{"id":179988,"date":"2026-07-23T09:30:59","date_gmt":"2026-07-23T07:30:59","guid":{"rendered":"https:\/\/exaudi.org\/?p=179988"},"modified":"2026-07-23T11:03:13","modified_gmt":"2026-07-23T09:03:13","slug":"la-verdadera-trascendencia-del-mundial","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/exaudi.org\/es\/la-verdadera-trascendencia-del-mundial\/","title":{"rendered":"La verdadera trascendencia del Mundial"},"content":{"rendered":"<p>La victoria de Espa\u00f1a en el Mundial de 2026 quedar\u00e1 grabada durante mucho tiempo en la memoria colectiva del pa\u00eds. Como ocurri\u00f3 en 2010, millones de personas siguieron la final con una intensidad extraordinaria y celebraron despu\u00e9s el triunfo en calles y plazas con una alegr\u00eda que parec\u00eda desbordar ampliamente el resultado de un partido. Pero acaso el verdadero inter\u00e9s de ese fen\u00f3meno no resida solo en el f\u00fatbol. Puede que nos est\u00e9 revelando algo m\u00e1s profundo sobre nosotros mismos.<\/p>\n<p><iframe title=\"Spotify Embed: La verdadera trascendencia del Mundial\" style=\"border-radius: 12px\" width=\"100%\" height=\"152\" frameborder=\"0\" allowfullscreen allow=\"autoplay; clipboard-write; encrypted-media; fullscreen; picture-in-picture\" loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/open.spotify.com\/embed\/episode\/69cYI1fjDOweiIIqx212hf?si=EKI4oHq_Tf6lebA7W2j7fQ&amp;utm_source=oembed\"><\/iframe><\/p>\n<p>Hab\u00edamos contemplado escenas semejantes, aunque a otra escala, con el paso de la gabarra por la r\u00eda de Bilbao tras la victoria copera del Athletic: transportes y paseos colapsados, familias aguardando durante horas y una multitud cercana al mill\u00f3n de personas entregada al paso de una embarcaci\u00f3n convertida casi en el centro de una procesi\u00f3n. Lo mismo sucede en Madrid ante la Cibeles, en Barcelona o en cualquier pa\u00eds donde un equipo alcanza la gloria. Cambian los colores, los himnos y los lugares de peregrinaci\u00f3n, pero el impulso humano parece ser el mismo.<\/p>\n<p>\u00c9mile Durkheim observ\u00f3 que la religi\u00f3n no consiste \u00fanicamente en creer en unos dogmas o en aceptar una doctrina. Es, ante todo, una comunidad que se re\u00fane alrededor de s\u00edmbolos, rituales y una memoria compartida. Mediante ellos, el individuo deja de sentirse aislado y se reconoce como parte de una realidad que lo trasciende. La fuerza que atribuye a lo sagrado procede tambi\u00e9n de la comunidad que lo celebra y en la que \u00e9l mismo queda integrado.<\/p>\n<p>Se produce as\u00ed una suerte de efervescencia colectiva: ese estado de exaltaci\u00f3n que surge cuando una multitud reunida canta, aclama, repite los mismos gestos y comparte una emoci\u00f3n com\u00fan. Durante unos instantes, cada persona parece salir de s\u00ed misma y participar de una energ\u00eda que jam\u00e1s experimentar\u00eda en soledad. La comunidad se contempla, por as\u00ed decirlo, en sus propios s\u00edmbolos y reafirma mediante ellos su existencia.<\/p>\n<p>Salvando todas las distancias, el gran f\u00fatbol contempor\u00e1neo reproduce algunos de esos mecanismos. Tiene sus templos \u2014Maracan\u00e1, la Bombonera, el Centenario, Wembley, San Mam\u00e9s, el Bernab\u00e9u\u2026\u2014; sus c\u00e1nticos, sus colores casi sagrados y sus h\u00e9roes transmitidos de padres a hijos. El estadio separa el tiempo ordinario del tiempo lit\u00fargico del partido, y la multitud, reunida en torno a un mismo emblema, experimenta precisamente esa intensificaci\u00f3n de la vida colectiva que Durkheim consideraba uno de los rasgos fundamentales del fen\u00f3meno religioso. Cada club posee incluso algo parecido a un credo. El Athletic ha hecho de la fidelidad a la cantera una se\u00f1a de identidad; el Real Madrid, de la victoria una aut\u00e9ntica vocaci\u00f3n; el Bar\u00e7a convirti\u00f3 durante d\u00e9cadas el lema M\u00e9s que un club en una declaraci\u00f3n de pertenencia. El equipo se hereda como antes se heredaban el caser\u00edo, la parroquia o determinadas tradiciones familiares. Cambiar de club puede vivirse como una peque\u00f1a apostas\u00eda, mientras que permanecer fiel en la derrota adquiere un prestigio casi moral.