06 febrero, 2026

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Pensar el presente con Santo Tomás de Aquino

Homenaje y Reflexión en el Marco del Premio Abelardo Lobato 2026 de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITA)

Pensar el presente con Santo Tomás de Aquino

Rodrigo Guerra López, colaborador de Exaudi, recibió el pasado sábado 17 de enero de 2026, en la histórica Basílica de Santa María sopra Minerva en Roma, el Premio «Abelardo Lobato 2026» otorgado por la Società Internazionale Tommaso d’Aquino (SITA). Este reconocimiento, en su segunda edición y dedicado a la memoria del fraile dominico Abelardo Lobato Casado OP (uno de los fundadores de la SITA), premia «por haber desarrollado un pensamiento filosófico de gran actualidad e impegno, especialmente en el ámbito antropológico, ético y social, fundado sobre el pensamiento metafísico de san Tommaso d’Aquino».

Guerra López expresó su profunda gratitud a la Profesora Lorella Congiunti, Presidenta de la SITA, y a la Profesora Cristina Reyes, Vicerrectora de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, por este honor inmerecido. Destacó también la presencia de destacados tomistas, entre ellos el querido P. Lluis Clavell, Presidente emérito de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino. El acto, celebrado en la Sala dei Papi de la basílica a partir de las 16:30 horas, incluyó la entrega de premios y la conferencia magistral del galardonado: «Pensare il presente con San Tommaso d’Aquino: Abelardo Lobato O.P. e il rinnovamento del pensiero tomistico».

Este premio no es solo un reconocimiento personal, sino una afirmación institucional de la vitalidad del tomismo especulativo en el siglo XXI: un pensamiento metafísico arraigado en Santo Tomás, capaz de dialogar con las urgencias antropológicas, éticas y sociales del mundo contemporáneo, sin reducirse a mera erudición histórica.

Un Tomismo Vivo, Eclesial y Dialógico

La conferencia de Rodrigo Guerra López, pronunciada en este contexto premiado, constituye un manifiesto programático para la renovación del tomismo. El autor, filósofo mexicano con una trayectoria marcada por el encuentro personal con Abelardo Lobato desde 1986, estructura su reflexión en torno a tres ejes interconectados que responden directamente a los desafíos del presente:

  1. Recuperar la dimensión metafísica de la inteligencia En un «cambio epocal» acelerado por la tecnología y la cultura, Guerra López rechaza tanto el optimismo racionalista moderno como el pesimismo nihilista posmoderno. Invoca la distinción tomista entre separatio (juicio compositivo-divisorio que accede al ser concreto) y abstractio (propia de las ciencias particulares), tal como aparece en el comentario al De Trinitate de Boecio. La metafísica tomista no es abstracción formal elevada, sino resolutio ad ens (retorno al acto de ser como fundamento del concreto). Este enfoque metodológico permite trascender lo fenoménico y contextual sin negar la historicidad, discerniendo el bien en medio del mal per accidens. Frente a prejuicios antimeta físicos actuales (sospecha hacia la sustancia, la naturaleza o la ley natural), propone un tomismo «metodológico» que entra en los debates contemporáneos desde dentro, demostrando la relevancia radical del esse para lo singular.
  2. Desarrollar el tomismo en comunión y al servicio de la Iglesia El autor insiste en un tomismo profundamente eclesial, fiel al espíritu de Santo Tomás y al Magisterio. Referencia clave: la instrucción Donum veritatis (1990) de Joseph Ratzinger, que regula la libertad teológica sin marginar la autoridad del Sucesor de Pedro. Critica actitudes que, bajo apariencia doctrinal, reducen el papado a intrigas políticas, olvidando la prudentia Dei. La Iglesia necesita una «diaconía de la inteligencia creyente» (eco de Veritatis gaudium), que estudie rigurosamente a los clásicos —especialmente a Aquino— para iluminar desafíos pastorales actuales (bioética, familia, crisis cultural). Esto implica ir «más allá» de Tomás sin traicionarlo, mediante un tomismo especulativo «esencial» (Fabro), que piensa de su mano y no repite fórmulas.
  3. Una lectura analítica y diferenciada de la modernidad y el posmodernismo Siguiendo el método tomista de discernir primero la verdad en todo autor (incluso pagano o «sospechoso»), Guerra López rechaza visiones lineales de la modernidad como mero declive hacia el inmanentismo. Cita un texto poco conocido de Francisco (28 enero 2022) sobre síntesis superiores que integran herencias diversas en un horizonte «poliédrico». Ejemplos fructíferos: Bergson en Gilson, Kierkegaard en Fabro, Scheler en Wojtyla, hermenéutica en Beuchot. Inspirado en Augusto Del Noce, aboga por una «filosofía de la historia de la filosofía» guiada por la analogía del ser (metafísica, no lógica). Para un latinoamericano, esto conecta con Methol Ferré y aspectos del pensamiento de Francisco (y el actual pontificado de León XIV).

