03 abril, 2025

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El Ser Humano Primero

La encrucijada del ser humano: entre la innovación y la identidad

El Ser Humano Primero
Unsplash . Karl Fredrickson

Humanos ¿aumentados o jibarizados?

Al abogado y urbanista Albert Cortina le invitaron a asistir en julio del 2013 a un encuentro internacional celebrado a puerta cerrada en el Real Monasterio de Santa María de Poblet. En el monumental enclave tarraconense en España, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO se celebraba el II Workshop sobre mejoramiento humano bajo el título “Per il perfezionamento del progetto umano”.

Como profesional Cortina lleva más de 30 años dedicando su vida a la ordenación de las ciudades y del territorio, a la preservación de los espacios naturales y a la gestión del paisaje desde el Estudio DTUM, despacho de Barcelona (España) que dirige desde el año 1992. Era la primera vez que acudía a un encuentro internacional con filósofos de la ciencia, neurocientificos, biólogos y teólogos. El debate acerca del transhumanismo, el mejoramiento humano, la evolución biocultural del hombre, del cerebro, la inteligencia artificial, la exponencialidad, la singularidad tecnológica, la gobernanza global,  la ética de las tecnologías emergentes, el presente y el futuro cambió el rumbo de su vida. El urbanista llegó a la conclusión de que por muy importantes que fueran los cambios en el medio ambiente y en nuestro entorno, lo fundamental era la transformación a la que se iba tener que enfrentar el propio ser humano y decidió centrar en ella todos sus esfuerzos.

A raíz de entonces, el director del Estudio DTUM se dedicó a organizar encuentros entre voces reconocidas en diferentes ámbitos.

De la enriquecedora experiencia de confrontar y debatir un teólogo con un filósofo con un experto en robótica, o un humanista con un arquitecto, un monje budista, un sacerdote católico o un musulmán, nació el libro “¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano” publicado en 2015 en el que se recogen 223 opiniones: desde el físico Jorge Wagensberg, a la filósofa Victoria Camps, el también filósofo y teólogo Francesc Torralba o el cardenal Gianfranco Ravasi. Junto con el científico Miquel-Àngel Serra, en la publicación se plantean al lector 250 preguntas sobre el presente y el futuro de la evolución de los humanos y la tecnología, en un momento en el que – este año 2025 hace ya 10 años – estos debates eran apenas incipientes.

El reconocido urbanista se convirtió en un experto del transhumanismo, la ideología liderada, entre otros, por el erudito ingeniero jefe de Google, Ray Kurzweil, que, asegura que la singularidad tecnológica o singularidad está cerca y que, en consecuencia, nuestra especie está a punto de evolucionar artificialmente y convertirse en algo diferente a los humanos. La evolución se iniciará con el mejoramiento del cuerpo y mente, convirtiéndonos en seres transhumanos. Cuando la singularidad sea una realidad se producirá la fusión entre la tecnología y la inteligencia humana dando lugar a los posthumanos. La tecnología dominará así a la biología para acabar dando lugar a una era en que se impondrá la inteligencia no biológica de los posthumanos que se expandirá por el universo.

Cada vez son más las voces que abogan por repensar el debate sobre el futuro de la condición humana y el tipo de progreso que queremos. Albert Cortina se suma a ellas y plantea tres preguntas claves: ¿hay límites a la innovación? ¿hay límites a la innovación sobre nuestra naturaleza y condición humana? ¿Tenemos un derecho ilimitado a la transformación biotecnológica de nuestro cuerpo y mente?

Estamos hablando de un derecho a la innovación que ya es global y que nos afecta a toda la comunidad humana como especie. El humano aumentado sin límite alguno por paradójico que pueda parecer, acabaría por convertirse en humano disminuido, jibarizado y finalmente en algo totalmente distinto al ser humano.

Declaración Universal de los Valores Humanos

Considera Albert Cortina que la palabra innovación tiene una connotación muy positiva, muy optimista. Parece que todo lo que hace referencia a innovación es positivo y que todo lo que está bajo el paraguas innovador es sinónimo de bienestar o ético. Todo lo que podemos innovar o experimentar, sin embargo, no es necesariamente bueno. El caso más paradigmático es la bomba atómica. No todo lo que podemos hacer nos conviene.

Esté o no cerca la singularidad, debemos afrontar sin miedo el debate de qué hacer con las innovaciones que están planteando llevarnos más allá de la propia condición humana. Todas estas innovaciones traspasan los límites y barreras mucho más allá de la Declaración de Derechos Humanos consensuada tras la Segunda Guerra Mundial. Para el abogado Cortina hay que empezar a dedicar muchos esfuerzos para intentar establecer una Declaración Universal de los Valores Humanos, una declaración, en definitiva, en defensa de la naturaleza y condición humana y de los humanos en el marco de un nuevo contrato social.

