Sólo al Señor tu Dios adorarás: Comentario del P. Jorge Miró
Domingo, 22 de febrero de 2026
El P. Jorge Miró comparte con los lectores de Exaudi su comentario al Evangelio del domingo 15 de febrero de 2026 titulado, “Sólo al Señor tu Dios adorarás”
***
Hemos comenzado la Cuaresma, camino hacia la Pascua, al encuentro con el Señor Resucitado que pasa cada día por tu vida, para encontrarse contigo.
Este tiempo que es un tiempo de gracia, un tiempo que nos regala el Señor para renovar nuestra vida cristiana.
Es un tiempo en el que, como hemos escuchado en el Evangelio, el Espíritu Santo también nos saca a nosotros al desierto, como a Jesús. Así lo dice el profeta Oseas: yo traeré a mi pueblo al desierto y le hablaré al corazón.
¿Qué es el desierto? El desierto es el lugar donde somos despojados de nuestra seguridad. Y por eso el desierto es diferente para cada uno, porque cada uno de nosotros tiene la seguridad puesta en un sitio distinto. El desierto es el lugar donde no hay “nada”, donde uno no puede agarrarse a nada más que a Dios. Y por eso el tiempo de desierto es un tiempo de bendición, porque es una invitación a agarrarnos al Señor, y solo al Señor.
Y ahí escuchar su voz, una voz, una palabra que es siempre una palabra de amor, una palabra de vida y de salvación. Y por eso el Señor nos invita a dejarnos conducir por el Espíritu en este desierto, para poder encontrarnos con el Señor.
Hemos comenzado el tiempo de cuaresma con el signo de la imposición de la ceniza, un signo muy elocuente que nos recordaba que somos polvo, que eres polvo. Es decir, que tú no te das la vida a ti mismo, que todo lo que eres y todo lo que tienes lo has recibido; y lo ha recibido gratis y, por tanto, un signo que te invitaba a vivir en la gratuidad, agarrarte al Señor, porque solo del Señor viene la vida, solo Jesucristo es la piedra angular, solo Él te puede dar la vida que estás buscando.
Un signo que nos recordaba también algo muy importante y necesario en estos tiempos, y es que tú no eres Dios. En medio de la arrogancia, de la soberbia, de la autosuficiencia que vemos tantas veces en este mundo, este signo nos recuerda eso también: recuerda que tú no eres Dios, que tú no eres dueño de tu vida, ni de tú historia, ni del bien y del mal… que no te perteneces a ti mismo, que tu vida es del Señor y que, por tanto, estamos llamados a vivir para el Señor y a vivirlo todo con el Señor.
Y la Palabra nos invita también a esta conversión, a reconocer que este es el gran pecado que nos asola tantas veces. Este es el pecado original que hemos escuchado en la primera lectura: el querer ser como Dios, sin Dios. El querer arrebatarle a Dios la soberanía… Y esto es lo que nos lleva cada día a la muerte. Porque sin el Señor no somos nada.
Y por eso esta palabra es una llamada a la conversión: Misericordia, Señor, hemos pecado. Es una invitación a entregarle al Señor nuestros pecados y a pedirle el perdón. Con una certeza también como hemos escuchado en la segunda lectura. Y es que no hay proporción entre la gracia y el pecado, no hay proporción entre el delito y el don. Y donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y por tanto, si realmente tú confiesas tus pecados, se los entregas al Señor y vives con un verdadero deseo de conversión, el Señor te regala siempre su perdón, su misericordia, porque Dios te ama, te ha creado por amor, y Dios no quiere la muerte del pecador, lo que quiere es que se convierta y viva.
Y el Evangelio, por otra parte, nos ha recordado cómo la vida del cristiano es un combate, un combate serio, Porque el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Y este combate lo vivió Jesús, y también nosotros estamos llamados a vivirlo. Un combate que el Evangelio nos ha concretado en tres tentaciones importantes que recorren la vida del hombre.
La primera de ellas es la tentación de querer poner nuestra seguridad en las cosas materiales, en el dinero, en el pan, en las cosas materiales. Y el Señor hoy nos invita a vivir en la confianza. Necesitamos las cosas materiales. No somos ángeles, no somos espíritus puros, necesitamos comer. Y el Señor nos ha invitado a pedir el pan de cada día en el Padre Nuestro. Pero nuestra seguridad no está en el pan, nuestra seguridad está en la certeza de que Dios nos ama y cuida cada día de nosotros. Por eso nos recuerda que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
La segunda es la de querer manipular a Dios. La de vivir, no en la fe, sino en la religiosidad natural, de querer conseguir que Dios haga lo que nosotros queremos, nuestro proyecto. Pero el hombre de fe no vive así. El hombre de fe sabe que Dios cuida de Él y por tanto no quiere manipular a Dios, sino que vive cada día diciéndole: «Hágase tu voluntad». Y por eso este evangelio nos lo ha recordado también, no tentarás al Señor tu Dios, no manipularás a Dios, sino que entrarás en su voluntad.
Y la tercera es la de querer buscar la vida en los ídolos del mundo, en el dinero, en el poder, en el placer, en el éxito, en el trabajo, en la belleza, en tantas cosas. Pero ahí no está la vida, y por eso el Evangelio nos ha hablado con una gran contundencia: al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto. Al cielo se sube, bajando.
¿Cuáles son hoy las tentaciones de tu vida? ¿Cómo luchas contra ellas?
El evangelio nos recordó el miércoles tres medios para el combate espiritual: la oración y meditación de la Palabra de Dios, el ayuno y la limosna.
¡Ánimo! Pide el Espíritu Santo. Dile con el Salmo: crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme… devuélveme la alegría de tu salvación.
¡Ven, Espíritu Santo!
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