotes y tradiciones propias. En esta tarea deben sobresalir quienes ejercen mayor influjo sobre sus conciudadanos.<\/p>\n<p>b) Por su parte, los pueblos ya desarrollados tienen la obligaci\u00f3n grav\u00edsima de ayudar a los pa\u00edses en v\u00edas de desarrollo a cumplir tales cometidos. Por lo cual han de someterse a las reformas psicol\u00f3gicas y materiales que se requieren para crear esta cooperaci\u00f3n internacional. Busquen as\u00ed, con sumo cuidado en las relaciones comerciales con los pa\u00edses m\u00e1s d\u00e9biles y pobres, el bien de estos \u00faltimos, porque tales pueblos necesitan para su propia sustentaci\u00f3n los beneficios que logran con la venta de sus mercanc\u00edas.<\/p>\n<p>c) Es deber de la comunidad internacional regular y estimular el desarrollo de forma que los bienes a este fin destinados sean invertidos con la mayor eficacia y equidad. Pertenece tambi\u00e9n a dicha comunidad, salvado el principio de la acci\u00f3n subsidiaria, ordenar las relaciones econ\u00f3micas en todo el mundo para que se ajusten a la justicia. F\u00fandense instituciones capaces de promover y de ordenar el comercio internacional, en particular con las naciones menos desarrolladas, y de compensar los desequilibrios que proceden de la excesiva desigualdad de poder entre las naciones. Esta ordenaci\u00f3n, unida a otras ayudas de tipo t\u00e9cnico, cultural o monetario, debe ofrecer los recursos necesarios a los pa\u00edses que caminan hacia el progreso, de forma que puedan lograr convenientemente el desarrollo de su propia econom\u00eda.<\/p>\n<p>d) En muchas ocasiones urge la necesidad de revisar las estructuras econ\u00f3micas y sociales; pero hay que prevenirse frente a soluciones t\u00e9cnicas poco ponderadas y sobre todo aquellas que ofrecen al hombre ventajas materiales, pero se oponen a la naturaleza y al perfeccionamiento espiritual del hombre. Pues no s\u00f3lo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (<i>Mt<\/i>\u00a04,4). Cualquier parcela de la familia humana, tanto en s\u00ed misma como en sus mejores tradiciones, lleva consigo algo del tesoro espiritual confiado por Dios a la humanidad, aunque muchos desconocen su origen.<\/p>\n<p><b><i>Cooperaci\u00f3n internacional en lo tocante al crecimiento demogr\u00e1fico<\/i><\/b><\/p>\n<p>87. Es sobremanera necesaria la cooperaci\u00f3n internacional en favor de aquellos pueblos que actualmente con harta frecuencia, aparte de otras muchas dificultades, se ven agobiados por la que proviene del r\u00e1pido aumento de su poblaci\u00f3n. Urge la necesidad de que, por medio de una plena e intensa cooperaci\u00f3n de todos los pa\u00edses, pero especialmente de los m\u00e1s ricos, se halle el modo de disponer y de facilitar a toda la comunidad humana aquellos bienes que son necesarios para el sustento y para la conveniente educaci\u00f3n del hombre. Son varios los pa\u00edses que podr\u00edan mejorar mucho sus condiciones de vida si pasaran, dotados de la conveniente ense\u00f1anza, de m\u00e9todos agr\u00edcolas arcaicos al empleo de las nuevas t\u00e9cnicas, aplic\u00e1ndolas con la debida prudencia a sus condiciones particulares una vez que se haya establecido un mejor orden social y se haya distribuido m\u00e1s equitativamente la propiedad de las tierras.<\/p>\n<p>Los gobiernos respectivos tienen derechos y obligaciones, en lo que toca a los problemas de su propia poblaci\u00f3n, dentro de los l\u00edmites de su espec\u00edfica competencia. Tales son, por ejemplo, la legislaci\u00f3n social y la familiar, la emigraci\u00f3n del campo a la ciudad, la informaci\u00f3n sobre la situaci\u00f3n y necesidades del pa\u00eds. Como hoy la agitaci\u00f3n que en torno a este problema sucede a los esp\u00edritus es tan intensa, es de desear que los cat\u00f3licos expertos en todas estas materias, particularmente en las universidades, contin\u00faen con intensidad los estudios comenzados y los desarrollen cada vez m\u00e1s.