Un Legado Personal y Colectivo

El cierre emotivo evoca el diálogo de Lobato con Juan Pablo II sobre Wojtyla: una fenomenología reformada no obstaculiza, sino que ayuda a «pensar el presente y alcanzar más profundamente el ser». Este gesto resume el espíritu del homenaje: un tomismo abierto, eclesial, dialógico y guiado por el Espíritu Santo («Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est»).

El Premio Abelardo Lobato 2026, al reconocer a Guerra López, reafirma que el tomismo no es reliquia museística, sino fuente viva para el discernimiento cultural y eclesial del siglo XXI.

Texto completo de la conferencia:

Pensar el presente con San Tomás de Aquino Abelardo Lobato O.P. y la renovación del pensamiento tomístico, Rodrigo Guerra López

Premio «Abelardo Lobato” Sociedad Internacional Tomás de Aquino Basílica de Santa María sobre Minerva Roma, Italia 17 de enero de 2026

Introducción Hace muchos años tuve la gracia de conocer al Fraile Abelardo Lobato OP. Lo escuché por primera vez en el marco del II Congreso Mundial de Filosofía Cristiana, celebrado en la ciudad de Monterrey, del 20 al 24 de octubre de 1986. Tenía 20 años y era un estudiante universitario de filosofía. Fra Abelardo ya era una referencia importante en el pensamiento tomístico. La conferencia que dio en esa ocasión fue sobre «El hombre un ser personal». Como todos saben, se apasionaría por este tema durante la mayor parte de su vida. Recuerdo que, con gran sorpresa mía, cuando me acerqué a él para felicitarlo por su intervención, descubrí a un fraile dominico extremadamente cordial, sonriente y que transmitía espontáneamente un gran entusiasmo por los estudios tomísticos. Me miró atentamente a los ojos, como si quisiera establecer una relación de amistad.

En aquel tiempo, era un estudiante de un grupo de profesores que nos educaban en el amor por la filosofía cristiana y que estaban fuertemente inspirados por Etienne Gilson, Cornelio Fabro, Francisco Canals y Josef Pieper. Para nosotros, conocer a Abelardo Lobato OP, exalumno de Reginald Garrigou-Lagrange OP, fue como conocer a un miembro excepcional de esa familia de grandes filósofos cristianos del siglo XX.

En los años siguientes nos encontramos en diversas ocasiones. En 1989 se celebró el Tercer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana en Quito, Ecuador, y él fue tan amable de asistir a la conferencia que impartí allí. Recuerdo con gran gratitud ese gesto de cercanía y los comentarios que me hizo. Al mismo tiempo, Fra Abelardo ofrecía cada año un retiro espiritual en un convento de monjas dominicas en la ciudad de Puebla. Aprovechando su viaje a México, nos dio en diversas ocasiones un breve curso sobre San Tomás y nos animó a crear un grupo SITA. Gracias a él, todos vimos con asombro cómo el pensamiento del «Doctor Angélico» se convertía en pasión, diálogo y luz para comprender los desafíos culturales del tiempo presente. Nada quedó fuera de sus preocupaciones: su investigación sobre la persona, la libertad, la ley natural, la conciencia o la diferenciación sexual, unida a sus preocupaciones sobre la familia, la sociedad, la vida política, la bioética o la crisis cultural contemporánea.