«Estamos hablando de lo que nos concierne no solo ética, sino espiritualmente. Porque las innovaciones van a afectar a nuestra mente y nuestra consciencia, a nuestro cuerpo y nuestra alma. El debate, en consecuencia, debería producirse entre las distintas cosmovisiones del humanismo que se puedan tener en Oriente y Occidente. Hay que propiciar un diálogo en el que participen todos, incluidas las religiones. El cristianismo, el budismo, el islam, el hinduismo, el judaísmo y todas las tradiciones espirituales tienen mucho que decir como también quienes niegan la espiritualidad en el hombre, la trascendencia».

¿Se puede construir una ética desde el punto de vista global que aglutine todas las corrientes de pensamiento y religiones? ¿Podemos consensuar un mínimo común denominador de principios basados en una ética universal? ¿Hay unas líneas rojas que estaremos de acuerdo en no cruzarlas? ¿Hay límites en que se rompan las barreras naturales?

El reputado urbanista recuerda cómo en los momentos de mayor represión de los campos de concentración, algunos seres humanos pretendieron desposeer a otros de todo, de su libertad, de su dignidad, incluso haciéndoles un lavado de cerebro, pero nunca pudieron robarles su interioridad. Es ese plano más íntimo que Cortina denomina «inteligencia espiritual», término prestado de otros autores, el que nos distingue de otras especies.

«Aunque en las peores distopías y pesadillas totalitarias se pudiera llegar a reprogramar los pensamientos y recuerdos e incluso borrarlos, no nos podrán arrebatar nunca la espiritualidad al hombre. Desde el punto de vista secular o puramente científico como Yuval Noah Harari, o Ray Kurzweil, vamos a una evolución humana en la que acabaremos cambiando de especie sin más. Según ellos, el ser humano no tiene una continuidad espiritual porque no tiene alma ni espíritu. Creo, sin embargo, que si nos igualamos a los robots estamos perdidos. No somos intercambiables

El pensamiento de Albert Cortina, en las antípodas del transhumanismo de Kurzweil, More. Pearce, De Grey o Bostrom, cuestiona las promesas del mundo feliz de la singularidad que convierte la distópica obra de Aldous Huxley en un juego de niños.

¿Liberación de la humanidad o esclavismo del siglo XXI?

Kurzweil pronostica que el siglo XXI marcará la liberación de la humanidad de sus cadenas biológicas y la consagración de la inteligencia como el fenómeno más importante del universo. La inteligencia de las máquinas las hará indistinguibles de los humanos. Los implantes cibernéticos mejorarán a los seres humanos dotándolos de nuevas habilidades físicas y cognitivas que les permitirán actuar de forma integrada con las máquinas. Cortina, por el contrario, estima que, de no delimitarse los principios y límites infranqueables, los humanos correríamos el peligro del dominio absoluto de unos cuantos posthumanos sobre el resto de la humanidad.

Mientras los transhumanistas consideran que se trata tan solo del siguiente eslabón evolutivo de la humanidad cuyo avance es imparable, otros, como el politólogo estadounidense de origen japonés, Francis Fukuyama, creen que este tipo de ideología constituye «una de las ideas más peligrosas del mundo».

Una de las principales dudas surge al constatar la imposibilidad de llegar a un consenso en los viejos planteamientos bioéticos como el derecho a la vida o a la propia muerte. Si en estas cuestiones durante años ha sido imposible convenir las posturas ¿cómo vamos a conseguir ponernos de acuerdo en esta vuelta de tuerca a unos derechos que algunos pretenden ilimitados y sin líneas rojas? Que sea complejo y muy difícil consensuar posturas no significa, en opinión de Cortina, que no tengamos que empezar a trabajar en ello y aunar esfuerzos.

Todo este debate nos lleva a volver a reflexionar, como han hecho todas las generaciones y todas las épocas, sobre qué es el ser humano y que es lo esencial del ser humano. Cada cosmovisión, religiosa o no, agnóstica o atea, tiene una concepción acerca de lo que es el ser humano.

Nuestra constitución física y biológica está configurada para vivir en unos determinados entornos y con arreglo a unas determinadas reglas de juego. ¿Hay límites para que las agencias espaciales del mundo experimenten en seres humanos y se puedan romper determinadas barreras naturales que nos impiden, por ejemplo, vivir en otras atmósferas como en Marte? ¿Queremos realizar esa carrera hacia la transformación radical de nuestra condición natural humana? ¿Queremos hacer lo mismo con la biosfera? ¿Con la naturaleza? ¿Con nuestro entorno? ¿Cómo vamos a tender puentes en un mundo diverso, con tantas religiones, con cosmovisiones distintas para una gobernanza global?  ¿Llegaremos tarde a establecer esas líneas rojas y habrá que aplicar métodos paliativos?, se cuestiona Cortina.