<\/p>\n<p>Dado que muchos afirman que el crecimiento de la poblaci\u00f3n mundial, o al menos el de algunos pa\u00edses, debe frenarse por todos los medios y con cualquier tipo de intervenci\u00f3n de la autoridad p\u00fablica, el Concilio exhorta a todos a que se prevenga frente a las soluciones, propuestas en privado o en p\u00fablico y a veces impuestas, que contradicen a la moral. Porque, conforme al inalienable derecho del hombre al matrimonio y a la procreaci\u00f3n, la decisi\u00f3n sobre el n\u00famero de hijos depende del recto juicio de los padres, y de ning\u00fan modo puede someterse al criterio de la autoridad p\u00fablica. Y como el juicio de los padres requiere como presupuesto una conciencia rectamente formada, es de gran importancia que todos puedan cultivar una recta y aut\u00e9nticamente humana responsabilidad que tenga en cuanta la ley divina, consideradas las circunstancias de la realidad y de la \u00e9poca. Pero esto exige que se mejoren en todas partes las condiciones pedag\u00f3gicas y sociales y sobre todo que se d\u00e9 una formaci\u00f3n religiosa o, al menos, una \u00edntegra educaci\u00f3n moral. D\u00e9se al hombre tambi\u00e9n conocimiento sabiamente cierto de los progresos cient\u00edficos con el estudio de los m\u00e9todos que pueden ayudar a los c\u00f3nyuges en la determinaci\u00f3n del n\u00famero de hijos, m\u00e9todos cuya seguridad haya sido bien comprobada y cuya concordancia con el orden moral est\u00e9 demostrada.<\/p>\n<p><i><b>Misi\u00f3n de los cristianos en la cooperaci\u00f3n internacional<\/b><\/i><\/p>\n<p>88. Cooperen gustosamente y de coraz\u00f3n los cristianos en la edificaci\u00f3n del orden internacional con la observancia aut\u00e9ntica de las leg\u00edtimas libertades y la amistosa fraternidad con todos, tanto m\u00e1s cuanto que la mayor parte de la humanidad sufre todav\u00eda tan grandes necesidades, que con raz\u00f3n puede decirse que es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar la caridad de sus disc\u00edpulos. Que no sirva de esc\u00e1ndalo a la humanidad el que algunos pa\u00edses, generalmente los que tienen una poblaci\u00f3n cristiana sensiblemente mayoritaria, disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y toda clase de miserias. El esp\u00edritu de pobreza y de caridad son gloria y testimonio de la Iglesia de Cristo.<\/p>\n<p>Merecen, pues, alabanza y ayuda aquellos cristianos, en especial j\u00f3venes, que se ofrecen voluntariamente para auxiliar a los dem\u00e1s hombres y pueblos. M\u00e1s a\u00fan, es deber del Pueblo de Dios, y los primeros los Obispos, con su palabra y ejemplo, el socorrer, en la medida de sus fuerzas, las miserias de nuestro tiempo y hacerlo, como era ante costumbre en la Iglesia, no s\u00f3lo con los bienes superfluos, sino tambi\u00e9n con los necesarios.<\/p>\n<p>El modo concreto de las colectas y de los repartos, sin que tenga que ser regulado de manera r\u00edgida y uniforme, ha de establecerse, sin embargo, de modo conveniente en los niveles diocesano, nacional y mundial, unida, siempre que parezca oportuno, la acci\u00f3n de los cat\u00f3licos con la de los dem\u00e1s hermanos cristianos. Porque el esp\u00edritu de caridad en modo alguno proh\u00edbe el ejercicio fecundo y organizado de la acci\u00f3n social caritativa, sino que lo impone obligatoriamente. Por eso es necesario que quienes quieren consagrarse al servicio de los pueblos en v\u00edas de desarrollo se formen en instituciones adecuadas.<\/p>\n<p><b><i>Presencia eficaz de la Iglesia en la comunidad internacional<\/i><\/b><\/p>\n<p>89. La Iglesia, cuando predica, basada en su misi\u00f3n divina, el Evangelio a todos los hombres y ofrece los tesoros de la gracia, contribuye a la consolidaci\u00f3n de la paz en todas partes y al establecimiento de la base firme de la convivencia fraterna entre los hombres y los pueblos, esto es, el conocimiento de la ley divina y natural. Es \u00e9ste el motivo de la absolutamente necesaria presencia de la Iglesia en la comunidad de los pueblos para fomentar e incrementar la cooperaci\u00f3n de todos, y ello tanto por sus instituciones p\u00fablicas como por la plena y sincera colaboraci\u00f3n de los cristianos, inspirada pura y exclusivamente por el deseo de servir a todos.<\/p>\n<p>Este objetivo podr\u00e1 alcanzarse con mayor eficacia si los fieles, conscientes de su responsabilidad humana y cristiana, se esfuerzan por despertar en su \u00e1mbito personal de vida la pronta voluntad de cooperar con la comunidad internacional. En esta materia pr\u00e9stese especial cuidado a la formaci\u00f3n de la juventud tanto en la educaci\u00f3n religiosa como en la civil.