“¿Para quién serán tus bienes?”: Reflexión de Mons. Enrique Díaz
XVIII Domingo Ordinario
Mons. Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo, 3 de agosto de 2025, titulado: “¿Para quién serán tus bienes?”.
Eclesiastés (Cohélet) 1,2; 2, 21-23: “¿Qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos?”
Salmo 89: “Señor, ten compasión de nosotros”
Colosenses 3, 1-5. 9-11: “Busquen los bienes del cielo, donde está Cristo”
San Lucas 12, 13-21: “¿Para quién serán tus bienes?”
El Papa León en su primera homilía, apenas recién nombrado, llamaba la atención sobre los peligros de la fe: “Hoy también son muchos los contextos en los que la fe cristiana se retiene un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes, contextos en los que se prefieren otras seguridades distintas a la que ella propone, como la tecnología, el dinero, el éxito, el poder o el placer”. Sí, la riqueza y el poder corrompen, endurecen el corazón y dificultan la fe.
Frente al pesimismo que ofrece el libro del Cohélet en cuanto a las riquezas y el sentido de la vida, asegurándonos que todo es vanidad, aparece el optimismo y seguridad que expresa el hombre rico de la parábola diciéndole a su corazón que la vida le sonríe porque están llenos sus graneros. ¿Expresiones de otro tiempo y de otras culturas? Baste contemplar lo afanados que andamos tras los bienes materiales y las luchas atroces y violentas no sólo de los cárteles sino de toda persona en su búsqueda ansiosa de seguridad y de poder. Quizás sea uno de los rasgos más llamativos de Jesús, en su predicación, la lucidez con que desenmascara el poder alienante y deshumanizador que puede encerrar la riqueza. El riesgo de quien vive disfrutando de sus bienes, es olvidar su condición de hijo de un Dios Padre y de hermano de todas las personas. El dinero puede dar poder, fama, prestigio, seguridad y bienestar; pero, en la medida en que esclaviza a la persona, le cierra su corazón ante Dios Padre, le hace olvidar su condición de hombre y hermano, y le lleva a romper su solidaridad con los otros. Dios no puede reinar en la vida de un hombre dominado por el dinero.
Con fuertes reclamos el Papa Francisco recordaba no sólo a la sociedad sino a la Iglesia misma que las riquezas se convierten en déspotas que gobiernan los pueblos y nos invitaba a reflexionar para no esclavizarnos ni postrarnos ante el ídolo de la riqueza. “Hemos creado nuevos ídolos. La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero y la dictadura de la economía, que no tiene rostro y carece de una verdadera meta humana”, señaló ante los líderes financieros. El dinero tiene que servir, no gobernar. La crisis económica y social ha creado temor y desesperación, disminuyó el goce de la vida e incrementó la violencia y la pobreza. Se ha establecido una nueva, invisible y virtual tiranía, que impone sus propias leyes y en muchos casos, el valor de las personas es juzgado sólo por su capacidad de consumo. De un modo gráfico, el papa nos señalaba la gravedad de la situación que cuando hay crisis financiara se despierta la alarma y los gobiernos se aprestan a rescatar las instituciones económicas, pero cuando a diario miles de personas fallecen de hambre y viven en la miseria, podemos dormir tranquilos, con la conciencia “adormilada”.
La mayoría de las personas piensan que la felicidad depende de la abundancia de los bienes que posea. En efecto, ¿a quién no le atrae el deseo de tener mucho dinero? ¿A quién no le gusta la vida cómoda? ¿Quién no anhela paseos, diversiones, comidas, bebidas y experiencias nuevas? La publicidad machaca que comprando tal objeto, obtendremos éxito y buena vida, como si con el montón de bienes pudiéramos comprar la felicidad. Sin embargo, Jesús dice que la felicidad no depende de ello. ¿A quién le hacemos caso: a la opinión de mucha gente o a la Palabra de Dios?
Y no es que no sean necesarios el dinero o los bienes materiales. Claro que son necesarios, y el mismo Jesús nos invita a hacer un recto uso de esos bienes. Pero una cosa es el uso y otra el abuso; una cosa es solucionar las necesidades y otra ir acumulando indefinidamente. Una cosa es aprovechar bien los bienes materiales y otra muy diferente hacerse esclavo del dinero y de esos bienes. Cuántas veces, incluso en la familia, está primero el dinero que los hijos, que la esposa o que los hermanos. El ejemplo más claro lo encontramos en el mismo Evangelio, donde dos hermanos luchan por la herencia. No es caso extraño: luchan por el dinero los amigos; se odian por dinero los hermanos; se dividen los partidos. Todos estamos expuestos a caer en las garras del dinero: el funcionario, la Iglesia, el político y hasta los familiares.
Cristo hoy nos lo enseña con palabras magistrales: “Eviten toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus posesiones las que le dan vida”. Jesús no invita al conformismo. Lo primero es la justicia, querida por Dios, predicada por Jesús: que todos tengan pan, educación, techo… fruto de la comunión, de la solidaridad. Pero puede ocurrir que cuando tengamos lo justo, lo que nos corresponde como hijos y hermanos, ambicionemos más. Esta codicia nunca nos permitirá ya descansar. Es muy difícil ya decirse a uno mismo: “Hombre, tienes muchas cosas guardadas para muchos años, descansa, come, bebe, pásala bien y ayuda a los demás…”. Normalmente, no hay quien pare ya el dinamismo de la codicia. Hay que estar alerta. ¿Hasta dónde llegar en la acumulación de bienes?
La codicia de unos pocos, o de unos muchos, impide el desarrollo de los pueblos y además es contagiosa: ¿Por qué se me ocurre mirar a otros y compararme con ellos, envidiar sus posesinoes y ambicionar más cada día? ¿Por qué no se me ocurre mirar a los que tienen menos y que viven más sencillamente para moverme a compartir con ellos? “Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque suyo es el Reino de los Cielos”.
Enriquecerse en Dios es vivir como Jesús: vivir confiados en las manos de nuestro Padre Dios, buscar el Reino como lo principal, lo demás vendrá por añadidura…
Señor Jesús, concédenos un corazón sencillo, libre de la codicia, dispuesto a compartir, a construir y a distribuir como lo hace nuestro Padre Celestial. Amén.
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