La paradoja del pecado original a la luz de la física cuántica
“Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte”
1. Introducción
La doctrina del pecado original es crucial en la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la salvación y en la visión antropológica que de ella deriva: todos los hombres necesitan salvación y esta es ofrecida a todos gracias a Cristo. “No se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo” (CEC 389).
Para fortalecer la fe en esta enseñanza, conviene mostrar que se adecua a los datos científicos sobre la evolución humana, especialmente en los dos contextos siguientes:
- Biológicamente resulta imposible definir un individuo que sea el primer Homo sapiens. El concepto de “especies” es biológicamente vago: se puede hablar de Homo sapiens solo por comparación con la población en un momento en que la especie se considera “bien definida”, como actualmente. Los estudios de los últimos 10 años prueban que el origen de la especie humana en África es fragmentado y no se puede establecer biológicamente un único lugar de origen o de nacimiento: todas las características que la humanidad presenta hoy, están bien establecidas sólo hace unos 12000 años, es decir en el Neolítico (cfr. Scerri et al. 2018, Barras, 2025), lo que concuerda con el ambiente cultural y nivel de civilización que describe el Génesis. Esto implica que la creación del hombre a imagen de Dios ocurre al interior de una población más o menos grande de creaturas Homo sapiens: es este momento el que, en definitiva, nos permite establecer el comienzo de la humanidad.
- En todas las especies animales, el material genético transmite por generación enfermedad, muerte y mecanismos genéticos egoístas; estos condicionamientos evolutivos valen lógicamente también para la especie Homo sapiens.Ahora bien, según CEC 405, el hecho de que el hombre a imagen de Dios esté sometido a la enfermedad, a la muerte y a la concupiscencia es una consecuencia del pecado original. Por ello, en la medida que el hombre a imagen de Dios se identifica con la especie animal Homo sapiens, habría que concluir que estos condicionamientos enraizados en la evolución, y presentes en las demás especies animales, son debidos al pecado original; y esto equivale a decir que ocurren de forma retroactiva, dando lugar a una paradoja.
Por otra parte, la física cuántica, especialmente el teorema de “contextualidad”, pone en el centro el siguiente principio: la realidad física incluye dos ingredientes fundamentales, nuestras decisiones y las decisiones con las que la “naturaleza” responde a las nuestras. (cfr. Suarez 2025). En base a este principio propongo la tesis de que Dios guía el mundo anticipando las posibles acciones humanas: Dios al crear el mundo, lo hace teniendo en cuenta todas las posibles decisiones que los hombres pueden tomar en el curso de la historia y respeta nuestra libertad, pero toma también decisiones que pueden rectificar posibles errores nuestros.
En este ensayo sostengo que esta perspectiva de la “contextualidad cuántica” puede contribuir a resolver la paradoja del pecado original, formulada en 2), y a conciliar la implicación de la evolución señalada en 1), con la enseñanza de que “el estado de pecado original procede de un pecado cometido por un solo hombre, y es transmitido a todos los hombres por la generación.”
2. La doctrina del pecado original en la enseñanza de la Iglesia Católica
Para la cuestión de la transmisión del pecado original, el texto más explícito del Magisterio es la encíclica Humani generis, 30 de Pio XII, que, citando al Decreto sobre el pecado original del Concilio de Trento, declara:
Mas, cuando ya se trata de la otra hipótesis, es a saber, la del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un solo Adán individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generación, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio.
(cfr. Rom. V, 12-19; Conc. Trident., sess. V, can. 1-4).
Joseph Ratzinger, como profesor en Münster en 1964, ha defendido la tesis de Humani generis deja la puerta abierta al “poligenismo biológico”, a saber, la teoría de que la humanidad desciende de varias parejas, siempre que se mantenga que el pecado original proviene del pecado cometido por un primer individuo o una primera pareja que Dios creó a su imagen al origen de la humanidad, posición que Ratzinger llamaba “monogenismo teológico” (Sanz, 2018). Más tarde, como Arzobispo de Munich, en sus Fastenpredigten de 1981, impugnaba la doctrina de una transmisión hereditaria del “pecado original” ‒ una enseñanza central de Humani generis ‒ y proponía su transmisión como un “daño relacional” (la publicación ha sido reeditada en 2014 y 2024 dando como autor Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, y es ahora difundida por el Instituto Papa Benedicto XVI bajo la voz Erbsünde).