<\/p>\n<p><b><i>Participaci\u00f3n del cristiano en las instituciones internacionales<\/i><\/b><\/p>\n<p>90. Forma excelente de la actividad internacional de los cristianos es, sin duda, la colaboraci\u00f3n que individual o colectivamente prestan en las instituciones fundadas o por fundar para fomentar la cooperaci\u00f3n entre las naciones. A la creaci\u00f3n pac\u00edfica y fraterna de la comunidad de los pueblos pueden servir tambi\u00e9n de m\u00faltiples maneras las varias asociaciones cat\u00f3licas internacionales, que hay que consolidar aumentando el n\u00famero de sus miembros bien formados, los medios que necesitan y la adecuada coordinaci\u00f3n de energ\u00edas. La eficacia en la acci\u00f3n y la necesidad del di\u00e1logo piden en nuestra \u00e9poca iniciativas de equipo. Estas asociaciones contribuyen adem\u00e1s no poco al desarrollo del sentido universal, sin duda muy apropiado para el cat\u00f3lico, y a la formaci\u00f3n de una conciencia de la genuina solidaridad y responsabilidad universales.<\/p>\n<p>Es de desear, finalmente, que los cat\u00f3licos, para ejercer como es debido su funci\u00f3n en la comunidad internacional, procuren cooperar activa y positivamente con los hermanos separados que juntamente con ellos practican la caridad evang\u00e9lica, y tambi\u00e9n con todos los hombres que tienen sed de aut\u00e9ntica paz.<\/p>\n<p>El Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todav\u00eda a la mayor\u00eda de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia y el amor de Cristo a los pobres juzga muy oportuno que se cree un organismo universal de la Iglesia que tenga como funci\u00f3n estimular a la comunidad cat\u00f3lica para promover el desarrollo a los pa\u00edses pobres y la justicia social internacional.<\/p>\n<p><b>CONCLUSI\u00d3N<\/b><\/p>\n<p><i><b>Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares<\/b><\/i><\/p>\n<p>91. Todo lo que, extra\u00eddo del tesoro doctrinal de la Iglesia, ha propuesto el Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros d\u00edas, a los que creen en Dios y a los que no creen en El de forma expl\u00edcita, a fin de que, con la m\u00e1s clara percepci\u00f3n de su entera vocaci\u00f3n, ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal m\u00e1s profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias de nuestra edad.<\/p>\n<p>Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen hoy en el mundo, esta exposici\u00f3n, en la mayor\u00eda de sus partes, presenta deliberadamente una forma gen\u00e9rica; m\u00e1s a\u00fan, aunque reitera la doctrina recibida en la Iglesia, como m\u00e1s de una vez trata de materias sometidas a incesante evoluci\u00f3n, deber\u00e1 ser continuada y aplicada en el futuro. Confiamos, sin embargo, que muchas de las cosas que hemos dicho, apoyados en la palabra de Dios y en el esp\u00edritu del Evangelio, podr\u00e1n prestar a todos valiosa ayuda, sobre todo una vez que la adaptaci\u00f3n a cada pueblo y a cada mentalidad haya sido llevada a cabo por los cristianos bajo la direcci\u00f3n de los pastores.<\/p>\n<p><i><b>El di\u00e1logo entre todos los hombres<\/b><\/i><\/p>\n<p>92. La Iglesia, en virtud de la misi\u00f3n que tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evang\u00e9lico y de reunir en un solo Esp\u00edritu a todos los hombres de cualquier naci\u00f3n, raza o cultura, se convierte en se\u00f1al de la fraternidad que permite y consolida el di\u00e1logo sincero.<\/p>\n<p>Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las leg\u00edtimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el di\u00e1logo entre todos los que integran el \u00fanico Pueblo de Dios, tanto los pastores como los dem\u00e1s fieles. Los lazos de uni\u00f3n de los fieles son mucho m\u00e1s fuertes que los motivos de divisi\u00f3n entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.<\/p>\n<p>Nuestro esp\u00edritu abraza al mismo tiempo a los hermanos que todav\u00eda no viven unidos a nosotros en la plenitud de comuni\u00f3n y abraza tambi\u00e9n a sus comunidades. Con todos ellos nos sentimos unidos por la confesi\u00f3n del Padre y del Hijo y del Esp\u00edritu Santo y por el v\u00ednculo de la caridad, conscientes de que la unidad de los cristianos es objeto de esperanzas y de deseos hoy incluso por muchos que no creen en Cristo. Los avances que esta unidad realice en la verdad y en la caridad bajo la poderosa virtud y la paz para el universo mundo. Por ello, con uni\u00f3n de energ\u00edas y en formas cada vez m\u00e1s adecuadas para lograr hoy con eficacia este importante prop\u00f3sito, procuremos que, ajust\u00e1ndonos cada vez m\u00e1s al Evangelio, cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana, que est\u00e1 llamada en Cristo Jes\u00fas a ser la familia de los hijos de Dios.