13 abril, 2026

Síguenos en

Rosa Montenegro

22 diciembre, 2025

5 min

Una locura de amor

Mi consuelo?: ¡mirarte! ¿Mi riqueza?: ¡tenerte! ¿Mi sorpresa?: ¡verte sonreír!

Una locura de amor

No viene para imponerse.

Viene para entregarse.

Es el amor de Dios que llega hecho Niño: Jesús, el Hijo de Dios, nacido en Belén. Visible y vulnerable, nos mira y nos sonríe entre pañales, casi desnudo, en un pobre pesebre.

Ahí empieza todo.

Y, tal vez, hoy hemos dejado de mirar.

La Navidad necesita ser contemplada de nuevo: sin prisa, sin ruido, sin la carga de lo que creemos saber. Porque lo verdaderamente decisivo no se impone; se ofrece. Se manifiesta en el lenguaje silencioso de una mirada.

«Madre, en la puerta hay un Niño…»

No irrumpe invadiendo. Espera.

Y espera como esperan los pequeños: sin estrategias, sin poder, sin escudos. Se hace Niño —Jesús de Nazaret, nacido de María en Belén— para que no tengamos miedo. Para que podamos acercarnos sin justificaciones, abrazarle con sencillez, quererle sin cálculo.

Dios reduce la distancia hasta hacerla habitable.

«No encontraron posada en el camino».

No es un detalle logístico ni una anécdota piadosa. Es una verdad que atraviesa los siglos. La falta de posada no habla solo de pobreza material, sino de banalidad existencial. No faltaban casas; sobraban ocupaciones. Cuando la vida está llena —de cosas, de planes, de consumo, de expectativas— ya no queda espacio para lo esencial. No porque no sea importante, sino porque el exceso asfixia la respiración interior.

El misterio no entra en competencia.

Solo se muestra y espera.

Es luz que ilumina sin deslumbrar, si no cerramos los ojos.

La pobreza del pesebre no es un ideal romántico. Es una paradoja exigente: solo quien se despoja ve con claridad. El pesebre no es miseria, es luz. Es la libertad de quien vive teniendo como si no tuviera. Es el desapego que permite elevar el vuelo sin peso en las alas. Es la sencillez que deja espacio a la verdad cuando lo innecesario no es un obstáculo.

Vivimos en un mundo que sospecha de casi todo menos de lo que brilla por precio, por marca, por lo que da estatus social. Hemos sustituido la admiración por el dominio que proporciona “el tener” que se consume a sí mismo. Y, sin darnos cuenta, hemos confundido riqueza con acumulación. Pero la riqueza, en su sentido más hondo, no es tener mucho, sino enriquecer el mundo que habitamos.

La riqueza auténtica se mide por la capacidad de compartir.

Solo quien tiene casa puede invitar.

Solo quien posee lo necesario puede cuidar.

La hospitalidad es uno de los gestos más nobles que posibilita la riqueza.

Cuando la riqueza no se comparte, se pervierte. Cuando se acumula sin un «para quién», se convierte en avaricia, que no es exceso de bienes, sino cárcel del corazón. La avaricia no solo endurece: ciega. Incapacita para ver al otro, para reconocer su necesidad, o, para alegrarse con la abundancia ajena.

El consumo descontrolado nos vuelve personas distraídas. Nos llena las manos y nos vacía la mirada. No mata con violencia; nos seda. Nos adormece. Y así, poco a poco, morimos de inanición interior.

Las luces de la Navidad nos las han robado: el marketing, el vértigo comercial, los banquetes y celebraciones vacías. Pretextos para regalar, motivos para felicitar… pero ¿dónde está el Amor que llega?

Una aurora reclama nuestra atención. Un resurgir silencioso que sorprende y desconcierta. Se habla de Dios sin reparo. Actores, cantantes, cine… algo late en el subsuelo. Y nos inquieta porque exige respuesta. Algunos dudan. Otros lo reducen a estrategia.

Y, sin embargo, algo se mueve.

Miguel Ángel decía que la figura de David ya estaba en el mármol; que su tarea consistía en quitar lo que sobraba para que emergiera.

Tal vez eso sea la Navidad: retirar capas, aligerar la vida, dejar espacio. Limpiar la mirada de lo que estorba.

La pregunta es sencilla y exigente: ¿qué tendría que soltar para poder ver?

Este es el sentido profundo de la pobreza: descubrir qué sujeta mi mirada, qué impide el asombro ante el misterio. ¿Qué me impide ver al al que me necesita?

El deseo de riqueza es natural. Significa disponer de lo necesario —según las circunstancias personales y familiares— para sostener una vida digna. Es propio de la persona. Los animales no necesitan ser ricos; nosotros habitamos un mundo que debemos hacer habitable. Ese señorío responsable sobre lo que nos ha sido confiado es la verdadera riqueza.

Ser rico no es tener cosas, como tampoco ser pobre es carecer de ellas. Todo depende del para qué.

 

Quien tiene puede dar.

Quien tiene casa puede hospedar.

Quien tiene recursos puede hacer crecer, construir futuro, difundir el bien.

 

Quien acumula y no sale al encuentro del otro queda encerrado en su propia mazmorra. La verdadera riqueza se convierte en tiempo disponible: para el otro, para el descanso, para la familia. Si no tenemos tiempo, ¿qué riqueza hemos acumulado?

El riesgo de poseer es quedar poseído.

 

El dinero —como el lenguaje—, en soledad, es absurdo e inútil.

 

«Hazle la cama a este Niño

 en la alcoba y con primor».

«No me la haga usted, señora,

 que mi cama es un rincón».

 

¿Mi consuelo?: ¡mirarte!

¿Mi riqueza?: ¡tenerte!

¿Mi sorpresa?: ¡verte sonreír!

(Esto no lo pueden soñar los animales).

 

¡FELIZ NAVIDAD!

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.