Vivir la Cuaresma en la empresa: Santificar el trabajo como camino de conversión y alegría
Cómo los 40 días de Cuaresma pueden transformar tu día a día laboral en un encuentro real con Cristo, ofreciendo cada tarea, cada relación y cada desafío como oración, penitencia y caridad
La Cuaresma no es un paréntesis en la vida. Es el tiempo en el que la Iglesia nos regala 40 días para volver al centro: a Cristo. Y para quien pasa la mayor parte de su jornada en una oficina, fábrica, despacho o proyecto profesional, ese centro se encuentra precisamente allí, en medio del teclado, las reuniones, los correos y las decisiones cotidianas.
“La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida”. Y en Cuaresma esa santificación se vive con especial intensidad en el trabajo, porque es ahí donde la mayoría de los laicos pasamos más horas del día. No se trata de añadir devociones extra al horario ya apretado, sino de vivir las mismas horas de otra manera: con más amor, más entrega, más presencia de Dios.
Oración: convertir el trabajo en diálogo constante con Dios
El primer pilar de la Cuaresma es la oración. Y en la empresa, la oración no necesita ser larga; necesita ser frecuente y sincera.
- Al comenzar la jornada: dedica 30 segundos a ofrecer todo el día. “Señor, este trabajo de hoy lo pongo en tus manos. Quiero hacerlo contigo y para Ti”. San Josemaría lo llamaba “poner un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional”.
- Durante el día: las jaculatorias son un tesoro. Un “Jesús, te amo” mientras esperas el ascensor, un “Todo por Ti” al terminar un informe difícil, un “María, ayúdame” antes de una conversación tensa. Son oraciones breves que convierten el trabajo en conversación continua con Dios.
- En los momentos de pausa: en vez de mirar solo el móvil, puedes dedicar un minuto a mirar a Cristo presente en el Sagrario más cercano (aunque sea virtualmente, con una aplicación de adoración) o simplemente a dar gracias por el don de poder trabajar.
Quien ora así descubre que su escritorio se convierte en altar y su profesión en vocación.
Ayuno: mortificar lo que nos separa de Dios y de los demás
El ayuno no es solo no comer chocolate. Es renunciar a todo lo que nos esclaviza para ser más libres para amar.
En la empresa, el ayuno toma formas muy concretas y poderosas:
- Ayuno de palabras hirientes. El papa León XIV, en su mensaje para la Cuaresma 2026, nos pide con urgencia: “Aprendamos a medir las palabras y a cultivar la amabilidad… en el lugar de trabajo”. Renunciar a la crítica fácil, al chisme, al juicio rápido sobre el compañero que se equivoca. Sustituirlo por una palabra de aliento, un silencio prudente o una corrección hecha con cariño.
Ayuno de distracciones**. Cerrar las pestañas innecesarias, limitar las redes sociales en horario laboral, llegar puntual y concentrado. Cada minuto ganado para trabajar bien es un minuto ofrecido a Dios. - Ayuno de orgullo profesional. Renunciar a la necesidad de tener siempre la razón, de destacar por encima de los demás, de defender a toda costa nuestra imagen. Aceptar que podemos aprender de cualquiera, incluso del más joven o del que piensa distinto.
- Ayuno corporal. Muchos católicos mantienen el ayuno y la abstinencia de los viernes. Hacerlo con alegría y ofrecerlo por las intenciones de los compañeros que sufren (desempleo, problemas familiares, enfermedades) da un sentido profundo a esa pequeña renuncia.
El ayuno bien vivido no entristece: libera. Nos hace más ligeros para correr hacia Dios.
Limosna: la caridad que se vive en el trabajo
La limosna no es solo dar dinero. Es dar lo que somos y lo que tenemos. En la empresa se manifiesta de maneras preciosas:
- Tiempo para los demás. Dedicar unos minutos a escuchar de verdad al compañero que está pasando un mal momento. Enseñar a un nuevo sin esperar nada a cambio. Compartir conocimiento sin guardarse “secretos profesionales”.
- Justicia y honestidad. Cumplir escrupulosamente los horarios, no inflar gastos, tratar con respeto a proveedores y clientes, defender la dignidad de cada persona aunque eso cueste en términos económicos.
- Generosidad apostólica. Como pedía san Josemaría en Cuaresma: “¿avanzo… en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión?”. Un comentario oportuno sobre la fe, una invitación discreta a Misa, un ejemplo de paz en medio del estrés: todo eso es limosna espiritual de altísimo valor.
- Limosna material. Destinar una parte de nuestro sueldo a obras de caridad, a la Iglesia o a necesidades concretas que conozcamos en el entorno laboral (un compañero en dificultad económica, una familia de un proveedor que pasa apuros).
Un Cuaresma que termina en Resurrección
Quien vive así la Cuaresma en la empresa no llega a Semana Santa agotado, sino renovado. Descubre que su trabajo ya no es solo “ganarse la vida”, sino colaborar con Dios en la creación y redención del mundo. Cada decisión ética, cada sonrisa sincera, cada esfuerzo bien hecho es semilla de santidad que dará fruto en Pascua.
Al terminar estos 40 días, no habremos “cumplido” una devoción más. Habremos dejado que Cristo transforme nuestro lugar de trabajo en un pequeño pedazo de Reino: un sitio donde se trabaja mejor, se trata mejor a las personas y se ama más a Dios.
“El trabajo bien hecho, ofrecido a Dios, nos orienta hacia la santidad”, nos enseña san Josemaría. Esta Cuaresma es una ocasión magnífica para comprobarlo en primera persona.
¡Ánimo! El Señor te espera en tu escritorio, en tu taller, en tu reunión de las 9:00. No está lejos. Está ahí, deseando santificarte precisamente a través de lo que ya estás haciendo.
Que esta Cuaresma sea para ti y para tu empresa un tiempo de gracia profunda, de conversión alegre y de encuentro real con Aquel que convirtió el taller de Nazaret en camino de salvación para el mundo.
¡Feliz y santa Cuaresma!

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