05 febrero, 2026

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León XIV: “¡Dios no mortifica nunca al ser humano ni sus potencialidades!”

En la catequesis del 4 de febrero de 2026, el Pontífice reflexiona sobre la Constitución 'Dei Verbum' del Concilio Vaticano II y lanza un llamado urgente por la paz en Ucrania

León XIV: “¡Dios no mortifica nunca al ser humano ni sus potencialidades!”

En la Audiencia General celebrada esta mañana en el Aula Pablo VI, el Papa León XIV continuó su ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano II y dedicó la reflexión a la Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Revelación Divina. Ante miles de fieles, el Pontífice subrayó con fuerza que la Sagrada Escritura debe leerse reconociendo su doble dimensión: divina y profundamente humana.

“Las palabras de Dios, expresadas en lenguajes humanos, se han hecho semejantes al habla humana, al igual que el Verbo eterno se hizo semejante a los hombres”, recordó citando textualmente el documento conciliar. El Papa insistió en que Dios es el autor principal de la Escritura, pero los escritores sagrados son “verdaderos autores”, no meros instrumentos pasivos. En un momento especialmente enfático exclamó: “¡Dios no mortifica nunca al ser humano ni sus potencialidades!”, rechazando cualquier visión que presente la inspiración divina como una anulación de la libertad y la creatividad humana.

León XIV advirtió que una lectura correcta de la Biblia exige atender al contexto histórico, cultural y literario de los textos. Abandonar este criterio puede derivar en fundamentalismos que traicionan el verdadero sentido de la Palabra de Dios. Aplicando esta enseñanza al anuncio del Evangelio hoy, señaló que si el mensaje pierde contacto con los sufrimientos, las esperanzas y la realidad concreta de las personas, o se expresa con un lenguaje anacrónico, se vuelve ineficaz. Invocando las palabras de su predecesor Francisco en Evangelii gaudium, llamó a recuperar la frescura del Evangelio mediante métodos creativos y expresiones renovadas que hablen al corazón del mundo contemporáneo.

El Santo Padre recordó que la Escritura no es un texto del pasado, sino una palabra viva que, sobre todo en la liturgia, ilumina la vida presente de los creyentes. Citando a san Agustín, afirmó: “Quien no edifica el amor a Dios y al prójimo a partir de la Escritura, aún no la ha entendido”. No se trata de un mero mensaje filantrópico, sino del anuncio de la vida plena y eterna en Jesucristo.

Al concluir la catequesis, el Papa dirigió una sentida invitación: “Demos gracias al Señor porque, en su bondad, no deja que falte en nuestras vidas el alimento esencial de su Palabra, y oremos para que nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra”.

En la parte final de la audiencia, León XIV expresó su cercanía a Ucrania, duramente golpeada por nuevos bombardeos que afectan la infraestructura energética en pleno invierno. “Animo a todos a apoyar con la oración a nuestros hermanos y hermanas en Ucrania, duramente probados por las consecuencias de los bombardeos”, dijo, y agradeció especialmente las iniciativas de solidaridad que llegan desde las diócesis católicas de Polonia y otros países para ayudar a la población a soportar el frío extremo.

El Pontífice también se refirió a la expiración del tratado New START, que limita las armas nucleares estratégicas entre Estados Unidos y Rusia, y renovó su llamado al desarme y al diálogo: “Es urgente sustituir la lógica del miedo y la desconfianza por una ética común orientada al bien común y hacer de la paz un patrimonio custodiado por todos”.

Texto completo de la Audiencia:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 4 de febrero de 2026

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Catequesis – Los Documentos del Concilio Vaticano II – I. Constitución dogmática Dei Verbum 4. La Sagrada Escritura: Palabra de Dios en palabras humanas

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo. Los textos bíblicos, sin embargo, no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Como también nos enseña la realidad cotidiana, de hecho, dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas, no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación. En algunos casos, hacerse comprender por el otro es un primer acto de amor. Por esto Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, diferentes autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (DV, 13). Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y su deseo de hacerse cercano a ellos.

A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cfr DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina». [1] ¡Dios no mortifica nunca al ser humano y sus potencialidades!

Por tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual». [2]

Igualmente reductiva es, por otra parte, una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que debe estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo «un texto del pasado». [3] Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. DV, 12).

En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió». [4] El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados, incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: esto no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no permite que en nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra y oremos para que nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra.

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[1] L. Alonso Schökel, La parola ispirata. La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia 1987, 70. ( La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje).

[2] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 11.

[3] Benedicto XVI, Exhort. ap. post-sin. Verbum Domini (30 septiembre 2010), 35.

[4] S. Agustín, De doctrina christiana I, 36, 40.

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Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para que anunciemos la Palabra de Dios con fidelidad creativa y alegría misionera, proclamando con nuestras palabras y nuestras obras las maravillas de su amor. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

La Constitución dogmática Dei Verbum nos indica que la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, es un espacio privilegiado en el que Dios continúa hablando a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Para comunicarse, Dios se vale de lenguajes humanos y, así, diversos autores, inspirados por el Espíritu Santo, redactaron los textos de la Sagrada Escritura. Esto nos muestra que Dios es condescendiente, cercano y misericordioso no sólo en el contenido de su mensaje sino también en el modo de expresarlo, es decir, en el lenguaje que utiliza, accesible a todas las personas.

La Escritura, por tanto, es palabra de Dios en palabras humanas. Cualquier acercamiento a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: sin olvidar el origen divino de la Escritura, es necesario transmitirla de modo que sea comprensible y se encarne en la realidad de los creyentes de hoy.

Exaudi Redacción

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