Y este fue el punto que al menos a mí me conmovió y tuvo un impacto en mí. Ver cómo el conocimiento experto de San Tomás no se limitaba a la mera erudición filológica o histórico-crítica, sino que estaba acompañado de una pasión por la vida humana real y sus problemas más urgentes. Para Fra Abelardo Lobato OP, el amor por la verdad, siguiendo a San Tomás, estaba acompañado de un enorme entusiasmo y energía misionera. El tomismo no era una venerable reliquia del pasado, sino una propuesta que tocaba el corazón de los jóvenes mexicanos y las controversias filosóficas que más nos preocupaban en aquellos años.

No deja de asombrarme el hecho de que esta doble dimensión —profundizar en el estudio del pensamiento filosófico y teológico de San Tomás y entrar en un diálogo pertinente con la cultura de nuestro tiempo— sea la misma preocupación que el Papa Francisco ha buscado compartir en su discurso a los participantes del último Congreso Internacional Tomístico:

«El tomismo no debe ser un objeto de museo, sino una fuente siempre viva (…) Es necesario promover, según la expresión de Jacques Maritain, un ‘tomismo viviente’, capaz de renovarse para responder a las preguntas actuales. Así, el tomismo avanza siguiendo un doble movimiento vital de ‘sístole y diástole’. Sístole, porque primero hay que concentrarse en el estudio de la obra de San Tomás en su contexto histórico-cultural, para identificar sus principios estructurantes y captar su originalidad. Después, sin embargo, viene la diástole: dirigirse en el diálogo al mundo actual, para asimilar críticamente lo que hay de verdadero y justo en la cultura del tiempo.»

Pensando precisamente en estas cosas que son al mismo tiempo enseñanza pontificia y testimonio existencial de la vida de Fray Abelardo, en esta ocasión deseo rendir un pequeño homenaje a su persona, meditando en voz alta sobre la importancia de repensar los desafíos del presente de la mano de San Tomás de Aquino.

Para hacerlo, intentaré desarrollar tres ideas: La necesidad de reproponer el alcance metafísico de la inteligencia en el debate filosófico y teológico contemporáneo. La necesidad de desarrollar el tomismo en comunión y al servicio de la Iglesia. La necesidad de acompañar el tomismo con una lectura analítica y diferenciada de la modernidad y de las diversas reacciones posmodernas.

La necesidad de reproponer el alcance metafísico de la inteligencia en el debate filosófico y teológico contemporáneo

El cambio cultural y tecnológico en la sociedad contemporánea es profundo y en aceleración. No es necesario ser expertos en el debate modernidad/posmodernidad para darse cuenta de que existe un verdadero «cambio epocal» que merece ser seguido y comprendido en profundidad. Como en muchos otros procesos histórico-culturales del pasado, los cambios que estamos viviendo hoy tienen luces y sombras. El paradigma moderno-ilustrado ha intentado convencernos de que el proceso histórico está guiado por la racionalidad científico-tecnológica, que al final garantizaría un futuro más libre y racional para todos. Por su parte, muchas de las reacciones antimodernas más importantes, quizás inconscientemente, han imitado esta misma idea, aunque en una versión negativa, es decir, han propuesto que la modernidad es un camino hacia el inmanentismo, el nihilismo o peor.

Una atenta observación de la realidad debe reconocer que ambas posiciones son en parte justas y en parte profundamente equivocadas. En cada momento hay importantes dosis de verdad que coexisten con los más grandes errores. Además, la historia no es un proceso determinista que apunta en una única dirección, no es, por ejemplo, un trágico camino hacia la catástrofe, sino un drama articulado por múltiples libertades en el que el mal existe siempre ‘per accidens’, de manera deficiente, como una cierta ausencia, en medio de la presencia de una perfección y positividad que caracteriza todo lo que es.

