Ser para los Otros: La Visión de San Juan Pablo II sobre el Don en la Creación y las Relaciones Humanas
Meditación sobre el don
San Juan Pablo II escribió esta meditación sobre el don en 1994. Se publicó póstumamente en 2006. Un texto profundo sobre la realidad creacional del don y del donar, puestas de manifiesto de un modo particular en la condición relacional de las criaturas. Dios crea el mundo y se lo entrega al ser humano para utilidad suya, respetando el bien propio de cada criatura, sea animada o inanimada. “Si el hombre es bueno para con ellas -dice el Santo Padre-, si se refrena de causarles daño innecesario o de explotarlas irreflexivamente, entonces la creación forma un medio ambiente natural para el hombre. Las creaturas se convierten en sus amigas. Esto no solo le permite sobrevivir, sino que también encontrarse a sí mismo”. Al buen trato, la misma creación responde con bondad, generándose una casa común sana.
Esta armonía con la creación es, asimismo, lugar de encuentro que le permite a la persona conocerse a sí misma. ¿Qué le puede decir al ser humano una roca, una planta, un ave, un felino, el viento, el sol? Mucho, desde cuestiones biológicas, anímicas, hasta profundidades espirituales cuya puerta de entrada es la capacidad de asombro para comprender mejor la propia finitud y dependencia, así como la capacidad de trascendencia que supone el ser personal que portamos: “Dios dio el mundo al hombre para que este pueda encontrar a Dios en aquel, como también para que el hombre se encuentre a sí mismo”.
En las relaciones interpersonales es donde se manifiesta con más fuerza la condición donal de unos y otros. “Dios -señala San Juan Pablo II- efectivamente nos da personas: nos da hermanos y hermanas en nuestra humanidad, comenzando por nuestros padres. Luego, en la medida que crecemos, Él va colocando más y más gente nueva en el camino de nuestra vida [esposa, esposo]. “De algún modo cada una de esas personas es un don para nosotros, y de cada una podemos decir: “Dios te dio a mí”. Tener conciencia de esto se convierte en un enriquecimiento para ambos. (…). Nuestra humanidad correría peligro si nos encerráramos solamente en nuestro yo particular, rechazando el amplio horizonte que se va abriendo a los ojos de nuestras almas en la medida que transcurren los años”.
Cada persona, particularmente, en estas relaciones interpersonales profundas, es un don, un encargo que recibimos para cuidar de ellas, respetando su dignidad y singularidad. No son carga, fastidio u obstáculo que nos impiden desarrollar el proyecto personal anhelado. Más bien, la hermana, el hijo, los padres, la esposa, los abuelos son dones que enriquecen la biografía personal, dándole densidad, llenándola de goces sin faltar la madurez aportada por el crisol del dolor, ingrediente del claroscuro de la experiencia vital. Cuando, en algunas ocasiones, se presenta la tentación de sacar el hombro, porque la persona la sentimos sólo como carga, recordar que “Dios te dio a mí”, vuelve a poner delante de nuestros ojos que somos un ser para los otros. En este volcarse al prójimo encontramos la altitud y plenitud personal a la que estamos llamados.
Descubrir la belleza y bondad del “próximo” (hermana, padres, esposa…) en las buenas y en las malas supera nuestras solas fuerzas. Requerimos del plus de la gracia de la Redención. Ésta es pago de la deuda por el pecado y, “también es —y tal vez preponderantemente— un re-dar al hombre y a toda la creación aquella bondad y belleza que en el comienzo fueron dadas en el misterio de la creación (…). Dios entrega el hombre al hombre de un modo nuevo a través de Cristo, en quien el pleno valor de la persona humana, aquel valor que tuvo en un principio y que ha recibido con el misterio de la creación, es una vez más puesto de manifiesto y hecho presente”. Se trata de abrir los ojos a esta realidad profunda del ser humano que se nos ha encargado, para ver la dignidad, belleza y bondad que permanece en él, a pesar de los defectos infaltables en la convivencia humana.
La meditación sobre el don de donarse de San Juan Pablo II pone el listón alto para no perder de vista nuestra misión: ser “un don total, un don desinteresado y sincero en orden a reconocer, en cada hombre, el don que es, y agradecer al Dador por el don de la persona humana”.

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