Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: “Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él”
XXIX Domingo Ordinario
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 19 de octubre de 2025 , titulado: “Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él”.
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Éxodo 17, 8-13: “Mientras Moisés tenía las manos en alto, dominaba Israel”
Salmo 120: “El auxilio me viene del Señor”
II Timoteo 3, 14-4,2: “El hombre de Dios será perfecto y enteramente preparado para toda obra buena”.
San Lucas 18, 1-8: “Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él”
Es frecuente escuchar que alguien pide una oración, como varita mágica, para solucionar un problema en especial y así surgen novenas, rezos y fórmulas que parecen mágicas, que se repiten obstinadamente con la intención de lograr lo que se pretende, pero ¡Eso no es oración! “La oración es el aliento de la fe, es su expresión más propia. Como un grito silencioso que sale del corazón de quien cree y se confía a Dios”. Hoy, en el Domingo Mundial de la Misiones, podemos recordar a Santa Teresa de Lisieux, que fue una maravillosa y fecunda misionera, a pesar de permanecer siempre dentro del monasterio, hizo vida el secreto de la fecundidad de la oración. Ella compartía que: ¡Los verdaderos apóstoles son los santos! ¡Y son apóstoles, ante todo, porque oran! Patrona de las misiones, comprendió la eficacia de la oración desde que tenía catorce años. Escuchando a Santa Teresa y contemplando a Moisés en la primera lectura, si creyéramos en la eficacia de la oración, cuánto tiempo pasaríamos de rodillas ¡Y el mundo cambiaría de dirección!
Si pensamos en la oración como en una especie de santuario o de oasis donde podemos renovar nuestras fuerzas, donde encontramos paz, donde podemos sentirnos a nosotros mismos delante de Dios, descubriremos que no es algo secundario o de lo que podríamos prescindir. Es algo vital. Un gran pensador definía la oración como el respiro del alma, de tal forma que respondería a una necesidad instintiva y solamente después se puede preguntar el por qué. Pero para hacer la oración necesitamos estar preparados, buscar la soledad y los espacios necesarios, sentirnos en presencia de Dios. Y no solamente en su presencia sino tratar de mirar con los ojos de Dios. Cuando Jesús insiste en la necesidad de una oración perseverante a algunos podría parecerles que es terquedad y egoísmo querer que Dios actúe conforme a nuestros deseos. Pero si en la oración buscamos “adaptar” nuestros ojos y nuestros deseos a los ojos y deseos de Dios, se transforma en fuente de paz y de serenidad para afrontar las dificultades, para recibir no tanto lo que deseamos sino lo que Dios, en su bondad, dispone para nosotros.
Me impresiona este relato donde Jesús no escatima endosarle a Dios un traje de juez inicuo que a regañadientes y molesto accede a las peticiones legítimas de una viuda con tal de resaltar la necesidad de una oración constante y confiada. Nadie más débil y solitario para pedir justicia que una viuda: sin familia, sin derechos, sin palabra, ante las injusticias recibidas, ante las indiferencias de quien debería hacer justicia; pero con una fe y una insistencia que logran doblegar la pasividad del perverso juez. Gran enseñanza para cada uno de nosotros, no porque la imagen del juez injusto case bien con un Dios que es bondad y justicia, sino porque la imagen de la viuda débil e impotente cuaja perfectamente con nuestra situación en un territorio asolado por la injusticia, donde nuestros gritos buscando soluciones se ahogan en la sangre de los inocentes, en la corrupción de las instituciones y en el miedo de todos los ciudadanos. La tentación es grande de encerrarnos en nuestras propias seguridades y, mientras no nos toque la desgracia, dejar pasar todos los acontecimientos que están minando la esperanza y la seguridad de todos los mexicanos.
Quizás la parábola refleje la situación de las primeras comunidades ansiosas por una segunda venida de Jesucristo, pero en constante peligro de sucumbir en un medio hostil. Pero también refleja la situación presente en nuestra sociedad donde se hace palpable la injusticia que golpea sobre todo a los marginados e inocentes. El grito de la viuda es el mismo grito que no cesa día y noche como la oración de los oprimidos por un sistema injusto y por una guerra sin sentido. Es el grito desesperado del pequeño y débil que se siente impotente y sin confianza en sí mismo y que no tiene más remedio que acudir a Dios para resolver sus conflictos. Sin embargo, la actitud de la viuda no manifiesta un conformismo o una indiferencia: su oración está sostenida por una fe y una constancia que son capaces de doblegar los obstáculos más fuertes.
Jesús, el hombre de oración permanente, nos enseña la necesidad de orar siempre y sin desfallecer. Para El, como Hijo primogénito, estar en comunicación profunda con su Padre, era lo más connatural. Nosotros, hijos adoptivos del mismo Padre, por Cristo, ¡cómo necesitamos aprender a vivir en una relación semejante! Que el Espíritu Santo nos ayude a lograrlo. Entonces seremos hijos en verdad.
Vivimos en un mundo de dudas y oscuridad, sin embargo, cada día hay más personas que descubren el valor de la oración, en su triple dimensión: privada, comunitaria y litúrgica. Proliferan por todas partes grupos de oración, que saborean la meditación reposada de la Palabra de Dios y le hablan con una espontaneidad propia de hijos y amigos. En muchos lugares prosperan movimientos cuya característica es la oración, incluso con expresiones corporales. Son un regalo del Espíritu Santo a su Iglesia, que hemos de apreciar y complementar, para que su cristianismo sea integral, sin faltarles la dimensión y el compromiso social de la fe. En todo tiempo y lugar, los pobres están más abiertos a la religión, a las oraciones, peregrinaciones y actos piadosos. En su pobreza, están convencidos de que el único que no les falla es Dios, porque los poderes humanos les abandonan, les prometen mucho y poco les cumplen, los menosprecian y los quieren manipular. Dios es su fuerza. Su única confianza está en El. La tarea es clara y demandante: ¡Debemos hacer oración, siempre y en todo momento!
Dios todopoderoso y eterno, concédenos disposición de espíritu para colocarnos sin reservas en tus manos amorosas por medio de la oración. Amén.
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