Para poder identificar y discernir el ser del no-ser, la verdad del error, el bien y el mal, es necesario trascender el momento puramente sensorial, puramente fenoménico, puramente contextual, puramente histórico y lograr afirmar que la realidad no se agota en su aspecto temporal y finito. Sin embargo, esta trascendencia no es un ascenso gradual a lo largo de la línea de la abstracción, cada vez más lejos de lo singular, sino un retorno, por así decirlo, a la base de lo que hace que la entidad concreta sea lo que es y simplemente ‘ser’. Para los expertos en San Tomás se trata de una cuestión bien conocida. Un cierto formalismo ha conquistado la mente de algunos intérpretes del Aquinate, que a veces se han atrevido a afirmar que el ser es el fruto de una abstracción formal muy elevada.

Sin embargo, una lectura atenta del comentario al De Trinitate de Boecio nos permite descubrir que San Tomás nota tres tipos de distinciones que la mente opera, una real y dos ficticias. La primera es la operación del intelecto que compone y divide y que conocemos como ‘separatio’. Las otras dos son modalidades de abstracción que corresponden a las ciencias físicas y al conocimiento puramente formal, como la matemática. En la misma obra, San Tomás considera agudamente que es característico de los platónicos y los pitagóricos no distinguir suficientemente la «separatio» de la «abstractio». Esto es explicable porque el fracaso de los platónicos y los pitagóricos en descubrir el acto de ser como fundamento de toda la formalidad fundada, los obligó a afirmar la subsistencia de las ‘formas’ como principio causal principal de las cosas compuestas en el mundo sensible, causando una deriva del método de la metafísica en el reino puramente formal. San Tomás, por el contrario, piensa el método de la metafísica sobre la base de su verdadero objeto: el ser de las cosas y su causa última, el Ser separado.

La ‘separatio’ es la modalidad propia del conocimiento espontáneo, ya que comprendemos las cosas tal como son, en base a la unión o disociación real de los componentes del concreto. La abstracción, en cambio, nos aleja de toda la realidad en toda su riqueza para profundizar en algunos aspectos.

Desde este punto de vista, la metafísica tiene como objeto el ‘suppositum’, lo real separado en cuanto tal y no en cuanto es esto o aquello. La metafísica investiga lo que se predica ‘en sí’ del subsistente, como el ser y el actuar. Por lo tanto, la metafísica no abstrae, sino que su movimiento es más bien lo contrario de la abstracción. Mientras las ciencias particulares se multiplican tratando diversos aspectos de lo real, la metafísica restaura la unidad del ser y se constituye como conocimiento del concreto en cuanto total. Naturalmente, esto es válido solo para una metafísica que reconoce el acto de ser (esse) en el ente (ens: id quod habet esse). Si el objeto de la metafísica fuera la esencia de las cosas o la idea del ser (esse commune), entraría inmediatamente en el método de la máxima abstracción, es decir, de la noción indeterminada de ser.

Esta pequeña digresión es relevante para entender que una parte importante de las actuales controversias en el campo de la filosofía, e incluso de la teología, gravita sobre la auténtica recuperación del alcance metafísico de la inteligencia, es decir, de la capacidad de realizar una ‘resolutio ad ens’, y eventualmente una ‘resolutio ad Esse’. Sin esto, la reflexión queda atrapada en el «horizonte trascendental», no solo del puramente formal, sino también del puramente factual y contextual.

Las controversias filosóficas y teológicas actuales son muy diversas y se multiplican por temas, enfoques y escuelas. Sin embargo, no me parece exagerado decir que algunas de ellas están, por así decirlo, lastradas o condicionadas por una idea de razón que, consciente o inconscientemente, ha cerrado total o parcialmente su alcance propiamente metafísico. No es raro oír en algunos ambientes declaraciones de sospecha o incluso de desprecio hacia la metafísica, basadas en prejuicios sobre la distancia de la primera filosofía de la realidad, sobre la ‘inmovilidad’ de la noción de sustancia, sobre la rigidez de la noción de ‘naturaleza’, sobre la impertinencia de la ‘ley natural’, sobre la aparente evidencia de que la metafísica ya ha sido ‘superada’, y así sucesivamente.

