IA: La respuesta de la Iglesia ante la nueva revolución tecnológica
¿Revolución o Peligro?
La inteligencia artificial (IA) está transformando la vida cotidiana, la economía y la cultura a una velocidad sin precedentes. Capaz de procesar enormes cantidades de datos, imitar el razonamiento humano, aprender y tomar decisiones, esta tecnología ya forma parte de nuestro día a día: desde recomendaciones en Netflix y Amazon hasta diagnósticos médicos o asistentes virtuales.
Pero su impacto va mucho más allá de la comodidad o la productividad. Tal como ocurrió con la Revolución Industrial, la revolución digital plantea interrogantes sociales, éticos y espirituales. La gran pregunta es: ¿Cómo garantizar que la IA sirva al bien común sin poner en riesgo la dignidad de la persona?
Un cambio de época
El Papa Francisco ha descrito la inteligencia artificial como un auténtico “cambio de época”, y su sucesor, el Papa León XIV, ha subrayado tanto sus enormes posibilidades como sus riesgos. Se habla incluso de una futura encíclica titulada Rerum Digitalium, inspirada en la histórica Rerum Novarum de 1891, para ofrecer una guía moral frente a las “cosas nuevas” de nuestro tiempo.
El Vaticano insiste en que la IA no debe reemplazar el trabajo humano, sino mejorarlo. Debe utilizarse con prudencia y sabiduría, poniendo siempre a la persona en el centro. El riesgo de desigualdades, desinformación, pérdida de empleos o usos bélicos de esta tecnología obliga a establecer límites claros y regulaciones globales.
La doctrina social de la Iglesia y la IA
La Iglesia propone aplicar a la inteligencia artificial los cuatro principios fundamentales de la doctrina social:
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Dignidad de la persona: el ser humano nunca debe ser tratado como un medio, sino como un fin en sí mismo.
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Bien común: la IA debe garantizar que todos tengan acceso a sus beneficios, sin exclusiones.
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Solidaridad: el desarrollo tecnológico debe servir especialmente a los más necesitados.
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Subsidiariedad: los problemas deben resolverse en el nivel más cercano posible a las personas.
A esto se añaden los valores de verdad, libertad, justicia y amor, que orientan cualquier innovación tecnológica hacia un progreso auténtico.
Oportunidades y riesgos
La inteligencia artificial ya ofrece avances en medicina, educación, ciencia y comunicación. Puede ayudar a combatir el hambre, el cambio climático o incluso a transmitir mejor el Evangelio. Sin embargo, también genera riesgos:
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Pérdida masiva de empleos por la automatización.
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Relaciones humanas sustituidas por vínculos digitales ficticios.
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Amenazas a la privacidad y a la seguridad.
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Uso de la IA en armas autónomas o campañas de desinformación.
Por ello, la Iglesia subraya que la IA no es una persona: no tiene alma, conciencia ni la capacidad de amar. Es solo una herramienta, poderosa, pero siempre dependiente de los fines que le asigna el ser humano.
Una llamada a la responsabilidad
El documento Antiqua et nova (2025) recuerda que todo avance tecnológico debe cooperar a la dignidad de la persona y al bien común. La responsabilidad no recae solo en gobiernos o empresas, sino también en cada uno de nosotros, en cómo usamos estas herramientas en la vida diaria.
La inteligencia artificial puede ser un motor de progreso, pero nunca un sustituto de lo humano. Ninguna máquina podrá experimentar el amor, el perdón, la misericordia o la fe. Solo en Dios se encuentran la inteligencia perfecta y la auténtica felicidad.
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