10 abril, 2026

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Papa León XIV en Estambul: Un Llamado a la «Lógica de la Pequeñez» en la Iglesia de Turquía

En la Catedral del Espíritu Santo, el Pontífice exhorta a la minoría católica turca a no temer su pequeñez numérica, sino a vivirla como fuerza evangélica, semilla fecunda y levadura del Reino

Papa León XIV en Estambul: Un Llamado a la «Lógica de la Pequeñez» en la Iglesia de Turquía

En un ambiente cargado de historia y espiritualidad, el Papa León XIV se dirigió hoy a los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y operadores pastorales de la Iglesia católica en Turquía, durante un encuentro de oración en la Catedral del Espíritu Santo de Estambul. Este evento marca un hito en su primer Viaje Apostólico, que lo lleva a esta «tierra santa» donde el Antiguo y el Nuevo Testamento se entrelazan en un tapiz de fe milenaria. Ante una asamblea conmovida, el Pontífice invitó a la comunidad cristiana local –una minoría vibrante en un país mayoritariamente musulmán– a abrazar la «lógica de la pequeñez» como fuerza transformadora, recordando que el Reino de Dios germina en lo humilde, no en el poder numérico o económico.

El discurso papal, pronunciado en italiano y traducido simultáneamente, resonó como un eco de los orígenes apostólicos de la cristiandad. León XIV evocó la figura de Abraham partiendo desde Ur de los Caldeos hacia la Tierra Prometida, pasando por la región de Harrán, en el sur de la actual Turquía. «La fe que nos une tiene raíces lejanas», afirmó, destacando cómo los discípulos de Jesús se dirigieron a Anatolia tras la Resurrección, y en Antioquía –donde San Ignacio fue obispo– los seguidores del Señor fueron llamados «cristianos» por primera vez (Hch 11,26). San Pablo inició allí sus viajes misioneros, fundando comunidades, y en Éfeso, el evangelista Juan, «discípulo amado», habría residido y muerto.

El Papa no olvidó el glorioso pasado bizantino, el impulso misionero de la Iglesia de Constantinopla ni la difusión del cristianismo en el Levante. Hoy, en Turquía conviven comunidades cristianas de ritos orientales –armenios, sirios y caldeos– junto a las de rito latino, con el Patriarcado Ecuménico como referencia para los fieles griegos y ortodoxos de otras denominaciones. «De la riqueza de esta larga historia, también vosotros habéis sido generados», les dijo, exhortándolos a cultivar el «semen de la fe» transmitido por Abraham, los Apóstoles y los Padres, no como un recuerdo nostálgico de un pasado glorioso, sino como una mirada evangélica iluminada por el Espíritu Santo.

En un pasaje central de su intervención, León XIV rechazó la resignación ante la reducción numérica de la Iglesia católica en Turquía. «Somos invitados a adoptar la mirada de Dios, que ha elegido el camino de la pequeñez para descender en medio de nosotros», enfatizó, citando profetas que anuncian un «pequeño germoglio» (Is 11,1) y a Jesús elogiando a los niños que confían en Él (Mc 10,13-16). El Reino, precisó, no se impone con alardes, sino que crece como «el más pequeño de todos los semillas» (Mc 4,31). Esta «lógica de la pequeñez» es la verdadera fuerza de la Iglesia, que no reside en recursos o estructuras, sino en la luz del Cordero y el impulso del Espíritu. Recordando palabras del Papa Francisco –»En una comunidad cristiana donde los fieles, sacerdotes y obispos no toman este camino de la pequeñez, falta futuro»–, el Pontífice animó a su grey a confiar en la promesa divina: «No temas, pequeño rebaño, porque al Padre vuestro ha placido daros su reino» (Lc 12,32).

La Iglesia en Turquía, describió León XIV, es una «pequeña comunidad» pero fecunda como semilla y levadura del Reino. Pidió cultivar una «actitud espiritual de esperanza confiada», testimoniando el Evangelio con alegría y reconociendo signos prometedores, como los jóvenes que acuden a las puertas de la Iglesia con sus preguntas e inquietudes. Exhortó a perseverar en el trabajo pastoral, escuchando a la juventud y priorizando el diálogo ecuménico e interreligioso, la transmisión de la fe a la población local y el servicio a refugiados y migrantes –un desafío acuciante en un país que acoge a millones de desplazados.