En todos estos casos, no basta con hacer exhortaciones genéricas a favor de la metafísica o del «tomismo». Es necesario que los tomistas entren en los espacios y ambientes marcados por estos prejuicios, y desde dentro de ellos —¡no desde fuera!—, demostremos con argumentos que la ciencia del ser como ser para el Doctor Angélico no se refiere a lo abstracto, sino a la coherencia más radical de lo singular y de lo concreto como tal. Hacer esto no significa invitar a una cruzada apologética en defensa de San Tomás, sino recuperar el tomismo en clave ‘metodológica’, es decir, siguiendo la ‘via inventionis’, el camino de descubrimiento que hoy debemos recorrer para repensar la realidad de nuestro presente con la máxima fidelidad y sin prejuicios.

La necesidad de desarrollar el tomismo en comunión y al servicio de la Iglesia

Un segundo elemento que me parece fundamental al meditar en voz alta sobre la renovación del pensamiento tomístico es la necesidad de desarrollar el tomismo con un sentido profundamente eclesial.

Esto podría parecer obvio, pero no lo es cuando vemos que en los últimos años ha habido importantes reclamos y críticas al magisterio papal por parte de algunos pensadores, incluidos tomistas. Cuando afirmo esto, no quiero decir que no sea legítimo plantear preguntas o cuestionar un aspecto particular del magisterio eclesiástico. Todos sabemos que es legítimo plantear preguntas cuando, en conciencia, hay razones fundadas y bien argumentadas. Sin embargo, a menudo se olvida que el contenido de la Instrucción «Donum veritatis» sobre la vocación eclesial del teólogo, publicada por Joseph Ratzinger el 24 de marzo de 1990, se aplica también a los tomistas y no ha sido abrogada.

En otras palabras, la legítima pluralidad y libertad del teólogo no debe vivirse marginando el Magisterio o la autoridad del Sucesor de Pedro, mucho menos faltando a la caridad, dañando la comunión o causando escándalo. Es una trampa particularmente perversa afirmar lo que consideramos verdadero fuera de estos parámetros.

Este actitud no es ajena al espíritu de San Tomás y en general a la mejor tradición teológica de la Iglesia católica. Si hay una duda, una crítica o un cuestionamiento a una enseñanza magisterial, no hay necesidad de entrar en pánico. Simplemente es necesario utilizar los canales apropiados, expresar la propia convicción con verdadero respeto y ser pacientes.

Más allá de «Donum veritatis», un texto que vale la pena estudiar de nuevo, soy de la opinión de que, en el fondo, algunas de las contestaciones aparentemente «doctrinales» que se han hecho al Magisterio en los últimos años por parte de algunos tomistas, involucran una pregunta aún más sutil que toca el corazón de la fe. ¿Veo el don que Dios me hace a través del Sucesor de Pedro como parte de la Providencia —de la prudentia Dei? ¿O tal vez, sin mucha conciencia, privilegio una interpretación del Papa y de su Magisterio en la que los juegos políticos o las intrigas de palacio se convierten en el factor más decisivo para mi adhesión o mi rechazo?

Se trata de una cuestión delicada que, dependiendo de cómo se resuelva, condiciona mucho la disposición que la mente tomista posee para dar un paso más: poner nuestra inteligencia al servicio del Misterio que es la Iglesia. La Iglesia hoy necesita una diaconía de la inteligencia creyente. Las nuevas desafíos pastorales que están apareciendo en todos los órdenes no se resolverán de manera afortunada con eventos o improvisaciones. Es necesario observar y comprender la realidad habiendo estudiado rigurosamente los clásicos del pensamiento cristiano, entre los cuales destaca sin duda San Tomás. Esto ha sido destacado también en las normas de aplicación de la Constitución «Veritatis gaudium» promulgada por el Papa Francisco.