<\/p>\n<p>No es extra\u00f1o que alguien pudiera decir, parafraseando a Marx, que el f\u00fatbol se ha convertido en el nuevo opio del pueblo o en una versi\u00f3n contempor\u00e1nea del circo de los romanos. Ofrece evasi\u00f3n, ocupa la conversaci\u00f3n p\u00fablica, genera \u00eddolos y desplaza durante unas horas preocupaciones y sufrimientos. En torno a \u00e9l se ha levantado, adem\u00e1s, una industria gigantesca que transforma la pasi\u00f3n en espect\u00e1culo, publicidad y consumo.<\/p>\n<p>Sin embargo, reducirlo todo a la manipulaci\u00f3n de los forjadores de opini\u00f3n o al simple negocio ser\u00eda demasiado f\u00e1cil. La industria no ha creado esa pasi\u00f3n: se ha construido sobre ella. Ninguna campa\u00f1a publicitaria podr\u00eda movilizar a centenares de millones de personas si no encontrara previamente un terreno f\u00e9rtil en el coraz\u00f3n humano. El f\u00fatbol triunfa porque responde, aunque sea de manera parcial y pasajera, a necesidades mucho m\u00e1s profundas y anteriores al mercado.<\/p>\n<h3><strong>Cohesi\u00f3n y rivalidad<\/strong><\/h3>\n<p>El hombre no vive solo de trabajar, producir y consumir. Necesita celebrar, compartir s\u00edmbolos, admirar la excelencia, reconocerse en una historia com\u00fan y sentirse miembro de una realidad mayor que \u00e9l mismo. Necesita poder decir \u00abnosotros\u00bb en una \u00e9poca que lo empuja constantemente hacia el aislamiento del \u00abyo\u00bb y, con \u00e9l, hacia el progresivo eclipse del \u00abotro\u00bb.<\/p>\n<p>Durante siglos, esa funci\u00f3n de cohesi\u00f3n fue desempe\u00f1ada por la religi\u00f3n, las fiestas populares, la comunidad local y la conciencia nacional. En sociedades secularizadas, fragmentadas y crecientemente individualistas, el f\u00fatbol ha venido a ocupar parte del espacio que aquellas formas de pertenencia han ido dejando vac\u00edo.<\/p>\n<p>Pocas im\u00e1genes son tan elocuentes como la de millones de espa\u00f1oles celebrando juntos la victoria de la selecci\u00f3n. Durante unas horas parecen diluirse las diferencias pol\u00edticas, territoriales, generacionales o sociales. Personas que probablemente discrepar\u00edan en casi todo se abrazan despu\u00e9s de un gol y descubren que forman parte de un mismo \u00abnosotros\u00bb. El triunfo no elimina los conflictos, pero los suspende; hace visible una comunidad que parec\u00eda desvanecida y devuelve a la naci\u00f3n, siquiera por un instante, la conciencia de una alegr\u00eda compartida.<\/p>\n<p>El f\u00fatbol une al abuelo que recuerda a los jugadores de su infancia con el ni\u00f1o que acaba de aprender sus nombres; al emigrante que contempla el partido lejos de su pa\u00eds con quien lo sigue desde la plaza de su pueblo; al creyente y al agn\u00f3stico, al conservador y al progresista. Todos quedan igualados durante noventa minutos por una misma incertidumbre y una misma esperanza.