La actualidad y verdad real de San Oscar Mons. Romero
Un legado actual de santidad, justicia social y esperanza para el mundo
Estamos celebrando el aniversario del querido San Oscar Mons. Romero, arzobispo mártir y santo salvadoreño, que es ejemplo y modelo para toda persona, para los jóvenes, etc. Todo ser humano, en especial el joven, lleva en lo más profundo de su ser el deseo de ser sujeto gestor y transformador del mundo e historia; vivir en esa entrega para amar fraternal y solidariamente en la lucha por la paz, por el bien común universal y la justicia con los pobres de la tierra. Y, de esta forma, buscar la verdad, la belleza y el bien. trascenderse en ese amor a los otros y al Otro, a Dios mismo que nos enraíza y colma en estos anhelos de paz, justicia y vida espiritual, plena y eterna.
Mons Romero acoge el Don-Gracia del Dios de la vida y se dona a Él y a los otros. Desde el Espíritu, en el seguimiento de Jesús, busca primero el Reino de Dios y su justicia que nos trae la salvación liberadora de todo mal, pecado, muerte e injusticia. Mons. Romero hace vida el principio-misericordia de la iglesia samaritana, con una ética de la compasión, que asume solidariamente el sufrimiento, mal e injusticia que padecen las personas, los pueblos y los pobres. Es así un testigo creíble con una vida honrada y moral, encarnando en la historia los valores y principios éticos de la civilización del amor, de la libertad, de la igualdad, la vida y dignidad de toda persona que es sagrada e inviolable.
Mons. Romero es un místico, en su unión profunda con Dios en Jesús, en su amor a la palabra de Dios, a la iglesia, a los papas, a la oración y a los sacramentos como es la eucaristía (cf. Catequesis de Mons. Romero, 23-07-1978). Y es un profeta, anunciado el Evangelio del Reino de Dios con su defensa de la paz, de la justicia social y los derechos humanos; con una denuncia profética y crítica de los ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y de la violencia estructural que dan muerte. Tal como mostró, por ejemplo, en su reconocida y última homilía (Hom. 23-03-1980), antes de ser asesinado.
Como auténtico misionero siguiendo a Jesús, en comunìón fiel con la iglesia y sus papas (Hom. 22-10-1979), lleva este Evangelio del Reino y su salvación liberadora a los pueblos e historia, acogiendo todo lo bueno, bello y verdadero de los pueblos con su culturas y espiritualidad (Hom 18-11-1979). Mons. Romero impulsa el desarrollo humano, liberador e integral que da respuesta a las necesidades, capacidades y talentos de las personas, de los pueblos y de los pobres como protagonistas de su liberación integral. Y, de forma pionera, testimonia esa clave inherente e imprescindible de la misión evangelizadora, la Doctrina Social de la Iglesia, con sus principios del destino universal de los bienes que está por encima de la propiedad. El trabajo digno con sus derechos, como es un salario justo, que está antes que el capital. Una economía ética, al servicio de estas necesidades y desarrollo integral de los pueblos.
En esta misión real, encuentra a Dios en sus hermanos, los seres humanos, en el pobre que es sacramento (presencia) de Cristo pobre-crucificado (Mt 25, 31-46) y en la realidad social e histórica. Mons. Romero ejerce esa verdadera profecía que, en el anuncio del Reino y su justicia, se opone a esas idolatrías de la codicia, del tener y dominar. Ese rechazo y lucha pacifica contra esos falsos dioses del capital, del mercado y del estado-nación que sacrifican a la humanidad en el altar del lucro y del poder. Por todo ello, las personas y cada joven tienen un auténtico pozo de sabiduría y un paradigma de vida en la existencia, legado y obra de nuestro santo, Mons. Romero. Él muestra esa constitutiva dimensión social y pública de la fe, la virtud teologal de la caridad política, que promueve la militancia ciudadana y católica en la responsabilidad por el bien común, con el compromiso por la justicia que transforma las causas personales y estructurales del pecado, del mal e injusticia.
Tal como afirma Mons. Romero, en lo que puede ser considerado como su testamento vital, “la dimensión política de la fe no es otra cosa que la respuesta de la Iglesia a las exigencias del mundo real socio-político en que vive la Iglesia. Lo que hemos redescubierto es que esa exigencia es primaria para la fe y que la Iglesia no puede desentenderse de ella. No se trate de que la Iglesia se considere a sí misma como institución política que entra en competencia con otras instancias políticas, ni que posea unos mecanismos políticos propios; ni mucho menos se trata de que nuestra Iglesia desee un liderazgo político. Se trata de algo más profundo y evangélico; se trata de la verdadera opción por los pobres, de encarnarse en su mundo, de anunciarles una buena noticia, de darles una esperanza, de animarles a una praxis liberadora, de defender su causa y de participar en su destino. Esta opción de la Iglesia por los pobres es la que explica la dimensión política de su fe en sus raíces y rasgos más fundamentales. Porque ha optado por los pobres reales y no ficticios, porque ha optado por los realmente oprimidos y reprimidos, la Iglesia vive en el mundo de lo político y se realiza como Iglesia también a través de lo político. No puede ser de otra manera si es que, como Jesús, se dirige a los pobres” (Discurso al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina).
Mons. Romero es pionero de todo este desarrollo humano, liberador y sostenible con una ecología integral que cuida de la vida humana, de las familias y de nuestro planeta tierra en todas sus fases y dimensiones. Frente a a la cultura de la muerte, de la destrucción social y de la naturaleza (Hom. 11-03-1979). De esta forma, nuestro santo promueve una bioética global y la justicia socio-ambiental que defiende la vida de todo ser humano, desde el inicio con la concepción (Hom. 18-03-1979), del pobre, del excluido y de la hermana tierra; que impulsa el amor fiel y fecundo del hombre con la mujer que conforman el matrimonio, la familia e hijos al servicio de la misión, del bien común y de la justicia (Hom. 30-9-1979; Hom. 6-11-1977; Hom. 17-06-1979).
Por todo ello, en el proceso de relación que tuvo con otro santo como es San Juan Pablo II, este Papa proclamó primeramente a Mons. Romero “mártir”. En su segundo encuentro en Roma (7-03-1979), San Juan Pablo II entusiasmó a Mons. Romero y le dio ánimos para que siguiera siendo ese “pastor fiel”. Y en su visita al Salvador (1983), saltándose todo protocolo y como gesto profético de devoción, el propio San Juan Pablo II mandó desviar el papa móvil para rezar ante la tumba de nuestro mártir. A la vez, en palabras de Mons. Romero, San Juan Pablo II “conoce plenamente nuestro trabajo y está muy de acuerdo en la defensa de la justicia social que aquí tratamos de llevar y nuestro amor preferencial por los pobres. Las informaciones tendenciosas que a veces se dan acerca de las relaciones con el Santo Padre no tienen más que la malicia de querer desprestigiar una pastoral que el Papa conoce mucho mejor que aquellos medios de comunicación que aquí tratan de tergiversar las cosas…” (15-4-1979).
Toda esta herencia de sabiduría y de vida de nuestro mártir/santo es fuente de felicidad, de sentido y realización para el ser humano, para los jóvenes e iglesia. Y su santidad no acabó con la muerte, con su martirio. Mons. Romero vive en la iglesia triunfante y comunión de los santos, en la vida plena-eterna con Dios, que por el Espíritu está unida mística y solidariamente con nosotros. La iglesia militante, peregrina en los caminos del Reino de Dios con nuestro Señor Jesucristo.

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