¿Qué más pude hacer por ti?
Del amor extremo de Cristo a nuestra respuesta
En la segunda parte de la celebración litúrgica de la Pasión del Señor, el Viernes Santo, pasamos a besar y adorar la Cruz, incluso con una genuflexión por única vez en el año.
Mientras tanto, el coro suele cantar versículos de Miqueas, 6. “Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he ofendido? Respóndeme.” Y recuerda muchas de los portentos que Dios hizo con su pueblo liberándolo de Egipto y conduciéndolo cuarenta años por el desierto hacia la Tierra Prometida.
La liturgia nos ofrece este texto para que nos lo apliquemos en singular: “Hijo mío, ¿qué te he hecho para que me ofendas así, para que te olvides de mí? Yo te amé “hasta el extremo” (Jn 13,1) para que pases indiferente o te avergüences de mí ante mi derroche de amor”. Algo parecido le dijo Jesús con la mirada a Pedro después que le negó por tres veces (Lc 26,61). Y a Judas, cuando recibe el beso del traidor en el huerto: “Amigo, ¿a qué has venido?” ( Mt 26,50) o con una triste admiración: ”Amigo, ¡a lo que has venido!” “Al que me va a entregar… más le valiera no haber nacido”. (Mt 26,23).
Jesús ve con tristeza y con amor la traición del discípulo, pero respeta su libertad y le deja hacer.
¿Para qué nos trae estos textos la liturgia? No sólo para contarnos la historia de la Pasión y que la escuchemos o la recordemos. No sólo, para que nos involucremos para que seamos “un personaje más”, como decía San Josemaría: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia” (Forja 754).
Al leer o escuchar la Pasión estos días y siempre, hemos de confrontarnos con esos personajes. Ese Pedro negador soy yo con mis miedos y respetos humanos. Ese Judas traidor soy yo y lo he sido muchas veces con mis pecados. Ese Pilato cobarde soy yo en tantas ocasiones. Se nos lee para que nos lo apliquemos y reaccionemos. Porque expresan una gran verdad aquellas palabras de San Agustín: “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti” .
Indudablemente también queremos identificarnos con los otros personajes o con sus gestos de amor: con María de Betania que unge los pies de Jesús, con Pedro que llora amargamente, con el Cirineo que ayuda a llevar la cruz, con la confesión de fe del centurión romano, con Juan, la Magdalena y, sobre todo, con María al pie de la Cruz.
Hermosas manifestaciones culturales y religiosas por nuestros pueblos: magníficas imágenes y obras de arte, pasos procesionales, saetas encendidas… Pero que no nos quedemos en lo cultural o en lo turísticos ni sólo en el emocional, como nos acaban de recordar los obispos españoles.
Lágrimas, si Dios las da, son un don. Pero oración, arrepentimiento, sacramento de la Reconciliación, propósitos de vida. Conversión efectiva.
¡Y feliz Pascua de Resurrección!

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