Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: La misericordia del Señor es eterna. Aleluya
II Domingo de Pascua
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 5 de abril de 2026 titulado: “La misericordia del Señor es eterna. Aleluya”.
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Hechos 2, 42-27: “Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común”
Salmo 117: “La misericordia del Señor es eterna. Aleluya”
I San Pedro: “La resurrección de Cristo nos da la esperanza de una vida nueva”
San Juan 20, 19-31: “Ocho días después se les apareció Jesús”
Tomás refleja perfectamente nuestro mundo: su desparpajo para negar lo que todos están viviendo, sus dudas y su exigencia de pruebas, son características de un mundo moderno donde no creemos más que aquello que experimentamos, tocamos y probamos personalmente. El domingo de la Misericordia nos muestra que hay señales objetivas de la resurrección de Jesús tanto las ofrecidas por Él mismo a sus apóstoles, como las pruebas vivas que presenta la primitiva comunidad en los Hechos de los Apóstoles. Jesús presenta los argumentos irrefutables de un cuerpo desgarrado, amoroso, entregado por amor a los hermanos; la comunidad ofrece las consecuencias claras de ese amor: la palabra que se hace vida, el amor expresado en el partir y compartir lo que se tiene, la oración que eleva y compromete, y la Eucaristía, expresión de la más grande unión con el Resucitado y con los hermanos. Signos de vida tan evidentes que Santo Tomás sólo exclama: “¡Señor mío, Dios mío!”.
El evangelio nos presenta un drástico cambio a partir de la Resurrección de Jesús. Se inicia con una comunidad entrando en las penumbras de un anochecer, con las puertas cerradas a piedra y lodo, con el miedo aflorando en sus rostros y con un temor angustioso a las autoridades judías, pero poco a poco se va dando paso a la esperanza y disipando las tinieblas, hasta terminar con la presentación de los discípulos arrebatados por el soplo del Espíritu para constituirse testigos de Jesús e invitando a “que ustedes crean que Jesús es el Mesías, y para que creyendo, tengan vida en su nombre”
Nuestra fe aparece con frecuencia vacía, como si solamente siguiéramos tradiciones y costumbres religiosas, formalismos externos que se derrumban frente a un cuestionamiento serio. Cristianos de nombre, de papel y aburridos. Para los primeros cristianos el encuentro con el Resucitado fue un vendaval que los sacudió en su interior y una experiencia que trastocó toda su vida, sus costumbres y sus creencias. De los tonos oscuros que amenazaban a aquella comunidad adormecida y asustada, replegada en sí misma y sin horizontes, se pasa a la explosión radiante de luces y esperanzas fincadas en la victoria de quien ha dado la vida por nosotros y que al final ha vencido a la muerte. El encuentro con Jesús vivo y resucitado los transforma en personas nuevas, reanimadas, llenas de alegría y de paz. Al liberarlos del miedo y la cobardía, les abre nuevos horizontes y los impulsa a proclamar la Buena Nueva y dar testimonio, a todo el que lo quiera escuchar, del Cristo vivo y resucitado. El soplo de Jesús sobre ellos y sus palabras: “Reciban al Espíritu Santo”, producen un doble movimiento que es fuerza en su corazón e impulso que los arrebata para manifestarse hacia los hermanos. Como si creara una corriente interior que los une hasta sentirse con un solo corazón y con una sola alma, pero que no les permite permanecer encerrados en sí mismos sino los empuja a manifestar y transmitir esta nueva vida a los hermanos. Tan poderosa es la experiencia de la resurrección que quien la cree y la experimenta se compromete en una vida más humana, más plena y más feliz.
Las señales ofrecidas por Jesús a Tomás nos hacen comprender que los clavos en los pies y en las manos y la herida del costado, son signo de su amor y de su sufrimiento en su entrega por los otros y al mismo tiempo, huellas de su presencia en medio de nosotros. Por eso nos dice el Papa León que «Jesús resucitado no oculta sus heridas, sino que las muestra como la prueba definitiva de un amor más fuerte que cualquier traición o abandono». No se puede experimentar a Jesús resucitado sino a través de las llagas que ha dejado en su cuerpo, la marginación, el dolor y el sufrimiento de los pequeños y excluidos, de los denigrados e ignorados, de los desposeídos y sobreexplotados. ¿Cómo se mira el mundo a través del hueco de las heridas de Jesús? Intentemos mirarlo y descubriremos, sorprendentemente, que es imposible ocultar o disfrazar la miseria y el dolor de la humanidad pues aparecen nítidamente, pero percibidos con amor, con esperanza y con una entrega plena. No se puede mirar a través del hueco de sus llagas con egoísmo e indiferencia, pero tampoco con rencores y venganzas. Mirar a través de las llagas de Jesús es mirar con la certeza de que este mundo tiene el sentido que le da el inconmensurable amor de Jesús; es mirar con la esperanza de que su resurrección sigue obrando en medio de nosotros; y es vivir con el dinamismo de la nueva vida que su sangre derramada, sigue haciendo brotar. Este es el centro de la experiencia pascual: el encuentro con Alguien vivo, capaz de liberarnos del fatalismo y la negación, y de abrirnos un camino nuevo hacia la paz, la paz verdadera. Mirar a través de las llagas de Jesús es sumergirnos en su Pascua: muerte y resurrección.
Las primeras comunidades han intuido todo lo que significa la resurrección de su Señor y por eso son capaces de iniciar un tiempo nuevo, con el domingo como día del Señor, con la escucha y reflexión de la palabra, con una mesa puesta a disposición de todos, donde el que necesita puede tomar, donde al que le sobra puede aportar, para hacer la mesa común. No se manifestará la resurrección de Jesús en medio de nosotros si no pasa por el compartir. La Eucaristía, el Cordero hecho pan para dar vida, se hace evidente cuando “nadie pasa necesidad”, cuando nadie es excluido y cuando la Palabra se comparte. Contemplemos hoy las llagas de Jesús que gritan resurrección, contemplemos también las señales de las primeras comunidades que tenían un solo corazón y una sola alma, y que se reunían diariamente en el templo y en las casas, compartían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón. ¿Qué señales estamos dando nosotros de resurrección? ¿Hacía a dónde nos lleva nuestra experiencia de Jesús vivo? ¿Dónde descubrimos y mostramos las llagas gloriosas? ¿Cómo es nuestra vida en comunidad y qué tan dispuestos estamos a compartir?
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