La Iglesia militante: Luchando por la santidad con alegría y esperanza
Soldados de Cristo en la Batalla por la Santidad
Queridos hermanos en Cristo: hemos celebrado el 1 de noviembre la solemnidad de Todos los Santos, contemplando a la Iglesia Triunfante que ya goza de la visión beatífica en el Cielo. Al día siguiente, el 2 de noviembre, hemos rezado por la Iglesia Purgante, esas almas que se purifican con amor antes de entrar en la gloria eterna. Ahora, en este tiempo ordinario que sigue, la liturgia nos invita a mirar hacia nosotros mismos: somos la Iglesia Militante, el ejército vivo de Cristo que camina, lucha y se santifica en la tierra. ¡Qué privilegio y qué llamada tan hermosa!
El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo enseña con claridad: «La Iglesia peregrina en la tierra es la Iglesia militante porque lucha contra el pecado, el mundo y el demonio, bajo la guía de Cristo, su Cabeza» (CIC 954, citando a Lumen Gentium 48-50). No somos un club social ni una mera institución: somos soldados de la luz, como dice San Pablo: «Revestíos de la armadura de Dios para poder resistir las asechanas del diablo» (Ef 6,11). Pero esta lucha no es sombría ni desesperanzada; al contrario, es una batalla gozosa, porque Cristo ya ha vencido: «¡Ánimo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
¿Qué significa ser militante hoy?
Ser de la Iglesia Militante es buscar la santidad en lo cotidiano, con la certeza de que cada pequeño acto de amor nos une más a Cristo y a los santos que nos preceden. El Concilio Vaticano II lo expresa bellamente en Lumen Gentium 40: «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». ¡Todos! El papa, el obispo, el sacerdote, el padre de familia, la madre que amamanta, el estudiante, el trabajador, el enfermo en su cama… cada uno es un guerrero de la santidad.
San Josemaría Escrivá, canonizado por san Juan Pablo II, lo vivía con fuego apostólico: «La santidad no consiste en grandes heroicidades —que ordinariamente no se dan—, sino en amar mucho a Dios y servirle en lo ordinario» (Es Cristo que pasa, 2). ¡Qué animante! No necesitamos milagros espectaculares; basta con ofrecer el trabajo bien hecho, la sonrisa en la dificultad, el perdón rápido, la oración fiel.
Armas de la lucha: los sacramentos y la oración
Nuestra fuerza no viene de nosotros, sino de Cristo. El Catecismo nos recuerda que «la Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana» (CIC 1324). Acudamos a Misa diaria si podemos, o al menos dominical: allí recibimos al Pan de los fuertes (cf. Sab 16,20). La Confesión nos limpia y fortalece: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54).
La oración es nuestro escudo. El Compendio del Catecismo (n. 566) enseña que «la oración es la elevación del alma a Dios». Dediquemos tiempo al Rosario —arma poderosa, según santa Pío V—, a la Lectio Divina, a la adoración eucarística. San Juan Pablo II nos animaba: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!» (Homilía de inicio de pontificado, 1978). En la oración, el Espíritu Santo nos da coraje para la batalla.
Luchar juntos: la comunión de los santos
No estamos solos. La Lumen Gentium 50 nos dice que «la unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ningún modo se interrumpe». ¡Los santos nos animan desde el Cielo! Pidamos su intercesión: a san Miguel Arcángel contra el mal, a santa Teresa de Jesús en la sequedad espiritual, a san José en el trabajo.
Y ayudemos a las almas del Purgatorio con sufragios: Misas, rosarios, indulgencias. Como enseña el Catecismo (CIC 958), «nuestra oración por ellos puede no solo ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor». ¡Es una cadena de amor que nos une a las tres Iglesias!
Vivir la militancia con alegría
San Pablo nos exhorta: «Combate el buen combate de la fe» (1 Tim 6,12), pero siempre con gozo: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» (Flp 4,4). Benedicto XVI, en Spe Salvi 35, recordaba que «la vida es como una militia que se convierte en victoria si se vive con Cristo».
En este mundo secularizado, seamos testigos luminosos. Como decía el beato Carlo Acutis: «Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias». ¡Seamos originales de Cristo! En la familia, en el trabajo, en las redes sociales: anunciemos el Evangelio con vida y palabra.
¡Adelante, soldados de Cristo!
Queridos hermanos: la Iglesia Militante no es un museo de reliquias, sino un ejército en marcha hacia la santidad. Con María, Reina de los Mártires y Madre de la Iglesia, luchemos con confianza. Como enseña el Catecismo (CIC 2015): «El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual».
¡Ánimo! Cristo camina con nosotros. Cada día es una oportunidad para crecer en amor. Un día —pronto, esperamos— pasaremos a la Iglesia Triunfante. Mientras tanto, luchemos con alegría, sabiendo que «ni la muerte ni la vida… podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» (Rm 8,38-39).
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Iglesia Militante! San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.

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