31 marzo, 2026

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León XIV, pidió a los esposos ser ejemplo de coherencia y amor que educa en libertad

Homilía Jubileo de familias, abuelos, niños y ancianos

León XIV, pidió a los esposos ser ejemplo de coherencia y amor que educa en libertad

En la Misa conclusiva del Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Ancianos León XIV destacó que ellas forjan el futuro de los pueblos y pidió a los esposos ser ejemplo de coherencia y amor que educa en libertad.

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Homilía del Papa

El Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a Jesús que, en la Última Cena, reza por nosotros (cf. Jn 17,20): el Verbo de Dios, hecho hombre, ya cerca del final de su vida terrena, piensa en nosotros, sus hermanos, convirtiéndose en bendición, súplica y alabanza al Padre, con la fuerza del Espíritu Santo. Y también nosotros, al entrar, llenos de asombro y confianza, en la oración de Jesús, somos involucrados por su mismo amor en un gran proyecto, que concierne a toda la humanidad.

Cristo pide, en efecto, que todos seamos «una sola cosa» (v. 21). Se trata del bien más grande que se puede desear, porque esta unión universal realiza entre las criaturas la comunión eterna de amor en la que se identifica Dios mismo, como Padre que da la vida, Hijo que la recibe y Espíritu que la comparte.

El Señor no quiere que, para unirnos, nos sumemos en una masa indistinta, como un bloque anónimo, sino que desea que seamos uno: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (v. 21). La unidad por la que Jesús reza es, pues, una comunión fundada en el mismo amor con el que Dios ama, del que provienen la vida y la salvación. Y como tal es, ante todo, un don que Jesús viene a traer. Desde su corazón de hombre, de hecho, el Hijo de Dios se dirige al Padre diciendo: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad y el mundo conozca que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí» (v. 23).

Escuchamos con admiración estas palabras: Jesús nos está revelando que Dios nos ama como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos de lo que ama a su Hijo Unigénito, es decir, infinitamente. Dios no ama menos, porque ama primero, ¡ama primero! Cristo mismo lo testifica cuando dice al Padre: «Tú me has amado antes de la creación del mundo» (v. 24). Y así es: en su misericordia, Dios siempre ha querido atraer a todos los hombres hacia sí, y es su vida, entregada por nosotros en Cristo, la que nos hace uno, la que nos une entre nosotros.

Escuchar hoy este Evangelio, durante el Jubileo de las Familias y los Niños, de los Abuelos y los Ancianos, nos llena de alegría.

Queridos hermanos, hemos recibido la vida antes de desearla. Como enseñaba el Papa Francisco, «todos los hombres son hijos, pero ninguno de nosotros ha elegido nacer» (Ángelus, 1 de enero de 2025). Y no solo eso. Nada más nacer, necesitábamos a los demás para vivir, solos no lo habríamos conseguido: fue otra persona la que nos salvó, cuidando de nosotros, de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu. Todos vivimos, por tanto, gracias a una relación, es decir, a un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo.

Es cierto que, a veces, esta humanidad se traiciona. Por ejemplo, cada vez que se invoca la libertad no para dar la vida, sino para quitarla, no para socorrer, sino para ofender. Sin embargo, incluso ante el mal, que se opone y mata, Jesús sigue rezando al Padre por nosotros, y su oración actúa como un bálsamo sobre nuestras heridas, convirtiéndose para todos en un anuncio de perdón y reconciliación. Esta oración del Señor da pleno sentido a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo, como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser «uno», como el Señor nos quiere «uno», en nuestras familias y allí donde vivimos, trabajamos y estudiamos: diferentes, pero uno, muchos, pero uno, siempre, en todas las circunstancias y en todas las edades de la vida.

Queridos hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es «el alfa y la omega», «el principio y el fin» (cf. Ap 22,13), seremos signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. Y no olvidemos: de las familias nace el futuro de los pueblos.

En las últimas décadas hemos recibido un signo que nos alegra y al mismo tiempo nos hace reflexionar: me refiero al hecho de que han sido proclamados beatos y santos cónyuges, y no por separado, sino juntos, como parejas de esposos. Pienso en Luis y Celia Martin, padres de Santa Teresa del Niño Jesús; así como en los beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi, cuya vida familiar se desarrolló en Roma en el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia polaca Ulma: padres e hijos unidos en el amor y en el martirio. Decía que se trata de un signo que invita a la reflexión. Sí, al señalar como testigos ejemplares a los esposos, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza conyugal para conocer y acoger el amor de Dios y superar, con su fuerza unificadora y reconciliadora, las fuerzas que desintegran las relaciones y las sociedades.

Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, os digo a vosotros, esposos: el matrimonio no es un ideal, sino el canon del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel, fecundo (cf. San Pablo VI, Lett. Enc. Humanae vitae, 9). Al transformaros en una sola carne, este mismo amor os hace capaces, a imagen de Dios, de dar la vida.

Por eso os animo a ser, para vuestros hijos, ejemplos de coherencia, comportándoos como queréis que ellos se comporten, educándolos en la libertad mediante la obediencia, buscando siempre en ellos el bien y los medios para aumentarlo. Y vosotros, hijos, sed agradecidos a vuestros padres: decir «gracias» por el don de la vida y por todo lo que con ella se nos da cada día es la primera forma de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20,12). Por último, a vosotros, queridos abuelos y ancianos, os recomiendo que veléis por aquellos a quienes amáis, con sabiduría y compasión, con la humildad y la paciencia que los años enseñan.

En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación: se comparte como el alimento de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y quiere nuestro bien, siempre.

Y quisiera añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos infunde esperanza en el camino, nos recuerda también que un día todos seremos uno unum (cf. S. Agustín, Sermo super Ps. 127): una sola cosa en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No solo nosotros, sino también los padres y las madres, las abuelas y los abuelos, los hermanos, las hermanas y los hijos que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y que sentimos presentes aquí, junto a nosotros, en este momento de fiesta.

Exaudi Redacción

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