Naturalmente, este estudio está llamado a ir más allá de la mera repetición de algunas fórmulas, que ciertamente deben ser aprendidas y comprendidas. Lo decisivo es pensar de la mano de San Tomás, profundizar en un tomismo especulativo, «esencial» como gustaba decir Cornelio Fabro. Solo así será posible ir más allá del Doctor Angélico sin traicionar sus fundamentos perennes.

La necesidad de acompañar el tomismo con una lectura analítica y diferenciada de la modernidad y de las diversas reacciones posmodernas

San Tomás fue un maestro en muchos aspectos. Su amor por quienes lo precedieron es evidente en todas sus obras. Ha sido muy hermoso que con el tiempo hayan aparecido estudios que muestran de manera muy profunda que, además de tener siempre un enorme aprecio por Aristóteles, el Aquinate aprendió de muchos otros autores como los filósofos árabes, el neoplatonismo y los Padres de la Iglesia, en particular San Agustín. San Tomás estaba convencido de que para comprender a un autor es necesario primero identificar la parte de verdad que su pensamiento posee y luego, naturalmente, notar también sus límites. A la luz del ser es necesario interpretar el error, a la luz del bien es necesario comprender el mal. No al revés.

Este enfoque metodológico permite a San Tomás aprender mucho de pensadores paganos, ‘sospechosos’ para algunos, como Aristóteles o los árabes.

El Papa Francisco, en un texto poco conocido, firmado el 28 de enero de 2022, fiesta de San Tomás de Aquino, ha notado algo en la misma dirección. Ha afirmado que es necesario:

«entender que la filosofía avanza cuando, después de haber estudiado las diversas opiniones y controversias, se logra descubrir una síntesis superior que reconoce la pequeña o gran dosis de verdad en cada posición. Si miramos a los grandes maestros del pensamiento cristiano de todas las épocas, no encontramos nada diferente. Son todos grandes precisamente porque aprenden con humildad de una suerte de simpatía con sus predecesores, purifican su mirada a la luz de la certeza que la fe les ofrece, y buscan expresar sus descubrimientos creando nuevas síntesis complejas en las que se pueda ver la herencia recibida y, al mismo tiempo, la originalidad de quienes han sido capaces de abrir su mente a un nuevo horizonte de comprensión, más integrante, más pleno, más ‘poliédrico’, si puedo usar la expresión».

Si miramos de cerca a algunos importantes tomistas del siglo XX, tengo la impresión de que lo mismo ha ocurrido en su interior. Pienso inmediatamente en los buenos frutos que el pensamiento de Bergson tuvo para la inteligencia de Etienne Gilson. Pienso en el impacto que el pensamiento de Kierkegaard tuvo en Cornelio Fabro. Y no puedo dejar de mencionar la influencia que Max Scheler tuvo en la mente de Karol Wojtyla o cuánto Maurice Beuchot ha aprendido de la hermenéutica contemporánea. En los cuatro casos que he citado, los tomistas no han acogido acríticamente a sus interlocutores no tomistas, sino que se han dejado provocar por ellos, discerniendo con fineza qué cosas son posibles de asimilar y cuáles no. El secreto está en el discernimiento, es decir, en los criterios fundamentales que estos autores tomistas usaban para discriminar y juzgar sin disolver lo fundamental.

Cuando la modernidad se interpreta como un camino más o menos rectilíneo hacia formas cada vez más perniciosas de inmanentismo, es muy difícil aprender de autores como Bergson, Kierkegaard, Scheler o Ricoeur.

Por lo tanto, soy de la opinión de que nosotros los tomistas debemos perfeccionar nuestra forma de interpretar filosóficamente la modernidad y las posibles reacciones posmodernas. Esta mejora, me parece, requiere no solo de la historia de la filosofía, sino de una «filosofía de la historia de la filosofía», un poco como ya ha subrayado Augusto Del Noce. Solo así es posible alcanzar una comprensión más analítica y diferenciada de los debates que caracterizan nuestro tiempo.