<\/p>\n<p>Pero existe tambi\u00e9n una dimensi\u00f3n m\u00e1s oscura. Todo \u00abnosotros\u00bb parece necesitar un \u00abellos\u00bb. La pertenencia genera rivalidad, y la rivalidad puede producir hostilidad. La historia del f\u00fatbol conoce episodios de violencia, racismo, humillaci\u00f3n del adversario y nacionalismos excluyentes. Lo sucedido despu\u00e9s de la final entre algunos jugadores espa\u00f1oles y argentinos record\u00f3 que la frontera entre la competici\u00f3n y el enfrentamiento puede ser muy fr\u00e1gil.<\/p>\n<p>Ren\u00e9 Girard sostuvo que el deseo humano es imitativo: deseamos lo que otros desean y esa coincidencia nos convierte f\u00e1cilmente en rivales. Cuando la rivalidad no encuentra l\u00edmites puede propagarse hasta desembocar en violencia. El deporte cumple, en buena medida, una funci\u00f3n de contenci\u00f3n: las naciones se miden mediante selecciones, las ciudades rivalizan en un estadio y el adversario es combatido simb\u00f3licamente, no destruido.<\/p>\n<p>El f\u00fatbol no ha abolido la violencia ni puede resolver por s\u00ed solo conflictos pol\u00edticos o sociales. Pero permite ritualizar la rivalidad y someterla a unas reglas aceptadas por todos. Durante el partido todo parece decisivo; terminado el encuentro, la vida debe continuar y recuperar su serenidad, salvo para unos pocos exaltados incapaces de aceptar la derrota.<\/p>\n<p>No es extra\u00f1o, por ello, que despierte emociones tan poderosas. En \u00e9l se representan simb\u00f3licamente algunas de las grandes experiencias humanas: el combate, la fortuna, la arbitrariedad, la disciplina, la ca\u00edda, la resistencia, la culpa, la redenci\u00f3n y la esperanza. Un jugador puede pasar en segundos de culpable a h\u00e9roe; un equipo aparentemente vencido puede levantarse en pocos minutos; el d\u00e9bil puede derrotar al poderoso y una acci\u00f3n inesperada cambiar un destino que parec\u00eda escrito.<\/p>\n<p>El f\u00fatbol ofrece as\u00ed un drama sin guion. Sabemos que nada de lo que ocurre es verdaderamente definitivo, pero durante el partido lo vivimos como si lo fuera. En esa contradicci\u00f3n reside buena parte de su fascinaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Los grandes acontecimientos deportivos pasan; la pregunta por aquello que los hace posibles permanece. Porque el Mundial no crea la necesidad de comuni\u00f3n: simplemente la pone de manifiesto. No inventa el deseo de pertenencia ni el anhelo de trascendencia: los revela.<\/p>\n<h3><strong>M\u00e1s all\u00e1 del estadio<\/strong><\/h3>\n<p>Existe, sin embargo, una diferencia decisiva entre los nuevos cultos civiles, como el deporte, y la espiritualidad religiosa.<\/p>\n<p>El f\u00fatbol puede ofrecer emoci\u00f3n, belleza, identidad, disciplina y sentido de pertenencia. Puede reconciliar moment\u00e1neamente a una sociedad dividida, despertar virtudes como el sacrificio, la lealtad o el trabajo en equipo y proporcionar una alegr\u00eda compartida que pocas realidades contempor\u00e1neas consiguen suscitar.<\/p>\n<p>Pero no puede responder a las preguntas \u00faltimas del hombre. Ning\u00fan campeonato elimina el sufrimiento. Ninguna copa vence a la enfermedad. Ninguna victoria detiene el paso del tiempo. Ning\u00fan h\u00e9roe deportivo escapa a la vejez y ninguna ovaci\u00f3n puede acallar definitivamente el miedo a la muerte.<\/p>\n<p>La alegr\u00eda del f\u00fatbol es verdadera, pero pasajera. El campe\u00f3n de hoy tendr\u00e1 que defender ma\u00f1ana su t\u00edtulo; el h\u00e9roe ser\u00e1 reemplazado por otro h\u00e9roe y la victoria que parec\u00eda culminarlo todo se convertir\u00e1 pronto en recuerdo. Cada copa engendra el deseo de una nueva porque ninguna puede ser definitiva.