<\/p>\n<p>Nos dirigimos tambi\u00e9n por la misma raz\u00f3n a todos los que creen en Dios y conservan en el legado de sus tradiciones preciados elementos religiosos y humanos, deseando que el coloquio abierto nos mueva a todos a recibir fielmente los impulsos del Esp\u00edritu y a ejecutarlos con \u00e1nimo alacre.<\/p>\n<p>El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad por impulso exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria prudencia, no excluye a nadie por parte nuestra, ni siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos del esp\u00edritu humano, pero no reconocen todav\u00eda al Autor de todos ellos. Ni tampoco excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de varias maneras. Dios Padre es el principio y el fin de todos. Por ello, todos estamos llamados a ser hermanos. En consecuencia, con esta com\u00fan vocaci\u00f3n humana y divina, podemos y debemos cooperar, sin violencias, sin enga\u00f1os, en verdadera paz, a la edificaci\u00f3n del mundo.<\/p>\n<p><i><b>Edificaci\u00f3n del mundo y orientaci\u00f3n de \u00e9ste a Dios<\/b><\/i><\/p>\n<p>93. Los cristianos recordando la palabra del Se\u00f1or: En esto conocer\u00e1n todos que sois mis disc\u00edpulos, en el amor mutuo que os teng\u00e1is (<i>Io<\/i>\u00a013,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesi\u00f3n al Evangelio y con el uso de las energ\u00edas propias de \u00e9ste, unidos a todos los que aman y practican la justicia, han tomado sobre s\u00ed una tarea ingente que han de cumplir en la tierra, y de la cual deber\u00e1n responder ante Aquel que juzgar\u00e1 a todos en el \u00faltimo d\u00eda. No todos los que dicen: \u00ab\u00a1Se\u00f1or, Se\u00f1or!\u00bb, entrar\u00e1n en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre y ponen manos a la obra. Quiere el Padre que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano, en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando as\u00ed testimonio de la Verdad, y que comuniquemos con los dem\u00e1s el misterio del amor del Padre celestial. Por esta v\u00eda, en todo el mundo los hombres se sentir\u00e1n despertados a una viva esperanza, que es don del Esp\u00edritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la patria que brillar\u00e1 con la gloria del Se\u00f1or.<\/p>\n<p>\u00abAl que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos m\u00e1s de lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que act\u00faa en nosotros, a El sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jes\u00fas, en todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Am\u00e9n.\u00bb (<i>Eph<\/i>\u00a03,20-21).<\/p>\n<p>Todas y cada una de las cosas que en esta Constituci\u00f3n pastoral se incluyen han obtenido el benepl\u00e1cito de los Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la autoridad apost\u00f3lica a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente con los venerables Padres, lo aprobamos en el Esp\u00edritu Santo, decretamos y establecemos, y ordenamos que se promulgue, para gloria de Dios, todo los aprobado conciliarmente.<\/p>\n<p><i>Roma, en San Pedro, 7 de diciembre de 1965.<\/i><\/p>\n<p align=\"right\">Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia cat\u00f3lica.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Constituci\u00f3n Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual<\/p>\n","protected":false},"author":15,"featured_media":77578,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_crdt_document":"","inline_featured_image":false,"footnotes":""},"categories":[102,104],"tags":[9368,9367,440,8420],"class_list":["post-77577","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-documentos","category-documentos-papa-completos-es","tag-constitucion-pastoral","tag-gaudium-et-spes","tag-iglesia","tag-pablo-vi"],"acf":[],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.4 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>Gaudium et Spes &#8211; 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