El Catecismo de la Iglesia Católica precisa que el “pecado original” es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto; el estado de pecado original es una consecuencia del primer pecado cometido por un ser humano (el primer pecador) individual y personalmente, que “será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales.” (cfr. CEC 404); a causa del primer pecado, cada hombre viene al mundo sin estar unido con Dios por la gracia, y sometido a la enfermedad, la muerte y la concupiscencia (cfr. CEC 405).
En consonancia con esto, presento a continuación una explicación que se inspira en la de Ratzinger, pero muestra, haciendo recurso a la “contextualidad cuántica”, que parece posible armonizar los datos científicos con la idea de Humani generis de que la trasmisión del pecado original va unida a un mecanismo de transmisión hereditaria por generación.
3. Homo sapiens y “hombre a la imagen de Dios”
Una enseñanza de Humani generis, que a pesar de su importancia suele recibir poca atención, es que Dios “puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatifica” (cfr. Humani generis, 20). En línea con esta declaración (y con el “monogenismo teológico” de Ratzinger mencionado en la sección precedente) se puede pensar que Dios guía la creación por evolución, de modo que progresivamente se desarrollan creaturas Homo sapiens inteligentes,

y entre estas elige las primeras que transforma en “hombre a imagen de Dios”, es decir ordenadas y destinadas a la visión beatífica.

De acuerdo con CEC 375-377, admitimos que estos primeros Homo sapiens que Dios crea a su imagen, Dios los crea en un estado de “santidad y justicia originales”, provistos de dones especiales que los hacían capaces de dominar los condicionamientos que resultan de la evolución (enfermedad, muerte y concupiscencia). Tras el primer pecado, los seres humanos son concebidos sin esos dones especiales y están sometidos a esos condicionamientos evolutivos (CEC 405), que en todas las especies animales se transmiten por generación natural con el material genético.
Crucial es admitir que después del primer pecado cometido por “un ser humano a imagen de Dios”, hay un momento en el que Dios transforma todas las creaturas Homo sapiens que viven sobre la tierra en “hombres a la imagen de Dios”, si bien privados del “estado de santidad y justicia originales”, es decir crea nuevas personas humanas a partir de esas creaturas, del mismo modo que hoy crea nuevas personas humanas a partir de los gametos en cada concepción: todas estas personas, creadas después del primer pecado, vienen a la existencia en el “estado de pecado original”, y por ello, sometidas a la enfermedad, a la muerte y a la concupiscencia.
Con otras palabras: Del mismo modo que se admite la transmisión de una “naturaleza humana dañada” a todas las personas descendientes genéticamente de Adán que Dios crea a partir de los gametos humanos, se puede admitir que esa misma “naturaleza humana dañada” se transmite a los hombres a imagen de Dios (a las personas humanas) que Dios crea a partir de creaturas Homo sapiens, según el principio de que Dios “une a todos en la desobediencia, para tener misericordia con todos” (cfr. Romanos 11, 32).
Conviene precisar que esta trasmisión no ocurre “lateralmente”, como un “daño relacional” que pasa como una “enfermedad contagiosa” del primer pecador a “otras personas contemporáneas suyas que son inocentes”, ya que las creaturas Homo sapiens contemporáneas del primer pecador a partir de las cuales Dios crea seres humanos a su imagen, aunque son creaturas más o menos inteligentes, no son personas ordenadas a la visión beatífica.
4. La paradoja del pecado original
A la luz del conocimiento científico de la reproducción humana actual, el núcleo dogmático de Humani generis es el siguiente: El hecho que el material genético (ADN) contenido en el esperma y en el óvulo humanos transmite enfermedad, muerte y concupiscencia por la generación a cada hombre, es una consecuencia del primer pecado.