<\/p>\n<p>Ah\u00ed aparece el l\u00edmite de las religiones civiles: la pol\u00edtica, el deporte, la m\u00fasica popular, el cine y otros grandes espect\u00e1culos de masas. Pueden proporcionar ritos, s\u00edmbolos, fervor y comunidad, pero carecen de una respuesta \u00faltima ante el sufrimiento, la culpa, la injusticia o la muerte. Celebran victorias, pero no pueden prometer una victoria definitiva. Producen h\u00e9roes, pero no santos; memoria, pero no eternidad.<\/p>\n<p>El problema, por tanto, no es el f\u00fatbol, como tampoco lo son el arte, la ciencia o el amor a la patria. Todas esas realidades ennoblecen la existencia y permiten al hombre salir de s\u00ed mismo. El problema surge cuando una realidad limitada pretende ocupar el lugar de lo absoluto y se le exige aquello que, por su propia naturaleza, no puede conceder.<\/p>\n<p>Chesterton observ\u00f3 que cuando el hombre deja de creer en Dios no deja necesariamente de creer, sino que puede acabar creyendo en cualquier cosa. La sentencia apunta hacia una verdad profunda: el ser humano dif\u00edcilmente renuncia a orientar su vida hacia algo que considere superior a s\u00ed mismo. Cuando se derriban los antiguos altares no desaparece la necesidad de venerar; con frecuencia cambian \u00fanicamente los objetos de veneraci\u00f3n.<\/p>\n<p>El f\u00fatbol puede convertirse entonces en \u00eddolo, pero tambi\u00e9n en indicio. Puede distraer al hombre de su b\u00fasqueda espiritual o recordarle, de manera inesperada, que contin\u00faa necesitando comuni\u00f3n, esperanza y una realidad que lo trascienda. Lo que parece sustituto de la religi\u00f3n termina poniendo de manifiesto la persistencia de la necesidad religiosa.<\/p>\n<p>\u00bfY si esa religiosidad civil no estuviera sustituyendo a la religi\u00f3n, sino preparando, lenta y silenciosamente, su regreso, como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia?<\/p>\n<p>No deja de resultar significativo que, en medio de esta liturgia deportiva, muchos de sus principales protagonistas no oculten una religiosidad expl\u00edcita. El seleccionador Luis de la Fuente ha manifestado en varias ocasiones su fe cat\u00f3lica; tambi\u00e9n lo han hecho el capit\u00e1n Rodri o Ferr\u00e1n Torres, autor del gol decisivo, mientras que Lamine Yamal, al concluir el encuentro, se postr\u00f3 sobre el c\u00e9sped en un gesto de adoraci\u00f3n a Al\u00e1. M\u00e1s all\u00e1 de la diversidad de credos, estos gestos recuerdan que incluso quienes participan en las nuevas formas de religiosidad civil \u2014cantantes, deportistas, actores o pol\u00edticos\u2014 contin\u00faan buscando una referencia trascendente. El estadio no siempre sustituye al templo; a veces puede conducir de nuevo hacia \u00e9l.<\/p>\n<p>Cabe preguntarse si no estaremos interpretando de forma incompleta nuestro tiempo. Durante d\u00e9cadas se dio por supuesto que la secularizaci\u00f3n conducir\u00eda inexorablemente a la desaparici\u00f3n de lo religioso. Sin embargo, podr\u00eda estar ocurriendo justamente lo contrario. El extraordinario \u00e9xito de los grandes acontecimientos deportivos, de ciertos conciertos multitudinarios o de otras celebraciones colectivas puede no ser la prueba de que el hombre haya dejado atr\u00e1s la dimensi\u00f3n espiritual, sino uno de los indicios de que sigue necesit\u00e1ndola y de que busca, a veces de manera confusa, nuevos caminos para expresarla. Bien pudiera ocurrir que estas manifestaciones no anunciasen el final de la religi\u00f3n, sino el comienzo de un nuevo movimiento pendular hacia la trascendencia.<\/p>\n<p>Acaso el extraordinario \u00e9xito del f\u00fatbol no demuestre que el hombre moderno haya encontrado un reemplazo para lo sagrado, sino exactamente lo contrario: que, incluso en una sociedad tecnificada y secularizada, sigue necesitando ritos, s\u00edmbolos, h\u00e9roes, celebraciones y una esperanza compartida.