En este contexto, el Papa subrayó la necesidad de inculturación: muchos sacerdotes, religiosas y laicos provienen de otras tierras, y deben hacer suyos el idioma, usos y costumbres turcos para comunicar el Evangelio de manera auténtica. «La comunicación del Evangelio pasa por esta inculturación», insistió.

El discurso también conmemoró el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea (325 d.C.), «piedra miliar en el camino de la Iglesia y de la humanidad entera», celebrado en Bitinia (actual Turquía). León XIV identificó tres desafíos inspirados en Nicea: captar la esencia de la fe cristiana alrededor del Credo, que une en la centralidad de Cristo; redescubrir en Jesús el rostro del Padre, combatiendo un «arianismo de retorno» que reduce al Señor a un mero personaje histórico; y mediar la fe en los lenguajes culturales contemporáneos, permitiendo el desarrollo doctrinal como un «organismo vivente», en palabras del beato John Henry Newman.

Agradeció a organizaciones como Caritas Internationalis y Kirche in Not por su apoyo a las víctimas del terremoto de 2023 en Turquía y Siria. Finalmente, evocó con cariño a San Juan XXIII, quien amó este pueblo y comparó a los pastores espirituales con los pescadores del Bósforo, laboriosos bajo la lluvia nocturna. «Imitar a los pescadores del Bósforo, trabajar día y noche con antorchas encendidas… he aquí nuestro grave y sagrado deber», citó, augurando que sean «pescadores intrépidos en la barca del Señor». Invocó a María Santísima, la Theotokos, como intercesora.

Este encuentro, parte del Viaje Apostolico en Turquía, refuerza los lazos de la Iglesia universal con esta nación puente entre Oriente y Occidente. En un mundo polarizado, las palabras de León XIV resuenan como un llamado a la humildad fecunda, recordándonos que la fe no conquista por multitudes, sino por el testimonio silencioso de los pequeños.


Traducción al español del Discurso Original del Papa León XIV

ENCUENTRO DE ORACIÓN CON LOS OBISPOS, LOS SACERDOTES, LOS DIÁCONOS, LOS CONSAGRADOS, LAS CONSAGRADAS Y LOS OPERADORES PASTORALES

DISCURSO DEL SANTO PADRE Catedral del Espíritu Santo (Estambul) Viernes, 28 de noviembre de 2025

Excelentísimos Reverendsimos, Queridos sacerdotes, religiosas y religiosos, operadores pastorales y hermanos y hermanas todos:

¡Es una gran alegría encontrarme aquí en medio de vosotros! Doy gracias al Señor que me concede, en mi primer Viaje Apostólico, visitar esta “tierra santa” que es Turquía, en la cual la historia del pueblo de Israel se encuentra con el cristianismo naciente, el Antiguo y el Nuevo Testamento se abrazan, se escriben las páginas de numerosos Concilios.

La fe que nos une tiene raíces lejanas: obediente a la llamada de Dios, en efecto, Abraham nuestro padre se puso en camino desde Ur de los Caldeos y luego, desde la región de Harrán, al sur de la actual Turquía, partió hacia la Tierra prometida (cfr. Gén 12,1). En la plenitud de los tiempos, después de la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos se dirigieron también hacia Anatolia, y en Antioquía –donde luego fue obispo San Ignacio– fueron llamados por primera vez “cristianos” (cfr. Hch 11,26). Desde esa ciudad San Pablo inició algunos de sus viajes apostólicos, fundando muchas comunidades. Y es aún en las costas de la península anatolia, en Éfeso, donde según algunas fuentes antiguas, habría residido y muerto el evangelista Juan, discípulo amado del Señor (cfr. S. Ireneo, Adversus Haereses, III, 3, 4; Eusebio de Cesarea, Historia Ecclesiastica, V, 24, 3).

Recordamos además con admiración el gran pasado bizantino, el impulso misionero de la Iglesia de Constantinopla y la difusión del Cristianismo en todo el Levante. Aún hoy, en Turquía viven las muchas comunidades de los cristianos de rito oriental, como armenios, sirios y caldeos, así como las de rito latino. El Patriarcado Ecuménico continúa siendo punto de referencia tanto para sus fieles griegos como para los pertenecientes a otras denominaciones ortodoxas.