Ciertamente, el estado de pecado original no se reduce a muerte, enfermedad y mecanismos egoístas, pero estas deficiencias están cifradas en el material genético, y así, en el momento de la animación del embrión, inducen en el alma espiritual (privada de la gracia original) el estado de pecado original. Esto no fue el caso en la animación del primer pecador, porque su alma espiritual estaba dotada con las gracias propias del “estado de justicia original”.
De otro lado, la evolución nos enseña que el material genético de toda especie animal transmite enfermedad, muerte y mecanismos egoístas (que en el ser humano generan concupiscencia) por la generación. Sin duda, estas “deficiencias” derivan en parte de la contingencia, y la vulnerabilidad de la creación forma parte de su grandeza. Pero el hombre es parte de la creación corporal, y si Dios hace esta creación sirviéndose de mecanismos evolutivos tales que dañarán al hombre después del primer pecado, entonces estos procesos naturales evolutivos hay que considerarlos también como un efecto anticipado del primer pecado. Todo lo natural que puede dañar al hombre (p. ej. el terremoto y tsunami de Lisboa en 1755) no debe ser interpretado meramente como un “mal físico”, más bien hay que considerarlo, en cuanto daño potencial, como un resultado anticipado del primer pecado de la humanidad.
Por ello, Humani generis implica también lo siguiente: el hecho de que el material genético (ADN) de toda especie animal transmita enfermedad, muerte y mecanismos egoístas evolutivos es una consecuencia del primer pecado. ¿Cómo integrar esta implicación paradójica en una explicación coherente? Intento responder a esta pregunta en la siguiente sección.
5. La perspectiva de la “contextualidad cuántica”
En un experimento típico de entrelazamiento cuántico, una fuente láser S emite pares de fotones: uno de los fotones es guiado por una fibra de vidrio hasta el laboratorio de Alice, y el otro fotón es guiado por una fibra de vidrio en dirección opuesta hasta el laboratorio de Bob.
En el laboratorio de Alice el fotón atraviesa un dispositivo con dos botones a1 y a2, y con dos puertos de salida, uno vigilado por el Detector A(1) y el otro por el Detector A(0). Alice puede elegir libremente entre pulsar el botón a1 o el botón a2, y para cada una de estas elecciones por parte del experimentador, se produce una elección por parte de la naturaleza: el fotón es detectado y contado por A(1), y registramos el resultado como «1», o por A(0), y registramos el resultado como «0». Llamamos a este dispositivo ACD (Alice’s Choice Device). Del mismo modo, en el lado de Bob tenemos un BCD, con botones b1 y b2, y detectores B(1) y B(0), y los correspondientes resultados «1» y «0».
Disponemos la distancia entre S y ACD de modo que sea igual a la distancia entre S y BCD, con una precisión de algunos micrómetros: así podamos estar seguros de que no existe coordinación mediante señales de radio entre ACD y BCD en el momento en que los detectores cuentan los fotones y se registran los resultados. En otras palabras, es como si Alice analizase su fotón en la Tierra y simultáneamente Bob analizase el suyo en Marte.
Los experimentos demuestran que existe una correlación entre los resultados de Alice y los resultados de Bob que no puede explicarse a través de programas ocultos en los fotones (la hipótesis de Einstein), ni tampoco por señales de radio (cfr. Exaudi 6.12.2024).
