Una melodía compartida
Donde la vulnerabilidad nos fortalece
Jorge Guillén dice en una de sus poesías
Amigos. Nadie más. El resto es selva.
Hacer amigos cansa. Tener amigos descansa.
Siempre empiezo así, porque la amistad es una conquista, un recorrido con muchos imprevistos. Exige entrega, paciencia, capacidad de espera. Requiere pulir el carácter y suavizar las aristas que hieren por contacto. La flexibilidad y la tolerancia en lo opinable afinan la cintura y permite convivir sin perder identidad. Facilitar el recorrido común es un ejercicio saludable y esperanzador.
La amistad habita en el corazón humano y, es un amor de doble dirección que exige, por sí misma, correspondencia. Es el encuentro entre dos universos únicos e irrepetibles: un “yo” que se abre a un “tú” para construir un “nosotros” que une, sin confundir.
Nos engrandece por la suma y nos dignifica por el respeto. Del “yo y el tú” nace un “contigo y conmigo” que genera vida y sentido. La amistad revela lo mejor de nosotros: la singularidad compartida.
Uno puede vivir sin padres, sin hijos o sin hermanos, pero no sin amigos.
Los padres, pueden ser amigos de sus hijos, pero sin dejar de ser padres; los hijos pueden ser amigos de sus padres sin olvidar su filiación. En ese equilibrio, la relación alcanza un grado de amistad sublime. También el amor conyugal hunde sus raíces en la amistad: Un día al pie de una foto leí:
“Mi esposo, mi amigo, mi ángel custodio, mi alegría y mis castañuelas. ¡Gracias por existir y a mi lado!”
Un médico y su paciente, un profesor y su alumno, un abogado y su cliente pueden llegar a la amistad a través de la relación profesional sin confusión.
La amistad es apertura y encuentro, es el arte del diálogo maduro. Saber escuchar y comprender y se revela en EL PERDÓN.
Hoy confundimos el trato amable con la verdadera amistad. Las redes sociales llaman “amigos” a los seguidores; las empresas nos llaman por nuestro nombre “para dirigirme a usted” …
La amistad es de una galaxia diferente, se forja a golpe de entrega y se cincela con el tiempo.
Un amigo está incluso cuando ni tú sabes que lo necesitas. Celebra tus éxitos en silencio y corre a tu lado cuando caes. Es testigo fiel de tu historia y espejo donde te reconoces.
Hacer amigos implica riesgo. Abrir el corazón cuesta, exige medida y discernimiento. Si nuestra confidencia la depositamos en la persona inadecuada, la confidencia se pierde y sólo queda el vacío… ¿para qué habré hablado? Pero cuando la confidencia encuentra reposo, vuelve a nosotros enriquecida y enriquecedora. Esa apertura nos hace vulnerables. Sin embargo, esa fragilidad asumida y compartida con el amigo nos hace fuertes: solo los amigos curan heridas. Nos disculpan sin justificar, nos levantan sin juzgar. La amistad forja la persona y sostiene los ideales más altos. Quizá por eso el mundo intenta degradarla: porque la verdadera amistad construye ciudades amuralladas que protegen.
La amistad necesita tiempo en común. Tiempo intencional, previsto. Vida compartida, recuerdos tejidos. Por eso suele nacer en los espacios ordinarios: el colegio, la universidad, el trabajo, el mismo recorrido de la vida…
Es allí donde se cocina, a fuego lento, el “nosotros.”
El hombre que está perdido en el desamor mendiga miradas que lo reconozcan como la persona que es. Si no se encuentra en esa mirada, busca como anestesiar su reclamo y baja el listón ocultando esa ausencia con alcohol, drogas, pornografía… formas líquidas de huir del desamor.
Todos recorremos un mismo camino. Sufrimos idénticos temporales. No siempre compartimos medios, pero sí horizonte. La libertad se pone en juego. Los amigos colorean el viaje con un GPS que se actualiza a diario.
La amistad es una virtud que florece con el perdón. La comprensión necesita palabras y silencios; la relación humana necesita presencia, voz y silencio sonoro para saber que estamos acompañados y, también necesita, oídos atentos.
“Si lo que temes decirme es doloroso, no dejes de anestesiar mi dolor con el tuyo y juntos dejaremos la herida limpia y en proceso de curación.
(“El yo y sus metáforas” Rosa Montenegro)
La amistad es oración para quien cree. Rezar por un amigo no es repetir su nombre, sino cargar con su peso y ofrecer la propia noche para que se le devuelva en luz.
Comenzar y recomenzar
(perdonar y perdonarme)
El recorrido no es ni fácil ni rápido. Los límites y las imperfecciones chocan; los tiempos, algunas veces no coinciden y hay interpretaciones erróneas. Todo esto puede producir dolor: no saber expresarse, no saber pensar, carecer de padres, carecer de trabajo, no tener salud… todo esto son obstáculos que debo asumir, pero no soy yo. Heridas hay en todas las etapas de la vida, pero no me definen.
Las piezas desencajadas tienen aristas que se arañan entre sí dejando cicatrices: tristezas, rencores, desesperanza, dolores del cuerpo y sufrimientos del alma…
Bécquer describe en una de sus rimas como el orgullo impide el perdón
Asomaba a sus ojos una lágrima
Y a mi labio una frase de perdón;
Habló el orgullo y se enjugó su llanto
Y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino: ella por otro
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
Yo digo aún, ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá, ¿por qué no lloré yo?
El perdón es la llave que abre tu cárcel mental y te libera y te da control.
Porque cuanto más enojo o ira tengas hacia los otros, más poder tienen estos sobre ti. (Viktor Frankl)
El resentimiento es un terrorista que habita en las trincheras del alma. Nos habla en voz baja y siempre se aúpa en los hombros del necio que insiste en sacar de la trinchera paletadas de tierra, hundiendo los pies en la charca estéril de un pasado muerto. Solo el perdón libera. Solo el amor cura la herida, real o imaginaria, que está infectada. Cuanto más profunda es la herida, más se necesita el perdón.
Sin perdón aparece la infección que corrompe hasta convertirnos en miseria maloliente que solo el amor besa. El amor se viste de misericordia. El amor redime.
Cristo reina desde la cruz y,
desde la cruz,
triunfa la libertad y el amor
que se concreta en
AMOR QUE SALVA
¡PADRE, PERDÓNALOS,
¡PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN!

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