Queridísimos, de la riqueza de esta larga historia, también vosotros habéis sido generados. Hoy sois vosotros la Comunidad llamada a cultivar la semilla de la fe transmitida por Abraham, los Apóstoles y los Padres. La historia que os precede no es simplemente algo que recordar y luego archivar en un pasado glorioso, mientras miramos resignados al hecho de que la Iglesia católica se ha vuelto numéricamente más pequeña. Al contrario, somos invitados a adoptar la mirada evangélica, iluminada por el Espíritu Santo.

Y cuando miramos con los ojos de Dios, descubrimos que Él ha elegido el camino de la pequeñez, para descender en medio de nosotros. He aquí el estilo del Señor, que todos estamos llamados a testimoniar: los profetas anuncian la promesa de Dios hablando de un pequeño germoglio que brotará (cfr. Is 11,1), y Jesús elogia a los pequeños que confían en Él (cfr. Mc 10,13-16), afirmando que el Reino de Dios no se impone atrayendo la atención (cfr. Lc 17,20-21), sino que se desarrolla como el más pequeño de todos los semillas plantados en la tierra (cfr. Mc 4,31).

Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia. Ella, en efecto, no reside en sus recursos y en sus estructuras, ni los frutos de su misión derivan del consenso numérico, del poder económico o de la relevancia social. La Iglesia, al contrario, vive de la luz del Cordero y, reunida alrededor de Él, es impulsada por las calles del mundo por la potencia del Espíritu Santo. En esta misión, es siempre nuevamente llamada a confiarse a la promesa del Señor: «No temas, pequeño rebaño, porque al Padre vuestro ha placido daros su reino» (Lc 12,32). Recordamos, a este respecto, estas palabras de Papa Francisco: «En una comunidad cristiana donde los fieles, los sacerdotes, los obispos, no toman este camino de la pequeñez, falta futuro, […] el Reino de Dios germina en lo pequeño, siempre en lo pequeño» (Homilía en Santa Marta, 3 de diciembre de 2019).

La Iglesia que vive en Turquía es una pequeña Comunidad que, sin embargo, permanece fecunda como semilla y levadura del Reino. Por tanto, os animo a cultivar una actitud espiritual de esperanza confiada, fundada en la fe y en la unión con Dios. Hay necesidad, en efecto, de testimoniar con alegría el Evangelio y de mirar con esperanza al futuro. Algunos signos de esta esperanza ya están bien presentes: pidamos pues al Señor la gracia de saber reconocerlos y cultivarlos; otros, quizás, seremos nosotros los que debemos expresarlos de manera creativa, perseverando en la fe y en el testimonio.

Entre los signos más bellos y prometedores, pienso en los tantos jóvenes que llaman a las puertas de la Iglesia católica, trayendo sus preguntas y sus inquietudes. A este respecto, os exhorto a continuar en el riguroso trabajo pastoral que lleváis adelante; así como os animo a escuchar y acompañar a los jóvenes y a tener cuidado de aquellos ámbitos en los que la Iglesia en Turquía está llamada a trabajar de manera especial: el diálogo ecuménico e interreligioso, la transmisión de la fe a la población local, el servicio pastoral a los refugiados y a los migrantes.

Este último aspecto merece una reflexión. La presencia muy significativa de migrantes y refugiados en este País, en efecto, plantea a la Iglesia el desafío de la acogida y del servicio a estos que están entre los más vulnerables. Al mismo tiempo, esta Iglesia está constituida por extranjeros y también muchos de vosotros –sacerdotes, monjas, operadores pastorales– provenís de otras tierras; esto requiere vuestro especial compromiso por la inculturación, para que el idioma, los usos, las costumbres de Turquía se vuelvan cada vez más vuestros. La comunicación del Evangelio pasa, en efecto, por esta inculturación.

No quiero olvidar, luego, que en esta vuestra tierra se celebraron los primeros ocho Concilios Ecuménicos. Este año se cumple el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea, «piedra miliare en el camino de la Iglesia y también de toda la humanidad» (Francisco, Discurso a la Comisión Teológica Internacional, 28 de noviembre de 2024), un evento siempre actual que nos plantea algunos desafíos que quisiera mencionar.

