León XIV: «No hay Iglesia ideal separada de la historia, sino la única Iglesia de Cristo, frágil y divina, donde Dios se hace presente en nuestra pequeñez»
Audiencia general del 4 de marzo de 2026, el pontífice profundizó en la Lumen Gentium del Vaticano II, destacando la inseparable unión entre lo visible y lo espiritual: la Iglesia como misterio encarnado en la fragilidad humana, santificada por la caridad que revela a Cristo en medio de nuestras limitaciones
El Papa León XIV dedicó su catequesis de la audiencia general a profundizar en el primer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II, aprobada en 1964. El Sumo Pontífice, que desde enero de 2026 viene reflexionando sobre los grandes documentos conciliares, subrayó que la Iglesia no es una entidad confusa ni dividida, sino una realidad rica y paradójica: al mismo tiempo visible e invisible, terrena y espiritual, humana y divina.
León XIV explicó que esta “complejidad” no equivale a desorden, sino a una unión ordenada y armoniosa de dimensiones que no se separan ni se confunden. Por un lado, la Iglesia se presenta como una comunidad concreta de hombres y mujeres –con virtudes, defectos, alegrías y esfuerzos cotidianos– que anuncian el Evangelio y tratan de ser signo de Cristo en el mundo. Por otro, nace del plan de amor de Dios realizado en Jesucristo, convirtiéndola en cuerpo místico, asamblea visible y misterio espiritual, un pueblo peregrino hacia el cielo.
El Papa evocó la encarnación de Cristo como clave para comprender esta doble dimensión: en Palestina, Jesús se mostró plenamente humano –con ojos que miraban con acogida, manos que bendecían, voz que liberaba–, y al mismo tiempo revelaba al Dios invisible a través de su carne, gestos y palabras. “No hay oposición entre Evangelio e institución”, afirmó, citando a Benedicto XVI, porque las estructuras eclesiales sirven precisamente para hacer concreto el Evangelio en el tiempo y en la historia.
No existe, insistió León XIV, una “Iglesia ideal” flotando por encima de las fragilidades humanas. La única Iglesia de Cristo está encarnada en la historia, habitada por pecadores, y es precisamente en esa pequeñez y debilidad donde Cristo se hace presente y actúa. La santidad de la Iglesia no radica en la perfección de sus miembros, sino en que el Resucitado la habita y se dona a través de ellos, convirtiendo la fragilidad en un “perenne milagro del método de Dios”.
Para edificar esta Iglesia, el pontífice llamó a practicar la comunión y la caridad, recordando la exhortación de Francisco en Evangelii gaudium a “quitarse las sandalias” ante la tierra sagrada del otro. Citó con fuerza a san Agustín: “Quiera el cielo que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí”.
El mensaje central de la catequesis resonó con claridad: la caridad hace visible hoy la presencia de Cristo en medio de las fragilidades humanas, uniendo lo visible y lo espiritual, lo humano y lo divino, en el amor que construye el cuerpo de Cristo. La audiencia concluyó con la habitual invitación a la oración y la bendición papal, mientras miles de fieles respondían con aplausos desde la plaza.
Texto completo de la Audiencia:
LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles, 4 de marzo de 2026
Catequesis – Los Documentos del Concilio Vaticano II – II. Constitución dogmática Lumen gentium. 2. La Iglesia, realidad visible y espiritual
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy seguimos profundizando en la Constitución conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.
En el primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.
La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).
La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.
Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación. Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.
A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.
En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. Por eso, el Papa Francisco, en la Evangelii gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.
La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos ayude a seguir edificando la Iglesia en la vivencia ordinaria de nuestra fe, expresada de manera particular a través de la oración, el ayuno y la caridad. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído por el Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
Continuamos profundizando en la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicada a la Iglesia. En el primer capítulo, se describe a la Iglesia como una “realidad compleja”, en cuanto conviven en ella tanto la dimensión humana como la dimensión divina, integrándose armoniosamente, sin separación y sin confusión.
En su dimensión humana, la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres que, con virtudes y defectos, comparten la fe y anuncian el Evangelio, siendo signo de la presencia de Cristo en el mundo. La dimensión divina se refiere a la concepción de la Iglesia en el proyecto de amor de Dios para la humanidad, que se realiza en Cristo.
Recordemos que no existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino encarnada en la historia. Su santidad consiste en el hecho de que Cristo vive en ella y sigue entregándose por medio de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros.
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