18 marzo, 2026

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León XIV encomienda al nuevo nuncio en Irak promover la paz y la esperanza

En la Basílica de San Pedro, el Papa presidió la primera ordenación episcopal de su pontificado, subrayando la humildad, el servicio y el diálogo interreligioso como ejes de la misión de Mons. Mirosław Wachowski en Bagdad

León XIV encomienda al nuevo nuncio en Irak promover la paz y la esperanza

Este domingo 26 de octubre, en la Basílica Vaticana, el Papa León XIV presidió la ordenación episcopal de Mons. Mirosław Stanisław Wachowski, quien asume como nuevo Nuncio Apostólico en Irak y Arzobispo titular de Villamagna de Proconsolare. Se trata de la primera ordenación episcopal de su pontificado, un momento que el Santo Padre describió como motivo de alegría para la Iglesia de Roma y la Iglesia universal.

En su homilía, el Pontífice invitó a Mons. Wachowski a desempeñar su ministerio con paciencia y esperanza, fomentando la convivencia pacífica y colaborando de manera constructiva con todas las religiones en un país marcado por el dolor y la aspiración al renacimiento. Recordó que el lema del Arzobispo polaco, Gloria Deo, Pax Hominibus, resume un camino de vida centrado en reflejar la gloria de Dios a través de la paz entre los hombres.

León XIV destacó la importancia de la humildad como fundamento del episcopado. Citando el Evangelio del fariseo y el publicano, recordó que un obispo debe actuar siempre como siervo del pueblo, cultivando un corazón humilde y abierto a la oración confiada de los fieles.

El Papa también señaló la relevancia de las raíces personales y espirituales de Mons. Wachowski, originario de Polonia, donde aprendió la disciplina y fortaleza necesarias para ejercer un ministerio fecundo. Asimismo, destacó su experiencia en el servicio diplomático de la Santa Sede en lugares como Senegal, Polonia, Viena y en la Secretaría de Estado, subrayando la importancia de la discreción, la competencia y la dedicación en su misión.

El Pontífice enfatizó que la labor de un Nuncio Apostólico trasciende la diplomacia tradicional: es un puente que acompaña, consuela y fortalece la comunión de la Iglesia, especialmente en contextos donde la fe ha sido puesta a prueba. En el caso de Irak, el nuevo nuncio tiene la responsabilidad de proteger la presencia cristiana y cultivar los brotes de esperanza y reconciliación en una tierra con profunda memoria apostólica y sed de paz.

Finalmente, León XIV animó a Mons. Wachowski a ser un testimonio de amor y comunión, recordando que será reconocido no por sus palabras, sino por la manera en que ame y sirva a su pueblo. Lo confió a la intercesión de la Reina de la Paz y de los santos de la tradición mesopotámica, deseando que su ministerio sea iluminado por la gloria de Dios y que la paz de Cristo habite donde él camine.

Mons. Wachowski, nacido en Pisz, Polonia, el 8 de mayo de 1970, ingresó al servicio diplomático de la Santa Sede en 2004. A lo largo de su trayectoria, ha servido en diversas representaciones pontificias y ha adquirido experiencia en relaciones internacionales, siendo subsecretario para las Relaciones con los Estados desde 2019. Habla italiano, inglés, francés, español y ruso, habilidades que le permitirán desempeñar su misión en Irak con eficacia y cercanía.

Texto completo de la homilía:

ORDENACIÓN EPISCOPAL DE
S.E. MONS. MIROSŁAW STANISŁAW WACHOWSKI
ARZOBISPO ELECTO DE VILLAMAGNA DE PROCONSOLARE
Y NUNCIO APOSTÓLICO EN IRAK

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Basílica de San Pedro
XXX domingo del Tiempo Ordinario, 26 de octubre de 2025


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia de Roma se alegra junto con la Iglesia universal, celebrando el don de un nuevo Obispo: Mons. Mirosław Stanisław Wachowski, hijo de la tierra polaca, Arzobispo electo titular de Villamagna de Proconsolare y Nuncio Apostólico ante el querido pueblo de Irak.

El lema que él ha escogido – Gloria Deo Pax Hominibus – resuena como un eco del canto navideño de los ángeles en Belén: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Él ama” (Lc 2,14). Es el programa de toda una vida: buscar siempre que la gloria de Dios brille en la paz entre los hombres. Este es el sentido profundo de toda vocación cristiana, y en particular de la episcopal: hacer visible, con la propia vida, la alabanza a Dios y su deseo de reconciliar el mundo consigo mismo (cfr. 2Cor 5,19).

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos ofrece algunos rasgos esenciales del ministerio episcopal. El Evangelio (Lc 18,9-14) nos presenta a dos hombres que oran en el templo: un fariseo y un publicano. El primero se muestra confiado, enumerando sus obras; el segundo permanece en el fondo, sin atreverse a levantar la mirada, y encomienda todo a una sola invocación: “Dios, ten piedad de mí, pecador” (v.13). Jesús dice que, en realidad, es él, el publicano, quien recibe la gracia y la salvación de Dios, porque “el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v.14).

La oración del pobre atraviesa las nubes, nos recuerda el Eclesiástico: Dios escucha la súplica de quien se entrega totalmente a Él (cfr. Sir 35,15-22).

Esta es la primera lección para todo Obispo: la humildad. No la humildad de las palabras, sino la que habita en el corazón de quien sabe que es siervo, no dueño; pastor, no propietario del rebaño.