Un sherpa interior

«De momento, a nosotros los avances no nos supondrán ningún inconveniente. Nos iremos acostumbrarnos a tener prótesis para resolver algunos problemas, discapacidades o enfermedades médicas. No nos extrañará, como no nos sorprende ver a un atleta con unas piernas biónicas. O el ciego que verá. Todas estas fronteras, líneas rojas naturales traspasadas por la tecnología son maravillosas. Tendremos que ir actualizando nuestra ética, aunque siempre de acuerdo con la ley natural. Tendremos nuevas prótesis y otras aplicaciones que aumentarán nuestros rendimientos o incluso la memoria o los idiomas.  Bienvenidas sean esas innovaciones científicas y tecnológicas.  Pero hay que establecer unos límites». Por eso, Albert Cortina ha acuñado el concepto de humanismo avanzado como alternativa a la ideología del transhumanismo. En su libro Humanismo avanzado para una sociedad biotecnológica publicado en 2017, desarrolla esta interesante propuesta.

En la naturaleza hay un equilibrio, un orden. Hay una inteligencia cósmica que sabemos reconocer los humanos. Nosotros somos capaces de hacernos esa pregunta, un león o un perro, no. Tenemos una conciencia innata y algo común general, no matamos a nuestros hijos o no somos caníbales, como tampoco hacen la mayoría de las especies, pero el ser humano es algo más desde una perspectiva creyente. El humano tiene un sherpa interior, a muchos les gustaría descubrir esa conciencia para reflejarla de forma artificial en las máquinas.

Ray Kurzweil le dijo a su público en la Singularity University que conforme hemos evolucionado «nos asemejamos cada vez más a Dios. La evolución es un proceso espiritual. En el mundo hay belleza, amor, creatividad e inteligencia. Todo proviene del neocórtex. Así que expandiremos el neocórtex del cerebro hasta hacernos más divinos».

Para los transhumanistas no hay nada más que el hombre junto con la tecnología que crea y que lo acabará convirtiendo en dios. El sherpa de Albert Cortina, por el contrario, es el Espíritu Santo. «El Espíritu es mi maestro interior que va guiándome en el camino de la vida». Cree profundamente Cortina que el ser humano es un ser singular y excepcional en toda la Creación.

No hay que temer los cambios

«Si eliminas al ser humano que tiene un papel especial en el universo y lo comparas a una máquina o un coche, que lo tuneas, lo mejoras y cuando ya no te sirve para la producción lo desenchufas o le das el derecho a desenchufarle, entonces nos robotizamos nosotros. Hay una conexión e integración entre lo material y lo espiritual. Por eso debe haber un diálogo entre ciencia y fe. Hay que curar cuerpos, hay que alargar vidas, hay que intentar que no muera la gente, hay que evitar que sufran y todo esto porque entendemos que el cuerpo es muy importante pero el alma también. El Dalai Lama ha dicho que no tiene ningún problema en reencarnarse en un robot o que su conciencia sea transferida a un holograma. Sea cual sea el sherpa o la cosmovisión de cada uno, la clave debería estar en el humanismo avanzado integral. No debemos jugar a ser dioses».

Para los más escépticos, tan inverosímil puede resultar que Albert o los casi mil trescientos millones de católicos crean que la humanidad será restaurada en Cristo como quienes aseguran desde las filas del transhumanismo que a través de la tecnología llegaremos a la inmortalidad cibernética o que emergerá una conciencia artificial.

«Nadie debería invalidar a priori la visión cristiana o la de las otras tradiciones espirituales en nombre de una racionalidad hipermoderna. Lo más valioso sería dialogar transversalmente e intentar encontrar confluencias entre un método entre tres distintas maneras de aproximarse al pensamiento: ciencia, filosofía-ética y espiritualidad». Y hacerlo sin barreras, prejuicios, recelos ni temores.

El miedo que nos provocamos nosotros mismos es totalitario y paralizante. Albert Cortina cree que no hay que temer los impresionantes cambios disruptivos que va a vivir la humanidad. «Cada uno deberá abordarlos con sus recursos. Quienes tengan creencias religiosas será a través de los recursos espirituales y quienes no, será mediante otro tipo de recursos. Tenemos que vencer el miedo y la resistencia a las revoluciones que traerán los nuevos cambios tecnológicos siempre que sean a favor de las personas desde una concepción humanista integral».

Para comprender algunos de estos cambios conviene preguntarnos si el hombre puede construir un mundo con máquinas que tengan principios, que sean éticas, inteligencias artificiales que hagan el bien y no el mal.

(*) Artículo publicado en el capítulo “Ética para humanos y máquinas” del libro “Todo comienza ahora. Buen viaje por el siglo XXI”, editado por Isabel Durán (2019).

Versión Kindle.

Isabel Durán Doussinague

Periodista, escritora y madre ante todo. Autora del 1er libro presentado por un humanoide. Comprometida para mejorar el mundo que dejamos a nuestros hijos. Directora de Estrategia y Operaciones de la Fundación ICOMEM