02 abril, 2026

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León XIV en el Jueves Santo: el amor de Cristo es gesto y alimento

El Papa preside su primera Misa in Coena Domini en San Juan de Letrán y lava los pies a doce sacerdotes, recordando que la grandeza de Dios se revela en el servicio humilde

León XIV en el Jueves Santo: el amor de Cristo es gesto y alimento

En la Basílica de San Juan de Letrán, catedral del obispo de Roma, el papa León XIV celebró este Jueves Santo la Misa de la Cena del Señor, dando inicio al Triduo Pascual. Fue una celebración marcada por la gratitud ardiente y la fraternidad auténtica, en la que el Pontífice recordó que el amor de Cristo se hace gesto concreto y alimento espiritual, purificando las falsas imágenes de Dios y del ser humano.

Durante la homilía, León XIV subrayó que en la Última Cena el amor de Jesús se convierte en “gesto y alimento”. “En el mundo, precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser”, afirmó. El lavatorio de los pies no es solo un ejemplo moral, sino la entrega misma de la vida de Cristo: “Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. Nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne”.

El Papa, vestido con un sencillo camice blanco, se arrodilló ante doce sacerdotes de la diócesis de Roma y les lavó los pies con humildad. Entre ellos se encontraban once jóvenes presbíteros ordenados por él mismo el 27 de junio de 2025 —Andrea Alessi, Gabriele Di Menno Di Bucchianico, Francesco Melone, Clody Merfalen, Federico Pelosio, Marco Petrolo, Pietro Hieu Nguyen Huai, Matteo Renzi, Giuseppe Terranova, Simone Troilo y Enrico Maria Trusiani— y don Renzo Chiesa, su director espiritual en el Pontificio Seminario Romano Mayor.

Con este gesto, León XIV retomó una tradición más clásica, celebrando en la catedral de Roma y eligiendo a sacerdotes de su diócesis, en contraste con las opciones pastorales de su predecesor. Al hacerlo, quiso subrayar el vínculo entre la Eucaristía y el sacerdocio: ambos sacramentos expresan la entrega total de Jesús, “Sumo Sacerdote y Eucaristía viva”.

En su reflexión, el Papa citó a Benedicto XVI para recordar que “sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión”. La verdadera omnipotencia divina no se manifiesta en el dominio, sino en el servicio gratuito y humilde: “Dios nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: ahí está la omnipotencia de Dios”.

León XIV insistió en que este acto purifica tanto la imagen de Dios —manchada por idolatrías y blasfemias— como la imagen del hombre, que a menudo se cree grande cuando domina, vence o es temido. “Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da en cambio un ejemplo de entrega, de servicio y de amor”. Y añadió: “Lavando nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye”.

Dirigiéndose especialmente a los sacerdotes, les recordó su misión: “cargarse sobre los hombros a quien se ha perdido, donar el perdón a quien ha errado y buscar a quien se ha alejado”. El servicio, subrayó, no es algo abstracto, sino un “deber del corazón”, un acto de amor obediente que debe realizarse “no por conveniencia, de malavoglia o con hipocresía, sino solo por amor”.

Al concluir la liturgia de la Palabra y la Eucaristía, el Papa llevó en procesión el Santísimo Sacramento hasta la capilla de San Francisco para la reposición, marcando el comienzo del silencio y la adoración que caracteriza estas horas santas. La celebración, concelebrada por el cardenal vicario Baldo Reina y otros cardenales, reunió a numerosos fieles, obispos y sacerdotes de la Curia y del Vicariato de Roma.

Con este primer Jueves Santo de su pontificado, León XIV invitó a toda la Iglesia a cruzar el umbral del Triduo Pascual no como simples espectadores, sino como invitados a la Cena en la que el pan y el vino se convierten en Sacramento de salvación. Un llamamiento a arrodillarse ante el hermano que sufre, imitando al Maestro que se puso de rodillas para lavar los pies de sus discípulos.

“Entonces, delante de una humanidad en rodillas por muchos ejemplos de brutalidad, inclinémonos también nosotros como hermanos y hermanas de los oprimidos”, concluyó el Papa. Un mensaje de servicio, purificación y amor que resuena con fuerza en esta Semana Santa de 2026.