Cito a Augusto Del Noce no por casualidad, sino porque, sin entrar en lo específico de su pensamiento en este momento, la gran lección que quizás nos deja es que no cualquier lectura filosófica de la modernidad es compatible con los elementos fundamentales de la filosofía y la teología de San Tomás de Aquino, especialmente cuando estos elementos incluyen en su interior la comprensión de la participación del acto de ser en los entes y la correspondiente analogicidad de la realidad.

En otras palabras, una lectura filosófica de la historia de la filosofía animada por una comprensión metafísica y no meramente lógica de la analogía son algunos de los instrumentos que mejor nos ayudan a continuar la aventura del pensamiento tomístico y el enriquecimiento de este pensamiento recuperando la verdad y el bien que aparecen en otros autores, a veces muy lejanos y diferentes del Aquinate.

Para un latinoamericano, como el que habla aquí, la figura de Del Noce nos es también particularmente querida, ya que el filósofo italiano tuvo una notable influencia en Alberto Methol Ferré, uno de los intelectuales que mejor nos permiten comprender algunos aspectos del pensamiento del Papa Francisco y el significado eclesial y cultural que el Papa León XIV tiene actualmente.

Para concluir: pensar el presente

Abelardo Lobato me animó a estudiar un doctorado en el Angelicum. Hice la solicitud y recibí la carta de aceptación en 1992. Sin embargo, me era imposible costear la manutención y el alojamiento, y terminé estudiando en un lugar muy diferente. En mi tesis doctoral, dedicada al método filosófico de Karol Wojtyla, no quise dejar de lado algunos temas delicados y un poco controvertidos de algunas investigaciones hechas por Padre Lobato, que él mismo tuvo la paciencia de explicarme en uno de nuestros encuentros.

Padre Lobato había publicado un amplio estudio sobre el pensamiento de Karol Wojtyla en la revista Angelicum en 1979. En este estudio, después de explicar de manera muy detallada algunas de las intuiciones centrales del libro Persona y Acto de Karol Wojtyla, se atrevió a hacer una crítica: «en su obra hay más fenomenología que metafísica, y esto va en detrimento de la filosofía de la persona, que solo puede elaborarse con rigor metafísico».

El Papa Juan Pablo II, recién elegido, lo encontró y le dijo: «Debemos hablar». Después del diálogo, Fra Abelardo descubrió que la cuestión no era tan simple. Su interpretación de Wojtyla estaba de alguna manera influida por los escritos de Mieczyslaw Albert Krapiec OP. El Papa Juan Pablo II le hizo notar que, desde su punto de vista, la reforma de la fenomenología en sus escritos filosóficos indicaba una reformulación de la metafísica clásica y personalista. Sin embargo, también le dijo que comprendía su opinión, porque la traducción al inglés de Persona y Acto estaba abierta a algunos malentendidos.

Cuando en 2002 se publicó mi libro Volver a la persona. El método filosófico de Karol Wojtyla, Fra Abelardo me agradeció por haber aclarado todas estas cuestiones y me dijo que reconocía que Karol Wojtyla había estado a punto de realizar una reformulación particularmente original de la metafísica tomista a partir de una reconsideración crítica del realismo fenomenológico. El fraile dominico me dijo algo que cito, apelando a mi memoria: «al final, la fenomenología reformada como la hizo Wojtyla, no es un obstáculo sino una ayuda para pensar el presente y para alcanzar más profundamente el ser».

Esta evolución de Fra Abelardo no era una simple sumisión eclesiástica al Papa. Era, por un lado, el fruto de su propio camino intelectual, intelectual y espiritual. Fra Abelardo era un gran metafísico, un fraile profundamente eclesial y un hombre de diálogo siempre dispuesto a conocer la verdad en todo y en todos. Porque, como nosotros los tomistas repetimos a menudo: «Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est», toda verdad, quienquiera que la diga, viene del Espíritu Santo.

Les agradezco su paciencia y felicito por adelantado a los ganadores del Premio Abelardo Lobato 2026. ¡Muchas gracias!

Exaudi Redacción

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