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Javier Ferrer García

18 noviembre, 2025

4 min

¿Es la maximización del beneficio un ídolo moderno que devora almas?

Cuando el ROI se convierte en el nuevo Baal y el empresario en su sacerdote involuntario

¿Es la maximización del beneficio un ídolo moderno que devora almas?
Unsplash . Cristina Wocintechchat

San Juan Pablo II, en la encíclica Centesimus Annus (1991), número 43, advierte con claridad meridiana sobre una de las tentaciones más sutiles del capitalismo contemporáneo: la absolutización del lucro como criterio único de la actividad económica. El Papa no condena el legítimo beneficio —que es necesario para la sostenibilidad de toda empresa—, sino su transformación en fin último, en ídolo que exige sacrificios humanos: el tiempo de las familias, la dignidad de los trabajadores, la salud del planeta y, sobre todo, la libertad interior del propio empresario.

El destino universal de los bienes: el principio olvidado

El Magisterio constante de la Iglesia, desde Rerum Novarum hasta Laudato Si’, recuerda que los bienes de la creación tienen un «destino universal» (CIC 2402-2406; Gaudium et Spes 69; Sollicitudo Rei Socialis 42). Esto significa que la propiedad privada es legítima, pero siempre subordinada al bien común y al derecho primario de todo ser humano a usar los bienes necesarios para una vida digna.

Cuando una empresa mide absolutamente todo por el ROI (retorno de la inversión) y decide despidos, deslocalizaciones, precarización laboral o contaminación ambiental exclusivamente en función de maximizar el dividendo, está violando este principio. Como escribió Benedicto XVI en Caritas in Veritate 21: «El lucro es útil si se orienta como medio hacia un fin que le señale su sentido […] Cuando se absolutiza, el lucro se convierte en un criterio destructivo».

«No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24)

El Evangelio es tajante. Jesús no dice que el dinero sea malo en sí mismo, sino que no se puede servir a dos señores. La obsesión por la maximización del beneficio convierte al empresario —paradójicamente— en el mayor esclavo del sistema que él mismo dirige.

San Juan Pablo II lo expresó con crudeza en Centesimus Annus 41: «El error del capitalismo primitivo puede repetirse allí donde el hombre sea tratado, de alguna manera, al mismo nivel que todo el complejo de los medios materiales de producción, como un instrumento y no conforme a la verdadera dignidad de su trabajo».

El empresario que vive angustiado por la cotización bursátil, que sacrifica el sueño y la vida familiar por cerrar el trimestre en verde, que teme más a los fondos de inversión que a su propia conciencia, ha sido devorado por Mammón. El ídolo no solo exige víctimas externas (trabajadores, medio ambiente, proveedores); exige, sobre todo, el alma del adorador.

Testimonios de la tradición católica reciente

  • San Óscar Romero denunciaba ya en 1979: «Una civilización del tener más que del ser produce egoísmo y muerte».
  • El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (n. 328) afirma: «La actividad económica está llamada a ser servicio al hombre integral y a la comunidad humana entera».
  • Francisco, en Fratelli Tutti 168, advierte: «El mercado por sí solo no resuelve todo […] La especulación financiera con la ganancia fácil como fin fundamental sigue haciendo estragos».

Hacia una economía con alma

La Iglesia no propone volver a la economía preindustrial ni demonizar la empresa. Propone una jerarquía de valores clara:

  1. La persona humana está por encima del capital y del beneficio.
  2. El trabajo no es una mercancía, sino participación en la obra creadora de Dios.
  3. El beneficio legítimo es medio, nunca fin último.
  4. Toda decisión empresarial debe poder mirarse a la cara en el juicio particular: «¿He servido al bien común o solo a mi cuenta de resultados?».

Liberación del ídolo

La maximización absoluta del beneficio es, efectivamente, uno de los ídolos más sofisticados y devoradores de nuestro tiempo. Exige sacrificios continuos y nunca queda satisfecho. Solo la conversión del corazón —del empresario, del inversor, del consumidor— puede romper las cadenas.

Como escribió san Juan Pablo II en Centesimus Annus 43: «Es necesario romper las barreras y los monopolios que dejan a tantos pueblos al margen del desarrollo […] y trabajar por una economía que esté al servicio de la persona humana».

Solo cuando el empresario recupere la libertad de servir a Dios antes que al dinero habrá empezado a ser verdaderamente libre. Y solo entonces su empresa dejará de ser un altar donde se inmolan almas para convertirse en un instrumento de civilización del amor.

Javier Ferrer García

Soy un apasionado de la vida. Filósofo y economista. Mi carrera profesional se ha enriquecido con el constante deseo de aprender y crecer tanto en el ámbito académico como en el personal. Me considero un ferviente lector y amante del cine, lo cual me permite tener una perspectiva amplia y diversa sobre el mundo que nos rodea. Como católico comprometido, busco integrar mis valores en cada aspecto de mi vida, desde mi carrera profesional hasta mi rol como esposo y padre de familia