01 marzo, 2026

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Enrique Díaz

01 junio, 2025

6 min

Reflexión de Mons. Enrique Díaz: “Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo”

La Ascensión del Señor

Reflexión de Mons. Enrique Díaz: “Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo”

 

Mons. Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo, 1 de junio de 2025, titulado: “Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

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Hechos de los Apóstoles 1, 1-11: “Se fue elevando a la vista de sus apóstoles”

Salmo 46: “Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono”

Hebreos 9, 24-28; 10, 19-23: “Cristo entró en el cielo mismo”

San Lucas 24, 46-53: “Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo”

Nuestra civilización se ha elevado por encima de todas las esperanzas y expectativas de las generaciones precedentes, sin embargo, no encuentra la felicidad ni el sentido de la vida que lo sostenga en sus afanes. Ha subido por los aires, rompe las barreras del sonido, amplifica su voz y modifica las imágenes, supera las velocidades, domina los espacios y sin embargo, el hombre no goza del verdadero júbilo de la victoria. Se siente vacío y vive con el sentimiento aplastante de una vida que se escurre entre las manos y una inquietud grande sobre lo incierto del futuro. El mundo se ha hundido en un ambiente asfixiante porque ha retirado a Dios y a pesar de haberlo sustituido por poderes y riquezas, no logra llenar sus aspiraciones. Ha perdido el eslabón que une el cielo con la tierra y se encuentra sin brújula y perdido.

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Cristo a los cielos, es una fiesta que, bien entendida y vivida, da sentido y dirección a nuestras vidas, une el cielo con la tierra, fortalece nuestro caminar e ilumina la oscuridad que amenaza con engullir a la humanidad. La Ascensión es el triunfo del Dios hecho carne que toma consigo todos los sufrimientos y dolores para darles sentido. Es la meta de todos los esfuerzos y la cima desde donde todos podemos contemplar con claridad y detenimiento todos los diversos caminos, las dificultades y los tropiezos. Todo adquiere sentido. La ascensión es la respuesta a nuestra angustiante pregunta: “¿Dónde estoy?” Mirando a Jesús glorificado encontraremos el camino que va desde la tierra hasta el cielo.

San Lucas nos ofrece hoy una interesante perspectiva: concluye su evangelio con la Ascensión, pero al mismo tiempo abre una nueva narración, “Los Hechos de los Apóstoles”, con este mismo acontecimiento. El primer relato es la meta de todos los verbos de movimiento que él utiliza para señalar hacia dónde se dirige Jesús. La Ascensión es la conclusión triunfal de la vida terrena de Jesús y la culminación de su itinerario; pero al mismo tiempo es el comienzo del “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el Espíritu Santo, prometido por Jesús. Dos presencias de Jesús en la búsqueda del Reino: una presencia física y otra presencia mística, real, en sus discípulos. Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asume para sí misma la misión de continuar el trabajo inaugurado por Jesús, de manifestar el Reino del Padre, de ser “evangelio”, buena nueva, para un mundo desconcertado y sin rumbo. La labor comienza dando sentido a la vida de la humanidad pues deben predicar “a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados”. Es ofrecer una brújula al caminante: dirigirse hacia Dios; además también es una fuente inagotable de energía: el Espíritu Santo, “la fuerza de lo alto”, y todo a partir de la realidad terrena de pecado y miseria.

Quien no tiene referencias ni puntos de apoyo, se pierde y queda suspendido en el vacío. Hay a quien el cielo y el Reino de Dios no le dicen nada;  solamente piensa en el dinero, el placer, el poder, la diversión, gozar y derrochar la vida. Sus ambiciones y sus metas no pasan de lo terreno y tangible. Otros por el contrario desconocen la realidad humana, se olvidan del dolor y sufrimiento de los hombres y presentan el cielo como única realidad. Así aparecen las religiones y tendencias individualistas que ofrecen la salvación como si fuera lotería y cuestión de suerte (y ¡dinero!). Ellos se quedan suspendidos, amorfos y sin compromiso, frente a la humanidad que lucha y se esfuerza en conquistar la justicia, la fraternidad y la equidad.

Hoy Cristo nos presenta una tercera opción: nos propone que, impulsados por la auténtica esperanza, construyamos el cielo desde aquí, en la tierra, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los hermanos. No quiere Jesús discípulos “parados mirando al cielo”, no acepta indiferentes ante las angustias de los hombres, no puede haber discípulos apáticos que se desinteresen por los dolores humanos. No es verdadero discípulo quien se olvida de construir, luchar y conquistar la justicia y la paz. Tampoco serán seguidores de Jesús quienes se limitan a sus placeres y a una cultura de hedonismo y consumo. Así el hombre pierde su sentido. La propuesta de Jesús está expresada en el kerigma que ofrece a los discípulos: a través del dolor y la muerte llegar a la resurrección. Partir desde el suelo para llegar al cielo. Seguir el camino de quien se ha encarnado y ha compartido con los hombres para llevarlos a una vida divina, que se tiene que hacer realidad desde ahora. La tierra es el único camino que conocemos para ir al cielo y así nos lo ha mostrado Jesús. Tendremos, pues, que ser constructores de esperanza y forjadores de sueños que se encarnen en nuestra realidad concreta.

En esta fiesta de la Ascensión tendremos que responder a muchas preguntas e inquietudes que pueden ayudarnos a buscar caminos de encuentro y compromiso: ¿Cómo asumo mi identidad de discípulo de Jesús que da testimonio de un Reino posible que se construye desde aquí en la tierra? ¿Conozco y acepto el camino de entrega que Jesús nos enseñó? ¿Soy portador de buenas noticias y anuncio esperanza a quienes sufren y padecen? ¿En qué se nota que soy discípulo de Jesús?

Dios, Padre Bueno, descúbrenos que más allá de nuestros límites egoístas hay un Cielo posible. Fortalece nuestros pasos y hazlos firmes para que cumplamos la tarea de construir un mundo conforme a tu corazón y de anunciar a todos la Buena Nueva de tu amor y de tu salvación. Amén.

 

Enrique Díaz

Nació en Huandacareo, Michoacán, México, en 1952. Realizó sus estudios de Filosofía y Teología en el Seminario de Morelia. Ordenado diácono el 22 de mayo de 1977, y presbítero el 23 de octubre del mismo año. Obtuvo la Licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico en Roma. Ha desarrollado múltiples encargos pastorales como el de capellán de la rectoría de las Tres Aves Marías; responsable de la Pastoral Bíblica Diocesana y director de la Escuela Bíblica en Morelia; maestro de Biblia en el Seminario Conciliar de Morelia, párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Col. Guadalupe, Morelia; o vicario episcopal para la Zona de Nuestra Señora de la Luz, Pátzcuaro. Ordenado obispo auxiliar de san Cristóbal de las Casas en 2003. En la Conferencia Episcopal formó parte de las Comisiones de Biblia, Diaconado y Ministerios Laicales. Fue responsable de las Dimensiones de Ministerios Laicales, de Educación y Cultura. Ha participado en encuentros latinoamericanos y mundiales sobre el Diaconado Permanente. Actualmente es el responsable de la Dimensión de Pastoral de la Cultura. Participó como Miembro del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia en Roma, en 2008. Recibió el nombramiento de obispo coadjutor de San Cristóbal de las Casas en 2014. Nombrado II obispo de Irapuato el día 11 de marzo, tomó posesión el 19 de Mayo. Colabora en varias revistas y publicaciones sobre todo con la reflexión diaria y dominical tanto en audio como escrita.