<\/p>\n<p>Cuando el \u00e1rbitro se\u00f1ala el final del partido, el estadio se vac\u00eda y las luces se apagan. Los campeones regresan a casa; los espectadores, a una vida con frecuencia mucho m\u00e1s gris. Las banderas se pliegan y comienza una nueva temporada. Pero el coraz\u00f3n humano contin\u00faa esperando algo m\u00e1s.<\/p>\n<p>Ninguna copa puede vencer a la muerte, ninguna ovaci\u00f3n puede colmar definitivamente el deseo de felicidad y ninguna gloria deportiva puede responder a las preguntas \u00faltimas de la existencia. Ninguna victoria futbol\u00edstica puede ser escatol\u00f3gica: todas contienen ya, en el instante mismo de su celebraci\u00f3n, la certeza de que pasar\u00e1n. Pero el hombre no est\u00e1 hecho \u00fanicamente para celebrar victorias pasajeras, sino para buscar una plenitud que ninguna realidad finita puede ofrecerle.<\/p>\n<p>Por eso mismo, este Mundial puede ser mucho m\u00e1s que el mayor acontecimiento deportivo de nuestro tiempo y uno de los grandes recuerdos colectivos de la Espa\u00f1a contempor\u00e1nea. Puede constituir tambi\u00e9n una de las im\u00e1genes m\u00e1s reveladoras del hombre: un ser que contin\u00faa necesitando reunirse, cantar, emocionarse, combatir simb\u00f3licamente y mirar hacia algo que lo trascienda; un ser que, incluso cuando cree haber sustituido lo sagrado, sigue llevando en lo m\u00e1s hondo una nostalgia de infinito que ninguna victoria terrena consigue colmar.<\/p>\n<p><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-180008 alignnone\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/exaudi.org\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Analisis-5.jpg?resize=940%2C788&#038;ssl=1\" alt=\"\" width=\"940\" height=\"788\" srcset=\"https:\/\/i0.wp.com\/exaudi.org\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Analisis-5.jpg?w=940&amp;ssl=1 940w, https:\/\/i0.wp.com\/exaudi.org\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Analisis-5.jpg?resize=300%2C251&amp;ssl=1 300w, https:\/\/i0.wp.com\/exaudi.org\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Analisis-5.jpg?resize=770%2C645&amp;ssl=1 770w, https:\/\/i0.wp.com\/exaudi.org\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Analisis-5.jpg?resize=500%2C419&amp;ssl=1 500w\" sizes=\"auto, (max-width: 940px) 100vw, 940px\" \/><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El f\u00fatbol como nueva religi\u00f3n civil y la inagotable b\u00fasqueda humana de pertenencia y trascendencia<\/p>\n","protected":false},"author":171,"featured_media":179995,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"inline_featured_image":false,"_wpcom_ai_launchpad_first_post":false,"footnotes":"","jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[130],"tags":[1978,105745,119081,119084,1008,1371,34920,7697,81140,4617,118479,18598,119083,102792,119085,18107,118484,119086,119082,9482,119080],"class_list":["post-179988","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-voces","tag-antropologia","tag-cohesion-social","tag-efervescencia-colectiva","tag-emile-durkheim","tag-espana","tag-espiritualidad","tag-featured-es-14","tag-identidad","tag-jose-felix-merladet","tag-mundial","tag-mundial-2026","tag-pertenencia","tag-religion-civil","tag-rene-girard-3","tag-ritos","tag-secularizacion","tag-seleccion-espanola","tag-simbolos","tag-sociologia-del-deporte","tag-trascendencia","tag-victoria-de-espana"],"acf":[],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v28.1 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>La verdadera trascendencia del Mundial &#8211; 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