Me conmueve pensar en la oración humilde que, en Mesopotamia, se eleva desde hace siglos como incienso: el publicano del Evangelio tiene el rostro de muchos fieles de Oriente que, en silencio, continúan diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”. Su oración no se apaga, y hoy la Iglesia universal se une a ese coro de confianza que atraviesa las nubes y toca el corazón de Dios.

Querido Mons. Mirosław, vienes de una tierra de lagos y bosques. En esos paisajes, donde el silencio es maestro, aprendiste a contemplar; entre la nieve y el sol, adquiriste sobriedad y fortaleza; en una familia campesina, la fidelidad a la tierra y al trabajo. Las mañanas que comienzan temprano te enseñaron la disciplina del corazón, y el amor por la naturaleza te hizo descubrir la belleza del Creador.

Estas raíces no son solo un recuerdo para conservar, sino una escuela permanente. Del contacto con la tierra aprendiste que la fecundidad nace de la espera y de la fidelidad: dos palabras que también definen el ministerio episcopal. El Obispo está llamado a sembrar con paciencia, a cultivar con respeto, a esperar con esperanza. Es custodio, no propietario; hombre de oración, no de posesión. El Señor te confía una misión para que la cuides con la misma dedicación con que el campesino cuida su campo: cada día, con constancia y fe.

Al mismo tiempo, hemos escuchado al Apóstol Pablo que, mirando su vida, dice: “He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe” (2Tm 4,7). Su fuerza no nace del orgullo, sino de la gratitud, porque el Señor lo sostuvo en las fatigas y pruebas.

Así también tú, querido hermano, que has recorrido un camino de servicio a la Iglesia en las Representaciones Pontificias en Senegal y en tu Polonia, ante Organizaciones Internacionales en Viena y en la Secretaría de Estado, como Minutante y Subsecretario para las Relaciones con los Estados, has vivido la diplomacia como obediencia a la verdad del Evangelio, con discreción y competencia, con respeto y dedicación, y de ello te estoy agradecido. Ahora el Señor pide que ese don se transforme en paternidad pastoral: ser padre, pastor y testigo de la esperanza en una tierra marcada por el dolor y el deseo de renacer. Estás llamado a combatir el buen combate de la fe, no contra otros, sino contra la tentación de cansarte, de cerrarte, de medir resultados, confiando en la fidelidad que te caracteriza: la fidelidad de quien no busca a sí mismo, sino servir con profesionalidad, respeto y competencia que ilumina sin ostentar.

San Pablo VI, en la Carta Apostólica Sollicitudo omnium Ecclesiarum, recuerda que el Representante Pontificio es signo de la solicitud del Sucesor de Pedro por todas las Iglesias. Él es enviado para fortalecer los lazos de comunión, promover el diálogo con las Autoridades civiles, custodiar la libertad de la Iglesia y favorecer el bien de los pueblos. El Nuncio Apostólico no es un diplomático común: es el rostro de una Iglesia que acompaña, consuela y construye puentes. Su tarea no es defender intereses de parte, sino servir a la comunión.

En Irak, tierra de tu misión, este servicio adquiere un significado especial. Allí, la Iglesia católica, en plena comunión con el Obispo de Roma, vive diversas tradiciones: la Iglesia caldea, con su Patriarca de Babilonia de los Caldeos y la lengua aramea de la liturgia; las Iglesias sirio-católica, armenio-católica, greco-católica y latina. Es un mosaico de ritos y culturas, historia y fe, que pide ser acogido y custodiado en la caridad.

La presencia cristiana en Mesopotamia es muy antigua: según la tradición, fue san Tomás apóstol, tras la destrucción del Templo de Jerusalén, quien llevó el Evangelio a esa tierra; y sus discípulos Addai y Mari fundaron las primeras comunidades. En esa región se ora en la lengua que hablaba Jesús: el arameo. Esta raíz apostólica es signo de continuidad que la violencia de los últimos decenios no ha podido apagar. La voz de quienes en esas tierras fueron privados brutalmente de la vida sigue presente. Ellos oran hoy por ti, por Irak y por la paz en el mundo.

Por primera vez en la historia, un Pontífice visitó Irak. En marzo de 2021, el Papa Francisco llegó como peregrino de fraternidad. En esa tierra, donde Abraham, nuestro padre en la fe, escuchó el llamado de Dios, mi Predecesor recordó que “Dios, que ha creado a los seres humanos iguales en dignidad y derechos, nos llama a difundir amor, benevolencia y concordia. También en Irak la Iglesia católica desea ser amiga de todos y, a través del diálogo, colaborar de manera constructiva con otras religiones por la causa de la paz” (Francisco, Discurso a Autoridades, sociedad civil y Cuerpo Diplomático, 5 de marzo de 2021).

Hoy tú estás llamado a continuar ese camino: a custodiar los brotes de esperanza, a fomentar la convivencia pacífica, a mostrar que la diplomacia de la Santa Sede nace del Evangelio y se nutre de la oración.

Querido Mons. Mirosław, sé siempre hombre de comunión y silencio, de escucha y diálogo. Lleva en tu palabra la mansedumbre que edifica y en tu mirada la paz que consuela. En Irak, el pueblo te reconocerá no por lo que digas, sino por cómo ames.

Encomendamos tu misión a María, Reina de la Paz, a los santos Tomás, Addai y Mari, y a los muchos testigos de la fe en Irak. Que ellos te acompañen y sean luz en tu camino.

Y así, mientras la Iglesia, en oración, te acoge en el Colegio de los Obispos, recemos juntos: que la gloria de Dios ilumine tu camino y que la paz de Cristo habite donde pongas tu paso. Gloria Deo, Pax Hominibus. Amén.

Exaudi Redacción

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