Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: Su rostro se puso resplandeciente como el sol
2° Domingo de Cuaresma
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 1 de marzo de 2026 titulado: “Su rostro se puso resplandeciente como el sol”.
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Génesis 12, 1-4: “Deja tu país, para ir a la tierra que yo te mostraré”
Salmo 32: “Señor, ten misericordia de nosotros”
Timoteo 1, 8-10: “Dios nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida”
San Mateo 17, 1-9: “Su rostro se puso resplandeciente como el sol”
Las lecturas de este día nos presentan la cuaresma, y la vida del creyente, como una búsqueda entusiasta, una inquietud constante y estar siempre en tensión hacia un ideal: el encuentro con Dios y con su Reino. Desde las palabras dirigidas a Abram, exigiendo que deje su país y sus parientes, o las recomendaciones de Pablo a Timoteo recordándole que Dios nos ha llamado para que le consagremos la vida, hasta las palabras de Jesús a sus discípulos que no les permite que se queden sólo en la contemplación, sino que les ordena: “Levántense”, todo es una dinámica de búsqueda e inquietud que debe inflamar el espíritu del creyente. Parecería que Dios tiene una especial predilección por las palabras que mueven y motivan: “Deja tu casa”, “Síganme”, “Levántense”. Y nosotros que siempre buscamos las seguridades, nos aferramos a nuestras posesiones y nos encadenamos a nuestras ideas. Todas las palabras de este día nos infunden entusiasmo para ponernos en marcha y en búsqueda.
Al contemplar a Abram instalado en su territorio, con sus posesiones y su parentela, difícilmente entendemos que se entusiasme y que, dejándolo todo, se lance en búsqueda de la tierra prometida, sostenido solamente por las palabras de un Dios que lo ha puesto en camino. En búsqueda de una tierra nueva sólo lo sostiene su fe. Es modelo de todo cristiano que se pone en movimiento y busca el ideal manifestado por el encuentro con Dios. Hoy el hombre moderno, que se dice más libre que nunca, se descubre abotagado de bienes y de falsas ilusiones, que le sacrifican la libertad, la conciencia y la autenticidad. Las cadenas de la técnica, del conformismo y la comodidad, nos han entrampan de tal modo la vida que ni siquiera nos acordamos que hay otras opciones mejores con tal de quedarnos cómodos. No miramos las estrellas por miedo a la oscuridad, al riesgo del campo abierto y preferimos permanecer resguardados en nuestras cuatro paredes. Es cierto, hay muchos riesgos en el camino, pero valen la pena cuando se buscan nuevos ideales. No permanezcamos indiferentes y acomodados, mientras el Señor nos invita a construir una casa para todos, a buscar una nueva tierra de hermanos. El verdadero cristiano se descubre por su entusiasmo y su ardor, por su fervor y dedicación al escuchar la Palabra que lo invita y lo desinstala. Es el hombre de fe que cree en el Dios de las promesas y en Él pone toda su esperanza.
Esta misma fe es la que pide Jesús a sus discípulos. No la fe que protege y cubre como un manto, sino la fe que acepta el riesgo y la aventura. Como a Abram que deja sus cosas y toma la fe como su brújula y estrella, que abandona sus razones terrenas y se fía de las promesas, ahora Jesús pide a sus discípulos una nueva aventura en la construcción de su Reino. Les ha anunciado su pasión y su muerte. Ha puesto nuevas y radicales condiciones en su seguimiento. Mas no los deja en la oscuridad y les permite atisbar las razones de estas exigencias. Al transfigurarse, Dios mismo es quien habla y da su palabra para confirmar el camino de Jesús. La transfiguración es un acontecimiento que busca animar y reorientar a los discípulos tan dispuestos a la búsqueda de los primeros puestos y tan reacios a la cruz. Manifiesta la gloria de Jesús y anticipa su victoria sobre la cruz. Pero la transfiguración no tiene la intención de adormecer a los discípulos o asegurarles un triunfo terreno. Y cuando Pedro, en el éxtasis de la contemplación, propone permanecer en las alturas, contemplando el triunfo de Jesús, es despertado bruscamente e invitado a levantarse sin temor. La transfiguración devela el sentido misterioso y profundo de la vida de Jesús, pero no permite a los discípulos quedarse en contemplaciones y abandonar la cruz. Deben volver a la realidad. Y es también la realidad del discípulo actual: no puede permanecer indiferente en la altura de la montaña. Puede subir a la montaña, llenarse de Dios para discernir, descubrir su voluntad y llenar su corazón de entusiasmo, pero no para alejarse de su compromiso frente a los hermanos.
El camino de la resurrección siempre pasa por el camino de la cruz y la transfiguración nos descubre su verdadero sentido. La voz venida del cielo ordena a los discípulos fíarse de la palabra de Jesús: “Éste es mi hijo… escúchenlo”. Así, confiados en la Palabra, encontrarán la fuerza para bajar del monte y recorrer con el maestro el camino de la cruz. El mensaje es también para nosotros: no puede ser verdadero discípulo quien se aísla de los hermanos y se instala cómodamente en la vida tranquilizando su conciencia con visiones espiritualistas. Alejarse del compromiso con los hermanos y evadir el servicio a los más necesitados no es experiencia verdaderamente cristiana. La única forma de escuchar a Jesús es asumiendo su mismo camino: caminar y aprender con Jesús; caminar y ver con Jesús; caminar y descubrir a los hermanos junto con Jesús. Pedro, que ha descubierto la gloria y se ha extasiado en la contemplación, tiene ahora más razones para seguir a Jesús sin quedarse adormilado. En este día subamos a la montaña con Jesús, contemplemos la transformación y belleza de su rostro, escuchemos la voz del Padre y después levantémonos dispuestos a cargar la cruz con Jesús. Hoy se nos exige examinar si hemos purificado nuestro corazón y nuestras intenciones. Nos pone el ideal para que no perdamos el camino, nos enseña el rostro resplandeciente de Jesús, pero después nos invita a que le acompañemos en la marcha de cada día, en el trabajo con los hermanos, en la carga cotidiana de la cruz.
¿Qué estamos haciendo en esta Cuaresma que realmente nos lleve a dejar la indiferencia y a cambiar nuestro corazón? ¿Nos hemos instalado y adormecido en comodidades? La visión de un Cristo glorioso y resplandeciente, ¿nos compromete en la búsqueda de un rostro más humano en cada uno de los hermanos?
Señor, Padre Santo, que nos mandas escuchar a tu amado Hijo, despiértanos de nuestras indiferencias y purifica nuestros ojos para que al contemplar a Cristo glorioso nos comprometamos a descubrir su rostro en cada uno de nuestros hermanos. Amén
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