La irritación desmesurada
La inteligencia emocional como clave para gestionar la ira y alcanzar el justo medio

Hacia el año 1996 leí el libro de Daniel Goleman sobre Inteligencia emocional. Me llamó la atención, gratamente, la cita de Aristóteles con la que iniciaba la primera página de su libro: “así pues, el que se irrita por las cosas debidas y con quien es debido, y además como y cuando y por el tiempo debido, es alabado. Éste sería manso (…); porque el que es manso quiere estar sereno y no dejarse llevar por la pasión, sino encolerizarse en la manera y por los motivos y por el tiempo que la razón ordene. (…). No es fácil, en efecto, especificar cómo, con quiénes, por qué motivos y por cuánto tiempo debemos irritamos, ni tampoco los límites dentro de los cuales actuamos rectamente o pecamos” (Ética nicomáquea). Aristóteles se está refiriendo a la virtud de la mansedumbre, uno de los modos de ser de la ira.
Este redescubrimiento de la voluntad (el querer) y de las pasiones (deseos, tendencias) que hace Goleman es un eje central de su investigación sobre la inteligencia emocional. En el centro de esta descripción la persona serena y sosegada está la idea de la medida, del justo medio entre un exceso, la cólera ciega; y un defecto, la impasibilidad fría. La idea no es cultivar un ánimo inconmovible ante cualquier suceso negativo. Se trata, más bien, de encontrar la medida emocionalmente inteligente que ponga a nuestra irritación en su sitio, pues motivos para inquietarnos e irritarnos abundan. En el día a día vemos y/o sufrimos injusticias flagrantes, conductas prepotentes, molestias sobrevinientes. Como bien lo señala Aristóteles y lo confirma Goleman, no es nada fácil dar con el justo medio emocional para no salirnos de nuestras casillas.
El colérico, además de hacer bilis, no acaba de gobernar su temperamento. Se irrita por cualquier cosa, salta a la primera y reacciona desproporcionadamente ante cualquier situación que lo desubica. Quienes están a su lado, le dirán, “relájate, eso que te irrita, no es para tanto”. Suele pasarle, asimismo, que escoge a la persona equivocada para desfogar su mal humor: está afectado y desfoga con el primero que le sale al paso: lo sufre la familia, los compañeros de trabajo, los amigos. Igualmente, el colérico se excede en el modo de mostrar su disgusto. Esto pasa, frecuentemente, en el tránsito automotriz, ante las malas maniobras que nos disgustan. Reaccionamos, enérgicamente, y es fácil dejarse llevar por el hígado, mostrando el disgusto del peor modo posible y con una prolongada reprimenda, lindando en el exceso. Sí, la experiencia nos enseña que no es nada sencillo mantenerse en el justo medio emocional.
La amargura agrega un ingrediente nocivo a la irritabilidad. Aristóteles señala que el amargado contiene su ira, la encapsula y la rumia constantemente. Se irritan demasiado y buscan la venganza como remedio a su pesadumbre. Mientras no haya venganza, la ira sigue mermando el alma del amargado, pues le es muy difícil digerirla. A diferencia de quienes guardan tesoros en sus corazones, el amargado almacena sentimientos nocivos que se manifiestan en conductas tóxicas y, a veces, en actos despiadados. Curiosamente, acota Aristóteles, son molestos para sí mismos y para sus seres más queridos.
Cólera, amargura e intransigencia son excesos a los que estamos expuestos. Nos dañan y hacemos daño. Generan situaciones explosivas que dificultan la convivencia. No es fácil, dice el sabio Aristóteles, “especificar cómo, con quiénes, por qué motivos y por cuánto tiempo debemos irritamos, ni tampoco los límites dentro de los cuales actuamos rectamente o pecamos (…). Pero, al menos, una cosa es clara, que la disposición intermedia, de acuerdo con la cual nos irritamos con quienes debemos, por los motivos debidos, como debemos y, así, con las otras calificaciones, es laudable, y que los excesos y defectos son reprensibles”. Es difícil, desde luego, pero qué provechoso es entrenarse en esta virtud para no perder los papeles.
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