Desde la perspectiva de la “contextualidad cuántica” las cosas ocurren así: cuando Alice decide pulsar el botón a1, el resultado que obtiene toma en consideración el botón que pulsa Bob en su laboratorio. Esto equivale a decir que el resultado conjunto (p. ej. Alice registra “1” y Bob registra “0”) depende del contexto experimental (p. ej. a1 y b1), aunque este contexto sea elegido por los experimentadores poco antes de que los fotones produzcan sus resultados. Y esto lleva a la siguiente conclusión: los resultados de todos los posibles experimentos constituyen un vasto catálogo contenido en una mente omnisciente que asigna el resultado según el contexto experimental y las reglas cuánticas de distribuciones de probabilidades, independientemente de cuanta sea la separación espacial o temporal (cfr. Suarez 2025). Así puede darse “inseparabilidad en el tiempo” o “entanglement across time”, en el que el estado cuántico actual tiene en cuenta posibles experimentos futuros, y por lo tanto posibles decisiones futuras por parte del experimentador (como manifiestan de modo asombroso los experimentos de “entanglement swapping”; cfr. Peres 2000, Ma et al. 2012).
De modo similar se puede decir que Dios, al crear el mundo, lo hace teniendo en cuenta todas las posibles decisiones que los hombres pueden tomar en el curso de la historia y respeta nuestra libertad, pero toma también decisiones que pueden rectificar posibles errores nuestros. En particular, Dios prevé la posibilidad de que el hombre se rebele contra él, y crea el mundo de modo tal que es extraño y hostil al hombre después del primer pecado. Lo hace, por considerar que esto es favorable a la conversión de los pecadores (cfr. la siguiente sección 6).
Lo que ocurre en la evolución, ocurre teniendo en cuenta la posibilidad del primer pecado de la humanidad. Dios decide de crear al hombre libre, con la posibilidad de pecar, y crea el mundo desde su comienzo sometido a “la servidumbre de la corrupción” (Romanos 8,21), para el caso de que el hombre peque, si bien crea al hombre en el estado de justicia original, de modo que no sea dañado por ese condicionamiento, mientras no peque.
No deja de ser sorprendente que Ernst Specker (coautor junto con Simon Kochen del teorema

fundamental de “contextualidad cuántica” publicado en 1966) estaba motivado en su investigación por la famosa controversia en torno al Molinismo, el sistema teológico que busca reconciliar la omnisciencia divina y el libre albedrío humano: en cierto modo, la perspectiva de la “contextualidad cuántica” permite resolver esta paradoja teológica.

Y, como sostengo a continuación, ayuda también a resolver la paradoja del pecado original.
6. “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte”
La perspectiva de la “contextualidad cuántica” nos lleva a la siguiente conclusión: el hecho de que el material genético transmita enfermedad, muerte y mecanismos evolutivos egoístas (que el hombre a imagen de Dios generan concupiscencia), es una consecuencia retroactiva, una anticipación del primer pecado: “A causa del hombre, la creación es sometida ‘a la caducidad’, ‘a la servidumbre de la corrupción’” (CEC 400). Es decir, la creación material emerge por evolución de tal modo que se vuelve contra hombre después del primer pecado. Después de este, y en ausencia de la gracia original, la “servidumbre de la corrupción” afecta al hombre e induce “el estado de pecado original”. Así, este es una consecuencia del primer pecado, si bien Dios se sirve del hecho de que en este estado seamos afectados por la “corrupción de la creación” para movernos a la conversión. En toda esta reflexión es importante no olvidar que el estado de pecado original en el que Dios nos deja en la tierra, no es el infierno, sino ocasión de salvación: en cuanto que se trata de un estado de condena o alejamiento de Dios, deriva del primer pecado; en cuanto se trata de un estado que permite la conversión y alcanzar la visión beatífica, su causa es la misericordia de Dios.
En cierto modo, se puede decir que la teoría de la evolución confirma la perspectiva de San Juan Pablo II: “antes” de crear el mundo Dios “piensa” primero en el cuerpo que tomará su Hijo, y en crear el hombre a su imagen para destinarlo a participar de la filiación divina, y solo “después” decide crear el mundo (cfr. Juan Pablo II, Audiencia 28.5.1986, n. 4); nosotros somos hombres a imagen de Dios porque tenemos un cuerpo como el de Jesucristo, Hijo de Dios e “imagen visible del Dios invisible”. La creación fue sometida a la «servidumbre de la corrupción» (al «mal físico»), no espontáneamente, sino por Dios, en previsión del posible pecado del hombre («mal moral»), en la esperanza de ser liberada de esa servidumbre (cfr. Romanos 8, 20-21). Que Dios se sirve del sufrimiento como un medio para nuestra salvación es un gran misterio (el “problema de la teodicea”) que comprenderemos sólo en el cielo, cuando veamos todo el bien que ha resultado. Con todo, muriendo en la cruz, nos demuestra que la copa del sufrimiento que nos da a beber, “no está envenenada”.