El primero es la importancia de captar la esencia de la fe y del ser cristianos. Alrededor del Símbolo de la fe, la Iglesia en Nicea redescubrió la unidad (cfr. Spes non confundit. Bula de indición del Jubileo Ordinario del Año 2025, n. 17). No se trata pues solo de una fórmula doctrinal, sino de la invitación a buscar siempre, aun dentro de las diversas sensibilidades, espiritualidades y culturas, la unidad y la esencialidad de la fe cristiana alrededor de la centralidad de Cristo y de la Tradición de la Iglesia. Nicea nos invita aún hoy a reflexionar sobre esto: ¿quién es Jesús para nosotros? ¿Qué significa, en su núcleo esencial, ser cristianos? El Símbolo de la fe, profesado de modo unánime y común, se vuelve así criterio de discernimiento, brújula de orientación, eje alrededor del cual deben girar nuestro creer y nuestro actuar. Y a propósito del nexo entre la fe y las obras, quiero agradecer a las organizaciones internacionales, pienso en particular en Caritas Internationalis y en Kirche in Not, por el sostegno a las actividades caritativas de la Iglesia y sobre todo por la ayuda a las víctimas del terremoto de 2023.

El segundo desafío concierne la urgencia de redescubrir en Cristo el rostro de Dios Padre. Nicea afirma la divinidad de Jesús y su igualdad con el Padre. En Jesús nosotros encontramos el verdadero rostro de Dios y su palabra definitiva sobre la humanidad y sobre la historia. Esta verdad pone constantemente en crisis nuestras representaciones de Dios, cuando no corresponden a lo que Jesús nos ha revelado, y nos invita a un continuo discernimiento crítico sobre las formas de nuestra fe, de nuestra oración, de la vida pastoral y en general de nuestra espiritualidad. Pero hay también otro desafío, que definiría como un “arianismo de retorno”, presente en la cultura actual y a veces entre los mismos creyentes: cuando se mira a Jesús con admiración humana, quizás también con espíritu religioso, pero sin considerarlo realmente como el Dios vivo y verdadero presente en medio de nosotros. Su ser Dios, Señor de la historia, viene de algún modo oscurecido y nos limitamos a considerarlo un gran personaje histórico, un maestro sabio, un profeta que ha luchado por la justicia, pero nada más. Nicea nos lo recuerda: Cristo Jesús no es un personaje del pasado, es el Hijo de Dios presente en medio de nosotros, que guía la historia hacia el futuro que Dios nos ha prometido.

Finalmente, un tercer desafío: la mediación de la fe y el desarrollo de la doctrina. En un contexto cultural complejo, el Símbolo de Nicea logró mediar la esencia de la fe a través de las categorías culturales y filosóficas de la época. Sin embargo, pocas décadas después, en el primer Concilio de Constantinopla, vemos que él se profundiza y se amplía y, precisamente gracias al approfondimiento de la doctrina, se llega a una nueva formulación: el Símbolo niceno-constantinopolitano, aquel comúnmente profesado en nuestras celebraciones dominicales. Aprendemos también aquí una gran lección: es siempre necesario mediar la fe cristiana en los lenguajes y en las categorías del contexto en el que vivimos, como hicieron los Padres en Nicea y en los otros Concilios. Al mismo tiempo, debemos distinguir el núcleo de la fe de las fórmulas y de las formas históricas que lo expresan, las cuales permanecen siempre parciales y provisionales y pueden cambiar a medida que profundizamos la doctrina. Recordemos que el nuevo doctor de la Iglesia, San John Henry Newman, insiste en el desarrollo de la doctrina cristiana, porque ella no es una idea abstracta y estática, sino que refleja el mismo misterio de Cristo: se trata pues del desarrollo interno de un organismo viviente, que lleva a la luz y explicita mejor el núcleo fundamental de la fe.

Queridísimos, antes de despedirme, quisiera recordar la figura tan querida para vosotros de San Juan XXIII, que amó y sirvió a este pueblo, afirmando: «Me gusta repetir lo que siento en el corazón: yo amo este País y a sus habitantes». Y observando desde la ventana de la casa de los Jesuitas a los pescadores del Bósforo, atareados alrededor de las barcas y de las redes, él escribió: «El espectáculo me conmueve. La otra noche hacia la una llovía a cántaros, pero los pescadores estaban allí, impávidos, en su ruda fatiga. […] Imitar a los pescadores del Bósforo, trabajar día y noche con las antorchas encendidas, cada uno en su pequeña barca, al orden de los jefes espirituales: he aquí nuestro grave y sagrado deber».

Os deseo que seáis animados por esta pasión, que conservéis la alegría de la fe, que trabajéis como pescadores intrépidos en la barca del Señor. Que la Santísima María, la Theotokos, interceda por vosotros y os custodie. ¡Gracias!

Exaudi Redacción

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