Una visión distinta para empresarios y políticos
América Latina la próxima gran promesa del mundo
En una entrevista realizada por el Prof. José Valer, en el marco del Grupo de Investigación en Sostenibilidad del PAD Escuela de Dirección, Sir Paul Collier plantea una idea que debería interpelar directamente a los directivos de empresa en el Perú: América Latina no está condenada al estancamiento. Por el contrario, tiene condiciones excepcionales para convertirse, en las próximas décadas, en lo que East Asia fue hace cuarenta años: una región de crecimiento sostenido, transformación productiva y prosperidad compartida.
El punto de partida de Collier no es económico, sino moral. A su juicio, las sociedades empiezan a deteriorarse no solo cuando cae la inversión o se desacelera la productividad, sino antes: cuando pierden el sentido de pertenencia y la disposición a contribuir al bien común. A eso lo vincula con la polarización, con la incapacidad de escuchar al otro y con la ruptura de un proyecto colectivo. Para América Latina, esta observación es especialmente relevante, porque explica por qué regiones con enormes recursos y población capaz pueden, sin embargo, convivir con fragmentación, violencia e instituciones frágiles.
Sin embargo, Collier no ofrece un diagnóstico pesimista. Ofrece una esperanza concreta. Sostiene que América Latina es una “continente enormemente aventajado”: tiene abundantes recursos naturales, gran extensión territorial en relación con su población, una extensa costa, cercanía suficiente para conectarse con el mundo y distancia suficiente para mantenerse relativamente segura; además, posee una ventaja muy singular, casi única entre regiones amplias del mundo: una base lingüística común, con el español y el portugués como lenguas cercanas, y una población educada. En otras palabras, la región no parte de cero; parte con activos extraordinarios.
Por eso su afirmación más provocadora merece ser tomada en serio: así como East Asia fue la gran región transformadora de las últimas décadas, América Latina podría ocupar ese lugar en el futuro. Collier incluso habla de la posibilidad de crecer sosteniblemente al 7% u 8% durante toda una generación. No es una promesa ingenua; es una advertencia esperanzadora: el potencial está ahí, pero solo se realizará si la región logra articular un propósito común.
Aquí aparece el núcleo del mensaje para los líderes empresariales peruanos. Collier cuestiona la figura del gran jefe que manda desde arriba y reduce a los demás a simples ejecutores. Ese estilo, dice, es una forma disfuncional de capitalismo, porque humilla innecesariamente a las personas. Frente a ello, propone otra figura: el líder como communicator-in-chief, alguien que orienta, convoca, alinea y da sentido. El objetivo de la empresa no desaparece: sigue siendo generar utilidades. Pero esas utilidades deben quedar insertas en un propósito común que fortalezca no solo a la firma, sino también a la comunidad en la que opera.
Este punto tiene una implicancia directa para el Perú. En un país marcado por brechas territoriales, centralismo y desconfianza, el empresario no puede limitarse a gestionar balances, CAPEX o participación de mercado. Debe preguntarse qué bienestar está ayudando a construir en la población local. Debe ver el territorio no solo como un espacio de extracción, contratación o logística, sino como una comunidad humana con identidad, aspiraciones y memoria. Collier insiste en que el sentido de pertenencia comienza en lo local y, desde ahí, puede ampliarse a lo nacional. Si esa base local se desprecia o se abandona, la cohesión se rompe.
Esto exige una nueva ética del liderazgo empresarial. No basta con cumplir la ley ni con ejecutar programas reputacionales. Se requiere una convicción más profunda: que la empresa forma parte de una tarea colectiva de construcción social. Buscar el bienestar de la población local no es un apéndice filantrópico del negocio; es una condición para que el negocio pueda sostenerse en el tiempo dentro de una sociedad menos polarizada, más confiable y más próspera. Desde esa perspectiva, propósito corporativo y desarrollo del territorio dejan de ser agendas separadas.
Collier también extiende este razonamiento al plano político. Si la empresa debe abandonar la lógica del “comandante en jefe”, el gobierno debe hacer algo equivalente: reconocer límites, someterse a reglas, construir confianza y actuar con honestidad visible. En la entrevista sostiene que cuando el poder político es excesivo, deja de ser confiable. Por eso defiende gobiernos más modestos, sujetos a restricciones legales que impidan la corrupción y la arbitrariedad. El fondo del argumento es claro: la confianza social no se reconstruye con discursos, sino con conductas costosas, responsables y verificables.
De ahí que el propósito común no pueda recaer solo en el sector privado. Debe extenderse a los líderes políticos, a las instituciones y, en general, a la sociedad. Cuando empresarios, autoridades y ciudadanía comparten una visión de futuro, la región puede ordenar expectativas, invertir mejor, descentralizar oportunidades y evitar el camino que Collier teme: primero la fragmentación y luego el populista autoritario que promete resolverlo todo por sí mismo. La alternativa a esa deriva no es técnica; es moral, institucional y directiva a la vez.
Para el empresariado peruano, el mensaje de fondo es exigente, pero también estimulante. América Latina no es solo una región de riesgos regulatorios, conflictividad social o volatilidad política. Es, sobre todo, una región de posibilidades históricas. Tiene juventud relativa, recursos, ciudades importantes, territorio, conectividad y una base cultural capaz de articular proyectos de largo plazo. Lo que falta no son activos. Lo que falta, en gran medida, es la decisión de converger alrededor de un propósito compartido.
Si los directivos de empresa en el Perú asumen ese llamado, podrán desempeñar un papel mucho más grande que el de administradores eficientes. Podrán convertirse en verdaderos arquitectos de cohesión, confianza y prosperidad. Y si esa actitud es correspondida por la dirigencia política, entonces América Latina dejará de ser vista como una promesa postergada y comenzará a ser reconocida como lo que puede llegar a ser: una de las grandes regiones de oportunidad del siglo XXI. Por eso, vale la pena esforzarse por ella; vale la pena invertir en ella; y vale la pena liderarla…

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