La retroactividad hay pues que entenderla en el sentido de una anticipación de las posibles elecciones humanas por parte de una mente omnisciente: cuando Dios decide de crear al hombre libre y capaz de pecar, decide de encarnarse para hacer partícipe al hombre de la vida divina y también de redimirlo si peca, muriendo por el hombre en la cruz y dejándolo sobre la tierra en estado de pecado original para darle ocasión de arrepentirse, convertirse y alcanzar la vida eterna. Al inicio, en el big bang hace 13.8 mil millones de años, Dios crea el mundo como si el primer pecado ya hubiese ocurrido, es decir de modo que la evolución resultará hostil y extraña para el hombre después del primer pecado (cfr. CEC 400). Sin embargo, crea al hombre a su imagen recientemente (en el Neolítico, según la opinión que propondré en un segundo ensayo) en estado de justicia original, como si el pecado no hubiese ocurrido.
La causa de que la generación natural transmite un material genético que en el momento de su animación “mancha al alma espiritual” y hace contraer a la persona el estado de pecado original, es el primer pecador (y el diablo que le instiga a pecar). Por lo tanto, ese material genético, aunque materialmente no proceda del primer pecador según una cadena causal temporal, en cuanto “dañado” puede ser considerado teológicamente como proveniente de dicho primer pecador. En este sentido puede hablarse de un monogenismo teológico-biológico:
todo hombre que viene a la existencia en estado de pecado original, recibe este estado trasmitido por la generación como si fuese un hijo del primer pecador.
Esto vale en particular para las “personas humanas a imagen de Dios” que Dios crea a partir de creaturas Homo sapiens después del primer pecado: se trata de personas (cuyos padres no son personas humanas, y por eso pueden ser considerados “hijos de Dios”) que vienen a la existencia después de que el primer pecado ha sido cometido, y que reciben las condiciones que inducen el “estado de pecado original” por “generación natural”, como si fuesen hijos del primer pecador. Por ello el “primer pecador” puede ser considerado “progenitor o protoparente” de todos los hombres concebidos después del primer pecado: por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres (cfr. Romanos 5:12).
La enseñanza de San Pablo (Romanos 5, 12-19) y la declaración dogmática del Concilio de Trento, en las que Humani generis se basa, no exigen la descendencia genética en el tiempo de todos los hombres creados a imagen de Dios de una pareja única, pero sí exigen que el estado de pecado original procede de un pecado en verdad cometido por un solo hombre individual y moralmente, y es transmitido a todos los hombres por generación biológica. El estado de pecado original se transmite, no porque todos descendemos del primer pecador, sino más bien al revés: el primer pecador es nuestro progenitor, porque el estado de pecado original se transmite por la generación.
7. Conclusión
Hemos visto como la enseñanza de Humani generis puede formularse como un monogenismo teológico-biológico en el que el primer pecador es el progenitor de todos los seres humanos creados a imagen de Dios después del primer pecado, y que el estado de pecado original se trasmite por generación natural a todos, sin necesidad de postular que su material genético deriva por replicación directa en el tiempo del material genético del primer pecador. Esto requiere admitir que Dios al crear el mundo anticipa la posibilidad de que el hombre peque, y lo crea de modo tal, que la creación afectará al hombre después del primer pecado induciendo el estado de pecado original en el momento en que las personas vienen a la existencia. Hemos visto también como la “contextualidad cuántica” refuerza esta explicación al proponer una anticipación de las acciones humanas por parte de una mente omnisciente: ¡un digno colofón teológico del Año Internacional de la Ciencia Cuántica!
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