Texto completo de la homilía:

JUEVES SANTO «CENA DEL SEÑOR»

MISA VESPERTINA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Basílica de San Juan de Letrán

Jueves Santo, 2 de abril de 2026

 

Queridos hermanos y hermanas:

La solemne liturgia de esta tarde nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús; como invitados a la Cena en la que el pan y el vino se convierten para nosotros en Sacramento de salvación. Participamos, en efecto, en un banquete durante el cual Cristo, «que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Su amor se convierte en gesto y alimento para todos, revelando la justicia de Dios. En el mundo, precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser.

Durante esta última Cena, Él lava los pies a sus apóstoles, diciendo: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15). El gesto del Señor forma una sola cosa con la mesa a la que nos ha invitado. Es un ejemplo del sacramento; a la vez que confirma su sentido, nos confía una tarea que queremos asumir como alimento para nuestra vida. El evangelista Juan elige la palabra griega upódeigma para relatar el acontecimiento del que fue testigo; significa “lo que se muestra ante los propios ojos”. Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida; lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia.

Junto con la muda sorpresa de sus discípulos, incluso el orgullo humano nos hace abrir los ojos a lo que está sucediendo. Al igual que Pedro, que al principio se resiste a la iniciativa de Jesús, también nosotros debemos «aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; […] porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 20 marzo 2008). Estas palabras del Papa Benedicto XVI reconocen con lucidez que siempre estamos tentados a buscar un Dios que “nos sirva”, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder. En cambio, no comprendemos que Dios, en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma.

Con su gesto Jesús no sólo purifica de las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, no porque seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y a los demás en el verdadero amor. Aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida.

Él es el criterio auténtico, el «Maestro y Señor» (Jn 13,13) que despoja de todas sus máscaras tanto a lo divino como a lo humano. No ofrece su ejemplo cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia, para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica. El Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su amor.

Aprendamos de Jesús este servicio recíproco. De hecho, Él no nos pide que se lo devolvamos, sino que lo compartamos entre nosotros: «Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,14). Así lo comentaba el Papa Francisco: «Es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 28 marzo 2013). Él no hablaba de un imperativo abstracto, ni de una orden formal y vacía, sino que expresaba su fervor obediente por la caridad de Cristo, fuente y ejemplo de nuestra caridad. El ejemplo dado por Jesús, en efecto, no puede ser imitado por conveniencia, de mala gana o con hipocresía, sino sólo por amor.

Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo. «Si yo no te lavo», le dijo Jesús a Pedro, «no podrás compartir mi suerte» (Jn 13,8); si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En Él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye.

Entonces, ante una humanidad abatida por tantos ejemplos de brutalidad, postrémonos también nosotros como hermanos y hermanas de los oprimidos. Así es como queremos seguir el ejemplo del Señor, haciendo realidad lo que hemos escuchado en el libro del Éxodo: «Este será para ustedes un día memorable» (Ex 12,14). Sí, toda la historia bíblica converge en Jesús, el verdadero Cordero pascual. A través de Él, las figuras antiguas encuentran su pleno significado, porque Cristo, el Salvador, celebra la Pascua de la humanidad, abriendo para todos el paso del pecado al perdón, de la muerte a la vida eterna: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (1 Co 11,24).

Al renovar los gestos y las palabras del Señor, esta misma tarde recordamos la institución de la Eucaristía y del Orden sagrado. El vínculo intrínseco entre los dos sacramentos representa la entrega perfecta de Jesús, Sumo Sacerdote y Eucaristía viva por los siglos. En el pan y el vino consagrados se encuentra, en efecto, el «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (Conc. Vat. II, Const. dogm. Sacrosanctum Concilium, 47). En los obispos y en los presbíteros, constituidos «sacerdotes del Nuevo Testamento» según el mandato del Señor (Conc. de Trento, De Missae Sacrificio, 1), reside el signo de su caridad hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados hermanos, con todo nuestro ser.

El Jueves Santo es, por tanto, un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad. Que la adoración eucarística de esta noche, en cada parroquia y comunidad, sea un momento para contemplar el gesto de Jesús, arrodillándonos como Él lo hizo, y pidiendo la fuerza para imitarlo en el servicio con el mismo amor.

Exaudi Redacción

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